La Princesa y El Rey de Hielo: el corazón de onix y la daga celestial. - Capítulo 18
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- Capítulo 18 - 18 EL CORAZÓN DE LA AMALGAMA
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18: EL CORAZÓN DE LA AMALGAMA 18: EL CORAZÓN DE LA AMALGAMA La criatura que una vez fue el orgullo de Callum rugió, un sonido que no provenía de una garganta, sino de cientos de almas humanas atrapadas en su tórax de viscosidad.
Cada vez que el monstruo se movía, el suelo de Aldora se resquebrajaba, supurando ese lodo negro que devoraba la luz.
—¡Eyre!
—gritó Niamh, su voz cortando el estruendo—.
¡Mis magos no pueden congelar algo que cambia de forma cada segundo!
¡Necesitamos un ancla!
Kaelen Vance apareció derrapando entre los escombros, disparando ráfagas de su pistola rúnica para mantener a raya los tentáculos que intentaban atrapar a los soldados de Onyxia.
—¡Nena, si tienes un truco de magia bajo la manga, es el momento de usarlo!
—gritó Kaelen, con el rostro manchado de ceniza pero manteniendo esa chispa de “hermano mayor” protector—.
¡Porque mis juguetes se están quedando sin batería!
Niamh miró a Eyre.
En sus ojos azules de hielo ya no había órdenes, solo una súplica silenciosa y una confianza absoluta.
Sabía que para vencer a Callum, Eyre debía entrar en el nexo de la criatura, un lugar donde la magia de los elfos no podía llegar.
—Yo te abriré el camino —sentenció Niamh.
El Rey de Onyxia clavó su espada de cristal negro en el suelo y se arrodilló.
Una cúpula de energía gélida estalló desde su cuerpo, expandiéndose hasta golpear las patas de la amalgama.
El hielo de Niamh empezó a trepar por la viscosidad, no para matarla, sino para inmovilizarla.
Niamh estaba usando su propia fuerza vital para cristalizar la oscuridad.
Sus venas empezaron a brillar con un azul eléctrico y su piel, ya pálida, se volvió casi traslúcida.
—¡Niamh, te estás matando!
—gritó Eyre, corriendo hacia él.
Niamh la detuvo con una mirada feroz.
—¡Ve, Eyre!
¡Haz que valga la pena!
Antes de lanzarse hacia el pecho abierto de la criatura, Eyre sintió la mano de Kaelen en su brazo.
El humano la giró hacia él y, con una rapidez asombrosa, le plantó un beso sonoro en la frente.
—Ve a patearle el trasero a ese viejo, hermanita —le guiñó un ojo Kaelen, con una sonrisa que ocultaba el miedo que sentía por ella—.
Y cuando salgas de ahí, te debo esa cena en Calandra.
No acepto un no por respuesta.
Eyre sonrió, sintiendo el calor de la lealtad de Kaelen impulsándola.
Miró a Niamh, quien a pesar del dolor de la magia, apretó los dientes al ver el gesto de Kaelen.
Esa pequeña chispa de celos fue lo último que Eyre necesitó para encender su propio fuego.
Eyre saltó hacia el centro de la amalgama.
Al atravesar la capa de viscosidad, el mundo físico desapareció.
Se encontró en un espacio infinito de color violeta, donde Callum la esperaba.
Pero no era el monstruo de afuera; era el hombre que ella recordaba: elegante, con su traje oscuro y su mirada manipuladora.
—Has crecido, Eyre —dijo Callum, extendiendo sus manos—.
Pero sigues siendo mi creación.
Morrigan te dio el cuerpo, pero yo te di la mente.
Vuelve conmigo y juntos limpiaremos este mundo de elfos arrogantes y humanos insignificantes.
Eyre caminó hacia él.
Su piel de nieve brillaba con la luz de la Daga Celestial, y sus labios rojos se curvaron en una sonrisa que no tenía nada de inocente.
—Te equivocas, Callum —dijo Eyre, su voz resonando con el eco de los Tuatha Dé Danann—.
Tú no me diste nada.
Me robaste un hogar para construirte una jaula.
Y hoy, la Heredera del Vacío va a cobrarte la renta.
Eyre no atacó con la daga.
En su lugar, cerró los ojos y liberó el éter que llevaba en la sangre.
La luz blanca inundó el espacio mental, quemando la viscosidad.
Vio las miles de almas atrapadas y, con un gesto de sus manos pálidas, les abrió la puerta.
—¡Sois libres!
—ordenó Eyre.
Las almas salieron disparadas como estrellas fugaces, destrozando la consciencia de Callum.
El hombre empezó a desintegrarse, gritando el nombre de Morrigan en un último acto de desesperación.
Fuera, la amalgama colapsó en una lluvia de ceniza inofensiva.
Niamh cayó al suelo, exhausto, con la armadura cubierta de escarcha.
Kaelen corrió hacia él para ayudarlo a levantarse, aunque lo hizo con un gruñido de fastidio.
—Vamos, Majestad, no se me muera ahora que la chica ha ganado —dijo Kaelen, pasando el brazo del elfo sobre sus hombros humanos.
Eyre emergió de entre los restos de la criatura.
Estaba despeinada, con la armadura esmeralda manchada, pero se veía más poderosa que nunca.
Caminó directamente hacia Niamh.
Ignorando a Kaelen, Eyre tomó el rostro de Niamh entre sus manos.
Sus labios rojos buscaron los de él en un beso que sabía a victoria y a un alivio desesperado.
Niamh respondió con una pasión que hizo que el aire a su alrededor se calentara por primera vez.
Cuando se separaron, Eyre miró a Kaelen, quien los observaba con una ceja levantada y los brazos cruzados.
—Kaelen…
—dijo Eyre, con un tono juguetón—, acepta que el Rey besa mejor de lo que tú bailas.
Kaelen soltó una carcajada y sacudió la cabeza.
—Bueno, siempre me quedará la cocina.
Vamos, “parejita”, que Aldora todavía tiene un trono que limpiar y una Diosa que espera en el palacio.
Niamh se puso en pie, apoyándose en Eyre, y le lanzó una mirada a Kaelen que, aunque seguía siendo fría, ya no tenía el veneno de antes.
Había nacido un respeto mutuo, forjado en la viscosidad y el acero.
—La guerra no ha terminado —sentenció Niamh, mirando hacia el palacio real que ahora se alzaba libre de sombras—.
Morrigan nos espera.
Y ella no es como Callum.
Ella es…
madre.
Eyre apretó la Daga Celestial.
La dualidad volvió a su pecho, pero esta vez, tenía a su “hermano” y a su “Rey” a su lado.
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