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La Princesa y El Rey de Hielo: el corazón de onix y la daga celestial. - Capítulo 3

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  3. Capítulo 3 - 3 EL FRÍO DE LA VERDAD
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3: EL FRÍO DE LA VERDAD 3: EL FRÍO DE LA VERDAD Las celdas de Onyxia no estaban hechas de hierro ni de madera, sino de obsidiana encantada.

Las paredes eran tan negras y pulidas que Eyre podía ver su propio reflejo distorsionado en ellas: una mujer manchada de hollín, con el vestido esmeralda desgarrado y los ojos inyectados en sangre por el cansancio.

​No había antorchas.

El único brillo provenía de las runas azul pálido grabadas en el suelo, diseñadas para suprimir cualquier rastro de magia que no fuera élfica.

Eyre sentía un vacío en el pecho, como si el vínculo con la Daga Celestial hubiera sido silenciado por el magnetismo de la piedra.

​La pesada puerta de la celda se deslizó sin hacer ruido.

​Niamh Thursteim entró solo.

No llevaba su casco, dejando al descubierto sus rasgos afilados y la corona de piedras de ónix que parecía nacer directamente de su frente.

Su presencia llenó el pequeño espacio, trayendo consigo un aroma a tormenta y madera de cedro que hizo que el pulso de Eyre se acelerara por razones que ella se negaba a admitir.

​Él no se sentó.

Se quedó de pie, cruzando sus brazos musculosos sobre el peto de su armadura negra, observándola como un juez que ya ha dictado sentencia.

​—En mi reino, los espías suelen morir antes del amanecer —dijo Niamh.

Su voz era un susurro gélido que rebotaba en las paredes de cristal—.

Pero tú…

tú hueles a algo que no debería existir en este plano.

​Eyre se obligó a levantarse, aunque sus rodillas temblaban.

No iba a permitir que él la mirara desde arriba, no después de todo lo que había sacrificado para llegar allí.

​—No soy una espía, Niamh —respondió ella, sosteniéndole la mirada—.

Soy una superviviente de una mujer que tú conoces demasiado bien.

​Niamh soltó una risa seca, sin rastro de humor.

—Morrigan.

Ella siempre tuvo predilección por los envases bellos.

¿Qué te prometió esta vez?

¿Poder?

¿Inmortalidad?

¿O simplemente te convenció de que realmente eres su sangre?

​—Me prometió una vida que era una mentira —espetó Eyre, dando un paso hacia él.

La cercanía era peligrosa; podía sentir el frío que emanaba de su armadura—.

Ella me robó.

Me arrancó de un mundo donde el cielo es gris y los hombres construyen torres de acero.

Me trajo aquí para ser su títere, para ser la carnada que te atrajera de vuelta a sus pies.

​Niamh entornó los ojos, y por un segundo, el azul de sus pupilas brilló con una intensidad eléctrica.

—Calandra —susurró él, y el nombre del planeta sonó en su boca como una maldición prohibida—.

Así que los rumores eran ciertos.

Ella cruzó el Vacío.

​—Ella me rompió la memoria para que yo no recordara quién era —continuó Eyre, y su voz se quebró ligeramente—.

Pero la Daga…

la Daga de los Tuatha Dé Danann me devolvió la visión.

Sé lo que Callum está haciendo.

Sé que la viscosidad negra que está devorando Aldora es el precio de su pacto para retener a Morrigan.

Y sé que Onyxia es el siguiente objetivo.

​Niamh se acercó un paso más, invadiendo el espacio personal de Eyre.

Era tan alto que ella tenía que inclinar la cabeza hacia atrás para no perder el contacto visual.

Él extendió una mano enguantada y, con una lentitud tortuosa, rozó la barbilla de Eyre, obligándola a mostrarle el cuello, donde la marca del ritual de la daga aún brillaba tenuemente.

​—¿Por qué debería creerte, humana?

—preguntó él, su rostro a centímetros del suyo—.

Morrigan es la maestra de los engaños.

Podrías ser su obra maestra.

Podrías estar aquí para clavar esa daga en mi corazón en el momento en que baje la guardia.

​—Si quisiera matarte, no habría cruzado el Puente de Obsidiana sola y herida —desafió Eyre.

El calor de su propia respiración chocaba contra la piel fría del elfo—.

He venido porque tú eres el único que ella no puede manipular.

Porque tú la desprecias tanto como yo la temo.

​Niamh guardó silencio durante lo que pareció una eternidad.

Sus ojos recorrieron el rostro de Eyre, deteniéndose en sus labios rojos y luego volviendo a sus ojos marrones, buscando cualquier rastro de falsedad.

Por un instante, Eyre creyó ver una sombra de duda en él, una grieta en su armadura de hielo.

​—Dices que vienes de Calandra —dijo Niamh finalmente, retirando su mano—.

Pruébalo.

Si eres una hija de la Tierra, tu sangre no reaccionará a la obsidiana de la misma manera que la nuestra.

​Él sacó un pequeño puñal de su cinturón y se lo ofreció.

—Corta tu mano, Eyre de Calandra.

Si la piedra brilla con el color del ocaso, sabré que mientes.

Pero si la piedra absorbe tu sangre y permanece muda…

entonces sabré que eres, en efecto, una extranjera en este mundo.

​Eyre tomó el puñal.

El metal elfo se sentía diferente, más ligero, más letal.

Sin vacilar, hizo un corte limpio en su palma.

​El silencio en la celda se volvió sepulcral mientras la sangre caía sobre el suelo de obsidiana.

La piedra negra no brilló.

No hubo runas, ni luz, ni magia.

La obsidiana simplemente se tragó el líquido carmesí, permaneciendo tan oscura y silenciosa como el vacío del espacio.

​Niamh Thursteim exhaló un aire helado.

Su postura se relajó apenas un milímetro, pero fue suficiente para que Eyre lo notara.

​—Realmente eres un recipiente vacío —murmuró él, y esta vez no sonó como un insulto, sino como un reconocimiento—.

Una humana en una tierra de dioses y monstruos.

​—¿Es suficiente para una alianza, Rey Elfo?

—preguntó Eyre, envolviendo su mano con un trozo de su vestido.

​Niamh caminó hacia la puerta, pero antes de salir, se giró para mirarla una última vez.

—Has demostrado que no eres una elfa ni una deidad.

Pero aún no has demostrado que seas de fiar.

Dormirás en esta celda una noche más.

Mañana, veremos si eres capaz de empuñar esa daga contra los que llamas “padres”.

​—Lo haré —afirmó Eyre con firmeza.

​—Ya lo veremos —respondió Niamh con una sombra de sonrisa que no llegó a sus ojos—.

Porque en Onyxia, el fuego que traes de Aldora se apaga rápido…

o nos consume a todos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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