La Princesa y El Rey de Hielo: el corazón de onix y la daga celestial. - Capítulo 25
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- Capítulo 25 - 25 EL REFLEJO DEL TRAIDOR Y EL TRONO DE ESCARCHA
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25: EL REFLEJO DEL TRAIDOR Y EL TRONO DE ESCARCHA 25: EL REFLEJO DEL TRAIDOR Y EL TRONO DE ESCARCHA El Reino de las Aguas Olvidadas se abría ante ellos como un sueño febril de zafiro y plata.
Las cascadas no caían, flotaban en espirales hacia el cielo, alimentadas por la magia de un núcleo que latía en las profundidades del lago sagrado.
Pero para Niamh, el paisaje era una distracción irritante.
En su mano, un pergamino hecho de hielo eterno vibraba con una luz roja intermitente: una Comunicación de Urgencia del Consejo de los Doce.
Niamh lo abrió con un gesto seco, y la voz proyectada de Lord Valerius, su consejero más antiguo, resonó solo para sus oídos, cargada de una traición que olía a incienso y ambición.
—”Mil años habéis reinado con puño de hierro, Niamh de la Estirpe Glaciar,”— decía la voz, sibilante.
—”Pero abandonar vuestro ejército tras la victoria en Aldora para seguir a la hija de vuestros enemigos es una afrenta que el Norte no perdonará.
El Consejo ha declarado vuestro trono en vacancia temporal.
Si no regresáis con la cabeza de la Portadora, vuestro propio general, Alaric, marchará no contra Callum, sino contra vos.
El golpe de estado ha comenzado, Rey mío.
Elegid: vuestra corona o vuestra obsesión.” Niamh cerró el puño y el pergamino se sublimó en vapor.
Su rostro, una máscara de mármol que había sobrevivido a guerras de siglos, no mostró emoción, pero sus ojos azules destellaron con una furia que hizo que el agua a sus pies comenzara a congelarse en patrones fractales.
Eyre caminaba por la orilla, dejando que el agua mística empapara sus botas de cuero fino.
Se sentía extrañamente en casa; después de todo, Aldora, con sus cielos de amatista y sus torres de obsidiana donde Morrigan y Callum la habían criado, no era tan diferente de este lugar sagrado.
Ella conocía el lenguaje de las sombras porque había dormido entre ellas toda su vida.
Al ver la tensión en la espalda de Niamh, Eyre se acercó con una lentitud calculada.
El rocío del reino acuático había humedecido su cabello, pegando los mechones oscuros a su cuello y hombros.
Se detuvo justo detrás de él, sintiendo el frío que emanaba de su armadura.
—Tu reino te reclama, Niamh —susurró ella, deslizando sus manos por el peto de acero frío del rey hasta encontrar los huecos de la armadura—.
Siento el miedo de tus consejeros desde aquí.
Saben que un rey que ama es un rey que ya no pueden controlar.
Niamh se giró, atrapándola por las muñecas.
La fuerza de su agarre habría hecho gritar a cualquier otra mujer, pero Eyre solo sonrió, inclinando la cabeza hacia atrás, desafiándolo con una mirada cargada de un coqueteo letal.
—¿Me vas a entregar a ellos?
—preguntó ella, su voz como seda sobre acero—.
¿Vas a llevar mi cabeza en una bandeja de plata para recuperar tu trono?
Sería lo más sensato, “Majestad”.
Al fin y al cabo, soy la criatura de Callum.
Fui amamantada con las mentiras de Morrigan.
Niamh la atrajo hacia sí, eliminando cualquier espacio entre ellos.
El contraste entre el calor de la piel de Eyre y el frío glacial del rey creó una bruma espesa a su alrededor.
—He gobernado por milenios, Eyre.
He visto imperios caer y estrellas apagarse.
Mi corona es solo un trozo de metal si tú no estás sentada a mi lado para ver cómo el mundo se congela bajo nuestro mando.
Que Alaric venga.
Que el Consejo ladre.
Les enseñaré por qué soy el Rey de Hielo y no el Rey de la Piedad.
Eyre rió, un sonido bajo y melodioso, y se puso de puntillas para rozar sus labios con los de él, apenas un contacto, una promesa de fuego antes de separarse con una agilidad felina.
—¡Oh, genial!
—gritó Kaelen Vance desde lo alto de un pilar de coral, donde intentaba calibrar su rifle térmico—.
El Rey está teniendo una crisis existencial, la Princesa de las Sombras está jugando a “sedúceme y destrúyeme”, y yo estoy aquí tratando de entender por qué el agua de este lugar sabe a ginebra barata y por qué hay un tipo gigante saliendo del estanque.
Vance saltó de la roca, aterrizando con una gracia militar impropia de alguien que se quejaba tanto.
Se ajustó las gafas de visión nocturna y miró a Niamh.
—Escucha, Copito de Nieve, si tus elfos quieren pelea, dales pelea.
Pero primero, tenemos que lidiar con el “Acuaman” mutante que acaba de aparecer.
Y por cierto, si me muero aquí, quiero que sepas que me debes tres meses de salario en lingotes de oro de Calandra.
Kaelen señaló hacia el centro del lago.
El Guardián de las Aguas Olvidadas emergió, una masa de líquido inteligente que tomaba la forma de los miedos de quien lo miraba.
Para Kaelen, se veía como una horda de robots de combate; para Niamh, como un trono vacío; para Eyre, se veía como la cara de Elena, su madre de Calandra.
El Guardián no atacó de inmediato.
En su lugar, el agua se volvió cristalina, proyectando una visión del pasado que Morrigan y Callum le habían ocultado a Eyre durante su crianza en Aldora.
Vio a Elena, la mujer que ella creía su madre biológica en Calandra, reuniéndose en secreto con Callum en las raíces de la Montaña del Lamento.
Elena no era una víctima; era la arquitecta.
—”La niña crecerá en Aldora bajo la tutela de Morrigan”— decía la Elena de la visión, sus ojos brillando con una ambición oscura —.
“Ella creerá que Morrigan es su captora y que yo soy su salvación.
Cuando llegue el momento de los fragmentos, ella vendrá a buscarme.
Y cuando me entregue el Corazón de Gaia, yo le entregaré su esencia a Callum para que él pueda devorar las Siete Tierras.
Yo seré la Reina de las Sombras, y ella…
ella será el sacrificio necesario.” Eyre sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Toda su vida en Aldora, las visiones de Elena encerrada en un tunel de tiempo…
todo era un guion escrito por la mujer que más amaba.
—¡Es mentira!
—gritó Eyre, desenfundando su daga.
Pero la energía que emanaba de ella no era la luz pura del Corazón, sino una viscosidad negra y violeta, el rastro de Callum en su interior.
De las aguas surgieron los Sirenios del Vacío, guerreros de escamas de obsidiana que servían como la guardia pretoriana de los secretos de Elena.
Se lanzaron sobre el trío con tridentes que emitían pulsos de energía sónica.
—¡Atrás de mí!
—rugió Niamh, creando una cúpula de hielo que desvió los primeros ataques.
Kaelen se puso en posición de tiro, su rifle térmico escupiendo ráfagas de plasma que evaporaban a los sirenios antes de que tocaran el hielo.
—¡Vaya, parece que mamá Elena envió a los chicos de limpieza!
—gritaba Kaelen mientras cambiaba el cargador con una mano y disparaba con la otra—.
¡Niamh, si no sacas tu espada de mil años ahora, voy a empezar a cobrarte por cada bala!
Niamh no necesitó que se lo dijeran dos veces.
Se lanzó al combate, un torbellino de acero frío y magia ancestral.
Cada golpe de su espada decapitaba a un sirenio, su furia alimentada por la traición que su propio pueblo le estaba preparando en el Norte.
Eyre, en medio del caos, cerró los ojos.
Sintió la presencia de Morrigan en su mente, un susurro de la diosa que la había criado: “Tú no eres de ellos, Eyre.
Eres mía.
Usa el dolor.
Usa la sombra”.
Eyre extendió sus manos y, por primera vez, no buscó la luz.
Abrazó la oscuridad de su crianza en Aldora.
Una explosión de energía violeta y negra surgió de ella, no como un ataque, sino como una orden.
El agua del lago se volvió sólida, atrapando a los sirenios y triturándolos en un abrazo de presión hidráulica.
El Guardián de las Aguas, impresionado por el despliegue de poder híbrido de Eyre, se disolvió, dejando en su lugar un cristal de un azul profundo que palpitaba con la calma antes de la tormenta: el Tercer Fragmento.
Eyre lo tomó, sus manos temblando levemente.
Miró a Niamh, quien la observaba con una mezcla de adoración y terror.
Él sabía que la mujer frente a él ya no era la princesa que necesitaba protección, sino una entidad que podía destruir reinos.
—¿Sigues queriendo tu trono, Niamh?
—preguntó Eyre, su voz ahora cargada de una madurez gélida—.
Porque después de lo que le haré a Elena y a Callum, puede que no quede ningún mundo sobre el que reinar.
Niamh se acercó y le puso la mano sobre el hombro, ignorando el frío de su propia armadura.
—Mi trono está donde tú estés, Eyre.
Si tenemos que quemar el Norte y el Sur para que la verdad prevalezca, que así sea.
Kaelen se acercó, guardando su rifle y suspirando mientras miraba su reflejo en el agua.
—Bueno, eso fue…
intenso.
Tengo el pelo lleno de escamas y mis botas están arruinadas.
Pero hey, al menos tenemos el fragmento.
Niamh, si tus amigos del consejo preguntan, diles que el Rey está ocupado reescribiendo el destino.
Y Eyre…
nena, da miedo cuando te pones en plan “Diosa del Apocalipsis”.
Me encanta.
Los tres miran hacia el horizonte, donde las nubes negras de Aldora empezaban a asomar.
Sabían que el próximo fragmento estaría en manos de los Gigantes de Piedra, y que la traición de Elena no era más que la punta del iceberg.
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