La Princesa y El Rey de Hielo: el corazón de onix y la daga celestial. - Capítulo 26
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- Capítulo 26 - 26 EL FILO DE LA MEMORIA
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26: EL FILO DE LA MEMORIA 26: EL FILO DE LA MEMORIA El camino hacia las Tierras Altas de los Gigantes de Piedra obligaba al trío a cruzar el Paso de las Lágrimas Congeladas, un desfiladero tan estrecho que solo permitía caminar en fila india.
Las paredes de roca vibraban con un viento que imitaba lamentos humanos, un recordatorio de que en este reino, el aire mismo estaba hecho de recuerdos olvidados.
Niamh encabezaba la marcha, su capa ondeando como una bandera de guerra.
Sin embargo, su instinto milenario, agudizado por siglos de batallas, le envió una señal de alerta: un cambio en la densidad del frío, un olor a esencia de pino y acero que solo conocía una persona en todas las Siete Tierras.
—Deteneos —ordenó Niamh, su voz cortando el viento como un látigo.
De la niebla blanca, una figura esbelta y acorazada en plata lunar emergió.
No era un monstruo de Callum, sino un elfo de la alta aristocracia del Norte.
Su rostro era una obra de arte tallada en hielo, y sus ojos grises reflejaban una historia compartida con el Rey.
—Fenris —susurró Niamh, y por primera vez en siglos, su voz vaciló—.
El Consejo te ha enviado a morir, viejo amigo.
Fenris, el antiguo comandante de la Guardia de Élite y el hombre que una vez fue el confidente más cercano de Niamh, desenvainó una hoja curva que brillaba con una luz mortecina.
—No he venido a morir, Niamh —respondió Fenris, su mirada desviándose hacia Eyre con un desprecio absoluto—.
He venido a recordarte quién eres.
El Consejo ha firmado tu sentencia, pero yo te ofrezco una salida.
Entrega a la hija del Vacío.
Deja que su sangre selle la grieta de Aldora y regresa al trono.
El pueblo te perdonará esta…
distracción mortal.
Eyre dio un paso al frente, colocándose al lado de Niamh.
El roce de su brazo contra el del Rey fue una declaración de propiedad.
Miró a Fenris de arriba abajo, con una sonrisa que era más un desafío que un gesto de cortesía.
—Vaya, Niamh —coqueteó Eyre, pasando sus dedos por el grabado del hombro de la armadura del Rey, sin apartar la vista del asesino—.
No me habías dicho que tus amigos eran tan…
dramáticos.
¿Es este el “mejor amigo” que mencionaste una vez entre susurros, o solo otro súbdito celoso porque su Rey finalmente encontró algo más interesante que mirar un mapa de glaciares?
Niamh se tensó bajo el toque de Eyre, debatiéndose entre la lealtad a su pasado y la pasión abrasadora de su presente.
—Fenris, vete.
No me obligues a borrar mil años de hermandad en este suelo.
—¿Hermandad?
—escupió Fenris, avanzando con la gracia de un lobo—.
La hermandad murió cuando permitiste que esta súcubo de Aldora, criada por la mismísima Morrigan, te nublara el juicio.
¡Mírala, Niamh!
Lleva la marca de Callum en su esencia.
Ella no está recuperando los fragmentos para salvarnos; los está reuniendo para que su “madre” Elena termine lo que empezó.
¡Es un caballo de Troya con piel de mujer!
Kaelen Vance, que había estado observando la escena apoyado en una roca mientras masticaba una ración seca de Calandra, decidió que ya había habido suficiente Shakespeare por un día.
—¡Oigan, Legolas y compañía!
—gritó Kaelen, cargando su rifle con un chasquido metálico que resonó en el desfiladero—.
Odio interrumpir su reunión de ex-alumnos, pero mientras ustedes discuten quién tiene el cabello más sedoso, los sensores de mi mochila indican que hay una tormenta de energía de vacío acercándose por la retaguardia.
Fenris, amigo, si quieres matar a Niamh, ponte en la fila.
Pero si quieres salvar tu reino, tal vez deberías dejar de actuar como una ex-novia despechada y ayudarnos con lo que viene.
Fenris no escuchó.
Lanzó un ataque fulminante contra Niamh.
El choque de sus espadas creó una onda expansiva que agrietó las paredes del desfiladero.
Niamh luchaba a la defensiva, negándose a asestar un golpe mortal a su amigo, mientras Fenris atacaba con una ferocidad nacida del despecho político.
—¡Ella te destruirá!
—rugía Fenris entre choque y choque—.
¡Es la hija de la traición!
Eyre, viendo que Niamh no se atrevía a terminar el combate, decidió intervenir.
No con fuerza bruta, sino con la manipulación que Morrigan le había enseñado en Aldora.
Se acercó a la lucha, dejando que su poder violeta bailara en sus ojos.
—Si soy una trampa, Fenris —susurró Eyre, su voz proyectándose directamente en la mente del elfo—, ¿por qué tu Rey se siente más vivo en mis brazos de lo que jamás se sintió en tu consejo de ancianos marchitos?
La distracción fue suficiente.
Fenris vaciló medio segundo, y Niamh, aprovechando la apertura, desarmó a su amigo con un giro de muñeca, enviando la espada curva al abismo.
Niamh puso la punta de su hoja de hielo en la garganta de Fenris.
Antes de que Niamh pudiera decidir el destino de Fenris, un grito agudo desgarró el aire.
No era un monstruo, sino un mensajero alado de Calandra, una criatura de luz blanca enviada por Elena.
El mensajero dejó caer una pequeña caja de madera de sándalo a los pies de Eyre antes de disolverse.
Eyre abrió la caja.
Dentro había una fotografía de ella de niña en Aldora, abrazada por Callum, y una nota que decía: “El Rey de Hielo sabe que tu sangre es la llave, Eyre.
Pregúntale qué hizo con la última ‘Portadora’ que el consejo le entregó hace quinientos años”.
Eyre miró a Niamh, y la duda, esa semilla plantada por Elena, empezó a germinar.
—¿De qué está hablando ella, Niamh?
¿Hubo otra antes que yo?
Niamh palideció.
Fenris se echó a reír, una risa amarga y sangrienta.
—Díselo, “Majestad”.
Dile cómo terminan las Portadoras en manos de un Rey que debe elegir entre su reino y su corazón.
Kaelen se acercó, poniéndose entre Eyre y Niamh.
—Bueno, parece que la caja de Pandora acaba de abrirse y no tiene muy buen olor.
Niamh, más vale que tengas una buena explicación, porque mi dedo está muy cerca del gatillo y no me gusta que le mientan a la familia.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Yethsi_Villalobos_8616 ¿Qué te parece nuestro buen amigo Kaelen Vance?
El destino de los reinos está en juego y cada paso de nuestra protagonista cuenta.
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