La Princesa y El Rey de Hielo: el corazón de onix y la daga celestial. - Capítulo 27
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- Capítulo 27 - 27 EL JURAMENTO DE LAS SOMBRAS Y EL ÍDOLO DE GRANITO
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27: EL JURAMENTO DE LAS SOMBRAS Y EL ÍDOLO DE GRANITO 27: EL JURAMENTO DE LAS SOMBRAS Y EL ÍDOLO DE GRANITO El ascenso a la Cumbre de los Lamentos se convirtió en un calvario de silencio.
Niamh caminaba a la vanguardia, su capa de piel de lobo blanco azotada por una ventisca que parecía nacer de su propia frustración.
A pocos metros, Fenris lo seguía con la mano siempre cerca del pomo de su daga, observando el entorno con la paranoia de un centinela que espera una emboscada en cada grieta.
Eyre, sin embargo, se mantenía a una distancia prudencial, con la nota de Elena quemándole los dedos dentro del bolsillo.
La revelación de que Niamh había “gestionado” a una Portadora anterior hace siglos actuaba como un veneno de acción lenta en su mente.
—¿Vas a seguir ignorándome, Copito de Nieve?
—soltó Kaelen Vance, rompiendo el hielo con su habitual falta de tacto—.
Porque el ambiente aquí arriba está más tenso que una cuerda de violín en un huracán.
Niamh, suéltalo ya.
¿Quién era la otra chica?
¿Tenía mejor cutis que Eyre o simplemente era más fácil de convencer para que se sacrificara por tu precioso Norte?
Niamh se detuvo en seco, y el suelo bajo sus botas crujió.
Se giró hacia Kaelen, pero sus ojos buscaron desesperadamente los de Eyre.
—No era una cuestión de elección, Vance.
Era una cuestión de supervivencia.
Hace quinientos años, el Vacío casi devora los Glaciares Eternos.
El Consejo entregó a una joven de sangre antigua…
y yo, como Rey, tuve que sostener la mano que sostenía la daga.
No la maté yo, pero permití que el ritual se consumara.
Eyre soltó una risa seca, cargada de una amargura que sorprendió incluso a Fenris.
—”Permitiste que se consumara” —repitió ella, acercándose a Niamh con los ojos encendidos en un violeta peligroso—.
Qué noble de tu parte.
¿Es eso lo que esperas de mí, Niamh?
¿Que cuando lleguemos al séptimo fragmento, me mires con esa misma cara de “deber real” mientras mi esencia se disuelve para salvar tu trono?
Sin esperar respuesta, Eyre se desvió del sendero principal, adentrándose en una garganta lateral donde las rocas parecían tener rostros humanos.
—¡Eyre, vuelve aquí!
—rugió Niamh, pero Fenris le puso una mano en el pecho.
—Déjala, Niamh.
Si es tan poderosa como dice ser, que demuestre que no necesita nuestra protección.
O mejor aún, que el desierto de piedra decida si es digna.
Eyre caminó durante lo que parecieron horas, sintiendo cómo el frío de la montaña intentaba penetrar su piel.
De repente, el suelo tembló.
Una pared de granito de cincuenta metros de altura se movió, revelando que no era una montaña, sino el torso de un Gigante de Piedra Ancestral.
Su voz sonó como un terremoto subterráneo.
—”Hija de la traición y la escarcha…
vienes buscando poder para liberarte de tus cadenas.” El gigante, llamado Goliathos, extendió una mano del tamaño de una casa.
Sobre su palma descansaba un charco de mercurio líquido que brillaba con una luz negra.
—”Niamh te usará.
Elena te reclamará.
Pero yo te ofrezco la Senda del Monolito.
Bebe de mi esencia y tu sangre ya no será la llave de nadie más que la tuya.
Serás inquebrantable, pero a cambio…
olvidarás el calor del tacto humano.” Eyre miró el líquido.
La idea de no sentir más el dolor de la traición de Elena, o la incertidumbre del amor de Niamh, era tentadora.
Estaba a punto de tocar el mercurio cuando una ráfaga de plasma azul impactó contra la mano del gigante.
—¡Ni se te ocurra, pequeña!
—gritó Kaelen, emergiendo de entre las rocas con su rifle térmico echando humo—.
Ese batido de piedras tiene mala pinta, y no creo que sea bajo en calorías.
Niamh y Fenris aparecieron justo detrás.
El gigante, enfurecido por la interrupción, rugió, levantando un puño masivo para aplastarlos.
Niamh creó un escudo de hielo, pero la fuerza del gigante era superior.
—¡Fenris, ahora!
—gritó Niamh.
Para sorpresa de Eyre, Fenris no aprovechó el caos para dejarla morir.
En lugar de eso, realizó una maniobra acrobática, saltando sobre las rodillas del gigante y clavando su daga de plata en una de las juntas de cristal que servían como tendones al coloso.
—¡No dejaré que una reliquia de piedra dicte el destino de mi Rey!
—rugió Fenris, demostrando por qué era el mejor guerrero del Norte.
Kaelen, mientras tanto, disparaba a los ojos del gigante para distraerlo.
—¡Oye, cara de grava!
¡Mira aquí!
¡Tengo una granada de fragmentación con tu nombre escrito en purpurina!
Eyre, viendo a los tres hombres —el Rey que la amaba pero le ocultaba secretos, el guerrero que la odiaba pero la defendía por lealtad, y el humano que se jugaba la vida con chistes y tecnología—, sintió un vuelco en el corazón.
Usó la Daga Celestial no para beber el poder del gigante, sino para canalizar su propia energía y sellar la grieta de la que Goliathos había despertado.
El gigante volvió a convertirse en montaña, dejando un silencio sepulcral en el desfiladero.
Niamh se acercó a Eyre, jadeando, con la armadura abollada.
—No iba a dejar que hicieras ese trato, Eyre.
Prefiero que me odies siendo libre a que me ames siendo una estatua de piedra.
Eyre lo miró durante un largo rato.
Luego, se giró hacia Fenris, quien guardaba su daga con manos temblorosas.
—¿Por qué me has salvado, elfo?
Podrías haber dejado que el gigante terminara el trabajo del Consejo.
Fenris la miró con una mezcla de respeto reacio y fatiga.
—Porque Niamh luchó contra ese gigante con más desesperación de la que mostró en la batalla de Aldora.
No entiendo vuestro amor, Portadora.
Me parece una debilidad peligrosa.
Pero si el Rey está dispuesto a morir por ti, supongo que mi deber es asegurarme de que no tenga que hacerlo hoy.
Kaelen se sacudió el polvo de los pantalones y guardó su rifle.
—Bueno, ahora que todos somos mejores amigos y hemos compartido un momento de “unión grupal” casi matándonos, ¿podemos seguir?
Porque tengo hambre y el próximo fragmento no se va a recoger solo.
Por cierto, Fenris, tienes buen estilo con la daga.
Para ser un elfo estirado, no te mueves nada mal.
Fenris solo asintió con la cabeza, permitiendo que un atisbo de camaradería se filtrara en su rostro de hielo.
El grupo reanudó la marcha, ahora con Fenris como un guardián silencioso en la retaguardia.
La desconfianza de Eyre hacia Niamh no se había borrado, pero la semilla de una nueva alianza había germinado.
En lo alto de la montaña, el Cuarto Fragmento aguardaba, custodiado por el ancestro de Callum que conocía la verdadera razón por la que Eyre fue concebida.
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