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La Princesa y El Rey de Hielo: el corazón de onix y la daga celestial. - Capítulo 28

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  3. Capítulo 28 - 28 EL ALIENTO DEL ABISMO Y EL PACTO DE LAS SOMBRAS
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28: EL ALIENTO DEL ABISMO Y EL PACTO DE LAS SOMBRAS 28: EL ALIENTO DEL ABISMO Y EL PACTO DE LAS SOMBRAS El ascenso final hacia el Pico del Pesar se bifurcaba en dos senderos: uno que descendía hacia las entrañas de la montaña, donde los Nictálopes habían construido nidos de obsidiana para vigilar el paso, y otro que subía verticalmente hacia el Santuario del Ancestro.

​Niamh se detuvo, observando el rastro de viscosidad gris que goteaba de las grietas inferiores.

—Si no neutralizamos esos nidos, los Nictálopes nos flanquearán mientras estemos en el santuario.

Elena ha enviado a sus mejores rastreadores.

​Kaelen Vance escupió un palillo y ajustó la correa de su rifle térmico.

—Traducción: los chicos listos van a la cueva oscura a patear traseros de sombras mientras ustedes dos suben a tener una “charla espiritual” con un fósil viviente.

Fenris, ¿estás listo para ver cómo pelea un profesional de Calandra?

​Fenris, que ya había envuelto sus dagas en un paño impregnado de esencia de luz para contrarrestar la oscuridad, asintió con una rigidez militar que empezaba a resquebrajarse en una sonrisa de suficiencia.

—Solo intenta no dispararme por la espalda con tus ruidosos artefactos, humano.

Mi velocidad es superior a tu tecnología.

​—Eso ya lo veremos, “Princesa de Plata” —rió Kaelen, haciendo un gesto de despedida a Eyre y Niamh mientras se internaba en el túnel con Fenris.

Niamh y Eyre quedaron solos frente a una escalera tallada en el viento mismo.

La magia del lugar hacía que cada escalón fuera una plataforma de aire sólido.

Niamh extendió su mano hacia Eyre, pero no con la rigidez de un guardia, sino con una suavidad que la desarmó.

​—No te he pedido perdón adecuadamente por lo de la Portadora anterior —dijo Niamh, su voz volviéndose de terciopelo.

Mientras subían, él se mantuvo siempre un paso por debajo, asegurándose de que si ella tropezaba, caería directamente en sus brazos—.

Mil años de reinado me enseñaron a ser un juez, Eyre.

Pero contigo, estoy aprendiendo a ser un hombre que teme al juicio de una sola mujer.

​Eyre se detuvo en un escalón, girándose para quedar cara a cara con él.

El viento agitaba sus ropajes, revelando la silueta de su cuerpo bajo la luz crepuscular.

—¿Un hombre que teme?

—coqueteó ella, pasando un dedo por la mejilla de Niamh, sintiendo el frío reconfortante de su piel—.

No pareces tener mucho miedo cuando me miras como si fuera el último trozo de tierra firme en un océano de tormenta.

​Niamh aprovechó el momento y acortó la distancia, rodeando la cintura de Eyre con un brazo y pegándola a su armadura.

El contraste entre el metal helado y el calor de la respiración de Eyre creó una estela de vapor entre sus labios.

—No es miedo a tu poder, Eyre.

Es miedo a que algún día te des cuenta de que este Rey de Hielo no es más que un mendigo que solo busca tu atención.

Eres más peligrosa que cualquier ancestro de Callum, porque tú tienes la llave de mi voluntad.

​Eyre sintió un escalofrío que no era por el clima.

Estaba a punto de decir algo, de ceder a la tensión que vibraba entre ellos, cuando el cielo sobre el pico se volvió de un púrpura sangriento.

Habían llegado a la cima.

En el centro de una plataforma de cuarzo negro, una figura colosal de piedra y sombras los esperaba.

No era un gigante común; era Malakor, un ser que había sido general de Callum antes de que el mundo fuera dividido.

​—”Habéis tardado mucho, semilla de mi señor”— rugió Malakor, su voz agrietando el cuarzo —.

“Y traes contigo al carcelero del Norte.

Un Rey que huele a miedo y a flores marchitas.” ​Niamh desenvainó su espada, pero Eyre puso una mano sobre su pecho.

—Es mi prueba, Niamh.

Quédate atrás.

​Malakor se inclinó, su rostro de piedra a centímetros del de Eyre.

—”Para obtener el Cuarto Fragmento, debes demostrar que eres digna del nombre de tu padre.

No con luz, sino con la oscuridad que te dio forma en Aldora.

Si derrotas a tu propio reflejo, el fragmento será tuyo.

Si fallas, serás devorada por el vacío que intentas contener.” Mientras tanto, en las profundidades, la situación era radicalmente distinta.

Kaelen y Fenris se movían espalda con espalda a través de una galería de estalactitas donde los Nictálopes acechaban.

​—¡A las doce!

—gritó Kaelen, disparando una ráfaga de plasma que iluminó a tres criaturas pálidas que caían del techo.

​Fenris se movió como un relámpago, sus dagas trazando arcos de luz que decapitaron a dos Nictálopes en un solo movimiento fluido.

—Tu arma hace demasiado ruido, Vance.

Atrae a más de los que elimina.

​—¡Se llama “control de masas”, elfo!

—replicó Kaelen, lanzando una granada cegadora que dejó a una horda de sombras aturdida—.

Además, admite que te gusta mi estilo.

Haríamos un gran equipo de limpieza en Calandra.

Podríamos abrir una empresa: “Exterminios Vance & Orejas”.

​Fenris soltó una carcajada genuina mientras apuñalaba a un Nictálope por la espalda.

—Aceptaré tu oferta solo si el uniforme no es tan ridículo como el tuyo.

¡Cuidado, vienen más por el túnel sur!

​—¡Entonces es hora de usar el juguete grande!

—Vance sacó un lanzallamas rúnico y las cuevas se llenaron de un rugido de fuego que hizo retroceder a la oscuridad de Elena.

En la cima, Eyre se enfrentaba a una sombra de sí misma: una versión de ella con la corona de Callum y los ojos de Morrigan, fría y despiadada.

​—”¿Crees que Niamh te ama?”— siseaba la sombra —.

“Solo te mira porque eres el fragmento más brillante de su colección.

En cuanto el Corazón de Gaia esté completo, volverás a ser la hija del monstruo.” ​Niamh observaba desde el borde, su espada temblando en su mano.

Sabía que si intervenía, la prueba mataría a Eyre.

Pero verla sufrir contra sus propios demonios era la tortura más grande de sus mil años de vida.

​—¡Eyre!

—gritó él—.

¡Tú no eres lo que ellos dicen!

¡Tú eres lo que has elegido ser en mis brazos!

​Eyre, inspirada por la voz de Niamh, no atacó a la sombra con odio.

En lugar de eso, la abrazó.

Aceptó la parte de ella que pertenecía a Aldora, la parte que amaba a Morrigan a pesar de todo, y la fusionó con su voluntad de hierro.

La sombra se disolvió en un destello de luz violeta.

​Malakor el Eterno guardó silencio.

Con un suspiro que sonó como una avalancha, abrió su mano de piedra, revelando el Cuarto Fragmento: un trozo de ámbar que contenía una chispa de fuego eterno.

​—”Llevadlo.

Pero recordad: el quinto fragmento está en el Reino de los Sueños, donde ni el hielo de Niamh ni las balas de Vance pueden protegerte.

Allí, solo entrarás tú.” Kaelen y Fenris emergieron del túnel, cubiertos de hollín y sangre de sombra, justo cuando Eyre bajaba del santuario con el fragmento en la mano.

Fenris miró a Niamh y, por primera vez, hubo un respeto mutuo en su silencio.

Habían sobrevivido a otra trampa de Elena.

​Kaelen se acercó a Eyre y le dio un codazo juguetón.

—Bueno, parece que ganaste la medalla de oro.

Por cierto, Niamh, el elfo aquí presente es un psicópata con las dagas.

Deberías darle un aumento.

​Eyre miró a Niamh, y a pesar de la victoria, la advertencia de Malakor sobre el Reino de los Sueños quedó flotando en el aire.

Se acercó al Rey y le susurró: —Si tengo que entrar sola en los sueños, Niamh…

asegúrate de estar esperándome cuando despierte.

Y esta vez, no aceptaré un “no” por respuesta.

​Niamh la atrajo hacia sí, besando su frente con una devoción que hizo que incluso Fenris desviara la mirada.

—Estaré allí, Eyre.

Aunque tenga que congelar el tiempo mismo para encontrarte.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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