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La Princesa y El Rey de Hielo: el corazón de onix y la daga celestial. - Capítulo 29

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  3. Capítulo 29 - 29 EL TEATRO DE LAS SOMBRAS Y EL TRONO DE ESPINAS
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29: EL TEATRO DE LAS SOMBRAS Y EL TRONO DE ESPINAS 29: EL TEATRO DE LAS SOMBRAS Y EL TRONO DE ESPINAS En Aldora, el tiempo no se mide en horas, sino en la intensidad del crepúsculo.

El cielo era una herida de color violeta profundo, y las torres de obsidiana del palacio central exhalaban un vapor frío que se enroscaba en los jardines de rosas negras.

​Morrigan se encontraba en sus aposentos privados, una estancia donde las paredes no eran de piedra, sino de espejos de sombras que reflejaban no el cuerpo, sino los deseos más oscuros de quien los miraba.

Vestía una seda traslúcida que parecía tejida con humo y luz de luna, dejando al descubierto la piel pálida de sus hombros y el tatuaje de un cuervo que parecía latir sobre su clavícula.

​Escuchó los pasos pesados y rítmicos.

No necesitaba mirar para saber que era él.

Callum entró en la habitación, su presencia inundando el espacio con un olor a ozono y tierra antigua.

Su forma humana era imponente, pero sus ojos delataban la tormenta de vacío que rugía en su interior.

​—Has tardado en venir a mi llamado, Callum —susurró Morrigan, caminando hacia él con la indolencia de un depredador.

Se detuvo a milímetros de su pecho, sintiendo la vibración del poder que emanaba de él—.

¿O es que las caricias de esa mujer de Calandra te han vuelto sordo a mi voz?

​Callum la tomó por la nuca con una mano que temblaba, no de miedo, sino de una devoción que rayaba en la locura.

—Sabes que ella no es nada, Morrigan.

Elena es un instrumento, un recipiente para la llave que nos dará el Corazón de Gaia.

Tú eres la única razón por la que este mundo sigue en pie.

Tú eres mi principio y mi fin.

​Morrigan sonrió, una curva de labios que ocultaba un veneno letal.

Deslizó sus manos por el torso de Callum, desabrochando su jubón negro con una lentitud tortuosa.

—Demuéstramelo —dijo ella, su voz bajando a un registro que hizo que las sombras de la habitación bailaran con frenesí—.

Olvida el pacto por una noche.

Olvida a la niña.

Sé solo el hombre que juró que quemaría las Siete Tierras solo para verme sonreír.

​La atmósfera se volvió densa, cargada de una electricidad erótica que parecía distorsionar la realidad.

Morrigan lo guió hacia el lecho de pieles de lobo, usando cada caricia y cada susurro para alimentar la obsesión de Callum.

Mientras lo envolvía en sus brazos, Morrigan cerró los ojos un segundo y, con un movimiento imperceptible de sus dedos, activó un Espejo de Enlace.

​A miles de kilómetros de distancia, en un refugio oculto de Calandra, Elena vería cada detalle.

Vería la entrega absoluta de Callum, escucharía sus gemidos de adoración hacia la Diosa Cuervo y sentiría cómo su “alianza de sangre” se convertía en una burla frente al deseo carnal y divino.

Horas después, cuando la habitación estaba sumergida en un silencio post-coital y las luces de Aldora parpadeaban como brasas moribundas, Morrigan permanecía recostada sobre el pecho de Callum.

Sus dedos trazaban cicatrices invisibles sobre la piel del monstruo.

​Callum la abrazaba con una fuerza posesiva, como si temiera que ella se disolviera en el aire al salir el sol.

​—Dime algo, Callum —susurró Morrigan, su tono ahora teñido de una curiosidad gélida—.

Me juras amor eterno, me entregas tu esencia en este lecho…

y sin embargo, mantienes a esa mujer, a Elena, a tu lado.

Ella cree que es tu reina.

Ella cree que Eyre es vuestro legado compartido.

​Callum se tensó, y sus ojos se volvieron negros por completo, reflejando el vacío del Dios Olvidado con el que había pactado.

—Elena es necesaria para el ritual, Morrigan.

Su cuerpo de Calandra es el único que puede estabilizar la energía del Vacío sin explotar.

El pacto con el Dios Olvidado exigía un sacrificio de amor mundano para alimentar un poder inmortal.

​—¿Amor mundano?

—Morrigan se incorporó, dejando que la seda resbalara por su espalda—.

¿La amas, Callum?

¿O simplemente disfrutas del sabor de su traición hacia su propia especie?

​Callum se levantó y caminó hacia el balcón, mirando hacia el horizonte donde el Reino de los Sueños empezaba a manifestarse.

—No la amo.

La odio por recordarme que no soy un dios.

Pero la necesito porque ella es la única que puede engañar a Eyre.

Nuestra hija…

—Callum hizo una pausa, y su voz se volvió más profunda— …Eyre tiene que elegir libremente entregarnos el Corazón.

Y solo lo hará si cree que está salvando a su “madre buena”.

​Morrigan sintió un escalofrío de rabia.

Sabía que Elena vería esto también.

Sabía que a partir de este momento, la “piel de cordero” de Elena se caería, consumida por los celos y el odio hacia Callum por haberla usado solo como una herramienta desechable.

​—Vete ahora —ordenó Morrigan, dándole la espalda—.

Regresa a tus planes y a tus sombras.

Pero recuerda, Callum: me has dado imágenes que no se pueden borrar.

Y Elena no es tan paciente como yo.

​Callum la miró una última vez, con una mezcla de adoración y sospecha, antes de disolverse en un torbellino de plumas negras y ceniza.

​Morrigan se acercó al espejo de sombras.

La imagen de Elena en Calandra apareció por un segundo: la mujer estaba destrozada, sus ojos inyectados en sangre y sus manos apretadas sobre un mapa de Aldora que empezaba a arder.

​—La semilla está plantada —susurró Morrigan para sí misma, pensando en Eyre y Niamh—.

Ahora, que los monstruos se devoren entre ellos mientras mi hija encuentra el camino a casa.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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