La Princesa y El Rey de Hielo: el corazón de onix y la daga celestial. - Capítulo 30
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- Capítulo 30 - 30 EL VALS DE LOS TRONOS ROTOS
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30: EL VALS DE LOS TRONOS ROTOS 30: EL VALS DE LOS TRONOS ROTOS El silencio en la cámara de Morrigan tras la partida de Callum no era paz; era el vacío que queda después de una tormenta de ceniza.
La Diosa Cuervo se acercó al gran ventanal que dominaba el valle de Aldora.
Bajo la luz perpetua de las lunas amatista, el mundo parecía una joya tallada por un loco.
Morrigan apoyó la frente contra el cristal frío, y por un breve instante, sus hombros se hundieron.
En la soledad de su alcoba, la máscara de frialdad divina se agrietó.
Sus dedos, aún impregnados del aroma a ozono y sombra de Callum, temblaron ligeramente.
—¿Qué hemos hecho de nosotros, mi señor de la nada?
—susurró al cristal, su aliento empañando la superficie.
Morrigan cerró los ojos y, contra su voluntad, el pasado la asaltó.
Recordó a Callum antes de las cicatrices, antes de que el vacío devorara sus ojos.
Recordó al hombre que le traía flores de escarcha del Norte solo para verla sonreír, al guerrero que juró que su espada nunca conocería el sabor de la sangre de los inocentes.
En aquel entonces, Aldora no era una prisión de sombras, sino un refugio de luz y conocimiento.
Pero el amor de Callum había sido una fuerza gravitacional demasiado intensa.
Su deseo de proteger a Morrigan, de hacerla eterna, lo llevó a buscar lo que nunca debió ser nombrado.
El pacto con el Dios Olvidado no fue un acto de maldad pura, sino de un amor que se volvió cáncer.
Y ella, Morrigan, lo había visto transformarse en un monstruo mientras intentaba desesperadamente salvar la chispa del hombre que aún habitaba en el centro de la tormenta.
¿Lo amaba todavía?
¿O lo que sentía era la piedad de un verdugo hacia su víctima favorita?
Esa duda era el único secreto que ni siquiera los espejos de Aldora podían reflejar.
Sacudiendo la cabeza para disipar la nostalgia, Morrigan recuperó su postura regia.
La debilidad era un lujo que no podía permitirse mientras Elena siguiera respirando el aire de Calandra.
Se acercó a un caldero de plata lleno de agua negra.
Con un movimiento elegante de su mano, conjuró una nueva imagen.
No era una visión del presente, sino un recuerdo imbuido de una carga sensorial tan potente que cruzaría las dimensiones.
—Mira bien, Elena —masceó Morrigan entre dientes—.
Mira lo que nunca podrás tener, aunque engendres mil hijas para él.
La imagen que envió a través del velo hacia Calandra era devastadora por su intimidad.
Mostraba a Callum arrodillado frente a Morrigan, no como un general, sino como un devoto ante su altar.
En la visión, Callum le entregaba una pequeña gema roja, el latido de un sol moribundo, y susurraba: “Incluso en el fin de los tiempos, mi único pecado será haberte amado más que a mi propia alma”.
Morrigan se aseguró de que Elena no solo viera la escena, sino que sintiera la vibración de la voz de Callum, la reverencia en su tacto y el desprecio absoluto que él sentía por cualquier otra mujer que no fuera la Diosa Cuervo.
Era una tortura psicológica refinada; Morrigan estaba usando el amor de Callum como una soga para ahorcar la alianza de Elena.
Las sombras en la esquina de la habitación se espesaron de nuevo.
Callum no se había ido del todo; su obsesión lo obligaba a orbitar alrededor de Morrigan como un planeta muerto alrededor de una estrella negra.
Emergió de la oscuridad, su forma física fluctuando entre el hombre que fue y la entidad de vacío que ahora era.
—Siento tu rastro en el velo, Morrigan —dijo Callum, su voz resonando en las paredes como el crujir de un glaciar—.
Estás enviando mensajes a Calandra.
¿Por qué sigues jugando con esa mortal?
Ella cumple su función.
No es digna de tu atención ni de tu odio.
Morrigan se giró lentamente, dejando que la seda de su vestidura se deslizara con una sensualidad que sabía que volvía loco a Callum.
Se acercó a él, rodeando su cuello con sus brazos pálidos, obligándolo a mirarla.
—Ella cree que tiene una parte de ti, Callum —susurró Morrigan, pegando su cuerpo al suyo—.
Ella cree que cuando el Corazón de Gaia sea restaurado, tú te sentarás a su lado en un trono de luz en Calandra.
¿Vas a decírselo tú, o debo seguir recordándole que para ti ella es solo el campo donde sembraste una semilla de destrucción?
Callum la estrechó contra sí con una fuerza que habría roto los huesos de una mortal.
Sus ojos negros buscaron los de ella, buscando una señal, una brizna de afecto real tras la máscara de manipulación.
—Tú sabes que no hay trono para ella —gruñó Callum—.
Cuando Eyre abra la puerta, Elena será la primera en ser consumida por el Vacío.
Es el precio del pacto.
El Dios Olvidado exige que todo lo que no sea puro se desvanezca.
Y solo tú y yo somos puros en nuestra oscuridad, Morrigan.
Morrigan apoyó la cabeza en el hombro de Callum, cerrando los ojos.
Por un momento, se permitió inhalar su aroma, ese rastro de peligro y eternidad que alguna vez la hizo sentir segura.
—¿Por qué ella, Callum?
—preguntó de repente, su voz cargada de una vulnerabilidad que no era fingida—.
De todas las mujeres en todas las dimensiones, ¿por qué elegiste a esa criatura de Calandra para engendrar a la Portadora?
¿Fue porque ella era lo opuesto a mí?
¿Porque su mediocridad te daba un respiro de mi divinidad?
Callum se separó un poco, tomando el rostro de Morrigan entre sus manos grandes y callosas.
—La elegí porque era desechable, Morrigan.
La elegí porque su amor era pequeño, egoísta y fácil de manipular.
No quería mancharte a ti con el proceso de creación de la Llave.
Quería que Eyre fuera perfecta, pero que el pecado de su nacimiento cayera sobre los hombros de una mortal.
Callum se inclinó, besando la frente de Morrigan con una ternura que resultaba aterradora viniendo de un ser de su poder.
—Elena es el sacrificio, Morrigan.
Siempre lo fue.
Ella es la madre de la carne, pero tú…
tú eres la madre del espíritu de Eyre.
Tú la criaste en Aldora bajo mi sombra para que fuera fuerte, para que fuera como nosotros.
Morrigan guardó silencio, sintiendo el peso de la mentira de Callum.
Sabía que Elena, desde su escondite en Calandra, estaba viendo esta escena en ese preciso momento.
Estaba viendo cómo el hombre por el que lo había sacrificado todo la llamaba “desechable”.
—¿Y si Eyre no elige el Vacío, Callum?
—preguntó Morrigan, apartándose de él y caminando hacia su trono de huesos de dragón—.
¿Y si ese Rey de Hielo que la sigue como un perro fiel logra convencerla de que hay otro camino?
Callum soltó una carcajada que hizo vibrar las ventanas.
—Niamh es un vestigio de un mundo que ya ha muerto.
Su hielo se derretirá ante el fuego de Eyre.
Y si él intenta interferir…
Elena se encargará de él.
Ella cree que matando a Niamh recuperará mi favor.
Pobre tonta.
No sabe que cada acto de celos que comete solo me aleja más.
Morrigan se sentó en su trono, cruzando las piernas con una elegancia suprema.
En su mente, el plan seguía avanzando.
Elena, despechada y herida en su orgullo de mujer y de madre, no tardaría en actuar contra Callum.
Y cuando los monstruos empezaran a despedazarse entre ellos, Eyre tendría la oportunidad que Morrigan siempre quiso para ella: la oportunidad de ser libre de ambos.
—Vete, Callum —ordenó Morrigan, su voz volviendo a ser de mármol—.
Tengo que preparar el Reino de los Sueños para nuestra hija.
Y tú…
tú tienes una aliada en Calandra que pronto descubrirá que el amor de un monstruo es el regalo más peligroso de todos.
Callum se inclinó en una reverencia profunda y desapareció en una explosión de plumas negras.
Morrigan se quedó sola en la penumbra.
Miró sus manos, las mismas manos que habían acariciado a Callum con una mezcla de amor real y odio fingido.
¿O era al revés?
Suspiró, y una sola pluma negra cayó de su hombro al suelo, un recordatorio de que en el juego de los dioses, el corazón es la primera pieza que se sacrifica.
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