La Princesa y El Rey de Hielo: el corazón de onix y la daga celestial. - Capítulo 4
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- Capítulo 4 - 4 EL ECO DE LOS MUNDOS PERDIDOS
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4: EL ECO DE LOS MUNDOS PERDIDOS 4: EL ECO DE LOS MUNDOS PERDIDOS La primera noche en Onyxia no fue un descanso, sino un descenso a las profundidades de una psique fracturada.
Eyre dormía sobre el banco de piedra de la celda, envuelta en su capa de viaje que aún conservaba el rastro del hollín de Aldora.
El frío de la obsidiana no era solo superficial; se filtraba en sus huesos, obligándola a encogerse, buscando un calor que ya no existía en su realidad.
En el umbral del sueño, la barrera que Morrigan había construido en su mente volvió a agrietarse, esta vez bajo el peso de la verdad revelada por la sangre.
El Sueño de Calandra Eyre no despertó en un palacio.
Despertó en un cubículo estrecho, saturado por el sonido de una lluvia metálica golpeando un cristal reforzado.
No había seda esmeralda, sino una manta de lana sintética de color gris gastado.
El aire olía a café recalentado y al ozono de las máquinas que zumbaban en la calle.
—Eyre, cielo, despierta.
Tienes que comer algo.
La voz era suave, con una nota de cansancio crónico que ninguna reina de Aldora habría permitido jamás.
Eyre, en su sueño, giró la cabeza.
Vio a la mujer de sus visiones anteriores: su verdadera madre.
Se llamaba Elena.
Tenía las manos agrietadas por el trabajo y el frío de un invierno que no conocía la magia, solo la física implacable de Calandra.
En la mesa de madera laminada, había un pequeño pastel con una sola vela.
Era su quinto cumpleaños.
—¿Pido un deseo, mami?
—preguntó la pequeña Eyre, su voz sonando extraña en sus propios oídos de adulta.
—Pide lo que quieras, mi niña.
Mientras estemos juntas, el mundo exterior no importa.
Pero el mundo exterior sí importaba.
A través de la ventana del pequeño apartamento, Eyre vio cómo el cielo de la ciudad de Calandra se rasgaba.
No hubo truenos, solo un silencio absoluto que devoró el ruido de los coches y las fábricas.
Una grieta de color violeta oscuro se abrió en medio del salón, y de ella emergió una figura que parecía hecha de noche y estrellas.
Morrigan.
La Diosa de la Guerra no traía armadura en ese momento, sino un vestido de plumas que se movía como si estuviera vivo.
Sus ojos brillaron al ver a la niña.
No hubo lucha.
La madre humana, Elena, intentó interponerse, pero Morrigan simplemente movió un dedo y el tiempo se detuvo para la mujer.
Elena quedó congelada en un grito silencioso, una estatua de carne y hueso en medio de su propia cocina.
—Vienes conmigo, pequeña luz —susurró Morrigan, tomando a la niña Eyre en brazos—.
Calandra es un cementerio de almas grises.
Yo te daré un trono de oro y un cielo que arda con mi nombre.
La visión se distorsionó.
Eyre vio a su madre humana envejecer mil años en un segundo, atrapada en ese instante congelado mientras ella era arrastrada al Vacío.
El pastel de cumpleaños se pudrió, la vela se apagó y el nombre “Eyre” fue borrado de los registros de un mundo que pronto la olvidaría.
—¡MAMÁ!
—gritó Eyre en la celda de Onyxia.
Eyre se sentó de golpe, golpeando su espalda contra la obsidiana fría.
Su rostro estaba bañado en sudor frío, y sus pulmones buscaban un aire que no estuviera viciado por el recuerdo del ozono de Calandra.
El silencio de la celda era ahora opresivo.
La marca en su palma, donde se había cortado la noche anterior, palpitaba con una luz blanca residual.
—Un nombre curioso para llamar a una diosa que te ha dado todo —dijo una voz desde las sombras.
Niamh Thursteim estaba allí, apoyado contra el marco de la puerta.
Parecía que no hubiera dormido.
Su armadura de ónix estaba impecable, y su mirada azul de hielo escudriñaba a Eyre con una intensidad renovada.
—No llamaba a Morrigan —respondió Eyre, recuperando su compostura y apartándose el cabello húmedo de la frente—.
Llamaba a la mujer a la que ella le robó una hija.
Niamh se enderezó.
El desprecio que había mostrado el día anterior parecía haber sido reemplazado por una curiosidad cautelosa.
—He hablado con mis cronistas —dijo él, entrando en la celda.
El frío que emanaba de él pareció estabilizar el ambiente—.
Calandra fue una vez una colonia de los Tuatha Dé Danann, hace eones, antes de que el hierro y el fuego humano expulsaran la magia.
Que Morrigan haya encontrado el camino de vuelta para traerte es una prueba de su desesperación…
o de su ambición.
Niamh extendió una mano hacia ella.
No fue un gesto de ternura, sino una orden silenciosa.
—Levántate, Eyre de Calandra.
El Consejo de los Siete espera.
No están contentos con tener a la “prole de la Diosa” bajo nuestro techo.
Si quieres conservar la cabeza, tendrás que decirles algo más que historias de mundos de acero.
Eyre aceptó la mano de Niamh.
Su piel estaba tan fría como la piedra, pero su agarre era firme y sorprendentemente humano.
Al salir de las celdas, el cambio de temperatura fue brutal.
Onyxia era un reino tallado en el corazón de una montaña de obsidiana, y el aire exterior estaba cargado de una escarcha mágica que purificaba los pulmones.
Caminaron por pasillos de una arquitectura imposible.
Los elfos de Onyxia no construían con madera, sino que daban forma a la piedra viva mediante canciones y voluntad.
Las paredes mostraban relieves de batallas antiguas: elfos contra gigantes de escarcha, y elfos contra las sombras de Morrigan.
Eyre notaba las miradas de los ciudadanos elfos.
Eran altos, esbeltos y distantes, con ropas de seda oscura y pieles de animales que no conocía.
El murmullo cesaba a su paso.
Ella era una mancha de color esmeralda y sangre en un mundo de blanco y negro.
—No les gustas —comentó Niamh sin mirarla, mientras subían la Gran Escalera de Cristal—.
Para ellos, eres el presagio de la guerra que Callum ha desatado.
Creen que entregarte a la Viscosidad calmará su sed.
—¿Y tú qué crees, Niamh?
—preguntó Eyre, acelerando el paso para ponerse a su altura.
Niamh se detuvo en el descanso de la escalera.
El viento sopló su cabello blanco, haciéndolo parecer un espectro de nieve.
Giró la cabeza y sus ojos azules chocaron con los marrones de Eyre.
—Creo que la Viscosidad no se calma con sacrificios, sino con fuego —respondió él—.
Y creo que tú tienes una chispa que no pertenece a este mundo.
No te protegeré por piedad, Eyre.
Te protegeré porque eres el único cabo suelto en el plan de Morrigan.
Y nada me daría más placer que verla fracasar.
Las puertas de la Gran Sala se abrieron con un estruendo de hielo rompiéndose.
El Consejo de los Siete estaba compuesto por los elfos más ancianos y poderosos de Onyxia.
Estaban sentados en un semicírculo de tronos de hielo, sus rostros tan inmóviles como estatuas.
El ambiente era hostil.
El aire vibraba con una presión mágica que hacía que a Eyre le costara respirar.
—Rey Niamh —habló una elfa de cabellos plateados y ojos que parecían perlas—.
Has traído a la hija del traidor a nuestro santuario.
Los vientos del sur huelen a la putrefacción de Callum.
Los monstruos golpean nuestras fronteras porque buscan lo que tú tienes cautivo.
—Ella no es su hija, Elara —respondió Niamh, su voz resonando con la autoridad de un trueno—.
Es una humana de Calandra.
La sangre de la obsidiana no mintió.
Un murmullo de incredulidad recorrió la sala.
Elara se levantó, sus vestiduras plateadas tintineando como campanas.
—¿Calandra?
—repitió con desdén—.
Un mundo sin alma.
Si es humana, es aún más inútil.
¿Qué puede hacer una simple mortal contra la corrupción de un Dios Olvidado y el despecho de una Diosa?
Eyre sintió que la rabia bullía en su interior.
No era la rabia de una princesa mimada, sino la frustración de la niña de Calandra que había sido arrancada de su hogar.
Dio un paso adelante, ignorando el protocolo elfo.
—Puede que no tenga vuestra magia ancestral —dijo Eyre, su voz firme a pesar de la presión en la sala—.
Pero tengo la Daga de los Tuatha Dé Danann.
Y tengo algo que vosotros, en vuestra inmortalidad de hielo, habéis olvidado: sé lo que es perderlo todo.
Eyre desenvainó la daga.
La luz de la sala pareció ser absorbida por la hoja traslúcida.
El rubí en el pomo brilló con una intensidad que hizo que los consejeros se cubrieran los ojos.
—La Daga me mostró la verdad —continuó Eyre—.
Callum no está solo.
El pacto que hizo con el Dios de la Viscosidad requiere un ancla en este mundo.
Ese ancla soy yo.
Si Morrigan logra poseer mi cuerpo por completo, el portal entre vuestro mundo y el Abismo se abrirá permanentemente.
Onyxia no será un reino de hielo; será una tumba de sombras.
El silencio que siguió fue absoluto.
Niamh observaba a Eyre con una expresión que rozaba la admiración.
Ella no estaba suplicando por su vida; estaba dictando los términos de una guerra que ellos aún no querían aceptar.
—La humana habla con la lengua de los antiguos —dijo un consejero anciano, cuya piel parecía hecha de corteza de árbol—.
Pero la Daga es caprichosa.
Solo obedece a quien tiene una voluntad inquebrantable.
—Entonces ponedme a prueba —desafió Eyre—.
Enviadme a la Frontera de las Sombras.
Si mi presencia atrae a los monstruos de Callum, los destruiré con el filo que ellos mismos temen.
Y si sobrevivo, Niamh Thursteim me dará su ejército para marchar sobre Aldora.
Niamh se adelantó, colocándose al lado de Eyre.
La diferencia de tamaño era imponente, pero en ese momento parecían formar un frente único.
—Ella irá a la frontera —declaró Niamh—.
Yo iré con ella.
Si la Daga Celestial reconoce su voluntad frente a la corrupción, Onyxia entrará en la guerra.
Pero si flaquea…
yo mismo me encargaré de que su sangre no alimente al Abismo.
Elara asintió lentamente.
—Que así sea.
El destino de Onyxia se decidirá en el Muro de Escarcha.
Que los dioses nos perdonen si estamos confiando en una sombra de Calandra.
Cuando salieron de la sala del consejo, el peso de la decisión cayó sobre los hombros de Eyre.
Había prometido una victoria que no sabía si podía entregar.
Pero al mirar a Niamh, vio que él no se alejaba.
—Has sido valiente —dijo él, mientras caminaban hacia las armerías—.
O estúpida.
La diferencia en Onyxia es muy sutil.
—Necesitaba que me escucharan —respondió Eyre, frotándose los brazos para entrar en calor.
—Te han escuchado.
Pero ahora tienes que prepararte.
Mañana partiremos hacia el norte.
Mis exploradores dicen que la Viscosidad ha creado algo nuevo en los bosques: rastreadores de almas.
Buscan tu esencia, Eyre.
Niamh se detuvo frente a una gran forja donde los herreros elfos trabajaban el acero frío.
Tomó un peto de cuero reforzado con láminas de ónix y se lo ofreció a Eyre.
—Póntelo.
No quiero que mueras antes de que lleguemos al muro.
Me resultaría muy difícil explicarle al consejo por qué mi “arma secreta” se ha congelado en el camino.
Eyre tomó la armadura, sus dedos rozando los de Niamh.
Esta vez, el contacto duró un segundo más de lo necesario.
La frialdad de él ya no le resultaba tan hostil; era un refugio contra el calor pegajoso y corrupto de Aldora.
—Niamh…
—dijo ella, su voz apenas un susurro—.
En mi sueño…
vi a mi madre.
La verdadera.
Morrigan la dejó atrapada en el tiempo.
Si ganamos esto…
¿crees que la Daga pueda devolverme a Calandra para salvarla?
Niamh la miró profundamente.
Sus ojos de hielo parecieron suavizarse por primera vez.
—La Daga de los Tuatha Dé Danann puede hacer muchas cosas, Eyre.
Pero la pregunta no es si puedes volver.
La pregunta es si, después de ver la verdad de este mundo, volverás a ser la misma que salió de aquel cubículo de acero.
Eyre no respondió.
Sabía que él tenía razón.
La princesa de Aldora era una mentira, pero la Eyre de Calandra era un fantasma.
Ella estaba naciendo ahora, en medio del hielo y la guerra, forjada por el filo de una daga celestial y la mirada de un rey elfo que se negaba a dejarla caer.
—Mañana seremos fuego en el hielo, Niamh Thursteim —sentenció Eyre, ajustándose la armadura—.
Prepárate para lo que vendrá.
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