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La Princesa y El Rey de Hielo: el corazón de onix y la daga celestial. - Capítulo 31

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  3. Capítulo 31 - 31 EL ECO DEL GLACIAR Y EL CORAZÓN DE ÓNIX
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31: EL ECO DEL GLACIAR Y EL CORAZÓN DE ÓNIX 31: EL ECO DEL GLACIAR Y EL CORAZÓN DE ÓNIX El silencio en la alcoba de Morrigan, tras la partida de Callum, se volvió denso, casi líquido.

La Diosa Cuervo se dejó caer en su diván de seda negra, pero sus ojos no veían las paredes de obsidiana de Aldora.

Su mente, capaz de rasgar el velo del tiempo, se deslizó hacia atrás, mucho antes de la corrupción de Callum, antes de la caída de los reinos, hacia una era en la que los dioses aún caminaban entre las nubes y observaban el mundo mortal como un tablero de cristal.

​ Morrigan recordó el Plano de la Trascendencia, ese lugar de luz blanca y perpetua donde los de su clase habitaban.

Para ella, esa perfección era una cárcel de aburrimiento.

Pasaba las eras observando las crónicas de los mortales, buscando una chispa, algo que no fuera simple instinto de supervivencia.

​Y entonces, lo vio.

​En las fronteras del Reino de Onyxia, donde el hielo se encuentra con el acero, una horda de elfos del bosque —guerreros feroces que buscaban controlar el Paso de la Escarcha, la ruta comercial más vital del continente— cargaba contra las falanges del Norte.

El puerto de Onyxia, la joya comercial que conectaba los tres mares, estaba en juego.

​En el centro de la carnicería, destacaba un joven elfo.

No era un soldado común; era el heredero al trono, un príncipe cuya belleza era tan gélida como las montañas que defendía.

Niamh.

Morrigan, desde su trono celestial, se inclinó hacia adelante.

Nunca antes un mortal había capturado su atención de esa manera.

El joven Niamh se movía con una precisión que desafiaba la fatiga.

Su armadura de plata estaba teñida de la sangre verde de los elfos del bosque, pero su mirada…

su mirada era lo que mantenía a Morrigan hechizada.

Era una mezcla de deber absoluto y una soledad aristocrática que resonaba con la propia naturaleza de la diosa.

​—Mira ese fuego bajo el hielo —susurró Morrigan en el pasado, ignorando las advertencias de los otros dioses sobre la interferencia.

​Vio cómo Niamh era rodeado por diez comandantes enemigos.

Vio cómo su espada de escarcha, aún joven en poder, se quebraba bajo el peso de un hacha de guerra.

Y en ese momento, cuando la muerte parecía inevitable, Morrigan sintió un tirón violento en su pecho.

Su corazón de ónix negro, una reliquia de poder divino que se suponía incapaz de sentir emoción mundana, vibró con una intensidad que la hizo jadear.

​No era amor, no todavía.

Era un reconocimiento.

Era como si el universo le hubiera mostrado el espejo de su propia voluntad.

​—No morirás hoy, pequeño Rey —sentenció ella en el éter.

Sin que nadie lo notara, Morrigan sopló sobre el campo de batalla.

No envió un rayo ni un terremoto; envió una sombra de duda al corazón de los invasores y un soplo de eternidad a los pulmones de Niamh.

El joven príncipe, sintiendo una fuerza que no comprendía, se puso en pie.

Con sus manos desnudas, arrebató el arma de su enemigo y cambió el curso de la historia.

​Aquella tarde, mientras Niamh caminaba entre los caídos, mirando hacia el cielo como si presintiera que alguien lo observaba, Morrigan supo que sus destinos estarían entrelazados.

Fue la primera vez que sintió que su inmortalidad tenía un propósito más allá de la observación.

Esa vibración en su corazón de ónix no volvería a repetirse con tal fuerza hasta milenios después, cuando sostuvo a Eyre por primera vez en sus brazos en aquel ritual, justo después de aquellas palabras de su dulce niña.

​Morrigan abrió los ojos en el presente y soltó un suspiro que sonó como el roce de mil plumas.

La ironía era devastadora: el joven elfo al que una vez salvó por pura fascinación divina era ahora el hombre que amenazaba con arrebatarle a su hija.

​—Te di la vida en aquel desfiladero, Niamh —masculló Morrigan, su voz cargada de una nostalgia amarga—.

Te hice el Rey que eres hoy para que fueras el pilar de un mundo estable.

Y ahora…

ahora usas esa misma fuerza para desafiarme.

​Se levantó y caminó hacia el espejo donde antes proyectaba las imágenes para Elena.

La imagen de Niamh, ahora un hombre maduro y un rey curtido, apareció en la superficie.

Morrigan pasó sus dedos por el reflejo del rostro del elfo.

​—Fuiste mi primer secreto, Niamh.

Antes de Callum, antes de la oscuridad…

estuviste tú.

Y quizás por eso permito que sigas al lado de Eyre.

Porque sé que nadie más en estas tierras tiene un espíritu tan puro como el que vi aquel día entre la nieve y la sangre.

Morrigan decidió que era hora de jugar una carta que Niamh no esperaría.

No enviaría una amenaza, sino un Recuerdo Compartido.

Usando su poder, envió una visión al sueño de Niamh: la imagen de aquel campo de batalla milenario, pero esta vez, revelándole la sombra de la diosa que lo protegió desde las nubes.

​Quería que Niamh supiera que él le debía su corona a ella.

Quería sembrar la duda en él: ¿estaba con Eyre por amor, o porque la voluntad de Morrigan lo había moldeado para ello desde el principio de los tiempos?

​—Si quieres a mi hija, Rey de Hielo —susurró Morrigan a la oscuridad—, tendrás que aceptar que incluso tu libre albedrío es un regalo de la madre a la que intentas traicionar.

​Mientras tanto, en Calandra, Elena recibía otra ráfaga de visiones, pero esta vez eran de la devoción de Callum hacia Morrigan.

La atmósfera entre los villanos estaba a punto de estallar, y Morrigan, sentada en su trono de Aldora, disfrutaba del caos que su corazón de ónix había empezado a tejer hace milenios.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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