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La Princesa y El Rey de Hielo: el corazón de onix y la daga celestial. - Capítulo 32

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  3. Capítulo 32 - 32 EL HILO DE LA PROVIDENCIA
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32: EL HILO DE LA PROVIDENCIA 32: EL HILO DE LA PROVIDENCIA El campamento en las faldas del Reino de los Sueños estaba sumergido en un silencio antinatural.

La niebla, espesa y con reflejos de nácar, se enroscaba alrededor de las tiendas como serpientes pálidas.

Niamh dormía de pie, apoyado en su espada, pero su respiración era errática.

En su mente, el sueño enviado por Morrigan se repetía como una condena: el campo de batalla de su juventud, la sangre sobre la nieve y esa sombra divina que lo reclamaba como suyo.

​Fenris observaba a su Rey desde las sombras de una saliente rocosa.

Sus ojos de elfo, agudizados por milenios de servicio, no veían solo a un hombre cansado.

Veían un aura que no pertenecía al Norte.

​—Ese rastro…

—masculló Fenris para sí mismo, apretando el puño—.

He visto esa frecuencia de alma antes.

En las crónicas prohibidas de la Biblioteca de Onyxia.

Fenris se alejó del Rey y buscó a Kaelen Vance, quien estaba limpiando la lente de sus binoculares térmicos junto a una pequeña hoguera de esencia de éter.

​—Vance —dijo Fenris, su voz apenas un susurro que cortaba el viento—.

Necesito tu tecnología.

Ese artefacto que usas para medir las fluctuaciones de energía…

quiero que escanees al Rey.

Ahora.

​Kaelen levantó una ceja, dejando de lado su equipo.

—Oye, “Orejas de Plata”, si lo que quieres es saber si Niamh tiene fiebre por las pesadillas, te ahorro el trabajo: está ardiendo.

Pero si me estás pidiendo que lo espíe como si fuera un sospechoso de Calandra…

eso tiene un precio extra en lealtad.

¿Qué pasa por esa cabeza de elfo tuya?

​Fenris se acuclilló frente a él, su rostro una máscara de seriedad absoluta.

—He servido a la estirpe de Niamh desde que su abuelo talló el primer trono de hielo.

Pero hoy, en su sueño, he visto una fluctuación de Ónix Negro.

Es la firma de Morrigan.

Niamh no solo la conoce; él es un producto de su voluntad.

Si la Diosa Cuervo lo salvó en el Paso de la Escarcha hace milenios, entonces nuestro Rey no es un soberano independiente.

Es un peón de Aldora infiltrado en el corazón de Onyxia.

​Kaelen guardó silencio.

Por primera vez, su jocosidad se desvaneció.

Activó su escáner rúnico y apuntó discretamente hacia el Rey.

La pantalla mostró un patrón de ondas entrelazadas: el azul gélido de Niamh estaba rodeado por un filamento púrpura casi invisible, pero indestructible.

​—Maldita sea…

—susurró Kaelen—.

Es como un código de barras divino.

Fenris, si esto es cierto, Niamh no está protegiendo a Eyre por amor.

Está programado para orbitar alrededor de ella porque Morrigan lo decidió mucho antes de que nacieras.

​Eyre emergió de su tienda, sintiendo la tensión eléctrica en el aire.

Sus ojos, ahora más sensibles a la magia tras obtener el cuarto fragmento, captaron la mirada acusadora de Fenris y la incomodidad de Kaelen.

​—¿Qué estáis ocultando?

—preguntó Eyre, su voz resonando con una autoridad que hizo que la niebla retrocediera—.

Niamh está sufriendo y vosotros estáis aquí conspirando como cuervos.

​Fenris se puso en pie, desenvainando lentamente una de sus dagas, pero no para atacar, sino para mostrar el reflejo de la luz en ella.

—Portadora, pregúntale a tu Rey por qué la Diosa de Aldora lo llama “su pequeño Rey”.

Pregúntale por qué, en mil años, nunca ha perdido una batalla que no fuera planeada por Morrigan.

​Niamh despertó de golpe, sus ojos abriéndose con un destello de furia y confusión.

Se encontró con la mirada de Fenris, cargada de una traición milenaria, y con los ojos de Eyre, llenos de una duda que dolía más que cualquier herida de guerra.

​—Fenris, guarda esa arma —ordenó Niamh, su voz vibrando con la autoridad del trono—.

Lo que viste en mi mente no es lo que crees.

​—¡Es exactamente lo que parece!

—rugió Fenris, dando un paso adelante—.

¡Eres un títere de Aldora!

¡Nos has guiado hasta aquí no para salvar el mundo, sino para entregarle el Corazón de Gaia a la mujer que te compró la vida hace siglos!

Eyre se interpuso entre ambos, pero su mirada estaba fija en Niamh.

Se acercó a él, tomándolo por las solapas de su armadura.

Sus respiraciones se mezclaron en el frío.

​—Dímelo, Niamh —suplicó ella, con una nota de desesperación—.

Dime que tus besos no son órdenes de Morrigan.

Dime que cuando me miras, no es ella quien mira a través de tus ojos.

​Niamh la tomó de la cintura, pegándola a él con una fuerza posesiva, ignorando a Fenris y a Kaelen.

—Eyre, no sabía nada de ese encuentro hasta esta noche.

Ella me mostró el pasado para destruirnos desde dentro.

Sí, ella intervino…

pero mi amor por ti es lo único que me pertenece realmente.

Es lo único que ni siquiera ella puede controlar.

​Eyre sintió el latido acelerado de Niamh contra su propio pecho.

Quería creerle, pero el peso de saber que su madre (Elena), su padre (Callum) y ahora su protector (Niamh) estaban todos unidos por los hilos de Morrigan la hacía sentir como una marioneta en un teatro de sombras.

​—Si ella te salvó —susurró Eyre, apartándose con dolor—, es porque te necesitaba para este momento.

Fenris tiene razón en algo: nuestra historia está escrita con tinta de Aldora.

Kaelen intervino, tratando de salvar la misión.

—Escuchen, drama familiar aparte, el Reino de los Sueños no va a esperar a que resuelvan sus problemas de pareja.

Fenris, si Niamh es un peón, es el mejor peón que tenemos.

Niamh, si eres un títere, es hora de cortarte las cuerdas.

​Fenris guardó su daga, pero su lealtad ya no era hacia el Rey, sino hacia el Reino de Onyxia.

—Te seguiré hasta el final de este viaje, Niamh.

Pero si veo que la sombra de Morrigan toma el control de tus manos, no dudaré en hacer lo que el Consejo debió hacer hace siglos.

​Niamh asintió con una seriedad gélida.

El grupo, ahora fracturado por la sospecha, se preparó para cruzar el velo hacia el Reino de los Sueños.

Lo que no sabían es que Morrigan, desde su trono, sonreía.

El conflicto interno del grupo era la música perfecta para su próximo movimiento.

​Mientras tanto, en Calandra, Elena terminaba de empacar un artefacto que vibraba con una luz blanca cegadora.

Los celos la habían llevado al límite; si Callum no era suyo, y si Eyre era la favorita de Morrigan, ella destruiría el tablero completo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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