La Princesa y El Rey de Hielo: el corazón de onix y la daga celestial. - Capítulo 33
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- Capítulo 33 - 33 EL ALGORITMO DEL SONÁMBULO
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33: EL ALGORITMO DEL SONÁMBULO 33: EL ALGORITMO DEL SONÁMBULO El velo entre la vigilia y el Reino de los Sueños no se cruzó con un paso, sino con un suspiro colectivo.
En el instante en que sus pies tocaron la arena de color perla del umbral, la gravedad dejó de ser una constante.
El cielo se fragmentó en espejos que reflejaban deseos no confesados, y el aire se volvió denso, con olor a ozono y sándalo.
Kaelen Vance sintió el tirón magnético en su nuca, pero un pitido agudo en su oído lo devolvió a la realidad.
Su HMD (Head-Mounted Display) de grado militar parpadeaba en rojo: ADVERTENCIA: Interferencia Neuro-Psiónica detectada.
Activando Protocolo de Blindaje Cognitivo.
—¡Maldita sea!
—masculló Kaelen, ajustándose las gafas—.
Chicos, no respiren el…
Demasiado tarde.
A su lado, Eyre, Niamh y Fenris tenían los ojos fijos, las pupilas dilatadas y bañadas en un brillo plateado.
Estaban allí, pero sus mentes habían sido arrastradas a sus propios abismos.
Kaelen desenfundó su rifle, pero no para disparar balas, sino para activar el Escáner de Pulso Sináptico.
—Genial.
El Rey, el Elfo y la Elegida están en modo protector de pantalla —gruñó Kaelen—.
Parece que el “tecnológico” tiene que cuidar a los magos.
En la mente de Niamh, el Reino de los Sueños se manifestó como el Salón del Trono de Onyxia, pero las paredes eran de cristal negro y el suelo era un lago de tinta.
Frente a él, sentado en su propio trono, estaba él mismo.
Pero era un Niamh más joven, con una armadura que goteaba plumas de cuervo y ojos que solo emitían una luz violeta: la firma de Morrigan.
—”¿Por qué luchas, Niamh?”— dijo el Doble con una voz que era el eco de Morrigan —.
“Ella nos salvó.
Somos su obra maestra.
Eyre es solo el premio que ella nos prometió por mil años de servidumbre.
Acéptalo.
No la amas a ella, amas el destino que Morrigan te tatuó en el alma.” Niamh desenvainó su espada de hielo, pero el Doble hizo lo mismo, y el choque de sus aceros vibró en el pecho de Niamh como un recordatorio de su propia esclavitud.
Eyre caminaba por una versión distorsionada de Aldora.
A su izquierda, Elena le tendía una mano llena de luz blanca; a su derecha, Morrigan la llamaba desde las sombras.
Cada paso que daba, el suelo se convertía en letras y números de Calandra, un rastro digital que ella no comprendía.
—¡Eyre!
¡Escucha mi voz, no las proyecciones!
—La voz de Kaelen retumbó en el cielo del sueño, distorsionada por la estática—.
¡Estoy hackeando la frecuencia de esta pesadilla!
¡No toques nada que brille con luz blanca, es un troyano de Elena!
Kaelen, en el mundo físico, sudaba frío.
Sus dedos volaban sobre el teclado holográfico de su brazalete, tratando de interceptar la señal de control que Elena intentaba inyectar en el sueño de Eyre.
—Fenris está teniendo un brote psicótico de lealtad —comentó Kaelen para sí mismo, viendo cómo el elfo agitaba sus dagas en el aire, luchando contra fantasmas de traidores del consejo—.
Lo siento, Orejas de Plata, te voy a poner en modo “standby”.
Kaelen disparó un dardo de pulso electromagnético a los pies de Fenris, estabilizando su frecuencia cerebral para que no se matara a sí mismo en su lucha imaginaria.
Niamh estaba perdiendo.
Su Doble de Ónix era más rápido, más fuerte, porque no tenía dudas.
—”Eres un títere, Niamh.
Siempre lo fuiste”— siseó el Doble, poniendo la punta de su espada negra en el cuello del Rey.
En ese momento, Kaelen logró triangular la posición de Niamh en el mapa mental.
—¡Niamh!
¡Si puedes oírme, escucha bien!
—gritó Kaelen a través del enlace—.
El escáner dice que ese tipo no es Morrigan.
¡Es tu propio miedo a no ser suficiente para Eyre!
¡Corta el cable, maldita sea!
¡Tú no eres un programa, eres el Rey de Onyxia!
Niamh cerró los ojos.
Sintió el rastro de la caricia de Eyre en el Reino de las Aguas Olvidadas.
Recordó que, aunque Morrigan lo hubiera salvado, fue él quien decidió quedarse al lado de Eyre cuando todos los demás huyeron.
—Yo no soy un regalo de Morrigan —rugió Niamh—.
Yo soy el hombre que ella no pudo controlar.
Niamh no atacó al Doble.
En lugar de eso, dejó caer su espada.
El Doble de Ónix se detuvo, confundido por la falta de resistencia.
Niamh caminó hacia él y lo atravesó, absorbiendo la sombra.
La luz azul de su poder estalló, limpiando la pesadilla.
Kaelen soltó un suspiro de alivio cuando vio que las constantes vitales de los tres se estabilizaban.
Eyre abrió los ojos primero, encontrándose con la mirada cansada pero triunfante de Kaelen.
—Vance…
—susurró Eyre—.
Estabas allí.
Tu voz…
nos guio.
—Sí, bueno, alguien tiene que hacer el trabajo sucio mientras ustedes tienen crisis de identidad —dijo Kaelen con una sonrisa de lado, aunque sus manos temblaban—.
Por cierto, Niamh, el elfo va a despertarse con un dolor de cabeza horrible.
Le disparé un dardo de pulso.
No me des las gracias.
Niamh se puso en pie, mirando a Eyre.
Ya no había rastro de la duda enviada por Morrigan.
Se acercó a ella y le tomó la mano, besándola con una devoción que hizo que Kaelen rodara los ojos.
—Lo que viste en el sueño, Eyre…
—empezó Niamh.
—Lo sé —lo interrumpió ella—.
Yo también vi mis cadenas.
Y vi cómo tú las rompías.
En el centro de la planicie del sueño, donde antes solo había niebla, ahora brillaba el Quinto Fragmento: un cristal de plata pura que contenía la esencia de la Voluntad.
Sin embargo, en Calandra, Elena gritó de rabia al ver su “troyano” destruido.
Miró a Callum, que permanecía en las sombras de Aldora, y su odio finalmente superó su miedo.
—Si no puedo tenerla como mi llave, la tendré como mi trofeo de caza —sentenció Elena—.
Alaric, mueve las tropas.
No esperaremos a que salgan del sueño.
Los interceptaremos en la frontera del invierno.
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