La Princesa y El Rey de Hielo: el corazón de onix y la daga celestial. - Capítulo 34
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- Capítulo 34 - 34 EL PROTOCOLO DEL ESPECTRO Y LA JAULA DE HIELO
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34: EL PROTOCOLO DEL ESPECTRO Y LA JAULA DE HIELO 34: EL PROTOCOLO DEL ESPECTRO Y LA JAULA DE HIELO El despertar del Reino de los Sueños no fue un regreso a la realidad, sino una caída en una pesadilla de carne y acero.
Al cruzar el velo de vuelta al mundo físico, en la frontera misma de las Tierras Glaciares, el trío mágico y su ancla tecnológica se encontraron rodeados.
No era la viscosidad gris de Callum lo que los esperaba, sino algo más aterrador para Niamh: el estandarte del Relámpago de Plata, la insignia personal del general Alaric, el hombre al que el Consejo había nombrado Regente de Onyxia.
Y junto a las falanges de elfos de hielo, mercenarios de Calandra con armaduras pesadas y rifles de energía, enviados por Elena, formaban un muro inquebrantable.
Niamh desenvainó su espada, el hielo cubriendo sus guanteletes, pero Kaelen Vance le puso una mano firme en el hombro.
—Ni lo pienses, Copito de Nieve —susurró Kaelen, su voz tensa por la urgencia—.
Hay al menos tres batallones de fusileros rúnicos apuntando a tu cabeza.
Si usas magia, detectarán la fluctuación y nos convertirán en queso suizo antes de que digas “traición”.
Fenris, recuperándose del dardo de pulso, se puso en pie con dificultad, sus ojos inyectados en sangre.
—Es Alaric…
Mi antigua unidad está con él.
Si me acerco, quizás…
—Si te acercas, te usarán de práctica de tiro, Orejas de Plata —lo interrumpió Kaelen—.
Tengo un plan, pero no les va a gustar.
Es tecnología experimental de Calandra.
Se llama el Protocolo del Espectro.
Camuflaje total, térmico, visual y psiónico.
Pero tiene un precio.
Kaelen sacó de su mochila una pequeña esfera de cromo que vibraba con una luz negra.
—Para que funcione con cuatro personas, debo vincular sus frecuencias vitales a la esfera.
Si el vínculo se rompe, el camuflaje estalla y…
bueno, digamos que sus átomos no volverán a encontrarse en esta vida.
Y lo peor: para no ser detectados por los magos de Alaric, debo suprimir sus auras rúnicas.
No habrá magia para ustedes hasta que salgamos de aquí.
Niamh miró a Eyre.
Ella asintió, apretando la Daga Celestial contra su pecho.
No había otra opción.
—Hazlo, Vance —ordenó el Rey.
Kaelen activó la esfera.
Un zumbido agudo inundó el aire, y una red de filamentos oscuros envolvió a los cuatro.
En segundos, se volvieron invisibles para el ojo desnudo y para los escáneres rúnicos.
Eran fantasmas caminando entre sus enemigos.
El grupo comenzó a moverse a través de las líneas enemigas.
La experiencia era aterradora.
Kaelen caminaba al frente, monitoreando la estabilidad del vínculo en su brazalete holográfico.
Niamh iba justo detrás, con una mano en la cintura de Eyre para mantenerla cerca y estable.
Fenris cerraba la marcha, luchando contra el instinto de atacar a sus antiguos camaradas al verlos colaborar con los mercenarios de Elena.
Estaban tan cerca de los soldados de Alaric que podían oler el aceite rúnico de sus armas y el miedo en su respiración.
La supresión mágica hacía que Niamh y Eyre se sintieran vulnerables, vacíos, y eso los empujaba a buscar refugio el uno en el otro.
Niamh apretó su agarre en la cintura de Eyre, pegándola a él.
En el silencio del camuflaje, susurró a su oído, su aliento frío rozando su cuello.
—Si salimos de esta, Eyre…
te juro que quemaré cada pergamino del Consejo que ose cuestionar tu lugar a mi lado.
Esta vulnerabilidad…
me hace darme cuenta de que mi corona no vale nada si no estás tú para ver cómo la llevo.
Eyre se estremeció, buscando el calor del Rey a pesar de la invisibilidad.
—No es la corona lo que quiero, Niamh —susurró ella, su voz temblando por la mezcla de miedo y deseo—.
Es al hombre que está bajo ella.
Al que Alaric quiere matar.
Prométeme que no te sacrificarás por mí.
—He vivido milenios para encontrarte, Eyre.
No planeo morir hoy.
Estaban a punto de cruzar la última línea de defensa cuando el desastre golpeó.
Kaelen, concentrado en los escáneres, no vio una pequeña mina psiónica enterrada en la nieve.
No era una mina explosiva, sino un perturbador de frecuencia diseñado por los ingenieros de Elena.
Al pisarla, un pulso electromagnético y mágico estalló, sobrecargando la esfera de Kaelen.
—¡Maldita sea!
¡El vínculo se está rompiendo!
—gritó Kaelen, viendo cómo el código de su brazalete se descompone en símbolos erróneos—.
¡No puedo contenerlo!
¡Va a explotar!
La esfera de cromo se volvió inestable, emitiendo una luz blanca cegadora.
Kaelen, en un acto de puro instinto y sacrificio, lanzó la esfera lejos del grupo, hacia un barranco cercano.
La explosión fue silenciosa pero devastadora en el plano sensorial.
El camuflaje desapareció instantáneamente, revelando a los cuatro en medio del campamento enemigo.
—¡Ahí están!
—gritó un oficial elfo.
Antes de que Niamh pudiera reaccionar o usar su magia, que aún estaba regresando lentamente tras la supresión, una red de filamentos de Hielo de Sangre —una magia prohibida que solo el Consejo y Alaric conocían— los envolvió, inmovilizándolos.
Al mismo tiempo, mercenarios de Calandra les apuntaron con rifles que emitían una frecuencia nula, cancelando cualquier intento de Eyre de usar la Daga Celestial.
Kaelen, aturdido por la explosión y el fallo de su tecnología, fue el primero en ser golpeado con la culata de un rifle y arrastrado hacia la tienda central.
Fenris, al ver a sus antiguos compañeros, dudó un segundo, y fue suficiente para que Alaric, emergiendo de la multitud, lo golpeara con un hechizo de aturdimiento que lo dejó inconsciente.
Niamh y Eyre, atrapados en la red de Hielo de Sangre, fueron llevados frente al General traidor.
Alaric era la antítesis de Niamh.
De constitución robusta, con una cicatriz que cruzaba su ojo izquierdo y una mirada que destilaba resentimiento.
Llevaba la corona regente, una burla del trono de Onyxia.
—Mil años de reinado, Niamh —escupió Alaric, mirando a su Rey con desprecio—.
Mil años para terminar prisionero de un general al que siempre miraste por encima del hombro.
Y todo por…
—Alaric miró a Eyre con un asco evidente— …la hija del monstruo que casi nos destruye.
El Consejo tenía razón.
Te has vuelto débil, “Majestad”.
Un mercenario de Calandra se acercó a Alaric y le entregó un orbe de comunicación.
La imagen de Elena apareció, pero esta vez, su rostro estaba deformado por la rabia y los celos tras la visión enviada por Morrigan.
—”Bien hecho, General Alaric”— dijo Elena, su voz destilando veneno —.
“El trato sigue en pie.
Tú te quedas con el Norte, y yo…
yo me quedo con la niña y con el Rey de Hielo.
Quiero que vean cómo destruyo Aldora y cómo devoro el corazón de Morrigan.
Pero antes, quiero que sufran.” Elena miró a Eyre a través del orbe, y la “piel de cordero” finalmente desapareció, revelando a la verdadera cómplice de Callum.
—”Eyre…
hija mía.
Pensaste que podías escapar de tu destino.
Pensaste que este elfo te salvaría.
Pero tú eres mía.
Fui yo quien te dio forma.
Y seré yo quien te rompa.” Alaric sonrió, una sonrisa cruel y victoriosa.
—Llevadlos a la Jaula de Hielo.
Y aseguraos de que el humano de Calandra sea interrogado.
Quiero saber cómo su tecnología pudo casi burlar mis defensas.
Niamh y Eyre fueron arrastrados hacia una estructura de hielo reforzada con runas de vacío, una prisión diseñada para reyes y portadoras de poder.
Mientras los encerraban, Niamh miró a Eyre, y a pesar de las cadenas y la derrota, sus ojos azules le transmitieron una última promesa de resistencia.
Kaelen, en una celda separada, miraba su brazalete destrozado, sabiendo que esta vez, la tecnología no sería suficiente.
Fenris, al despertar, se encontró con las miradas de desprecio de sus antiguos soldados, entendiendo que el viaje se volvía cada vez más sangriento y personal.
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