La Princesa y El Rey de Hielo: el corazón de onix y la daga celestial. - Capítulo 35
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- Capítulo 35 - 35 EL CANTO DE LA DISCORDIA Y EL DESPERTAR DEL ACERO
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35: EL CANTO DE LA DISCORDIA Y EL DESPERTAR DEL ACERO 35: EL CANTO DE LA DISCORDIA Y EL DESPERTAR DEL ACERO La Jaula de Hielo de Alaric no era una celda convencional; era un domo de escarcha rúnica que drenaba la voluntad de sus ocupantes, situada en el epicentro del campamento rebelde.
Niamh y Eyre permanecían encadenados de espaldas a un pilar de cristal, sintiendo cómo el frío artificial intentaba ralentizar sus corazones.
Fenris, arrojado a un rincón, observaba a los guardias a través de los barrotes con una intensidad que habría incinerado la piedra.
En una tienda de campaña reforzada con inhibidores de señal, Kaelen Vance estaba atado a una silla metálica.
Frente a él, el General Alaric y el comandante de los mercenarios de Calandra, un hombre llamado Vargas, lo observaban con una mezcla de curiosidad y desprecio.
—Dinos cómo funciona el Protocolo del Espectro, humano —exigió Alaric, golpeando la mesa con su guantelete—.
O dejaré que Vargas use sus métodos de “interrogatorio avanzado”.
Kaelen soltó una carcajada seca, escupiendo un poco de sangre a los pies de Alaric.
Su mente trabajaba a mil por hora, analizando las micro-expresiones de ambos hombres.
—¿Quieres la tecnología?
—dijo Kaelen, mirando a Vargas—.
¿O quieres saber por qué Elena te envió aquí con una unidad de “sacrificio”?
Porque, seamos sinceros, Vargas, Elena no espera que vuelvas.
Ella sabe que Alaric planea quedarse con todo el equipo de Calandra una vez que el Rey de Hielo esté muerto.
Vargas se tensó, sus ojos desviándose hacia Alaric por una fracción de segundo.
—Mientes —gruñó el mercenario—.
Tenemos un contrato firmado.
—¿Un contrato?
—Kaelen sonrió con malicia—.
Elena acaba de ver a su “maridito” Callum revolcándose con Morrigan en Aldora.
Está fuera de sí.
¿De verdad crees que le importa un contrato de mercenarios?
Alaric aquí presente ya le ha prometido a sus capitanes que vuestras armas de plasma serán el nuevo estándar del ejército de Onyxia.
¿No es cierto, General?
¿O vas a decirme que no te brilla la cara cada vez que miras sus rifles?
La semilla de la duda fue plantada.
Alaric y Vargas comenzaron a discutir sobre la jurisdicción de las armas capturadas, sus voces subiendo de tono mientras Kaelen, en silencio, usaba un pequeño filamento de metal oculto en su muela para empezar a forzar las cerraduras de sus esposas.
Mientras tanto, en la Jaula de Hielo, un joven guardia elfo llamado Kael se acercó a los barrotes para revisar las cadenas de Fenris.
Sus manos temblaban.
Fenris lo reconoció de inmediato: era el hijo de uno de sus tenientes caídos en Aldora.
—Kael —susurró Fenris, su voz cargada de una autoridad antigua que hizo que el joven se detuviera—.
Mírame a los ojos.
¿Es este el honor que te enseñó tu padre?
¿Servir a un usurpador que vende nuestra sangre a mercenarios extranjeros?
—El Consejo dice que el Rey nos abandonó…
—balbuceó el joven.
—El Rey está aquí, sangrando por su pueblo —intervino Niamh, su voz resonando con una gravedad que heló la sangre del guardia—.
Alaric os ha prometido gloria, pero solo os dará cenizas cuando Elena reclame su tributo.
Si todavía queda un ápice de Onyxia en tu alma, busca la llave.
No por mí, sino por el futuro que este “hielo de sangre” va a destruir.
Eyre miró a Kael con sus ojos violetas, dejando que una pizca de la visión de Morrigan fluyera hacia el joven.
Le mostró la destrucción que vendría si Elena ganaba.
El guardia, aterrorizado y conmovido, asintió brevemente antes de alejarse, dejando caer “accidentalmente” una pequeña daga de hueso cerca de la mano de Fenris.
El campamento estalló en caos cuando una de las tiendas de suministros de los mercenarios voló por los aires.
Kaelen había logrado liberarse y sobrecargar una de las celdas de energía de Calandra, creando la distracción perfecta.
—¡Es ahora!
—rugió Fenris.
Usando la daga de hueso, Fenris forzó el mecanismo rúnico de la jaula.
En el momento en que las barras se desvanecieron, Niamh sintió cómo su magia regresaba como una inundación.
Con un movimiento circular de sus brazos, congeló a los guardias exteriores en estatuas de cristal antes de que pudieran dar la alarma.
Eyre se puso en pie, recuperando la Daga Celestial que Kael (el guardia leal) había logrado sustraer del depósito de suministros.
—¡Vance está en la tienda de mando!
—gritó Eyre.
Corrieron a través del campamento, que ahora era un campo de batalla entre los soldados de Alaric y los mercenarios de Vargas, quienes habían empezado a dispararse entre sí debido a la paranoia sembrada por Kaelen.
Encontraron a Kaelen saliendo de la tienda de mando, cargando dos rifles de plasma y una mochila llena de explosivos.
—¡Sabía que no me dejarían aquí para que me hicieran manicura!
—gritó Kaelen, lanzándole un rifle a Fenris, quien lo atrapó con un gesto de asco pero lo mantuvo firme—.
¡Alaric se dirige al puerto!
Quiere usar el portal de Onyxia para escapar antes de que Elena llegue físicamente.
Niamh se detuvo, mirando a Eyre.
La tensión romántica entre ellos, forjada en la vulnerabilidad de la captura, explotó en un beso rápido y desesperado en medio del fuego y la nieve.
—Si Alaric cruza ese portal, la guerra civil nunca terminará —dijo Niamh, limpiando una mancha de hollín del rostro de Eyre—.
Tú y Vance id a por el fragmento que Alaric robó.
Fenris y yo iremos a por la cabeza del traidor.
Eyre lo tomó de la armadura, atrayéndolo hacia ella una vez más.
—No te mueras, Niamh.
Todavía tengo que decidir qué hacer contigo después de lo que Morrigan me mostró.
Niamh sonrió, una sonrisa de depredador que no se veía desde sus mejores eras.
—Considera eso mi motivación principal para sobrevivir.
Fenris y Niamh se lanzaron hacia el muelle, dos sombras de muerte plateada, mientras Eyre y Kaelen se dirigían a la cámara acorazada de los mercenarios.
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