La Princesa y El Rey de Hielo: el corazón de onix y la daga celestial. - Capítulo 37
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- Capítulo 37 - 37 EL REFUGIO DE LAS SOMBRAS Y EL ÍDOLO DE ÓPALO
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37: EL REFUGIO DE LAS SOMBRAS Y EL ÍDOLO DE ÓPALO 37: EL REFUGIO DE LAS SOMBRAS Y EL ÍDOLO DE ÓPALO El muelle de Onyxia se convirtió en un cuadro de pesadilla.
La luz blanca de Elena descendía como una guadaña, desintegrando la materia y convirtiendo los gritos de los soldados de Alaric en un silencio estéril.
Niamh, con la espada en alto, gritó el nombre de Eyre mientras la onda de choque lo lanzaba hacia atrás, pero antes de que la aniquilación de Calandra los alcanzara, el aire se rasgó con el sonido de mil cuervos.
Un portal de oscuridad líquida y plumas de obsidiana se abrió bajo los pies de Eyre.
La succión fue absoluta.
Kaelen Vance, que intentaba estabilizar un escudo de plasma para proteger a la Portadora, fue atrapado por el vórtice.
Sus botas se despegaron del suelo y, con un grito de pura sorpresa técnica, fue arrastrado al abismo junto a ella.
Niamh quedó atrás, una silueta de plata luchando contra el resplandor de una madre despechada, mientras el portal se cerraba con un chasquido que sonó como un veredicto.
Eyre aterrizó sobre la alfombra de musgo negro del gran salón de Aldora.
El cambio de temperatura fue radical: del frío cortante de Onyxia al calor sofocante y perfumado de incienso y sombras de su hogar de crianza.
A pocos metros, Kaelen cayó de espaldas, su rifle térmico rodando por el suelo de obsidiana mientras intentaba recuperar el aliento y reconfigurar sus sensores.
En el centro del salón, envuelta en una túnica de seda que parecía hecha de la noche misma, estaba Morrigan.
Eyre se puso en pie, con el cabello revuelto y la cara manchada de hollín y sangre.
Miró a la mujer que la había criado, la mujer que acababa de salvarla de la furia de Elena, y toda la fortaleza que había construido durante el viaje se desmoronó.
El peso de las mentiras de su padre, la traición de Elena y el miedo de perder a Niamh se convirtieron en un sollozo desgarrador.
—¡Madre!
—gritó Eyre, corriendo hacia ella.
Morrigan no retrocedió.
Abrió sus brazos y recibió a Eyre, envolviéndola en un abrazo que olía a eternidad y a tierra húmeda.
Eyre se hundió en el pecho de la Diosa Cuervo, llorando con la desesperación de una niña que finalmente ha encontrado el camino a casa tras una tormenta interminable.
—Shhh, pequeña —susurró Morrigan, acariciando el cabello de Eyre con una ternura que habría escandalizado a los otros dioses—.
Las sombras de Aldora siempre te protegerán.
Deja que el llanto limpie el veneno de Calandra de tu sangre.
Aquí no eres una llave, ni una portadora…
eres mi hija.
Durante horas, el salón permaneció en un silencio sagrado, solo roto por los sollozos de Eyre que poco a poco se convertían en suspiros.
Morrigan la llevó hacia el estanque de los espejos, donde lavó sus heridas con agua bendecida por la luna.
—Me advertiste, madre —dijo Eyre, mirando su reflejo en el agua—.
Me mostraste la verdad de Callum y Elena.
Si no fuera por ti, yo seguiría creyendo en sus mentiras.
Morrigan tomó el rostro de Eyre entre sus manos frías.
—Te mostré el dolor para que el dolor no te destruyera, Eyre.
Tu padre está perdido en su propia obsesión, y Elena…
Elena es una cáscara vacía que solo busca llenar su falta de alma con poder.
Pero tú y yo compartimos algo que ellos nunca entenderán: el poder de elegir quiénes somos entre las sombras.
En ese momento, la relación entre ambas cambió.
Ya no era la de una captora y su prisionera, ni la de una diosa y su herramienta.
Se forjó un vínculo de complicidad absoluta.
Eyre entendió que Morrigan, a pesar de sus manipulaciones, era la única que realmente respetaba su libre albedrío, protegiéndola del mundo exterior para que ella pudiera florecer en su propio tiempo.
Mientras tanto, Kaelen Vance se había quedado petrificado a un lado del salón.
Había visto a mujeres hermosas en Calandra, actrices de hologramas y guerreras de élite, pero nada lo había preparado para la presencia física de una deidad antigua.
Observó a Morrigan moverse.
Cada gesto de la diosa era una sinfonía de gracia letal.
La forma en que la luz de las antorchas jugaba con sus hombros pálidos, la profundidad de sus ojos de ónix y la autoridad que emanaba de cada uno de sus susurros lo dejaron completamente mudo.
Kaelen, el hombre de la lógica, de los cables y de los algoritmos, sintió cómo su “escudo cognitivo” fallaba estrepitosamente.
No era un fallo técnico; era un colapso del corazón.
—Por todos los circuitos de la Gran Ciudad…
—murmuró Kaelen, bajando la guardia por primera vez en su vida—.
Es…
es perfecta.
Es el error de sistema más hermoso que he visto jamás.
Morrigan giró la cabeza levemente hacia él, dedicándole una mirada fugaz y una media sonrisa llena de misterio, consciente del efecto que causaba en el mortal.
Kaelen sintió que sus rodillas flaqueaban.
El cinismo que lo caracterizaba se evaporó, siendo reemplazado por una devoción ciega.
A partir de ese segundo, Kaelen Vance ya no era un mercenario de Calandra; era un hombre que cruzaría el vacío solo para que esa diosa volviera a mirarlo.
Eyre se separó de Morrigan, sintiéndose renovada, su voluntad ahora tan afilada como la Daga Celestial.
—Niamh sigue allí, madre.
Alaric tiene el fragmento y Elena está destruyendo Onyxia.
No puedo dejarlos así.
Morrigan asintió, su rostro volviéndose de nuevo una máscara de estrategia divina.
—Niamh sobrevivirá por ahora; el hielo de Onyxia es resistente.
Pero Elena no se detendrá.
Debemos preparar a Aldora para el asedio.
Y tú, Eyre, debes entrar en la Cámara del Corazón Primordial para reclamar tu verdadera herencia antes de que Callum regrese de las fronteras del vacío.
Kaelen se adelantó, cuadrándose como si estuviera frente a su comandante general, aunque sus ojos seguían fijos en Morrigan con una adoración cómica pero genuina.
—Señora…
Diosa…
Majestad.
Mis armas están a su disposición.
Si hay que hackear la realidad misma para proteger este lugar, considere que mi tecnología es suya.
Y mi vida también, si le interesa el trueque.
Morrigan soltó una risa melodiosa que hizo vibrar las paredes.
—Me gusta tu espíritu, pequeño humano.
Tu tecnología es ruidosa, pero tu lealtad es refrescante.
Quédate cerca.
Puede que necesitemos tu “ingenio de cables” para lo que viene.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES Yethsi_Villalobos_8616 Mis queridos lectores, he creado un perfil en instagram para que interactuemos sobre nuestros queridos personajes.
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