La Princesa y El Rey de Hielo: el corazón de onix y la daga celestial. - Capítulo 38
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- Capítulo 38 - 38 EL VENENO DE LA DUDA Y EL ESCÁNER DEL VACÍO
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38: EL VENENO DE LA DUDA Y EL ESCÁNER DEL VACÍO 38: EL VENENO DE LA DUDA Y EL ESCÁNER DEL VACÍO La Torre del Olvido se alzaba como un colmillo de piedra negra sobre los acantilados de Aldora.
Dentro, el ambiente era asfixiante.
Callum permanecía sentado en las sombras, su figura apenas iluminada por el fulgor purpúreo de las runas de contención.
Kaelen Vance, con su visor táctico encendido y una maraña de cables conectando su brazalete a los pilares de la torre, vigilaba cada suspiro del antiguo general.
Eyre subió a la celda de su padre al atardecer.
Llevaba consigo un cáliz de vino de bayas de sombra, un gesto de humanidad que Morrigan toleraba con silenciosa desaprobación.
—Padre —dijo Eyre, dejando el cáliz sobre la mesa de piedra—.
Has estado en silencio todo el día.
¿Es arrepentimiento o estás tramando cómo volver con Elena?
Callum levantó la vista.
Sus ojos, pozos de vacío que parecían absorber la luz, se fijaron en ella con una tristeza manipuladora.
—Ni lo uno ni lo otro, hija.
Pienso en ti.
Pienso en el día que escapaste de Aldora para buscar a ese elfo en Onyxia.
Fuiste valiente, Eyre.
Pero, ¿alguna vez te has preguntado por qué un Rey tan pragmático como Niamh aceptaría ayudarte a la primera, arriesgando a todo su pueblo por una extraña?
Eyre apretó los puños.
Recordaba el frío de Onyxia, la desconfianza inicial de los guardias y cómo Niamh, tras verla, decidió escucharla.
—Él vio la verdad en mis ojos.
Vio que el mundo corría peligro.
—Niamh vio una oportunidad —siseó Callum, acercándose a los barrotes invisibles de su celda—.
Él sabía que la Portadora vendría a buscarlo.
Tu madre le envió visiones durante siglos, preparándolo para el momento en que tú llamaras a su puerta.
No te ayudó por heroísmo, Eyre; te ayudó porque tú eras la pieza que le faltaba para asegurar que Onyxia no fuera devorada por el Vacío.
Su amor es una deuda pagada a Morrigan por haberle salvado la vida en el pasado.
Tú fuiste a buscarlo, sí…
pero él ya tenía el guion escrito en su trono.
Eyre sintió una punzada en el pecho.
La duda, como un parásito, comenzó a alimentarse de sus recuerdos.
¿Y si su gran acto de voluntad —ir a buscar a Niamh— no hubiera sido más que un movimiento predestinado por las intrigas de sus padres?
Mientras tanto, en la base de la torre, Kaelen Vance estaba inmerso en un caos de hologramas azules.
Estaba intentando mapear la “biología oscura” de Callum.
Para Kaelen, la magia era solo tecnología que aún no comprendía, y estaba decidido a encontrar el “código fuente” del pacto de su prisionero.
—Vamos, maldita sea…
dame una frecuencia estable —masculló Kaelen, ajustándose los cables que conectaban su escáner de Calandra a las venas de obsidiana de la torre.
En su pantalla, la energía de Callum aparecía como un virus informático: una red de datos corruptos que intentaba sobrescribir las leyes de la física.
Kaelen no buscaba redención; buscaba un interruptor.
—No es un hombre —susurró Kaelen, su rostro iluminado por el brillo de su brazalete—.
Es una brecha de seguridad.
Está intentando usar su presencia aquí para debilitar los escudos de Morrigan.
Kaelen sentía una rabia fría.
No solo por el peligro, sino por la forma en que Morrigan miraba a veces hacia la torre.
Esos milenios de historia compartida entre los dos dioses eran algo que su tecnología nunca podría hackear, y eso lo volvía loco de celos.
Eyre bajó de la torre con el rostro pálido, encontrándose con Kaelen en el corredor.
El mercenario notó de inmediato la fluctuación en su aura de sombra.
—¡Eh, Jefa!
—dijo Kaelen, deteniéndola—.
Tienes los niveles de estrés por las nubes.
¿Qué te ha dicho el “Señor de las Cenizas”?
Porque mi sensor dice que se está divirtiendo a tu costa.
—Dice que mi viaje a Onyxia fue una farsa —confesó Eyre, su voz quebrada—.
Que Niamh solo me recibió porque Madre lo preparó.
Que soy un contrato, no una elección.
Kaelen soltó un bufido y apagó su escáner.
Se acercó a ella, rompiendo su habitual distancia profesional.
—Escucha, Eyre.
Yo vengo de un mundo de máquinas, y las máquinas no mienten.
Los datos de Niamh cuando te mira no son los de un “contratista”.
Ese elfo se juega la corona cada vez que te da la mano.
Tu padre está intentando instalar un malware en tu cabeza para que dejes de confiar en tus propios pies.
Tú corriste hacia Onyxia, nadie te llevó a rastras.
Esa fue tu victoria, no la de ellos.
Eyre miró a Kaelen, agradecida por su brusca honestidad.
Pero antes de que pudiera responder, un grito de advertencia resonó desde las almenas más altas.
Corrieron hacia el gran salón y encontraron a Madre frente al espejo de obsidiana.
El cristal estaba vibrando con una frecuencia violenta.
El reflejo ya no mostraba a Niamh poniendo orden en su reino, sino algo mucho más oscuro: una flota de naves de asalto de Calandra, imbuidas con energía del Vacío, rompiendo la atmósfera de Aldora.
—Elena ha dejado de llorar —sentenció Morrigan, su voz recuperando su filo divino—.
El asedio ha comenzado.
Callum, prepárate.
Kaelen, activa tus defensas.
Eyre…
es hora de ver si esa sombra que entrenamos puede detener una flota.
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