La Princesa y El Rey de Hielo: el corazón de onix y la daga celestial. - Capítulo 39
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- Capítulo 39 - 39 EL BAUTISMO DE OBSIDIANA Y EL VIENTO DEL NORTE
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39: EL BAUTISMO DE OBSIDIANA Y EL VIENTO DEL NORTE 39: EL BAUTISMO DE OBSIDIANA Y EL VIENTO DEL NORTE El cielo de Aldora, usualmente de un violeta profundo y sereno, se desgarró con un estruendo que hizo vibrar los cimientos de la montaña.
La flota de asalto de Calandra, imbuida con la energía sintética del Vacío que Elena había perfeccionado, rompió la barrera atmosférica.
Las naves no eran plateadas y elegantes como las que Eyre recordaba de su infancia; eran negras, angulosas y goteaban una estela de estática purpúrea que corrompía el aire a su paso.
En el patio central, Morrigan permanecía de pie, con los brazos extendidos, canalizando el poder del Corazón Primordial de Aldora para sostener el escudo mágico que protegía el palacio principal.
Su rostro era una máscara de concentración divina, pero Eyre notó una gota de sudor plateado rodando por su sien.
Sostener la barrera contra una flota tecnológica era un drenaje masivo, incluso para una diosa.
—Madre —dijo Eyre, acercándose a ella.
Vestía la armadura de plumas de cuervo que Morrigan le había otorgado, y la Daga Celestial latía en su cinturón, ansiosa por la batalla—.
El escudo no aguantará un bombardeo orbital sostenido.
Debemos llevar la pelea a ellos.
Morrigan abrió un ojo, mirándola con una mezcla de orgullo materno y temor divino.
—Eyre, tu entrenamiento no ha terminado.
Si sales ahí fuera, estarás sola contra una tecnología diseñada para anularte.
Eyre miró hacia la Torre del Olvido, donde Callum observaba el asedio con una expresión indescifrable, y luego a Kaelen Vance, quien estaba montando desesperadamente una batería de cañones de plasma rúnicos en las almenas.
—No estoy sola, Madre.
Tengo la sombra que tú me diste.
Y tengo una promesa que mantener.
Sin esperar respuesta, Eyre corrió hacia el borde del precipicio y se lanzó al vacío.
La caída libre duró solo un segundo.
Eyre canalizó la energía violeta y negra que había aprendido a dominar en el Patio de los Susurros.
No conjuró alas de carne, sino alas de pura voluntad sombría.
La oscuridad se solidificó a su alrededor, convirtiéndola en un cometa de obsidiana que ascendió a una velocidad vertiginosa hacia la flota enemiga.
—¡Ataque en formación delta!
—La voz de Eyre resonó en la mente de los Guerreros Cuervo, la guardia de élite de Aldora que se lanzó tras ella, inspirados por su valor.
El primer encuentro fue brutal.
Las naves de Calandra abrieron fuego con cañones de energía nula, diseñados para disipar la magia.
Eyre sintió cómo los disparos pasaban rozando su armadura, enfriando su propia esencia sombría.
Pero Morrigan le había enseñado bien: la sombra no se destruye, solo se desplaza.
Eyre se volvió inmaterial, dejando que los disparos la atravesaran antes de solidificarse justo encima de la nave capitana de la primera oleada.
Clavó la Daga Celestial en el puente de mando, y la energía lumínica del fragmento, amplificada por su propia oscuridad, provocó una sobrecarga en los sistemas de la nave.
La explosión fue silenciosa pero devastadora, enviando a la nave enemiga en llamas hacia el abismo.
—¡Eso es por Onyxia, Elena!
—gritó Eyre, lanzándose hacia el siguiente objetivo.
Mientras Eyre lideraba la defensa aérea, en las almenas, Kaelen Vance luchaba contra su propia tecnología.
Sus cañones de plasma, modificados con runas de Aldora, disparaban ráfagas que lograban derribar a los cazas más pequeños, pero la flota principal seguía avanzando.
—¡Maldita sea!
¡Necesito más potencia de fuego!
—gritó Kaelen, ajustando los niveles de energía de su brazalete.
—Tu tecnología es ruidosa e ineficiente, humano —dijo una voz a su espalda.
Kaelen se giró, con la pistola de plasma apuntando instintivamente.
Callum estaba allí, liberado de su celda por orden de Morrigan para unirse a la defensa, pero bajo la estricta vigilancia de Kaelen.
—Escucha, “Señor de las Cenizas” —masculló Kaelen, con el visor táctico parpadeando furiosamente—.
Si tienes una idea mejor que no implique pactar con otro dios olvidado, soy todo oídos.
Si no, cállate y déjame trabajar.
Mis celos por ti no van a dejar que Elena destruya este palacio…
y a Morrigan.
Callum soltó una carcajada amarga.
—Tus celos son divertidos, Vance.
Pero si quieres salvarla, debes dejar de usar energía de Calandra.
Este lugar funciona con magia de sangre y sombra.
Déjame imbuir tus cañones con un poco del Vacío que me queda.
No es un pacto, es solo…
un préstamo energético.
Kaelen miró a Callum, sopesando el riesgo.
Si aceptaba, estaba usando la misma energía que corrompió a Callum.
Si se negaba, Aldora caería.
Miró al cielo, donde Eyre luchaba como una diosa de la guerra, y tomó una decisión.
—Hazlo.
Pero si intentas algo raro, te juro que la última bala de este cañón será para ti.
Callum sonrió y puso sus manos sobre los cañones de Kaelen.
Una energía negra y goteante fluyó hacia la tecnología de Calandra.
Los cañones zumbaron con una potencia aterradora, y el siguiente disparo de Kaelen atravesó el escudo de una fragata enemiga como si fuera papel.
A pesar de los esfuerzos de Eyre en el cielo y de la extraña alianza entre Kaelen y Callum en los muros, la flota de Elena era interminable.
Una nave de desembarco masiva logró atravesar el escudo de Morrigan y comenzó a desplegar tropas de asalto mecánicas en el patio del palacio.
Eyre, agotada y con la armadura abollada, fue rodeada por una escuadra de cazas enemigos.
Sintió que sus alas de sombra flaqueaban.
Miró hacia abajo y vio a Morrigan de rodillas, con el escudo parpadeando, mientras las máquinas de Elena avanzaban hacia ella.
Kaelen y Callum estaban demasiado lejos, luchando en los muros exteriores.
—No…
—susurró Eyre, sintiendo que la desesperación la invadía.
El mensaje que envió a Niamh parecía haber sido en vano—.
Niamh, ¿dónde estás?
En ese momento de oscuridad total, el aire de Aldora cambió.
El calor sofocante y perfumado fue reemplazado por un frío repentino, gélido y familiar.
Un viento que olía a nieve y a libertad barrió el campo de batalla.
Eyre levantó la vista y su corazón dio un vuelco.
Una grieta masiva se abrió en el cielo, pero no era blanca y estéril como la de Elena.
Era de un azul zafiro deslumbrante.
De ella emergió la Flota de Onyxia, con sus naves de casco de hielo reforzado brillando bajo la luz de Aldora.
A la vanguardia, en la nave capitana, estaba Niamh, con su armadura real reparada y su espada de escarcha emitiendo una luz que desafiaba la oscuridad del Vacío.
—¡Aldora no caerá hoy, Elena!
—La voz de Niamh resonó en todo el valle, amplificada por la magia del hielo.
La flota de Onyxia abrió fuego con cañones de hielo rúnico, congelando los motores de las naves de Calandra en pleno vuelo.
Niamh, usando su poder, creó un puente de hielo desde su nave hasta el patio del palacio, deslizándose hacia abajo con una velocidad vertiginosa para colocarse frente a Morrigan y Eyre, blandiendo su espada contra las máquinas de Elena.
Eyre, renovada por la visión de su Rey, soltó un grito de guerra y se lanzó de nuevo al ataque aéreo.
El invierno había llegado a Aldora, y con él, la esperanza de que la sombra y el hielo, trabajando juntos, pudieran finalmente detener la luz corrupta de Calandra.
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