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La Princesa y El Rey de Hielo: el corazón de onix y la daga celestial. - Capítulo 5

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  3. Capítulo 5 - 5 EL MURO DE ESCARCHA Y LOS RASTREADORES DE ALMAS
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5: EL MURO DE ESCARCHA Y LOS RASTREADORES DE ALMAS 5: EL MURO DE ESCARCHA Y LOS RASTREADORES DE ALMAS El alba en Onyxia no traía el calor del sol, sino una claridad azulada y gélida que hacía que las torres de obsidiana brillaran como dagas clavadas en el cielo.

Eyre se encontraba en el patio de armas, ajustándose las correas del peto de cuero y ónix que Niamh le había entregado.

El peso de la armadura era real, una carga física que le recordaba que ya no era la muñeca de porcelana de Morrigan.

​A su lado, un corcel de las nieves —una criatura robusta, de pelaje blanco espeso y ojos inteligentes— resoplaba, lanzando nubes de vapor al aire.

​—No te caigas —dijo una voz profunda a sus espaldas.

​Niamh Thursteim caminaba hacia ella, liderando a una pequeña élite de doce guerreros.

No llevaba su capa de gala; en su lugar, vestía una túnica de guerra reforzada y portaba una espada de cristal negro que parecía absorber la luz del día.

Su presencia era magnética, una fuerza de la naturaleza que obligaba a los soldados a enderezar la espalda.

​—Sé montar, Niamh —respondió Eyre, subiendo al caballo con una agilidad que sorprendió incluso a ella misma—.

En Aldora también tenemos caballos, aunque no tengan el temperamento de estos demonios blancos.

​—Aldora tiene juguetes.

Onyxia tiene supervivientes —replicó el Rey Elfo, montando su propio semental negro con una gracia letal—.

Partimos.

Si nos detenemos, morimos.

Los Rastreadores de Almas no duermen, y ahora que has usado la Daga, tu rastro en el éter es tan brillante como una hoguera en mitad de la noche.

El viaje hacia el Muro de Escarcha los llevó a través del Desierto de Cristal, una vasta llanura de hielo perpetuo donde el viento aullaba como un alma en pena.

Durante horas, el único sonido fue el rítmico galope de los caballos y el crujido del hielo bajo sus cascos.

​Eyre mantenía la vista al frente, pero su mente volvía una y otra vez a la visión de su madre en Calandra.

¿Seguiría Elena allí, congelada en ese segundo de hace veinte años?

¿O Morrigan la habría dejado morir una vez que obtuvo lo que quería?

El pensamiento de que su verdadera vida fuera una fotografía olvidada en un mundo de acero le dolía más que el frío que entumecía sus dedos.

​—Estás pensando en ella —dijo Niamh, emparejando su caballo con el de ella.

No era una pregunta; era una observación directa.

​—¿Cómo lo sabes?

—Eyre lo miró, encontrando esos ojos azules que parecían leer sus secretos más profundos.

​—Porque tienes esa mirada que tienen los exiliados.

Miras al horizonte buscando algo que no está en este mapa —Niamh desvió la vista hacia las montañas—.

Yo también perdí a mi familia cuando Morrigan decidió que Onyxia debía ser suya.

Mi padre murió defendiendo el paso que acabamos de cruzar.

Ella no busca solo amor o poder, Eyre.

Busca la devoción absoluta.

Y cuando no la obtiene, destruye el objeto de su deseo.

​—Por eso te odia tanto —susurró Eyre—.

Porque tú fuiste el único que le dijo “no”.

​—Le dije “no” porque vi lo que le hizo a Callum.

Él era un hombre noble, un rey justo.

Ella lo convirtió en un nido de serpientes y celos.

No soy un héroe, Eyre.

Simplemente no quería terminar siendo una sombra viscosa arrastrándose a sus pies.

​Esa confesión humana, saliendo de labios del Rey de Hielo, rompió una capa de hielo entre ellos.

Eyre sintió que, por primera vez, no eran solo un rey y una prisionera, sino dos víctimas de la misma deidad caprichosa.

De repente, los caballos relincharon con pavor.

El aire, que hasta entonces había sido puro, se tornó pesado y dulce, con ese olor a jazmín podrido que Eyre conocía demasiado bien.

​—¡Formación de círculo!

—rugió Niamh, desenvainando su espada de un solo movimiento.

​Desde debajo de la nieve, unas figuras delgadas y alargadas empezaron a emerger.

No eran los guardias corruptos que Eyre había visto en el bosque.

Estos eran peores.

Eran los Rastreadores de Almas: criaturas hechas de sombras líquidas, sin piernas, que flotaban sobre el hielo.

Sus rostros eran máscaras de porcelana blanca con una sola hendidura vertical de la que emanaba un humo violeta.

​—Buscan el recipiente —gritó uno de los soldados elfos, preparando su arco de madera de fresno.

​—¡Proteged a la humana!

—ordenó Niamh, pero Eyre ya estaba desenvainando la Daga Celestial.

​—¡No soy una carga, Niamh!

—exclamó ella.

​La Daga empezó a brillar con una luz blanca incandescente.

Eyre sintió que la energía de los Tuatha Dé Danann recorría su brazo, dándole una fuerza que su cuerpo humano no debería poseer.

​Uno de los Rastreadores se lanzó hacia ella, moviéndose con una velocidad antinatural.

Su mano, una garra de sombra, se extendió para tocar su frente.

Eyre sintió un frío absoluto, un vacío que intentaba succionar sus recuerdos de Calandra, su identidad, su alma.

​—¡Fuera de mi cabeza!

—gritó Eyre.

​Lanzó una estocada con la daga.

Al contacto con la sombra, el arma emitió un estallido de luz solar.

El Rastreador soltó un chillido que rasgó el aire y se disolvió en una lluvia de ceniza negra.

​Niamh estaba a su lado, su espada de cristal cortando a los enemigos como si fueran aire.

La coordinación entre ambos era instintiva; donde él golpeaba con fuerza bruta, ella remataba con la pureza de la daga.

​Sin embargo, eran demasiados.

Por cada uno que caía, dos más emergían de la nieve.

La viscosidad de Callum estaba ganando terreno, infectando el suelo sagrado de Onyxia.

​—¡Eyre, el Muro está a menos de un kilómetro!

—gritó Niamh, decapitando a una sombra que intentaba morder el cuello de su caballo—.

¡Tienes que llegar allí!

¡El Muro tiene defensas rúnicas que ellos no pueden cruzar!

​—¡No te dejaré aquí!

—respondió ella, bloqueando un ataque que iba dirigido a la espalda de Niamh.

​—¡No es una petición!

—Niamh la miró con una urgencia feroz—.

Si te atrapan, el portal se abrirá.

¡Vete!

​Eyre dudó un segundo, pero vio que los guerreros elfos estaban siendo superados.

Sabía que Niamh tenía razón: ella era el objetivo.

Si ella se alejaba, los Rastreadores la seguirían, aliviando la presión sobre los soldados.

​Espoleó a su caballo y galopó hacia la estructura masiva que se alzaba en el horizonte: el Muro de Escarcha, una barrera de hielo y magia de cien metros de altura.

​Los Rastreadores, tal como predijo Niamh, ignoraron a los elfos y se lanzaron tras ella.

Eran como una marea negra deslizándose sobre la nieve blanca.

Eyre sentía sus susurros en su mente: “Vuelve a casa, pequeña Eyre…

Madre te espera…

El Rey Callum tiene un trono de sombras para ti…” ​—¡No soy vuestra!

—rugió ella, sin mirar atrás.

​Llegó a la base del Muro.

Las puertas rúnicas estaban cerradas.

Los guardias en lo alto gritaban órdenes, pero los Rastreadores estaban a solo unos metros de alcanzar sus talones.

​Eyre saltó del caballo y corrió hacia la piedra rúnica central del muro.

Sabía lo que tenía que hacer, aunque el texto antiguo decía que el precio era la propia esencia del portador.

​Clavó la Daga Celestial en la runa maestra del muro.

​—¡Escarcha y Luz, uníos contra la Oscuridad!

—gritó en la lengua de Calandra, mezclándola con la voluntad de los Tuatha Dé Danann.

​Un pilar de luz blanca y azul estalló desde el muro, elevándose hasta las nubes.

La onda expansiva golpeó a los Rastreadores de Almas, pulverizándolos instantáneamente.

La luz se extendió por kilómetros, purificando la nieve y obligando a la viscosidad de Callum a retroceder hacia las fronteras de Aldora.

​Pero el esfuerzo fue demasiado.

Eyre sintió que la daga absorbía no solo su energía, sino su propia consciencia.

El mundo se volvió blanco.

Lo último que sintió fue un par de brazos fuertes atrapándola antes de tocar el suelo y el aroma a cedro y nieve envolviéndola.

Eyre despertó tres días después.

No estaba en una celda, sino en una habitación amplia, con paredes de hielo tallado que reflejaban la luz de una chimenea que ardía con un fuego azul mágico.

​Se sentía débil, como si sus músculos hubieran sido reemplazados por agua.

Al intentar incorporarse, una mano firme la detuvo por el hombro.

​—No te muevas.

Todavía estás recuperando lo que la Daga te quitó.

​Niamh estaba sentado a su lado.

Se había quitado la armadura y vestía una túnica sencilla de lana oscura.

Sus ojos azules estaban cargados de una fatiga que nunca había mostrado antes, pero también de algo más: respeto.

​—¿Los soldados?

—preguntó Eyre con la voz ronca.

​—Todos vivos.

Gracias a ti —Niamh tomó un cuenco con un caldo humeante y se lo acercó—.

Has sellado la frontera, Eyre.

La luz que desataste ha creado una barrera que Callum no podrá cruzar en meses.

​Eyre bebió un poco del caldo, sintiendo cómo el calor volvía a sus entrañas.

—He visto a Morrigan en la luz, Niamh.

Estaba furiosa.

Sabe que estoy contigo.

​—Lo sé.

Mis espías dicen que ha abandonado el palacio de Aldora.

Se está moviendo hacia el sur, buscando aliados entre los reinos prohibidos —Niamh guardó silencio un momento y luego añadió con voz baja—: El Consejo ha visto lo que hiciste.

Ya no piden tu cabeza.

Ahora…

piden que te entrene.

​—¿Entrenarme?

—Eyre lo miró sorprendida.

​—Eres la portadora de la Daga, pero la usas como un martillo cuando deberías usarla como un bisturí.

Si vamos a marchar sobre Aldora y salvar a tu madre en Calandra, necesitas ser más que una humana con un arma poderosa.

Necesitas ser una guerrera de Onyxia.

​Niamh se levantó y caminó hacia la ventana, observando el muro que ahora brillaba con la magia de Eyre.

​—Mañana empezaremos —dijo él, girándose hacia ella.

Una media sonrisa, casi imperceptible pero real, apareció en sus labios—.

Prepárate, Eyre de Calandra.

En este reino, el hielo no solo congela; también fortalece el acero.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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