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La Princesa y El Rey de Hielo: el corazón de onix y la daga celestial. - Capítulo 41

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  3. Capítulo 41 - 41 EL PROTOCOLO DEL PAVONEO Y EL COMPROMISO DE LAS SOMBRAS
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41: EL PROTOCOLO DEL PAVONEO Y EL COMPROMISO DE LAS SOMBRAS 41: EL PROTOCOLO DEL PAVONEO Y EL COMPROMISO DE LAS SOMBRAS Aldora no recordaba una noche así.

El reino, que durante milenios se había envuelto en un manto de melancolía y secretos, vibraba ahora con una energía eléctrica, tanto literal como figuradamente.

Las cicatrices del bombardeo de Calandra sobre los muros de obsidiana habían sido cubiertas por tapices de terciopelo violeta, pero entre las fibras de la tela, pequeños filamentos de fibra óptica instalados por Kaelen Vance parpadeaban con una luz rítmica, sincronizada con los latidos del Corazón Primordial del palacio.

​El Gran Salón de los Espejos, el centro neurálgico del poder de Morrigan, bullía de actividad.

El aire estaba cargado con el aroma de las flores de luna y el ozono de los generadores de Calandra que Kaelen había “convencido” para que trabajaran en armonía con las fuentes de éter.

Kaelen Vance no era un hombre de protocolos, pero sabía cuándo dar un espectáculo.

Vestía una chaqueta de gala aldoriana de corte asimétrico, negra con bordados de hilo de plata que formaban circuitos rúnicos.

En su antebrazo, su brazalete holográfico proyectaba una lista de invitados y niveles de seguridad en un suave tono azul.

​—A ver, atención, ciudadanos de la penumbra —decía Kaelen, deteniéndose frente a un grupo de nobles que lo miraban con una mezcla de fascinación y horror—.

Si ven que las gárgolas del techo mueven los ojos de forma extraña, no llamen a un exorcista.

He instalado sensores de movimiento térmico en sus órbitas.

Ahora, si alguien intenta entrar con un detonador de Calandra en los calzones, la piedra les lanzará un rayo de advertencia.

La seguridad es lo primero, el estilo lo segundo…

y mi café lo tercero.

​Una mujer de la alta aristocracia aldoriana, la Condesa Lyra de los Riscos, se separó de su séquito.

Era una mujer de una belleza gélida, con piel del color del alabastro y ojos de un gris tormentoso que parecían ver a través de la carne.

Se acercó a Kaelen, abanicándose con plumas de cuervo.

​—Señor Vance…

—su voz era como el roce de dos cristales—.

El Consejo Real está escandalizado por sus “juguetes ruidosos”, pero yo encuentro su…

audacia…

bastante refrescante.

Dígame, ¿su tecnología puede detectar si alguien tiene intenciones pecaminosas en este baile?

​Kaelen soltó una carcajada, ajustándose el cuello de la chaqueta mientras escaneaba a la condesa con su visor.

—Condesa, mi escáner dice que su ritmo cardíaco es de 88 pulsaciones por minuto, lo cual sugiere que o está muy interesada en mis circuitos, o el vino de bayas de sombra está haciendo efecto.

Pero le advierto: mi verdadera jefa —dijo señalando discretamente al trono de Morrigan— tiene un sensor de celos de grado divino.

Y créame, no quiere ver ese gráfico en rojo.

​La música comenzó.

No eran solo las arpas de sombra de Aldora; Kaelen había programado una serie de resonadores para añadir una percusión sintética que le daba a la danza una urgencia moderna.

Morrigan bajó de su trono, su túnica de obsidiana fluyendo como agua estancada.

A su lado, el Consejo Real de Aldora —ancianos con túnicas pesadas que olían a incienso y pergamino viejo— observaba con desconfianza.

​—¡Que comience el baile en honor a los salvadores de Aldora!

—proclamó Madre.

​Eyre y Niamh entraron en la pista.

Eran la imagen de la dualidad perfecta: ella, la hija de la sombra, con un vestido de seda que parecía atrapar la luz de las antorchas; él, el Rey de Hielo, con su armadura de gala azul zafiro.

Mientras bailaban, el frío de Niamh creaba escarcha en el suelo que las sombras de Eyre consumían instantáneamente, creando un rastro de niebla mágica a su paso.

​—Lo hiciste, Niamh —susurró Eyre, apoyando la cabeza en su hombro mientras giraban—.

Viniste por mí.

​—Nunca hubo otra opción, Eyre —respondió el Rey, su voz grave y segura—.

Un reino sin su reina es solo un desierto de hielo.

Y yo no pienso pasar otra era en soledad.

Hacia la mitad de la velada, la música se detuvo por completo.

El silencio que siguió fue denso, casi sólido.

Niamh se separó de Eyre y, ante la mirada atónita del Consejo Real y los ojos entrecerrados de Morrigan, se puso de rodillas.

​—Majestad, soberana de Aldora —empezó Niamh, su voz proyectándose por todo el salón—.

El mundo ha cambiado.

Elena de Calandra ha demostrado que no respetará fronteras.

Onyxia ha sangrado junto a Aldora en estas murallas.

Por eso, no solo pido la mano de Eyre por amor, que es inmenso, sino por necesidad.

Ante este Consejo, propongo una alianza de sangre y corona.

Eyre, ¿te casarías conmigo para que nuestros reinos sean uno solo contra la luz que intenta cegarnos?

​El Consejo Real estalló en susurros frenéticos.

“¡Una unión con Onyxia nos daría el control de los puertos del Norte!”, decía uno.

“¡Pero perderíamos la exclusividad del linaje de Morrigan!”, replicaba otro.

​Morrigan se levantó de su asiento.

Estaba entre la espada y la pared.

Si rechazaba la propuesta de Niamh —el hombre que acababa de salvar su palacio con su flota—, el Consejo Real podría verlo como un acto de ingratitud que debilitaría su propio trono.

Pero si aceptaba, perdería el control total sobre Eyre.

​Kaelen Vance, viendo la tensión subir a niveles críticos, decidió intervenir con su habitual falta de tacto heroica.

—¡Bueno, bueno!

—exclamó Kaelen, levantando su copa de cristal—.

El sensor de “momentos incómodos” está marcando un máximo histórico.

A ver, Jefa, piénselo: si Eyre dice que sí, yo podré instalar fibra óptica desde Aldora hasta el palacio de hielo de Niamh.

¡Imaginen la velocidad de descarga de los hechizos!

Además, ¿quién puede decirle que no a un tipo que trae su propia flota de guerra como regalo de compromiso?

​Morrigan lanzó una mirada a Kaelen que habría derretido el acero, pero luego vio la determinación en los ojos de Eyre y la lealtad en los de Niamh.

Finalmente, esbozó una sonrisa gélida y majestuosa.

​—La política es un juego de sombras, Niamh —dijo Morrigan—.

Y parece que tú has aprendido a moverte en ellas.

Si mi hija acepta, Aldora bendecirá esta unión.

Pero con una condición: el señor Vance se encargará de que las comunicaciones entre nuestros reinos sean…

transparentes para mí.

​Eyre miró a Niamh, sus ojos se volvieron violetas brillando con una emoción que ninguna sombra podía ocultar.

—Sí, Niamh.

Acepto.

Mientras el salón estallaba en vítores, Kaelen regresó a su estación de control detrás del trono de Morrigan.

Se sintió observado.

Callum, todavía custodiado por guardias rúnicos en el balcón superior, lo miraba con un desprecio que Kaelen saboreaba como un triunfo personal.

​—¿Disfrutando de las vistas, “Señor de las Cenizas”?

—gritó Kaelen hacia arriba, haciendo un gesto burlón con su copa—.

La tecnología gana, el drama familiar pierde.

Así es la vida en el siglo XXI…

o como sea que llamen a esta era.

​Morrigan regresó a su asiento y, para sorpresa de todos, le hizo un gesto a Kaelen para que se sentara en un escalón cerca de sus pies.

—Tu jocosidad es irritante, humano —susurró Morrigan, mientras la Condesa Lyra lo miraba con envidia desde la pista de baile—, pero tus máquinas han demostrado ser más leales que muchos de mis cortesanos.

Cuéntame más sobre ese “Wi-Fi” que quieres instalar.

Si Elena vuelve a espiarnos, quiero que tus cables le quemen los ojos.

​Kaelen se acomodó, sintiéndose el hombre más importante del reino.

—Señora, se lo explicaré con términos sencillos.

Básicamente, vamos a ponerle un muro de fuego a su realidad que ni siquiera los ingenieros de Calandra podrán saltar.

Pero le va a costar un laboratorio nuevo…

y quizás un poco más de ese vino tan bueno.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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