La Princesa y El Rey de Hielo: el corazón de onix y la daga celestial. - Capítulo 44
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- Capítulo 44 - 44 EL ALTAR DE HIELO Y SOMBRA Y EL AMANECER DE LA TORMENTA
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44: EL ALTAR DE HIELO Y SOMBRA Y EL AMANECER DE LA TORMENTA 44: EL ALTAR DE HIELO Y SOMBRA Y EL AMANECER DE LA TORMENTA Aldora no amaneció; despertó en una penumbra dorada.
El cielo, usualmente de un violeta severo, se había teñido de un rosa pálido gracias a los filtros atmosféricos que Kaelen Vance había calibrado para la ocasión.
Las campanas de obsidiana del palacio tañeron con una nota profunda y vibrante, anunciando que el día de la Gran Unión había llegado.
El altar no estaba en una iglesia, sino en el Vértice de los Mundos, un balcón natural que se asomaba al abismo donde la magia de Aldora nacía de la tierra.
Niamh esperaba allí, una visión de autoridad y calma gélida.
Su armadura de gala, forjada en hielo eterno y plata de Onyxia, brillaba bajo la luz artificial, y su capa azul ondeaba con la brisa del Norte que él mismo había traído para refrescar el ambiente.
Cuando las puertas se abrieron, el silencio fue absoluto.
Eyre caminaba hacia él, del brazo de una Morrigan que lucía más majestuosa que nunca.
El vestido de Eyre era una obra maestra de la contradicción: seda negra que parecía absorber la luz, bordada con cristales de escarcha que refulgían como estrellas atrapadas en una red.
No llevaba velo; su rostro estaba descubierto, mostrando una determinación que solo el amor verdadero puede forjar.
Kaelen Vance, situado en primera fila junto al Consejo Real (y muy cerca de una Condesa Lyra que seguía bajo vigilancia electrónica), no pudo evitar silbar bajo.
—Por todos los circuitos de Calandra…
Jefa, si no estuvieras a punto de casarte con un tipo que puede congelar mis riñones, te pediría una cita —susurró para sí mismo, mientras ajustaba su cámara holográfica para captar cada ángulo.
La ceremonia fue breve y potente.
No hubo promesas vacías, sino un intercambio de esencias.
Niamh tomó la mano de Eyre y, con una pequeña daga de hielo, hizo un corte invisible en el aire.
Las sombras de Eyre se entrelazaron con el frío de Niamh, creando un anillo de energía que se solidificó en sus dedos anulares.
—Ante la sombra que nos dio la vida y el hielo que nos da la fuerza —proclamó Niamh, con su voz resonando en el abismo—, te acepto como mi Reina, mi compañera y mi norte.
—Y yo te acepto como mi Rey, mi refugio y mi destino —respondió Eyre, con una sonrisa que iluminó el altar más que cualquier hechizo.
La celebración que siguió fue un despliegue de excesos diplomáticos.
Hubo brindis que duraron horas, donde los generales de Onyxia intercambiaron historias de guerra con los poetas de Aldora.
Kaelen, por su parte, se convirtió en el alma de la fiesta, enseñando a los nobles aldorianos a bailar ritmos de Calandra que involucraban “mucho movimiento de cadera y poco respeto por la gravedad”.
Sin embargo, a medida que la luna de Aldora ascendía hacia su cenit, el ruido del salón empezó a desvanecerse para los protagonistas.
Niamh se acercó a Eyre, rodeando su cintura con un brazo posesivo pero tierno.
—Es suficiente diplomacia por hoy, mi Reina —susurró él en su oído.
Eyre asintió, sintiendo un cosquilleo que recorría su espalda.
Se despidieron de Morrigan, quien les dedicó una mirada cargada de una melancolía compleja, y de Kaelen, quien les gritó un “¡No rompan los protocolos, niños!” mientras intentaba explicarle a la Condesa Lyra cómo funcionaba un motor de combustión interna.
La suite real había sido preparada por la propia Morrigan.
No era una habitación común; las paredes eran de cristal oscuro que reflejaba el cielo estrellado, y la cama estaba cubierta con pieles blancas de Onyxia y sedas negras de Aldora.
El aire estaba impregnado con el aroma de los jazmines de invierno.
Cuando la puerta se cerró, el mundo exterior desapareció.
Eyre se sintió repentinamente vulnerable.
A pesar de haber luchado contra monstruos y haber comandado sombras, este terreno era nuevo para ella.
Niamh lo notó.
Se acercó con lentitud, como un lobo que no quiere asustar a su compañera.
Con dedos expertos y suaves, empezó a desatar los cordones del vestido de Eyre.
—Estás temblando —dijo Niamh, su voz volviéndose una caricia de terciopelo.
—Es… es mi primera vez, Niamh —confesó ella, bajando la mirada—.
Sé que tú… sé que has estado con otras.
Sé que en Onyxia las mujeres caen a tus pies.
Niamh se detuvo y tomó el mentón de Eyre, obligándola a mirarlo.
Sus ojos azules ardían con una intensidad que no era fría, sino una combustión lenta.
—He probado el néctar de muchas flores, Eyre.
He buscado en otros cuerpos un calor que mi reino no podía darme.
Pero nunca, en todos mis siglos, he sentido que mi alma se inclinara ante nadie como lo hace ante ti.
Ellas fueron sombras pasajeras; tú eres el eclipse que me define.
Esta noche, no hay pasado.
Solo estamos tú y yo.
Eyre sonrió, y ese pequeño rastro de inseguridad se disolvió.
No le importaba quiénes habían estado antes en su cama; lo que importaba era quién estaba allí ahora, entregándole su reino y su vida.
El encuentro fue una sinfonía de contrastes.
Cuando Niamh la besó, Eyre sintió el frío inicial de su piel, pero debajo latía una pasión volcánica.
Él fue paciente, explorando cada centímetro de su piel con una reverencia casi religiosa.
Cada caricia era una lección de placer; cada beso, una promesa cumplida.
Niamh la guió con la maestría de quien conoce los secretos del cuerpo, pero con la ternura de quien sostiene un tesoro frágil.
Cuando finalmente se unieron, Eyre no sintió dolor, sino una expansión de su propio ser.
Fue como si sus sombras y su hielo finalmente se fusionaran en un punto de luz blanca.
Niamh la hizo “ver las estrellas” de una forma que ningún mapa de Calandra podría describir.
Fue una danza de entrega total, donde los gemidos se perdían en el susurro del viento de invierno que entraba por el balcón.
Pasaron la noche en un remanso de calma y pasión repetida, descubriéndose mutuamente bajo las sábanas de seda.
No hubo prisa, solo la exploración deliciosa de dos seres que finalmente habían encontrado su mitad.
La mañana llegó con una luz grisácea y opaca.
Eyre estaba acurrucada contra el pecho de Niamh, escuchando el latido rítmico de su corazón, cuando un sonido metálico y chirriante rompió la paz del amanecer.
No fue una campana.
Fue un trueno sónico que hizo que los cristales de la suite real estallaran en mil pedazos.
—¡Niamh!
—gritó Eyre, saltando de la cama y envolviéndose en una túnica de seda negra.
Niamh ya estaba en pie, con su espada de escarcha materializándose en su mano por puro instinto.
Se acercaron al balcón destrozado.
El cielo de Aldora ya no era rosa ni violeta; era de un blanco eléctrico, saturado de naves de asalto de Calandra que descendían como una plaga de langostas de metal.
—¡Elena!
—siseó Niamh.
En ese momento, el brazalete de Kaelen Vance, que Eyre había dejado sobre la mesa de noche (un regalo de seguridad del ingeniero), empezó a emitir una alarma estridente y la voz de Kaelen salió distorsionada por la estática.
—¡Jefa!
¡Rey de Hielo!
¡Siento interrumpir el desayuno post-nupcial, pero tenemos un problema de escala global!
¡Elena ha lanzado un ataque de saturación!
¡Ha usado la energía de la boda para rastrear el portal y ahora está literalmente encima de nosotros!
¡Morrigan está intentando levantar el escudo, pero están usando nanobots devoradores de magia!
Eyre miró a Niamh.
La paz había durado apenas unas horas, pero el fuego en sus ojos era ahora más fuerte que nunca.
—Parece que la luna de miel tendrá que esperar, esposo mío —dijo Eyre, extendiendo su mano hacia las sombras de la habitación, que empezaron a arremolinarse a su alrededor como una armadura viviente.
—Prefiero pelear a tu lado que reinar solo, esposa mía —respondió Niamh, dándole un beso rápido y feroz antes de saltar por el balcón hacia el patio donde sus generales ya estaban formando filas.
Desde el horizonte, una nave capitana masiva, con la efigie de una Elena deificada y corrupta, proyectó una sombra gigante sobre el palacio.
La guerra definitiva por el Corazón de Gaia no iba a esperar a que el amor descansara.
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