La Princesa y El Rey de Hielo: el corazón de onix y la daga celestial. - Capítulo 6
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- Capítulo 6 - 6 EL FILO DE LA MEMORIA Y EL PESO DEL ACERO
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6: EL FILO DE LA MEMORIA Y EL PESO DEL ACERO 6: EL FILO DE LA MEMORIA Y EL PESO DEL ACERO El campo de entrenamiento de Onyxia era una plataforma de obsidiana suspendida sobre un abismo de nubes perpetuas.
El aire allí arriba era tan escaso que cada bocanada se sentía como tragar agujas de hielo.
Eyre estaba de pie, con las piernas temblando por el esfuerzo de mantener una postura de combate que Niamh le había impuesto hacía una hora.
Niamh Thursteim caminaba a su alrededor con la elegancia de un depredador que evalúa a su presa.
No llevaba armadura, solo una túnica de entrenamiento sin mangas que dejaba al descubierto sus brazos robustos, marcados por runas de protección y cicatrices de guerras que Eyre apenas podía imaginar.
—Tu mente está en otro lugar, Eyre —dijo Niamh, su voz cortando el viento—.
Si tu mente no está en tu espada, tu sangre estará en el suelo.
Atácame.
Eyre gruñó, lanzando una estocada con una espada de práctica de madera pesada.
Niamh la desvió con un movimiento mínimo de su antebrazo, haciendo que ella perdiera el equilibrio.
—¡Otra vez!
—ordenó él.
—¡Estoy cansada, Niamh!
—exclamó Eyre, apartándose el cabello de los ojos—.
Mis músculos no son como los tuyos.
Soy humana, ¿recuerdas?
Niamh se detuvo frente a ella, sus ojos azules brillando con una frialdad pedagógica.
—La Viscosidad no se detendrá porque tus músculos ardan.
Morrigan no te tendrá piedad porque estés cansada.
Ella te crió en una jaula de seda para que fueras débil, para que siempre necesitaras su mano.
¿Vas a darle la razón?
Esa mención a Morrigan fue como un latigazo.
Eyre sintió una punzada de dolor, pero no era físico.
Era esa dualidad corrosiva que la devoraba por dentro desde que recuperó sus recuerdos en la celda.
—Ella no quería que fuera débil —susurró Eyre, bajando el arma—.
Ella…
ella me amaba, a su manera oscura.
Me curaba cuando me caía.
Me cantaba himnos de los Tuatha Dé Danann cuando las tormentas de Aldora sacudían el palacio.
Niamh enarcó una ceja, acercándose más.
—Te amaba como un escultor ama a su arcilla, Eyre.
Te amaba porque te veía como una extensión de sí misma, no como una persona.
—¡No es tan simple!
—Eyre estalló, y esta vez su ataque fue real, cargado de una rabia ciega.
Niamh bloqueó el golpe, pero tuvo que retroceder un paso ante la fuerza del impacto—.
Odio lo que me hizo.
Odio que me robara de Calandra, que dejara a mi madre biológica, Elena, atrapada en un segundo eterno de agonía.
Pero cuando cierro los ojos, no veo a la Diosa de la Guerra.
Veo a la mujer que me trenzaba el cabello y me decía que yo era su mayor tesoro.
¿Cómo se supone que debo matar a la persona que me enseñó a ser quien soy?
Niamh la desarmó con un giro experto, dejando a Eyre desarmada y jadeando.
Él no se alejó.
La tomó por los hombros, obligándola a sostenerle la mirada.
—Esa es la mayor crueldad de Morrigan, Eyre —dijo él, y su voz se suavizó apenas un matiz—.
No te dio solo mentiras; te dio pedazos de su corazón para que nunca pudieras arrancarla del tuyo sin desangrarte.
Pero Elena…
esa mujer en Calandra…
ella te amaba sin condiciones, sin rituales, sin planes de conquista.
Ella no necesitaba que fueras una reina para quererte.
Eyre se soltó de su agarre y caminó hacia el borde de la plataforma, mirando hacia el abismo.
Las nubes se abrían de vez en cuando, revelando los picos afilados de Onyxia.
—Siento que soy dos personas —confesó Eyre—.
La niña de Calandra, que solo quiere volver a ese pequeño apartamento y soplar las velas de su pastel…
y la princesa de Aldora, que siente una lealtad enferma hacia la mujer que la secuestró.
Si mato a Morrigan, ¿estaré matando a la única madre que realmente recuerdo haber tenido?
Niamh se colocó a su lado, guardando un silencio respetuoso.
Sabía que no había respuestas fáciles para un alma desgarrada entre dos mundos.
—No tienes que decidir hoy —dijo él finalmente—.
Pero tienes que ser lo suficientemente fuerte para sobrevivir al momento en que ella te pida que vuelvas a su lado.
Porque lo hará, Eyre.
Usará ese amor como un arma.
Y si no estás lista para ver la oscuridad detrás de sus caricias, te perderemos.
Eyre se giró hacia él.
El viento soplaba con fuerza, revolviendo el cabello blanco de Niamh y el azabache de Eyre.
En ese momento, la distancia entre un Rey Elfo milenario y una humana de la Tierra se acortó.
Él no la miraba con lástima, sino con una comprensión profunda, como si él también cargara con sus propios fantasmas de lealtades rotas.
—Ayúdame, Niamh —pidió Eyre, su voz apenas un susurro—.
No me dejes flaquear cuando la vea.
Enséñame a ser tan frío como tu hielo, para que mis sentimientos no me traicionen.
Niamh extendió su mano y, esta vez, no fue para entrenar.
Sus dedos largos y fríos acariciaron la mejilla de Eyre, apartando un mechón de pelo.
El contacto envió una descarga eléctrica por la columna de ella, un calor inesperado en medio del páramo de Onyxia.
—No puedo enseñarte a ser fría, Eyre —murmuró Niamh, su rostro acercándose al de ella hasta que sus alientos se mezclaron—.
Tu fuego es lo que te mantiene viva.
Lo que puedo hacer es enseñarte a canalizarlo.
A que no te queme a ti, sino a tus enemigos.
Eyre sintió la tentación de cerrar la distancia, de buscar refugio en la fuerza de aquel hombre que parecía ser el único pilar sólido en un universo de espejismos.
Niamh la miraba con una intensidad que ya no era solo de aliado; había un hambre contenida, una chispa de deseo que el Rey de Hielo intentaba sofocar bajo su máscara de deber.
—De nuevo —dijo él, rompiendo el momento con brusquedad y recuperando su espada de práctica—.
Si puedes golpearme una sola vez, daremos por terminada la sesión de hoy.
Eyre sonrió, una sonrisa pequeña y auténtica que iluminó su rostro cansado.
—Prepárate, Niamh Thursteim.
Porque la “niña de Calandra” está empezando a aprender vuestros trucos.
El resto de la tarde no fue solo físico.
Niamh la llevó a las cámaras internas, donde la magia de Onyxia era más pura.
Allí, la obligó a meditar con la Daga Celestial sobre su regazo.
—No luches contra la Daga —le instruyó—.
No intentes obligarla a mostrarte visiones.
Escucha su pulso.
Es una reliquia de los Tuatha Dé Danann; se alimenta de la verdad.
Si tu verdad es que amas a Morrigan y a la vez la odias, acéptalo.
La magia no entiende de moral, solo de autenticidad.
Eyre cerró los ojos y se sumergió en su interior.
Vio de nuevo la cocina en Calandra y el salón del trono en Aldora.
Vio a Elena y a Morrigan.
En lugar de intentar elegir una, las dejó coexistir.
El rubí de la daga empezó a brillar con una luz púrpura, una mezcla del azul de Onyxia y el rojo de su sangre humana.
De repente, una imagen nueva apareció: Morrigan, sentada en un trono de cuervos en un bosque oscuro, llorando.
No eran lágrimas de tristeza, sino de obsidiana líquida.
La Diosa estaba llamando su nombre, no con odio, sino con una desesperación real.
”Vuelve, mi pequeña luz…
el mundo es demasiado oscuro sin ti.” Eyre abrió los ojos, jadeando.
El rubí de la daga estaba caliente.
—Ella me está buscando, Niamh.
No solo con sus monstruos.
Me está buscando con su corazón.
Niamh asintió, su rostro volviéndose sombrío.
—Entonces el tiempo se nos acaba.
Si ella ha empezado a usar el vínculo emocional, significa que la guerra ya no está en las fronteras.
Está dentro de ti.
Esa noche, Eyre no durmió en las celdas, sino en una habitación de invitados digna de su rango.
Pero mientras observaba las estrellas desconocidas de aquel cielo mágico, se preguntó si alguna vez volvería a sentirse entera.
Tenía una madre que la esperaba en el tiempo congelado y otra que la buscaba en las sombras de la guerra.
Y en medio de ambas, estaba un Rey Elfo que empezaba a ocupar un espacio que ella no sabía que tenía disponible.
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