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La Princesa y El Rey de Hielo: el corazón de onix y la daga celestial. - Capítulo 7

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  3. Capítulo 7 - 7 LA REINA DE CRISTAL Y LA INTRUSA DE FUEGO
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7: LA REINA DE CRISTAL Y LA INTRUSA DE FUEGO 7: LA REINA DE CRISTAL Y LA INTRUSA DE FUEGO El Gran Comedor de Onyxia era una catedral de hielo iluminada por miles de velas que flotaban en el aire, contenidas en esferas de cuarzo.

A diferencia de los banquetes ruidosos de Aldora, aquí el sonido predominante era el tintineo de los cubiertos de plata contra el cristal y el susurro de las túnicas de seda.

​Eyre se sentía como un cuervo en un nido de cisnes.

Llevaba un vestido que las costureras reales habían confeccionado para ella: una seda azul medianoche que se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel, dejando al descubierto sus hombros pálidos.

En su cintura, oculta pero siempre presente, sentía el peso de la Daga Celestial.

​A la cabeza de la mesa, Niamh Thursteim presidía el banquete con su habitual máscara de indiferencia.

Pero a su derecha, ocupando el lugar de honor, no estaba Eyre.

Estaba Elara, la consejera de cabellos plateados y ojos de perla.

​Elara lucía una corona de escarcha que parecía fundirse con su propia piel.

Su belleza era estática, perfecta y aterradora.

Durante toda la cena, no había dejado de inclinar su cabeza hacia Niamh, susurrándole asuntos de estado con una familiaridad que hacía que a Eyre se le revolviera el estómago.

​—Pareces distraída, Princesa de Aldora —dijo Elara, alzando su copa de vino de bayas heladas.

Su voz era una caricia impregnada de arsénico—.

¿Es que el aire de Onyxia es demasiado puro para vuestros pulmones…

acostumbrados a la viscosidad de vuestro padre?

​Eyre dejó su cubierto lentamente.

El silencio cayó sobre los comensales cercanos.

Niamh dejó de hablar con un general y fijó su mirada azul en ambas mujeres.

​—El aire es perfecto, Lady Elara —respondió Eyre, manteniendo la barbilla en alto—.

Lo que me resulta difícil de digerir es la hipocresía de algunos.

Me llaman “intrusa” mientras esperan que sea yo quien detenga la oscuridad que sus propios ejércitos no pueden contener.

​Elara soltó una risita cristalina que no llegó a sus ojos.

—Oh, querida.

No confundas necesidad con pertenencia.

Eres una herramienta, un objeto curioso que el Rey ha decidido estudiar.

Pero las herramientas se guardan en el cajón cuando el trabajo termina.

Onyxia requiere una Reina que sea de su misma estirpe, de su mismo hielo.

Alguien que entienda que nuestro Rey no es un hombre, sino una institución.

​Niamh intervino, su voz retumbando como un trueno bajo el agua.

—Elara, basta.

La Princesa Eyre está bajo mi protección personal.

No es un objeto de estudio, es una aliada estratégica.

​—¿Aliada?

—Elara se giró hacia Niamh, y por un segundo, su máscara de perfección se agrietó, revelando una posesividad desesperada—.

Has pasado más tiempo con ella en la plataforma de entrenamiento que con tu propio consejo en la última luna, Niamh.

La gente habla.

Dicen que el Rey de Hielo está siendo derretido por una humana que ni siquiera pertenece a este mundo.

​Niamh apretó la copa de cristal en su mano con tanta fuerza que Eyre temió que estallara.

—Lo que yo haga con mi tiempo es asunto mío, Consejera.

Y lo que mi pueblo diga, me tiene sin cuidado mientras las fronteras estén seguras.

Al finalizar la cena, Eyre salió al balcón de los jardines de invierno buscando aire fresco.

El cielo de Onyxia estaba despejado, revelando las tres lunas del reino brillando sobre los picos de obsidiana.

​—No te hagas ilusiones, humana.

​Eyre se giró.

Elara estaba allí, envuelta en una capa de piel de armiño blanco.

Ya no había testigos, ni protocolos, solo dos mujeres enfrentadas por el mismo hombre y el mismo trono.

​—No sé de qué hablas, Elara —dijo Eyre, cruzándose de brazos.

​—Hablo de la forma en que lo miras.

Y de la forma en que él te mira a ti cuando cree que nadie lo observa —Elara se acercó, su perfume a flores congeladas inundando el espacio—.

He estado al lado de Niamh durante trescientos años.

He esperado con paciencia que el trono de la Reina sea ocupado por alguien digno de su linaje.

He sangrado por este reino mientras tú aún eras un sueño en ese mundo de metal tuyo.

​—Si después de trescientos años él no te ha elegido, Elara, quizás el problema no sea mi llegada —disparó Eyre con una frialdad que la sorprendió incluso a ella misma—.

Quizás es que él no quiere un espejo de su propio hielo.

Quizás quiere algo que realmente tenga pulso.

​Elara se abalanzó hacia ella, sus dedos largos y afilados atrapando el brazo de Eyre con una fuerza sobrehumana.

Sus ojos de perla brillaron con un odio visceral.

​—Eres una anomalía, Eyre.

Una hija de Calandra que Morrigan usó para sus juegos.

Niamh siente curiosidad por ti, sí.

Pero la curiosidad es efímera.

Cuando el portal se abra y Morrigan venga a reclamarte, él te entregará sin pestañear si eso significa salvar a su pueblo.

Él ama a Onyxia más de lo que jamás podrá amar a una mortal que se marchita con cada invierno.

​Eyre sintió el tirón de la Daga Celestial en su mente.

La rabia estaba empezando a canalizar la magia.

Sus ojos marrones parecieron encenderse con un destello dorado.

​—Suéltame —ordenó Eyre, y su voz vibró con un poder antiguo—.

Ahora.

​Elara retrocedió, sorprendida por la intensidad de la energía que emanaba de la humana.

Se arregló la túnica con un gesto altivo, recuperando su compostura.

​—Disfruta de tus lecciones de combate, Eyre.

Disfruta de sus manos sobre tus hombros mientras te enseña a sostener una espada.

Pero recuerda esto: en este reino, el hielo siempre vuelve a cerrarse.

Y cuando lo haga, tú estarás fuera.

Eyre se quedó sola en el balcón, temblando, pero no de frío.

Estaba furiosa.

Estaba cansada de ser el centro de una guerra de la que no pidió formar parte.

​—Ella tiene razón en una cosa.

​Eyre dio un respingo.

Niamh estaba en las sombras del arco de la puerta, observándola.

Había escuchado parte de la conversación.

​—¿En qué?

—preguntó Eyre, volviéndose hacia las estrellas—.

¿En que soy una herramienta?

¿En que me entregarás cuando las cosas se pongan difíciles?

​Niamh caminó hacia ella, sus pasos silenciosos sobre la nieve del balcón.

Se colocó detrás de ella, tan cerca que Eyre podía sentir el frío que emanaba de su cuerpo, pero también esa extraña atracción magnética que la hacía querer apoyarse en él.

​—En que amo a Onyxia más que a nada —dijo Niamh en un susurro—.

Es mi deber, mi esencia.

Pero Elara se equivoca en todo lo demás.

Ella cree que el trono de la Reina es una pieza de joyería que se gana con el tiempo.

No entiende que el corazón de un Rey no es un asunto de estado.

​Niamh puso sus manos sobre la barandilla de piedra, encerrando a Eyre entre sus brazos, aunque sin tocarla directamente.

​—Eyre…

lo que vi en el Muro de Escarcha…

esa luz…

no fue solo magia de los Tuatha Dé Danann.

Fue tu voluntad.

Fue el fuego de Calandra.

Y ese fuego es algo que este reino no ha visto en milenios.

​Eyre se giró dentro del espacio que él le ofrecía.

Estaban a centímetros.

La tensión entre ellos era tan espesa que parecía que el aire mismo iba a estallar en llamas.

​—Ella dice que me marcharé —dijo Eyre, su voz fallando—.

Que soy mortal y que me marchitaré.

​Niamh extendió una mano y acarició su mejilla, bajando luego hacia su cuello, donde su pulso latía desbocado.

​—Entonces haremos que cada invierno cuente —murmuró él.

​Niamh bajó la cabeza, y por un instante, Eyre creyó que finalmente la besaría.

Pero justo cuando sus labios estaban a punto de rozarse, un cuervo negro de ojos violetas se posó en la barandilla, soltando un graznido ensordecedor que rompió el hechizo.

​Era un mensajero de Morrigan.

La Diosa los estaba observando desde las sombras.

​Niamh se alejó con brusquedad, su máscara de hielo volviendo a su lugar instantáneamente.

La mano que acariciaba a Eyre se convirtió en un puño.

​—La tregua ha terminado —dijo Niamh, mirando al cuervo con odio—.

Mañana, el entrenamiento será doblemente intenso.

Elara tendrá que esperar su turno para sus intrigas.

Tenemos una diosa que matar.

​Eyre miró al cuervo y luego a Niamh.

Sabía que Elara no se detendría, y que Morrigan estaba usando sus celos como una grieta para entrar en Onyxia.

La guerra no solo estaba en las fronteras; estaba sentada a la mesa del banquete.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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