La Princesa y El Rey de Hielo: el corazón de onix y la daga celestial. - Capítulo 8
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- Capítulo 8 - 8 EL RITUAL DEL ESPEJO DE ESCARCHA
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8: EL RITUAL DEL ESPEJO DE ESCARCHA 8: EL RITUAL DEL ESPEJO DE ESCARCHA La mañana siguiente al banquete, Onyxia se despertó envuelta en una bruma plateada que hacía que las torres de obsidiana parecieran fantasmas flotando en un mar de leche.
El graznido del cuervo de Morrigan aún resonaba en los oídos de Eyre como una premonición, pero no tuvo tiempo de reflexionar.
Antes de que el primer rayo de sol tocara el patio de armas, Elara apareció en sus aposentos.
No venía con la altivez de la noche anterior, sino con una sonrisa de seda que Eyre encontró infinitamente más peligrosa.
—Princesa —dijo Elara, haciendo una reverencia perfecta—.
El Rey Niamh está ocupado con el consejo de guerra tras el mensaje de la Diosa.
Me ha pedido que os prepare para el Aethelgard, el Ritual del Espejo de Escarcha.
Eyre se tensó, dejando a medio abrochar las correas de su armadura.
—¿Un ritual?
Niamh no me mencionó nada de esto.
—Es una tradición milenaria —continuó Elara, caminando por la habitación y tocando las telas de los vestidos de Eyre con desdén—.
Cada vez que una amenaza se cierne sobre nuestras fronteras, los líderes deben presentarse ante el pueblo en el Lago de Cristal.
Si aspiráis a que los elfos os sigan a la batalla, deben ver que vuestra alma es pura.
Debéis reflejar vuestra esencia en el hielo sagrado.
Eyre sintió un nudo en el estómago.
Sabía que Elara tramaba algo, pero la lógica de la elfa era impecable: si quería que Onyxia la respetara, no podía esconderse en los cuarteles.
—¿Qué debo hacer?
—preguntó Eyre, sosteniendo la mirada de perla de la consejera.
—Solo debéis vestir el manto de los Tuatha Dé Danann y caminar sobre el lago hasta el centro.
Allí, el hielo os mostrará quién sois realmente.
Es simple…
para quien no tiene nada que ocultar.
El Lago de Cristal se encontraba en la base de la montaña, un espejo de agua congelada tan profunda que se decía que llegaba hasta las raíces del mundo.
Miles de elfos se habían congregado en las orillas, un mar de rostros pálidos y cabellos plateados que observaban en silencio.
Niamh estaba allí, en el estrado real, luciendo su armadura de gala.
Cuando vio llegar a Eyre escoltada por Elara, sus cejas se juntaron en una expresión de alarma contenida.
Él no había ordenado esto, pero interrumpirlo ahora, frente a toda su nación, sería un signo de debilidad.
Eyre vestía una túnica de gasa blanca que parecía hecha de nieve hilada, un regalo “atento” de Elara.
Lo que Eyre no sabía era que la tela había sido empapada en una esencia que atraía la energía negativa del ambiente.
—Princesa de Aldora —anunció Elara, su voz amplificada por la magia—.
Hija de Calandra.
Caminad sobre el espejo y mostradnos si vuestro fuego es de luz…
o si traéis la viscosidad de vuestro padre a nuestras tierras.
Eyre comenzó a caminar.
El hielo bajo sus pies descalzos estaba tan frío que sentía como si miles de agujas le atravesaran la piel.
Al llegar al centro del lago, se detuvo.
Miles de ojos estaban fijos en ella.
—Mírate, Eyre —susurró la voz de Elara en su mente, usando una conexión telepática prohibida—.
Mira lo que realmente eres.
Eyre bajó la vista al hielo.
Pero en lugar de ver su reflejo, el hielo empezó a oscurecerse.
Gracias a la esencia en su ropa y al poder de Elara, el Espejo de Escarcha empezó a proyectar las sombras de Morrigan.
Vio su imagen transformada: sus ojos se volvieron negros, sus manos goteaban la viscosidad de Callum, y detrás de ella, la sombra de la Diosa de la Guerra la abrazaba como a una marioneta.
El pueblo soltó un grito de horror colectivo.
—¡Es un monstruo!
—gritó alguien desde la orilla—.
¡Ha traído la infección!
Eyre sintió que el pánico la invadía.
El hielo bajo sus pies empezó a agrietarse, no por su peso, sino por la oscuridad que el espejo estaba manifestando.
Elara sonrió desde el estrado, saboreando su victoria.
Desde el estrado, Niamh se puso en pie, con la mano en el pomo de su espada.
Pero antes de que pudiera intervenir, Eyre recordó las palabras de Niamh durante el entrenamiento: “Acepta tu verdad.
La magia no entiende de moral, solo de autenticidad”.
Eyre cerró los ojos, ignorando los abucheos y el miedo.
Dejó de luchar contra la visión de la oscuridad.
—Sí —susurró Eyre, y su voz, aunque baja, resonó en todo el lago—.
Llevo la marca de Morrigan.
Llevo la sangre de Callum.
Pero no soy su esclava.
Eyre llevó la mano a su cintura y desenvainó la Daga Celestial.
No la usó para atacar, sino que la clavó con fuerza en el hielo, justo entre sus pies.
—¡Yo soy Eyre de Calandra!
—rugió, y su voluntad estalló en una llamarada de luz blanca y dorada—.
¡Y mi verdad es que prefiero arder antes que ser vuestro reflejo!
La luz de la daga chocó contra la magia de Elara.
El hielo negro estalló en mil pedazos, revelando debajo no la viscosidad, sino un agua cristalina y pura que empezó a brillar con una intensidad solar.
La esencia oscura de su vestido se evaporó en un humo blanco.
El Espejo de Escarcha se transformó.
Ahora, proyectaba la imagen de Eyre rodeada por una luz celestial, sosteniendo la mano de una mujer humana en un mundo de acero (Elena) y, al mismo tiempo, portando la corona de Onyxia.
Era una imagen de unión, de una fuerza que trascendía los mundos.
El silencio que siguió fue absoluto.
Los elfos, que segundos antes pedían su cabeza, cayeron de rodillas, abrumados por la pureza de la energía que emanaba de la humana.
Eyre caminó de regreso a la orilla sobre el agua que volvía a congelarse instantáneamente bajo sus pies, ahora convertida en un camino de diamantes.
Al llegar al estrado, se detuvo frente a Elara.
La consejera estaba pálida, sus ojos de perla desencajados por el miedo.
—Tu espejo está roto, Elara —dijo Eyre, con una voz tan fría que habría hecho temblar al mismo Niamh—.
Intenta buscar tu reflejo en él.
Si es que te queda algo de luz que mostrar.
Niamh bajó del estrado, ignorando a los nobles.
Se colocó frente a Eyre y, frente a todo su pueblo, se quitó su propia capa de piel de lobo y la envolvió alrededor de los hombros de ella.
Era un gesto de protección y de reclamo que nadie en Onyxia pudo malinterpretar.
Luego, se giró hacia Elara.
Sus ojos azules ya no eran hielo; eran fuego líquido.
—Consejera Elara —dijo Niamh, y su voz vibró con una autoridad mortal—.
Has manipulado un rito sagrado para atacar a una aliada de la corona.
Has puesto en peligro la fe de mi pueblo por tus mezquinos celos.
—Niamh, yo solo quería protegerte…
—empezó Elara, con la voz temblorosa.
—¡Silencio!
—rugió el Rey—.
Estás destituida de tu cargo en el consejo.
A partir de este momento, tienes prohibido acercarte a la Princesa Eyre.
Si vuelves a intentar usar tu magia contra ella, no te enviaré al exilio.
Te enviaré directamente al vacío de los Tuatha Dé Danann.
Elara retrocedió, escoltada por los guardias, con la humillación grabada en cada línea de su rostro.
Al pasar junto a Eyre, susurró con un veneno que prometía que esto no había terminado: —Has ganado una batalla, humana.
Pero has encendido un fuego que terminará por consumir este reino.
Más tarde, en el despacho privado de Niamh, el silencio era denso.
Eyre estaba sentada frente a la chimenea, todavía envuelta en la capa del Rey.
Niamh le sirvió una copa de vino caliente y se la entregó, rozando sus dedos.
—Siento no haber previsto su movimiento —dijo Niamh, sentándose frente a ella—.
Elara es…
antigua.
Su orgullo es tan profundo como las raíces de esta montaña.
—Ella tiene razón en algo, Niamh —Eyre miró el fuego azul—.
Soy un peligro para tu pueblo.
Mi sola presencia hace que tus consejeros se peleen y que tus tradiciones se rompan.
Niamh se inclinó hacia adelante, tomando la mano de Eyre entre las suyas.
Sus manos eran grandes, fuertes y, por primera vez, Eyre las sintió cálidas.
—Mis tradiciones estaban muertas, Eyre.
Eran solo cáscaras vacías de un pasado que ya no entendíamos.
Lo que hiciste hoy en el lago…
esa luz…
no fue solo magia.
Fue esperanza.
Mi pueblo no necesita un espejo que les muestre su pasado; necesitan un fuego que los guíe hacia el futuro.
Eyre lo miró, y la dualidad en su pecho dolió más que nunca.
Sentía el amor posesivo de Morrigan llamándola desde las sombras, y sentía la pérdida de Elena en su memoria.
Pero aquí, en el despacho de un Rey Elfo que la miraba como si fuera el centro de su universo, Eyre encontró una tercera identidad.
—¿Y tú, Niamh?
—preguntó ella—.
¿Qué necesitas tú?
Niamh no respondió con palabras.
Se acercó lentamente, rompiendo finalmente la barrera que el deber y el orgullo habían construido.
Tomó el rostro de Eyre entre sus manos y la besó.
No fue un beso de cuento de hadas.
Fue un beso de guerra, de necesidad y de una pasión contenida durante siglos.
Sabía a nieve y a fuego, a libertad y a peligro.
En ese beso, Eyre comprendió que ya no podía volver a ser la niña de Calandra ni la princesa de Aldora.
Era Eyre de Onyxia.
Y la guerra acababa de volverse personal.
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