La Villana Quiere Retirarse - Capítulo 149
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149: El Guantelete 149: El Guantelete Pero, querido lector, si alguna vez has presenciado el momento antes de que se desate una tormenta, cuando el aire se vuelve tan pesado de promesas que hasta respirar se siente como un acto de rebeldía, entonces podrías entender lo que fue estar en aquel patio y ver a dos emperatrices encontrarse por primera vez.
Porque aquello no fue una simple presentación.
Fue una declaración de guerra envuelta en seda y cortesía, cada palabra una cuchilla que ponía a prueba la armadura de la otra, buscando una debilidad, los lugares vulnerables por donde el acero pudiera deslizarse y hacer brotar sangre.
Vetra Nivarre, la Emperatriz Regente de Nevareth, se erguía en el centro de su corte reunida como el invierno encarnado, hermosa y despiadada a partes iguales.
Su mirada recorrió a Eris con la precisión clínica de un joyero que examina una piedra de dudosa calidad, deteniéndose en los bordes gastados por el viaje de su capa, en el corte extranjero de su vestido, en el cabello pálido que la delataba como una criatura de fuego en lugar de escarcha.
La evaluación duró quizá tres latidos.
Pareció una eternidad.
Cuando Vetra por fin volvió a hablar, su voz cruzó el patio con esa clase de claridad que exigía silencio, la clase que hacía que hasta el viento se detuviera a escuchar.
—Eris Igniva —el nombre cayó de sus labios como un veredicto—.
Anteriormente Reina de Solmire.
Qué… inesperado encontrarte «honrando» nuestras puertas.
La pausa antes de «honrando» fue deliberada, cargada de insinuaciones.
A su alrededor, la nobleza reunida se movió de forma casi imperceptible, una inhalación colectiva disfrazada de un ajuste de postura.
Sabían reconocer un insulto cuando lo oían, incluso si se profería con tan exquisita cortesía.
Eris no dijo nada, simplemente inclinó la cabeza con el más mínimo gesto de reconocimiento, con una expresión serena como el amanecer sobre el hielo.
El rostro de Vetra se afiló con una sonrisa, hermosa como el cristal roto.
—Tu reputación te precede, por supuesto.
Los relatos sobre el… «temperamento»… de la Reina de Fuego han llegado hasta nuestras gélidas costas.
Una oye historias fascinantes.
—Hizo otra pausa, perfectamente calculada—.
Aunque confieso que esperaba que fueran exageraciones.
La insinuación quedó suspendida en el aire, cristalina: no eran exageraciones, y eres exactamente el monstruo que temíamos.
Se giró entonces, desviando su atención hacia Soren con esa deliberación mordaz que dejaba claro que Eris acababa de ser descartada, considerada deficiente y dejada de lado.
—Hijo mío —el apelativo cariñoso no transmitía calidez, solo posesión—.
Me pregunto si te das cuenta de lo que has hecho.
Traer una presencia tan… «volátil»… a nuestra corte.
—Su mirada recorrió a los nobles reunidos, asegurándose de que todos fueran testigos de este momento—.
Has puesto en peligro al imperio con tu decisión imprudente.
Has demostrado una negligencia indescriptible hacia tus deberes como Emperador.
Las palabras cayeron como piedras en un estanque de aguas tranquilas, y las ondas de la conmoción se extendieron entre la multitud que observaba.
—Y además —continuó Vetra, bajando la voz a un tono más suave, más peligroso—, has mostrado una profunda falta de respeto hacia mí, como Emperatriz Regente, como la mujer que te crio, que te protegió, como la que ha guiado este imperio en tu nombre desde antes de que pudieras caminar.
Fue magistral, la verdad.
Una humillación pública disfrazada de preocupación maternal, un ataque político envuelto en el lenguaje de los sentimientos heridos.
Cada palabra calculada para herir, para menospreciar, para recordar a todos los presentes quién ostentaba el verdadero poder en Nevareth.
La mandíbula de Soren se tensó, y un músculo saltó bajo su piel.
Su paciencia, ya mermada por días de viaje y el peso de traer a Eris a casa, empezó a deshilacharse por los bordes.
Abrió la boca, con palabras formándose tras sus dientes, afiladas, cortantes y totalmente apropiadas para el insulto que acababa de recibir.
Pero antes de que pudiera hablar, Eris se movió.
Fue un gesto mínimo, en realidad.
Su mano se alzó y sus dedos rozaron el antebrazo de él con el toque más ligero, apenas un susurro de contacto a través de la tela de su abrigo.
Pero el significado era inconfundible, claro como campanas de cristal en el aire invernal.
Espera.
Déjame a mí.
Las palabras de Soren murieron sin ser pronunciadas.
Giró la cabeza ligeramente para encontrar la mirada de ella, y lo que fuera que vio allí le hizo detenerse, le hizo retroceder lo justo para concederle el espacio que ella estaba reclamando.
La atención de Eris se desvió hacia Vetra, y cuando habló, su voz poseía esa cualidad particular de calma que solo pertenece a las mujeres que han construido reinos sobre los huesos de sus enemigos y han aprendido a sonreír mientras lo hacían.
—Qué amable por su parte preocuparse por las decisiones del Emperador, Su Gracia.
—El título era correcto, perfectamente apropiado, y de algún modo aun así lograba sonar como un insulto—.
Aunque confieso que tenía la impresión de que un Emperador del… «calibre»… de Soren podía tomar decisiones que afectaran a su imperio sin requerir la opinión de nadie.
Hizo una pausa, dejando que las palabras se asentaran como la nieve antes de asestar el golpe de gracia.
—Ciertamente no de alguien que se cree más importante de lo que en realidad es.
El silencio que siguió fue absoluto.
No el silencio acogedor de los jardines apacibles ni la calma contemplativa de las bibliotecas, sino esa clase de silencio que se produce cuando el mundo entero contiene la respiración, esperando a ver si la sangre seguirá a las palabras.
La compostura de Vetra se resquebrajó, solo por un instante, y la sorpresa parpadeó en su rostro antes de que la máscara volviera a su sitio de un chasquido.
Pero era demasiado tarde.
Todos lo habían visto.
La Emperatriz Regente, inquebrantable como las montañas, se había inmutado.
Y Eris había sonreído al conseguirlo.
A su alrededor, la corte se olvidó de respirar.
Los nobles permanecían congelados, atrapados entre el horror y la fascinación, incapaces de apartar la vista del espectáculo que se desarrollaba ante ellos.
Algunos rostros mostraban conmoción, otros un deleite mal disimulado al ver a Vetra desafiada de forma tan directa, tan pública.
Los ojos de Vetra se entrecerraron, estudiando a Eris con una nueva intensidad.
La evaluación displicente de hacía unos instantes se transformó en algo más agudo, más centrado.
Ahora veía a Eris, la veía de verdad, comprendiendo con la súbita claridad de una mujer que acaba de darse cuenta de que ha subestimado a su oponente.
La expresión de Vetra parecía decir: «Así que los rumores eran ciertos.
La Reina de Fuego no se inmuta.
No se inclina.
No conoce su lugar».
Ese descubrimiento no le agradó.
Pero bajo la furia, bajo la dignidad ofendida y el orgullo herido, algo más se agitó.
Reconocimiento, quizá.
El tipo de reconocimiento que se da entre depredadores cuando se encuentran en la naturaleza y comprenden, al instante, que el otro no es una presa.
Vetra supo, en ese preciso instante, que Eris Igniva no había venido a Nevareth para desvanecerse silenciosamente en un segundo plano, para interpretar el papel de la agradecida novia extranjera rescatada de un escándalo.
Había venido para ser una espina, afilada y persistente, clavada tan profundo que arrancarla haría sangrar.
Lo que Vetra aún no entendía, lo que no podía llegar a comprender, era que Eris no tenía intención de ser simplemente una espina.
Había venido para arrancar la raíz por completo.
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