La Villana Quiere Retirarse - Capítulo 37
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37: Ascensión/Duelo de la Llama 37: Ascensión/Duelo de la Llama Nuestro Emperador del norte, Soren de Nevareth, se despertó con el sonido de las campanas.
Un centenar de ellas, que repicaban desde las torres del templo y resonaban sobre los tejados carmesí.
El sueño no había sido benévolo con él; no, sus pensamientos habían vagado durante toda la noche, dando vueltas en torno a la misma llama: ella.
La mujer de Solmire.
La Reina de Fuego.
Había soñado con oro fundido y el sabor del calor sobre su lengua, y cuando llegó el amanecer, descubrió que incluso los emperadores nacidos del hielo podían despertar sudando.
Los cortesanos ya estaban congregados en su salón, ataviados con sus impolutos azules y blancos plateados, hablando de tratados y horarios.
La renovación de la paz entre sus países, un suceso más antiguo que cualquiera de ellos, impregnado de sangre e historia, estaba previsto que se sellara bajo la Llama Ascendente esa misma noche.
Pero, querido lector, Soren apenas podía concentrarse en la política.
Lord Venrick, su consejero, peroraba sobre las formalidades: —Su Majestad se colocará junto a la Reina durante el encendido y, cuando la Gran Sacerdotisa pronuncie el juramento final, posará la mano sobre la cresta de la llama…, simbolizando…
—Sí —lo interrumpió Soren, semidistraído—, la unidad eterna, la prosperidad, lo de siempre.
Venrick frunció el ceño.
—Y la dignidad, mi emperador.
No lo olvidemos.
Dignidad.
Bonita palabra para un hombre que estaba peligrosamente cerca de perder la compostura por una mujer hecha de fuego.
~~~
En otra parte del palacio, la propia Reina tampoco se libraba de sus reflexiones.
Eris estaba sentada ante su espejo; la luz de la mañana incidía en la curva de su mejilla y la suave llama del brasero a su espalda la bañaba en oro.
Sus doncellas revoloteaban a su alrededor, trenzándole el cabello para formar una corona y ajustándole brazaletes enjoyados en las muñecas, pero la mente de la Reina ya estaba en otra parte.
Tenía en mente un único pergamino, sellado con la marca del Alto Guardián, Dareth, el último hombre en Solmire que todavía se atrevía a conocer su plan.
El Testamento del Fuego.
El pergamino que contenía su abdicación.
Era extraño, pensó, cómo la idea de la libertad podía tener un sabor a la vez dulce y vacío.
Su vida se había construido sobre tronos y llamas, sobre juramentos de sangre y una ruina heredada.
¿Quién era ella, sin el fuego?
¿Sin la corona?
Y sin embargo, mientras miraba por la ventana y veía los estandartes desplegándose por el patio, sintió, por primera vez en años…
Paz.
Hoy acabaría todo.
Su reinado.
Su maldición.
Sus cadenas.
Pero antes del final, aún le quedaba un deber: despedirse de su hijo.
Rael.
Sus manos vacilaron ligeramente mientras se ponía los anillos.
Lo último que debe hacer una madre es temblar ante su hijo, incluso si este no soporta mirarla.
Afuera, su yegua, Solestra, ya estaba ensillada, con la crin trenzada con cintas carmesí y la brida tallada en oro.
Empacaban discretamente su equipaje mientras se celebraba la ceremonia: pergaminos, reliquias familiares y una única bolsa de terciopelo que contenía un brazalete infantil.
Mientras tanto, en el ala este del palacio bullían inquietudes más discretas.
Caelen y Lady Ophelia se habían levantado temprano; el residuo de la tensión de la noche anterior todavía se aferraba a ellos como el humo.
Aun así, se vistieron juntos en un silencio ensayado, Lady Ophelia alisando los pliegues de su vestido mientras Caelen se ajustaba el cinto de la espada, con movimientos familiares, incluso tiernos.
Quizás por eso funcionaban, querido lector: no por la armonía perfecta del amor, sino por el arte de dejar a un lado sus tormentas.
Para cuando llegaron al corredor que conducía al patio, ya habían vuelto a meterse en sus papeles de consorte de la Reina y matrona real: inalterables, impolutos, radiantes bajo el fulgor de la mañana.
Y ahora…
el reino entero se desplegó en todo su esplendor.
La Procesión de Fuego comenzó al mediodía, con la ciudad congregada en oleadas sobre el puente de mármol.
Del templo emergieron los sacerdotes, ataviados con túnicas de tonos ígneos, portando la Llama Eterna en vasijas de bronce que humeaban con una resina dulzona.
—¡Contemplad el Fuego de Pironox!
—clamaron.
Los ciudadanos cayeron de rodillas.
El suelo tembló con reverencia cuando la Llama cruzó las puertas del palacio; cada antorcha a su paso se encendía por voluntad propia, una oleada dorada que se derramaba por el corazón de Solmire.
A continuación, se celebró en el patio el Rito Piro-Santo, un espectáculo capaz de dejar sin aliento hasta a los mismos dioses.
Eris y la Gran Sacerdotisa estaban de pie ante el colosal brasero de piedra negra.
Cuando la Reina levantó la mano, la multitud enmudeció.
Pronunció la plegaria con una voz que rodó como un trueno sobre cristal, cada sílaba chispeando en el aire.
Entonces, tocó la llama.
Y esta respondió.
Un pilar de fuego brotó hacia el firmamento, puro e inacabable, en busca de los cielos.
El sonido que produjo no fue un rugido, sino un canto; un himno agudo y trémulo que vibró en el alma de todos los presentes.
Soren observaba, con el corazón desbocado, sintiendo que el calor lo alcanzaba donde estaba, como dedos rozando su garganta.
Debería haber apartado la mirada.
No lo hizo.
Entonces…
El cuerno del heraldo rasgó el aire, y su eco rebotó en las columnas de mármol como un grito de guerra.
Un nuevo anuncio recorrió el palacio: el Duelo de la Llama iba a dar comienzo.
Comenzó como un murmullo y creció hasta convertirse en un clamor.
Las multitudes se precipitaron hacia el Barrio del Santuario, donde una arena había sido excavada en los mismísimos huesos de la tierra: un círculo de arena ennegrecida rodeado de gradas, balcones y estandartes que ondeaban como lenguas de fuego viviente.
La propia Reina lo había decretado: nada de magia.
Nada de encantamientos.
Solo la belleza cruda y peligrosa del músculo y la voluntad mortal.
~~~
Soren, la personificación de la diplomacia, estaba sentado entre sus enviados cuando le llegaron las noticias.
Lord Venrick se encontraba en medio de otro solemne monólogo sobre protocolos y posturas, cuando la mirada del Emperador se desvió hacia la ventana, atraída por el sonido del exterior: una ciudad que bullía de expectación.
—¿Su Majestad?
—insistió Venrick al notar su distracción.
—Continuad sin mí —dijo Soren, levantándose con una calma engañosa—.
Siento una súbita…
curiosidad.
Venrick parpadeó.
—¿Curiosidad, señor?
Soren ya se había marchado.
Siguió a la marea de hombres acorazados hasta los recintos de espera bajo la arena, donde la luz de las antorchas se derramaba sobre hojas aceitadas y rostros pintados con ceniza.
El olor a hierro y sudor era espeso, vibrante, desafiante; absolutamente humano.
Los caballeros murmuraban plegarias en voz baja.
Los hombres más jóvenes reían para disfrazar su miedo.
Y allí, entre ellos, se encontraba Caelen, el consorte de la Reina, resplandeciente de escarlata y oro, con cada movimiento impregnado de la serena autoridad de un hombre que había dirigido ejércitos y los había enterrado.
A su lado estaba Lady Ophelia, grácil incluso con su modesto atuendo ceremonial, sus ojos firmes y brillantes como el ámbar pulido.
Cuando vieron a Soren, la sorpresa destelló en el rostro de Lady Ophelia.
—Su Majestad —dijo ella, haciendo una leve reverencia—.
Qué visita más inesperada.
Aunque debo admitir que ya me lo imaginaba como un hombre aficionado a los deportes sangrientos.
Soren sonrió, un gesto vagamente lupino.
—La curiosidad es el privilegio de los monarcas visitantes, Lady Ophelia.
Pensé en observar cómo mide Solmire a sus héroes.
Caelen rio por lo bajo.
—Los medimos en cicatrices.
La broma le valió una sonrisa, aunque no una carente de peso.
Cuando los cuernos volvieron a sonar, Caelen dio un paso al frente y se dirigió a los hombres reunidos con voz autoritaria.
—¡Escuchad bien!
—exclamó—.
¡Hoy no lucháis por coronas ni por monedas, lucháis ante los ojos del mismísimo Pironox!
Si ganáis, la Reina podrá concederos un deseo.
Si perdéis, la llama os reclamará como suyos.
Un murmullo recorrió las filas.
—¿Un deseo?
—repitió Soren como un eco, mirándolo de reojo—.
¿De verdad cualquier cosa?
—Si la Reina lo considera digno —replicó Lady Ophelia en voz baja, juntando las manos—.
Se dice que hasta los desesperados han salido de aquí bendecidos…
Una vez, un moribundo pidió por su hijo, que estaba condenado a muerte, y ella le concedió la libertad sin pedir nada a cambio.
Soren emitió un murmullo grave, pensativo.
—Entonces, imagino que los valientes piden gloria…
—Y los necios —añadió Caelen con sequedad—, piden amor.
Por un momento, los tres permanecieron en un silencio afable, con el calor del brasero parpadeando entre ellos.
Y quizá, querido lector, fue entonces cuando la idea echó raíces por primera vez; algo temerario, que destelló tras la mirada habitualmente contenida de Soren.
¿Qué pediría él si ganara?
Los caballeros se dispersaron y el fragor de las armaduras y el acero llenó el aire mientras se preparaban para la llamada a la batalla.
Soren se demoró allí, con las manos entrelazadas a la espalda, observando cómo se preparaban con una fascinación casi pueril.
—Parece como si tuviera intención de unirse a ellos —dijo Lady Ophelia con ligereza, mientras una sonrisa burlona se dibujaba en sus labios.
Soren la miró con expresión indescifrable.
—¿Lo llamaría usted locura?
—Yo lo llamaría innecesario.
—Ah —musitó él, con la mirada clavada en la puerta de la arena mientras la multitud de arriba empezaba a corear—.
Pero también lo es la fascinación y, aun así…
No terminó la frase.
Caelen le dio una palmada en el hombro, disipando el aire de ligereza.
—He visto hombres que luchan por deporte y hombres que luchan por dioses.
¿Pero los que luchan por preguntas que no pueden responder?
—Sus ojos se oscurecieron ligeramente—.
A esos son a los que debe temer.
Soren se limitó a sonreír.
Quizá porque él mismo no tenía una respuesta.
Sobre ellos, la arena retumbaba de expectación mientras las puertas comenzaban a elevarse.
La luz del sol se derramó por las aberturas como oro líquido, bañando a los hombres que esperaban.
El Duelo de la Llama había comenzado.
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