LORD OF THE WORLDS: The Bellicose Foxes. - Capítulo 10
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10: Capítulo 8: Interrupción.
10: Capítulo 8: Interrupción.
UBICACIÓN: SECTOR C.
TIEMPO: PRESENTE.
—Por favor…
—dijo Lunaria con esfuerzo.
Su voz era un hilo roto, apenas un susurro entre los escombros—.
Detente…
por favor.
Nadie le respondió.
Solo hubo un sonido húmedo.
Crack.
—¿Por qué…?
—Zarbac soltó otro golpe sobre el cuerpo inmóvil bajo él, salpicando sangre fresca en el suelo—.
¡Dime por qué!
Dos gotas resbalaron por el rostro sucio de Lunaria.
Del ojo derecho, el sano, cayó una lágrima transparente, limpia y amarga.
Del izquierdo, hinchado y amoratado, brotó una gota espesa, roja y densa.
Olía a hierro.
Ambas cayeron al unísono, marcando el polvo del piso.
—¿Por qué?
—Zarbac dejó caer el puño una vez más—.
¡¿Dime por qué ya no me diviertes?!
Nadie respondió.
El silencio de la carne machacada fue su única respuesta.
Zarbac se detuvo al instante, aburrido.
Apoyó la mano izquierda en el pecho de Krzytof para impulsarse y ponerse de pie.
La presión sobre el esternón fracturado provocó una reacción inmediata: Krzytof tuvo un espasmo y expulsó una bocanada de sangre y bilis por la boca.
—Despreciable…
—Zarbac levantó la barbilla al sentir las gotas calientes manchando su guante y su ropa.
Miró el rostro de su víctima con asco profundo—.
¿Cómo te atreves a mancharme con tu sangre asquerosa?
Se terminó de levantar, sacudiéndose.
El rostro de Krzytof ya no era un rostro.
Era una masa deforme.
Las mejillas estaban tan inflamadas que la piel brillaba, tensa y partida.
Sus cejas estaban empastadas de rojo, y sus ojos eran dos líneas negras hinchadas, cerradas a la fuerza por la inflamación.
Pero lo más triste de la imagen no estaba en él, sino a su lado.
Tirados en el suelo, bañados en fluido rojo, estaban sus lentes.
Esa parte esencial de él, que siempre llevaba con pulcritud, ahora estaba torcida, con los cristales estallados.
—Bien…
—Zarbac se ajustó los guantes, estirando los dedos con un crujido—.
Que continúe la diversión.
En el reflejo de uno de los cristales rotos de los lentes, se vio a Zarbac dar media vuelta.
Sus botas cruzaron el agujero de la pared, pasando de la habitación al pasillo donde yacía Lunaria.
—¿Quieres jugar conmigo?
—Zarbac se detuvo frente a ella, dibujando una sonrisa que parecía demasiado grande para su cara—.
Será muy divertido…
te lo prometo.
—Jódete…
—Lunaria tosió, y una burbuja de sangre estalló en sus labios.
Hubo unos segundos de silencio pesado.
Solo se escuchaba el esteror agónico de Krzytof en la otra habitación.
—Pon atención, maldita —Zarbac flexionó las rodillas para ponerse en cuclillas frente a ella, quedando cara a cara—.
Si yo te pregunto si quieres jugar, juegas.
Lunaria entornó su único ojo bueno.
Reunió toda la saliva y sangre que tenía en la boca.
—Dije…
que te jodas.
Escupió.
El esputo rojo golpeó a Zarbac justo en la mejilla.
Zarbac agachó la mirada inmediatamente.
Con una calma terrorífica, se limpió la mejilla con el dorso del guante.
Miró la mancha roja en el cuero.
Levantó la vista.
Fue un movimiento de cobra.
Rápido.
Inevitable.
Su mano se disparó hacia ella y le agarró el pelo corto.
Lunaria exhaló de golpe por la sorpresa.
Zarbac no dudó: con un tirón violento, le azotó la cabeza contra la pared de metal.
¡THUD!
El cráneo rebotó.
Lunaria se quedó flácida un instante, con los ojos en blanco por el mareo.
—No me gusta cómo juegas —Zarbac soltó una risita ligera, soltándole el pelo—.
Pero te prometo que te ganaré.
Se puso de pie, imponente sobre ella.
—¡Desgraciado…!
—gruñó Lunaria, intentando protegerse, jadeando de dolor.
—Mi turno.
Zarbac levantó la pierna y descargó la bota contra ella.
UBICACIÓN: PASILLO ADYACENTE AL SECTOR C.
TIEMPO: Simultáneo.
—Informa…
—dijo una voz masculina, agitada por el esfuerzo físico.
—He podido recopilar poca información de lo que pasa en la Blitz —respondió una IA femenina directamente en su oído—.
El objetivo dentro del Sector C es un Hunter.
Abordó la fragata gracias al acoplamiento de la corbeta rebelde.
El dueño de la voz corría por el pasillo.
Sus pisadas eran pesadas, rítmicas, un martilleo continuo de metal contra metal.
En su hombrera, bajo la luz de emergencia, brilló un emblema dorado tallado en la armadura negra: tres cabezas de lobo entrelazadas.
—¿Se sabe quién es?
—preguntó.
Su capucha roja ondeaba con la fricción del movimiento.
—Parcialmente…
Según la IA que pidió auxilio, solo hay un antecedente de primer contacto.
—¿Perteneció a una Cradle?
—Lo dudo mucho…
—la IA contestó con seguridad gélida—.
Analizando los listados imperiales, no hay registro de él en ninguna Cradle.
Frenó en seco al doblar la esquina.
Su armadura medieval negra, diseñada para la sombra, contrastaba violentamente con las paredes blancas del pasillo.
Frente a él estaba el espectáculo.
Zarbac pateando a una mujer en el suelo.
—Tsk.
—el hombre chasqueó la lengua.
—Pero encontré algo peculiar en él —continuó la IA, proyectando una imagen en el visor interno del casco—.
Esta mujer comparte rasgos genéticos faciales con el objetivo.
Perteneció a la Black Cradle.
Actualmente se la clasifica como Hunter por su deserción contra el Imperio.
El hombre no respondió.
Apretó los puños.
Arrancó a correr de nuevo, pero esta vez el sonido desapareció.
Sus pisadas, antes pesadas, se volvieron ligeras, como plumas rozando el acero.
—A estas dos personas se les ha clasificado con un rango de peligro SS —advirtió la IA—.
Su clasificación está a la par de la suya…
Tenga cuidado, Agente Clifford.
Clifford no escuchó la advertencia.
Ya estaba en el aire.
Echó el brazo derecho hacia atrás, cargando el golpe con la inercia del salto.
—¡¿Acaso ya no quieres jugar?!
—preguntó Zarbac, levantando la pierna para patear de nuevo a Lunaria.
El puño de Clifford impactó en su rostro.
Zarbac ni siquiera lo vio venir.
Su risa se cortó en seco con un crujido de dientes.
Escupió una nube de saliva y sangre.
Sus mejillas ondularon por la fuerza del impacto y su cuerpo salió despedido lateralmente, patinando varios metros por el pasillo hasta detenerse.
Lunaria, hecha un ovillo en el suelo, protegiéndose los órganos vitales, esperó el impacto.
No llegó.
Lentamente, bajó los brazos.
Creyó que era una trampa, una pausa cruel para darle falsas esperanzas.
La luz del pasillo cegó su único ojo bueno, obligándola a entrecerrarlo.
Cuando la mancha blanca se disipó, lo vio.
El hombre misterioso.
El mismo que había silenciado a Matsumoto.
Estaba de pie frente a ella, sin darle la espalda al enemigo, bloqueando la visión de Zarbac.
Giró la cabeza hacia ella.
El visor opaco de su casco la observó.
—¿Quién eres…?
—preguntó Lunaria con miedo, tragando sangre espesa.
—Eso no importa —respondió él.
Su voz era seria, distorsionada por el casco, pero cálida—.
Lo importante es que no debes esforzarte…
Ahora estarán a salvo.
Lunaria miró más allá de él, hacia la brecha en la pared.
—¿Se encuentra bien?
—preguntó con angustia, buscando a Krzytof.
—No lo sé —Clifford miró de reojo hacia la habitación—.
Pero mi escáner dice que ambos necesitan atención médica urgente.
Se agachó frente a ella.
Con una gentileza que contradecía su armadura, pasó el brazo derecho por debajo de sus rodillas y el izquierdo por su espalda.
La levantó en vilo.
—Gracias…
—susurró ella, luchando por mantenerse consciente.
Él no respondió.
Se giró hacia el agujero de la pared.
Cada paso que daba Clifford parecía sincronizado con los parpadeos lentos de Lunaria.
Uno.
Dos.
Tres.
En el primer parpadeo, vio el reflejo de su propio rostro destrozado en el casco negro.
En el segundo, su vista se centró en el pecho del hombre.
En el tercero, vio el emblema.
“¿Tres…?”, pensó, confundida.
Ladeó la cabeza contra el metal frío de la armadura.
Antes de que la oscuridad la reclamara, miró su propio hombro.
Su emblema era casi idéntico al de él: un lobo.
Pero el suyo tenía solo una cabeza, mirando al flanco.
Cerró el ojo.
—Ahora yo me encargo de todo —dijo Clifford, depositando el cuerpo inconsciente de Lunaria con cuidado junto a Krzytof.
Un torrente de datos rojos parpadeó en el visor de Clifford, superponiéndose una imagen de Zarbac, que al mismo tiempo este comenzaba a levantarse en el pasillo.
—Reafirmo: sujeto no identificado —informó la voz sintética—.
No hay coincidencia en los registros de las Cradles.
Advertencia: Firma genética parcialmente desconocida.
Origen…
desconocido.
Parentesco…
encontrado.
Clasificación de peligro…
reafirmada.
Clifford entrecerró los ojos tras el cristal.
“¿Quién será?
¿Un alienígena con forma humana?”, pensó, descartando la idea al instante.
“No…
solo hemos encontrado vida alienígena animal”.
—Siempre…
—se escuchó un gruñido bajo desde el pasillo.
Zarbac se ponía de pie, tambaleándose.
—Siempre…
Clifford dejó las teorías para después y cruzó de nuevo el agujero en la pared, saliendo al pasillo para interponerse.
—¡¿Ah…?!
—gritó Zarbac, limpiándose la sangre de la barbilla—.
¡¿Siempre tienen que interrumpir cuando me estoy divirtiendo?!
Abrió y cerró los puños con espasmos nerviosos —¿No tienes educación?
Hubo un momento de silencio.
Zarbac lo miraba con una irritación genuina, como si Clifford fuera un niño ruidoso en un cine.
Clifford lo miraba desde la inescrutabilidad de su casco: una presencia fría, pesada y absoluta.
—Lamento interrumpir tus gustos tan enfermos y extravagantes —respondió Clifford con tranquilidad.
Zarbac torció el cuello hasta que crujió.
—Así que pidieron ayuda…
—rio ligeramente—.
Satanés tricheurs.
Clifford ladeó la cabeza, confundido por el idioma.
—¿Qué dijiste…?
No hablo idioma de loco —dijo, levantando los puños.
—Nada importante…
—Zarbac cerró sus puños, adoptando una postura de combate—.
Juguemos.
───────────────────────────── ・・・✦・・・ “Cuando el mundo se rompe, solo quedan dos tipos de personas: los monstruos y los que aprenden a cazarlos.” —Veterano Traumado.
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