LORD OF THE WORLDS: The Bellicose Foxes. - Capítulo 9
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9: Capítulo 7: Rebobinar.
9: Capítulo 7: Rebobinar.
UBICACIÓN: Pasillos del Sector A, Fragata Blitz.
TIEMPO: 15 Minutos Antes del Encuentro Entre Zarbac, Lunaria y Krzytof.
—Zarbac…
—dijo el enmascarado por el transmisor, caminando con paso tranquilo por el corredor—.
¿Ya tienes los archivos?
—Oh, mi Señor…
—respondió la voz al otro lado, goteando sumisión—.
Aún estoy en ello.
El enmascarado guardó silencio.
Frente a él, bloqueando el pasillo, había tres figuras.
No llevaban uniformes estándar.
Vestían armaduras de cuerpo completo, lisas y blancas, hechas de un polímero brillante que parecía caparazón de insecto.
Sus rostros estaban ocultos tras cascos inmaculados con un único panel visual negro y rectangular.
En el hombro, un pequeño emblema dorado: una libélula.
—No pierdas el tiempo —dijo el General, deteniéndose en seco a diez metros de ellos—.
Las tres ramas que cría la Black Cradle están a bordo.
Los tres soldados reaccionaron al unísono, alzando sus rifles de asalto en una postura táctica perfecta.
—Oh…
sería lamentable enfrentarme a ellos —se escuchó el sarcasmo de Zarbac.
—Apresúrate y no te confíes.
El General despegó los dedos del transmisor, cortando la llamada.
Zarbac chasqueó la lengua antes de que la línea muriera.
—Recibido.
El enmascarado suspiró.
“¿White?”, pensó, analizando las armaduras.
Sin hacer movimientos bruscos, metió la mano derecha dentro de su bata blanca.
El gesto fue suficiente.
Los tres soldados desactivaron los seguros de sus armas.
Clic-clack.
—¡No te muevas!
—ordenó el del centro con voz gruesa, distorsionada por el casco—.
Saca la mano e identifícate.
El enmascarado soltó otro suspiro, más largo que el anterior.
—Con gusto…
—empezó a sacar la mano lentamente—.
Yo soy…
Hizo una pausa deliberada.
—¡Que te identifiques o abrimos fuego!
—gritó el soldado, tensando el dedo en el gatillo.
—Yo soy…
Sacó la mano por completo.
Entre sus dedos, brillaban tres esferas de acero pulido, no más grandes que canicas industriales.
—¡Última advertencia!
—bramaron—.
¡Suelta eso e identifícate!
—Claro —respondió el General con una calma absoluta—.
Si usted lo quiere.
El soldado de la izquierda se desplomó.
Fue instantáneo.
Cayó como un saco de cemento, sin un grito, sin un espasmo.
Los otros dos giraron la cabeza rápidamente hacia su compañero caído.
En el centro de su casco, justo en la frente, había una abolladura profunda, circular y humeante.
El acero había atravesado el polímero reforzado como si fuera cartón.
Volvieron la mirada al enmascarado con terror.
—¡Maldito…!
—intentaron apuntar.
Antes de que terminaran la palabra, el segundo soldado cayó igual.
El sonido seco del cuerpo golpeando el metal resonó en el pasillo.
Otra abolladura perfecta en la frente.
El último soldado, el que había dado las órdenes, intentó retroceder.
Su pierna derecha se dobló, inútil, y cayó de rodillas.
No por miedo, sino porque algo le había destrozado la rótula antes de que su cerebro registrara el dolor.
Levantó la vista, temblando, hacia el enmascarado.
—¿Qué…
qué demonios eres tú?
—preguntó, tartamudeando.
No hubo respuesta verbal.
—Yo soy…
—repitió el General, jugando con la última esfera que le quedaba, haciéndola rodar sobre sus nudillos.
En un parpadeo, el soldado lo vio.
No vio el movimiento del brazo.
Solo vio un destello plateado creciendo en su visión.
Una pequeña esfera resplandeciente que ya estaba frente a sus ojos antes de que pudiera cerrar los párpados.
Crack.
El soldado cayó de espaldas, silenciado.
—Creo que ya no importa quién soy —murmuró el enmascarado, pasando por encima de los cuerpos sin mirarlos—.
Descansen un rato.
Retomó su camino, con las manos en los bolsillos de la bata.
“Ojalá no haya más de ellos…
no hay mucho tiempo”, pensó, revisando su reloj mental.
A diferencia de la fiesta sangrienta y divertida que Zarbac dejaba a su paso, el avance del General fue silencioso.
Clínico.
No hubo gritos prolongados ni juegos macabros.
Quien se cruzaba en su camino simplemente dormía un rato.
Un movimiento, un golpe, y el silencio volvía al pasillo.
Era brutalidad sin pasión.
Eficiencia pura.
Poco después del encuentro con los soldados imperiales, el General se detuvo.
Parecía conocer la nave mejor que su propia tripulación.
Sin dudar en ninguna intersección, llegó frente a una puerta ubicada junto a un largo ventanal de observación.
La puerta tenía el número 347.
Pero lo que la hacía destacar no era el código, sino la decoración: marcas coloridas de manos infantiles pintadas en el centro del metal, y un letrero bajo que rezaba: SALA DE NEONATOS.
—Así que era verdad…
—murmuró para sí mismo.
Un sonido metálico se escuchó al otro lado.
Alguien había tirado algo.
—¿Ahora qué?
—suspiró.
Introdujo un código de acceso en el panel.
Sus dedos se movieron de memoria.
La puerta se deslizó con un siseo neumático.
—¡NO ENTRE!
—gritó una mujer.
Estaba al fondo, temblando, sujetando una pistola de reacción con ambas manos.
Llevaba una bata de laboratorio manchada de refrigerante.
—¡JURO QUE LO MATARÉ!
El General no se detuvo.
Entró con cautela, pero sin miedo.
—Baja eso —dijo con calma.
¡BANG!
La mujer apretó el gatillo por puro pánico.
Estaba a unos metros de distancia.
La bala salió disparada hacia el pecho del intruso.
Para cualquier otro, habría sido el fin.
Para él, fue un trámite.
Justo a cuarenta centímetros de su pecho, el proyectil se detuvo en seco.
El General había levantado el dorso de la mano izquierda en un movimiento fluido.
Un brillo azul emergió de su muñeca: el mismo escudo hexagonal que usó Zarbac.
La bala se aplastó contra la barrera de energía invisible y cayó al suelo, convertida en una moneda de plomo deforme.
Clink.
—No puede ser…
—a la mujer le tembló el pulso, bajando el arma—.
¿Eres…
un traidor?
Sus ojos estaban fijos en la pulsera.
Reconocía la tecnología.
El General miró la habitación, ignorando la pregunta, y desactivó el escudo con un movimiento de muñeca.
—Largo de aquí —ordenó.
La mujer soltó el arma.
El metal golpeó el suelo.
Se quedó inmóvil, paralizada por la confusión y el miedo.
La habitación era un santuario tecnológico.
Estaba llena de incubadoras alineadas, monitores de constantes vitales parpadeando en silencio y robots médicos en modo de espera, arqueados sobre las cunas vacías como gárgolas de plástico blanco.
En un costado, una pared de cristal mostraba datos en un teclado táctil casi invisible.
—¿No piensas irte?
—el General volvió su mirada hacia ella.
La luz aséptica de la sala se reflejó en los oculares de su máscara, ocultando sus ojos por un segundo y cegando momentáneamente a la mujer.
Ella parpadeó, tratando de enfocar.
Entonces, lo vio.
A través del cristal opaco de la máscara, un cambio de luz reveló uno de sus ojos.
El izquierdo.
Era un iris raro, magnético.
Verde profundo, pero roto por una mancha irregular de color miel que cubría una sección, como una herida antigua en el alma.
No había odio en ese ojo.
Solo cansancio.
Sin decir una palabra, el enmascarado ladeó ligeramente la cabeza.
Lo hizo lento, sin quitarle la vista de encima.
La científica, inexplicablemente, sintió que la tensión abandonaba sus hombros.
Al ver ese iris extraño y hermoso a través del cristal, el miedo se disipó.
Su corazón, que antes martilleaba contra las costillas, recuperó un ritmo normal.
—Lamento el susto…
—dijo el General, caminando hacia la pared de cristal—.
Pero necesito que te vayas.
La mujer lo observó caminar, parpadeando, y asintió varias veces, como si estuviera en un trance leve.
—Gracias —dijo el enmascarado sin mirarla, deteniéndose frente al panel—.
Esperemos no vernos pronto.
La científica salió de la habitación en silencio, dejando atrás el arma y el pánico.
—Bien…
—murmuró el enmascarado, mirando a través del vidrio—.
¿Y a ustedes qué maldición les dieron?
Al otro lado de la pared, filas de cunas transparentes brillaban bajo una luz azulada.
Cada una tenía su propio sistema de respiración.
A su alrededor, enfermeras mecanizadas se movían con suavidad hidráulica.
Su apariencia era inquietantemente humana, pero sus movimientos eran demasiado perfectos.
El enmascarado tecleó en la pared de cristal.
Varias ventanas emergentes de información se desplegaron en el aire.
Datos generales de cada cuna: sujeto, peso, edad, sexo, rasgos, genética de los padres.
Todo normal.
Hasta que fue al grano.
Escribió tres letras en el buscador: PDM.
—Acceso denegado —dijo la voz femenina y plana de la IA del laboratorio.
Escribió de nuevo.
—Denegado —repitió la voz.
Lo escribió una tercera vez.
—Acceso denegado.
Solo los padres biológicos y funcionarios de Rango 1 de la Blitz tienen autorización.
El enmascarado suspiró.
Tocó su pulsera y apoyó la muñeca contra el panel de cristal.
—Comienza el hackeo —ordenó a su propia interfaz.
Una pequeña descarga eléctrica recorrió el vidrio.
Las ventanas de información parpadearon, distorsionándose por un segundo antes de estabilizarse.
Luego, una ventana nueva, mucho más grande y de color rojo, emergió sobre las demás.
Cientos de líneas de código y datos encriptados comenzaron a correr a velocidad vertiginosa.
—Se ha detectado una IA hostil —advirtió la IA de la pared, cambiando a un tono de alerta—.
Iniciando protocolo de seguridad.
—¿Tan rápido?
—susurró el enmascarado.
Sus dedos volaron sobre el teclado táctil, contrarrestando el bloqueo—.
Te ayudaré un poco.
Tick.
El sonido fue minúsculo.
Casi inexistente.
Apenas un roce de metal contra metal.
Tick.
Sonó de nuevo.
El General dejó de teclear.
Sus manos se congelaron sobre el panel.
Levantó la vista ligeramente, agudizando el oído.
Tick.
El tercero fue definitivo.
Giró la cabeza hacia un monitor de constantes vitales ubicado a su derecha.
—¿Acaso…?
Caminó hacia allí.
Tick.
Abrió la carcasa del monitor con un tirón seco, deslizando la cubierta hacia un lado.
Adentro había miles de microcircuitos y cables de fibra óptica.
A simple vista, nada fuera de lo normal.
Tick.
El pequeño sonido guio sus ojos hacia una colmena de tarjetas de memoria del tamaño de uñas, escondidas en la base del aparato.
—Interesante…
—se agachó ligeramente para observar la colmena de cerca—.
Sin evidencia.
Enterado.
Tick.
La luz roja de un pequeño diodo dentro del dispositivo parpadeó, reflejándose en sus oculares.
La iluminación reveló ahora su ojo derecho.
Era el opuesto absoluto al izquierdo.
Un iris rojo sangre, intenso, pero manchado por un fragmento de color blanco lechoso que cubría la parte inferior, como una catarata o una cicatriz de nacimiento.
En su pupila negra se reflejaban los números digitales que parpadeaban en la tarjeta de memoria.
Números que corrían hacia atrás.
00:05…
00:04…
Al mismo tiempo, el silencio del pasillo exterior se rompió.
—Solo nos queda asegurar esta zona —resonó un eco de voz femenina, amortiguado por el metal de la puerta—.
Fue rápido tomar el sector.
El General no se movió.
Su oído captó el peso de las pisadas.
Eran botas militares, acercándose a ritmo constante.
—Espero que les esté yendo bien a los demás…
—respondió otra voz, más suave y cargada de preocupación.
00:03…
00:02…
Las pisadas se hicieron más fuertes, pasando justo entre el ventanal de observación y la puerta de la sala de neonatos.
—¿Te encuentras bien?
—preguntó la primera voz.
—Sí…
bueno —la segunda voz titubeó—.
La verdad es que no.
00:01…
El General levantó el brazo izquierdo.
Un brillo azul comenzó a zumbar en su muñeca.
Afuera, la voz continuó, ajena a la muerte que latía a un metro de distancia.
—Estoy algo preocupada por Cedr…
00:00.
El mundo se volvió blanco.
La explosión no fue un ruido; fue una presión física que reventó los tímpanos y destrozó la pared.
El fuego y la metralla barrieron el pasillo, silenciando la frase a mitad de nombre.
El humo denso y negro llenó el corredor al instante.
Las llamas comenzaron a lamer el techo, alimentándose del oxígeno.
Dentro de lo que quedaba de la sala de neonatos, entre escombros y cristales rotos, el General se apoyó en una rodilla.
El escudo hexagonal de su muñeca parpadeó dos veces, debilitado, y se apagó con un siseo eléctrico.
Sorprendentemente, y sin mucho esfuerzo visible, se puso de pie.
Caminó entre las llamas hacia el agujero irregular que la bomba había abierto en el muro.
De su brazo izquierdo, el que había usado para cubrirse, caían gotas de sangre espesa, marcando el suelo al mismo ritmo que sus pasos tranquilos.
Salió al pasillo.
El calor era sofocante.
A sus pies, tiradas contra la pared opuesta y cubiertas de polvo y escombros, estaban las dueñas de las voces.
Selene y Lyana.
Inconscientes, pero vivas.
—Mmm…
Interesante —dijo el enmascarado, observando las armaduras llenas hollín—.
Zorros.
Miró a su alrededor, evaluando el daño estructural con frialdad.
El fuego se extendía rápido hacia los sistemas de ventilación.
—Ahora tengo que apagar el fuego…
—suspiró, como quien tiene que limpiar una mancha de café.
Dio un paso hacia el panel de extinción, pero se detuvo.
En el suelo, Selene se movió.
Fue un espasmo inconsciente, un gemido de dolor.
El General la miró.
Luego miró el pasillo oscuro por donde había venido.
—¿O no…?
—murmuró.
Volvió la vista al desastre.
—Tienen tiempo —decidió—.
Aún así, es más peligroso Zarbac suelto con una dosis que el fuego.
Al instante de terminar la frase, el General dio media vuelta.
Caminó hacia la oscuridad, alejándose con paso firme, dejando atrás a los dos Zorros heridos en medio del incendio que, tal vez, ellas mismas habían provocado.
¿O no?
UBICACIÓN: Resto de la Fragata Blitz.
TIEMPO: 15 Minutos Antes del Encuentro Entre Zarbac, Lunaria y Krzytof.
—¿Alguna queja?
—preguntó una voz femenina, firme y gélida.
El sonido de gotas cayendo al suelo metálico llenó el silencio.
El cuerpo de la mujer estaba empapado en fluido de estasis, escurriendo y formando charcos a sus pies descalzos.
—Ninguna —Víctor observó a la figura inmóvil.
No mostró miedo, sino una cautela reverente—.
Iré de inmediato.
El oficial se giró hacia la puerta y salió de la habitación sin mirar atrás.
Apenas cruzó el umbral, escuchó a sus espaldas el siseo de aire presurizado de otra cápsula abriéndose, seguido por el sonido húmedo de un líquido viscoso derramándose por el suelo.
No era solo ella.
—¡Maldición!
—exclamó Víctor al aire mientras corría por el pasillo—.
¿Qué demonios está pasando?
Llegó a la cabina de mando.
Las puertas dobles se deslizaron con un zumbido.
El caos lo golpeó de frente.
Alarmas, gritos, luces rojas giratorias.
—¡Mayor!
—exclamó, con la respiración agitada.
Matsumoto ni siquiera se giró.
Estaba inclinado sobre la mesa táctica holográfica, con el rostro iluminado por el mapa de batalla.
—¿Qué quieres, Víctor?
—ladró sin prestarle atención—.
En estos momentos estoy ocupado evitando que nos vuelvan polvo espacial.
El ambiente en la cabina era frenético.
—¡Carguen nuevamente el cañón de riel principal y disparen a mi señal!
—ordenó Matsumoto a sus subordinados—.
¡Preparen a toda nave que pueda volar!
El zumbido grave del arma cargándose vibró en el suelo de la nave.
—¡Apunten a lo que tenemos a tiro de la nave acoplada!
—Carga anti-escudo lista —reportó un artillero.
—¡Fuego!
La cabina entera se sacudió violentamente.
El estruendo fue sordo, interno.
—Impacto fallido, una nave escolta recibió el disparo —gritó un soldado con los auriculares puestos—.
¡Señor, tenemos más enemigos cubriendo a la corbeta rebelde!
Matsumoto apretó los puños sobre la mesa, frustrado.
Giró la cabeza hacia la entrada, buscando a quien lo interrumpía.
—¡¿Qué es lo que quieres, Víctor?!
—lo miró con desdén.
Víctor se tomó un segundo para calmar su respiración.
Miró a través del gran ventanal de la cabina: destellos de explosiones y trazas de plasma iluminaban el vacío.
Luego, miró a su Mayor a los ojos.
—La Oprichnina ha despertado —dijo.
Su tono era bajo, pero cortó el ruido de la sala como un cuchillo.
Matsumoto se quedó helado.
Tragó saliva con dificultad, como si tuviera arena en la garganta.
El silencio se contagió a los oficiales cercanos que escucharon el nombre.
—Quieren hablar con usted —añadió Víctor.
Matsumoto se enderezó, alisándose el uniforme con nerviosismo.
—Sargento Mayor Thosiro —llamó, mirando al hombre a su lado, un oficial de porte impecable—.
Queda a cargo de la Blitz.
Todo el personal intercambió miradas de incredulidad.
¿Abandonar el puente en medio del combate?
—Andando, Víctor —dijo Matsumoto, caminando hacia la salida con paso rígido.
—¡FUEGO A DISCRECIÓN!
—escucharon gritar a Thosiro justo cuando la puerta se cerró tras ellos—.
¡Que nuestras naves escolta consigan una apertura!
Durante unos minutos, Matsumoto y Víctor caminaron a paso veloz por los pasillos.
El caos de la batalla se sentía diferente allí: luces de emergencia parpadeando, marcas de quemaduras en las paredes, manchas oscuras en el suelo.
Pero no había nadie.
Solo el eco de sus botas.
—¿Quién queda por despertar?
—preguntó Matsumoto sin detenerse.
—Esta es la última de las tres ramas de la Black Cradle que estaban a bordo —respondió Víctor, siguiendo la estela del Mayor—.
Todos ya están despiertos.
El Mayor aceleró el paso, visiblemente ansioso, dejando a Víctor unos metros atrás.
—¡Aguarde, señor!
—exclamó Víctor, trotando para alcanzarlo—.
¡No vaya solo!
Llegaron frente a una puerta, la misma por la que Víctor había salido corriendo minutos atrás.
Tenía la numeración W-42.
Era una superficie lisa, sin adornos, pero irradiaba un frío que traspasaba las botas.
Matsumoto taloneó el suelo, cuadrándose, y abrió la puerta.
Entró de inmediato, cruzando el umbral con decisión.
Víctor, por su parte, se quedó rígido en el pasillo.
Agachó la mirada, clavando los ojos en el suelo, negándose a entrar.
Como si cruzar esa línea fuera una ofensa.
—Buenos días, Mayor —dijo una voz femenina, con un tono extrañamente relajado—.
¿O noches?
La mujer ladeó la cabeza, mirando el techo como si calculara la hora estelar.
—Es un gusto verlos despiertos —continuó—.
¿Me querían ver?
La voz guardó silencio un momento, evaluando la escena.
—Oficial Víctor…
—dijo, con suavidad—.
Levante la mirada.
El nombre lo golpeó como un latigazo.
Víctor se estremeció, pero obedeció con lentitud.
“¿Cómo sabe mi nombre si no se lo dije?”, pensó, aterrado.
La habitación era distinta a las demás.
Había solo dos cápsulas de hibernación abiertas, de las que aún goteaba fluido criogénico, formando charcos viscosos en el suelo.
En el centro, una mesa de metal con dos sillas, una en cada extremo.
Al fondo, una pared completa de cristal reforzado dejaba ver la oscuridad infinita del espacio y los destellos lejanos de la batalla.
La dueña de la voz estaba de pie junto a la mesa.
Llevaba una armadura similar a la de los Zorros que desafiaba la época: placas negras, mate, con un diseño que recordaba al medievo pero con acabados tecnológicos.
Una bufanda roja caía sobre su hombro.
Sostenía un casco negro con visor opaco bajo el brazo derecho, apoyado contra su cadera.
Ella era hermosa de una manera peligrosa.
Cabello rubio y largo, cayendo casi hasta la cintura.
Piel pálida, de quien ha dormido demasiado tiempo en el frío.
Sus iris eran de un azul eléctrico, y sus labios, finos, tenían un tono rojizo natural, curvados en una media sonrisa juguetona.
—Tome asiento, Mayor.
La mujer arrastró una silla con un chirrido metálico y se sentó, colocando su casco sobre la mesa con delicadeza.
Matsumoto ocupó la silla opuesta.
—¿Y bien…?
—el Mayor apoyó los codos sobre la mesa y entrelazó los dedos, intentando mantener la compostura—.
¿Qué puedo hacer por ustedes?
—Guardar silencio —dijo una nueva voz.
Era masculina.
Seca.
Y venía de ninguna parte.
Matsumoto no se sobresaltó, pero sus ojos barrieron la habitación con rapidez.
Primero miró a la mujer frente a él.
Luego, al goteo de las cápsulas.
Nada.
Giró la vista hacia las paredes laterales.
Nada.
—Aquí estoy…
—dijo la voz de nuevo, tranquila, casi aburrida.
Matsumoto apretó los dedos entrelazados hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
Volvió a mirar a la mujer.
Ella no había dejado de mirarlo a él, sonriendo.
Tack.
Un sonido leve, como un polímero golpeando el cristal.
Matsumoto giró la cabeza hacia la derecha, hacia el ventanal que daba al espacio.
Algo obstruía las estrellas.
Una distorsión visual, como una mancha de aceite en el agua, flotaba junto al vidrio.
Poco a poco, la “mancha” comenzó a corregir su refracción.
Los píxeles de realidad se ajustaron.
Primero fue una silueta borrosa.
Luego, el camuflaje óptico se desactivó en una cascada de colores, revelando una figura de pie, recargada contra el cristal.
Llevaba la misma armadura negra que la mujer, pero él tenía el casco puesto.
La tela roja, en su caso, no era una bufanda, sino una capucha que cubría el metal de su cabeza.
Había estado ahí todo el tiempo, siendo parte del vacío.
—Opri…
—Matsumoto clavó la vista en la figura encapuchada—.
Y Chinna.
Regresó su mirada a la mujer rubia.
—Si no me equivoco, esta es una nave colonia —dijo ella, recuperando su sonrisa juguetona, como si estuvieran tomando el té—.
Es lamentable saber que era la única nave disponible en el planeta Gindward.
El Mayor frunció el ceño al oírla y bajó los codos de la mesa, perdiendo la postura relajada.
—¿Por qué dice eso?
—Por suerte, esta nave tenía como destino el sistema Tartan —la mujer levantó la vista, observando las luces del techo mientras se cruzaba de brazos—.
Y con suerte para nosotros…
usted será culpado por varios crímenes contra el Imperio.
Matsumoto golpeó la mesa con un manotazo seco y se levantó de inmediato, derribando la silla hacia atrás.
Ella ni se inmutó.
Solo soltó un pequeño soplido de aire, casi una risa contenida.
Bajó la mirada al instante, clavándola en él con esa misma sonrisa divertida.
—¿Niega su traición?
—preguntó, con un tono dulce que destilaba veneno.
—¡Lo niego!
—Matsumoto apretó el puño con el que había golpeado la mesa—.
Yo jamás traicionaría al Empe…
La mujer se echó a reír.
Fue una risa ligera, cristalina, que interrumpió su discurso patriótico como una bofetada.
Se reía de él.
Se reía de su indignación, de su lealtad, de su simple existencia.
Matsumoto juntó las cejas, ofendido, y la miró con desprecio.
Unos segundos después, la risa cesó de golpe.
La sonrisa desapareció.
Su rostro se volvió una máscara de hielo.
—¡ENTONCES CÓMO EXPLICA QUE TRANSPORTABA REBELDES!
La mujer estalló.
Con un movimiento brutal, pateó la mesa de metal.
La estructura pesada salió despedida hacia un lado, estrellándose contra la pared con un estruendo ensordecedor.
Matsumoto retrocedió por instinto.
—¡¿LOS LLEVABA A TARTAN…?!
—avanzó hacia él, invadiendo su espacio—.
¡¿O A ELYTOR-III?!
Matsumoto apretó los puños, acorralado.
Víctor, en el pasillo, agachó la cabeza aún más, temblando.
El compañero de la mujer, el tal Opri, seguía inmóvil, apoyado en el cristal, indiferente al estallido de su compañera.
—Yo sé que no soy culpable —dijo el Mayor, intentando mantener la voz firme, aunque el sudor le traicionaba.
La mujer soltó una risita breve, seca.
—Pero yo no, Mayor.
Caminó hacia él.
Matsumoto intentó mantener la posición, pero el aura asesina de ella lo empujó hacia atrás hasta que su espalda chocó contra la pared fría.
—Vea esto como un aviso…
—dijo ella, atrapándolo con la mirada—.
Sería aborrecible saber que un miembro respetado de la White Cradle se haya corrompido.
La mujer se acercó aún más.
Rompió la barrera personal, deteniéndose a milímetros de su cuerpo.
Se levantó ligeramente sobre las puntas de los pies, acercando sus labios al oído del Mayor, en una parodia íntima y letal de un beso.
Matsumoto tragó saliva.
El sonido fue audible en el silencio de la sala.
Contuvo la respiración, sintiendo el calor corporal de ella mezclado con el frío de su armadura.
—Así que, por el momento…
—susurró la mujer, sin quitarle los ojos de encima; sus iris azules eran dos agujas—.
No quiero escuchar sus excusas de mierda.
Justo al terminar la frase, un pitido agudo rompió la tensión.
Sonó en el transmisor de la mujer y, simultáneamente, en el de su compañero.
El encapuchado, que había estado como una estatua, se despegó del cristal y se tensó ligeramente.
La mujer bajó los talones, recuperando su altura normal.
La furia desapareció de su cara como si nunca hubiera estado ahí, reemplazada por una indiferencia profesional.
—Largo, Mayor —dijo, dándole la espalda para mirar a su compañero—.
Solo esta vez pasaré por alto su falta de respeto.
Matsumoto exhaló todo el aire que tenía en los pulmones.
Su rostro se tensó.
Elevó la mano en un movimiento rápido y cortante: un saludo militar que no era un saludo, sino una reverencia de sumisión, un reconocimiento tácito de que ella era la depredadora y él la presa.
Segundos después, giró a su derecha sin decir una palabra más.
Salió de la habitación con paso rápido, ignorando a Víctor, que seguía clavado en el suelo.
—Retírate también tú —ordenó la mujer sin mirar al pasillo.
—A la orden —respondió Víctor con voz quebrada, y desapareció tras la estela de su superior.
Cuando por fin quedaron solos, la atmósfera opresiva se disipó.
La mujer se relajó, estirando el cuello.
—Clifford…
—dijo, dedicándole su singular sonrisa a la figura encapuchada—.
Encárgate del problema que hay en la nave.
—¿Y tú?
—respondió él con voz grave—.
¿Qué harás, Fer?
La mujer se volvió hacia la puerta y caminó con paso elegante.
—Yo iré a hacer mi trabajo como Chinna —se detuvo un segundo antes de cruzar el umbral, mirando de reojo—.
Ah…
otra cosa.
No te tardes, K.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com