LORD OF THE WORLDS: The Bellicose Foxes. - Capítulo 11
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- Capítulo 11 - 11 Capítulo 9 Descenso Fracturado
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11: Capítulo 9: Descenso Fracturado.
11: Capítulo 9: Descenso Fracturado.
—¿Y bien…?
¿A qué vamos a jugar?
—Clifford ladeó ligeramente la cabeza, esperando la reacción.
El suelo bajo las botas de Zarbac no solo crujió; colapsó.
El metal se hundió creando un cráter instantáneo bajo sus pies.
El impulso que tomó esta vez fue diferente, una explosión de velocidad cinética que superaba lo visto anteriormente.
Su cuerpo se movió por puro instinto asesino.
Zarbac desapareció y reapareció frente a Clifford.
Su puño se detuvo en seco.
—¿Quién carajo eres tú?
—gruñó Zarbac, frunciendo el ceño al ver que su golpe había sido interceptado por una palma abierta, firme como una pared de hormigón.
—Nadie importante.
Clifford apartó el puño de Zarbac con un movimiento seco de muñeca.
Sin perder el ritmo, la pierna derecha de Clifford subió como un látigo, lanzando una patada circular alta.
Zarbac reaccionó con reflejos inhumanos, levantando el antebrazo para bloquear el impacto que iba dirigido a su cuello.
¡Crack!
El choque de extremidades resonó en el pasillo.
—¡Vaya…!
—exclamó Zarbac, con su gran y singular sonrisa ensanchándose—.
Pareces un Promete…
No pudo terminar.
Clifford bajó la pierna y disparó un jab directo a la cara, interrumpiendo la frase.
Zarbac se agachó en el último segundo.
El guante de Clifford cortó el aire donde había estado su nariz.
“Hijo de perra”, pensó Zarbac.
Desde su posición agachada, contraatacó enseguida, lanzando un uppercut brutal hacia la barbilla de Clifford.
—Será tan diver…
—se rio Zarbac mientras subía el puño.
—Cállate.
Clifford leyó el movimiento.
Ignoró la amenaza del puño y anticipó la posición.
Subió la rodilla con violencia, impactando directo en la barbilla expuesta de Zarbac antes de que el uppercut conectara.
El golpe cerró la boca del loco de golpe.
Zarbac se tambaleó hacia atrás, aturdido, escupiendo saliva.
Así marcó el inicio de la verdadera pelea en el Sector C.
Esta era diferente a todas las anteriores.
No había víctimas indefensas.
No había debilidad.
No había sangre fácil.
Solo igualdad de fuerza bruta.
Aunque, claramente, uno de ellos llevaba la ventaja en la locura.
TIEMPO: Simultáneo.
UBICACIÓN: Resto de los sectores.
SECTOR: “A”.
—Hoy es un gran día en el Planeta Capital.
Larga vida a nuestros fundadores y a nuestro Emperador —la voz salía de un panel holográfico flotante en la sala—.
La pregunta de hoy es…
Una niña pequeña se levantó del sofá y caminó hacia el balcón, cuyas puertas corredizas de cristal estaban cerrada.
El viento soplaba fuerte a esa altura.
—Papá, ya empezaron tus noticias —dijo, deslizando la puerta para salir—.
Dijiste que ya no fumarías.
El padre se quitó el cigarrillo de la boca con lentitud.
Estaba recargado contra el barandal de cristal, mirando al horizonte.
Era un hombre de rostro hermoso, con cejas finas y ojos claros.
Su tez blanca y su cabello rubio resaltaban contra el paisaje urbano: gigantescos edificios de un material iridiscente que parecían rasgar las nubes.
—Lo siento…
estos tienen un sabor irresistible —dijo, lanzando el cigarrillo al vacío antes de volverse hacia su hija—.
¿Lista para tu primer día?
El padre sonrió cálidamente.
—No…
no quiero ir —la niña agachó la mirada, apretando los puños.
Se dio la vuelta bruscamente y entró de nuevo al apartamento, cerrando la puerta con fuerza innecesaria.
Fue directo a la cocina, haciendo ruido con los sartenes y utensilios a propósito, buscando atención con su berrinche.
—Recibido…
—dijo la voz sintética de un dispensador junto al refrigerador—.
Materializando desayuno estándar.
El padre entró a la sala, observándola desde lejos.
“Es idéntica a ti…
Chloé”, pensó al ver el ceño fruncido de su hija.
—Como tal, solo son especulaciones sobre la salud del Emperador —continuó el noticiero, provocando que el hombre se detuviera a escuchar—.
El Primer Ministro ha dicho que su regencia se debe a un problema estrictamente personal.
—Siento que lo realmente preocupante, en caso de que fuera cierto —interrumpió otro analista en la transmisión—, es sobre quién estará en el trono después de él.
Recordemos que aún no hay un heredero oficial.
El padre suspiró al oírlo.
Inconscientemente, tocó la pulsera que llevaba en la muñeca.
No tenía un cristal azul como las militares; era de un color verde suave.
—Vámonos —dijo la niña, mordiendo un sándwich recién hecho mientras pasaba a su lado.
—Bien.
Despídete de mamá —el padre señaló con la cabeza una fotografía colgada en la pared.
La niña se detuvo un segundo.
No se acercó.
—Nos vemos pronto —murmuró con voz apagada, mirando la foto desde lejos.
Salió de la cocina y dobló a la izquierda hacia la salida.
El padre la vio irse, con la mochila rebotando en su espalda.
Cerró los ojos un momento, como si rezara.
—Ya verás que será aún más fuerte que tú…
—susurró.
Al cerrar los ojos, la imagen del apartamento se desvaneció.
Lo único que quedó fue oscuridad.
El sonido del noticiero se deformó hasta convertirse en un zumbido agudo.
Sintió su propio corazón latir, pero no con calma.
Era un tambor errático.
Tranquilidad…
Calma…
Y de repente, el dolor.
Un pequeño punto de luz apareció en la negrura, bailando.
Su respiración sonaba forzada, rasposa, como si tragara humo.
—¿Qué pasó…?
—murmuró Lyana, aturdida.
Abrió los ojos con un esfuerzo titánico.
El techo inmaculado del apartamento había desaparecido; ahora veía tuberías rotas y metal chamuscado.
Se sentó lentamente, sintiendo que el mundo daba vueltas.
—¿Un sueño…?
—se tocó la frente, notando ceniza en sus dedos.
Alguien tocó su hombro.
—Ey…
La voz de Selene sonaba áspera, forzada, como si tuviera vidrio en la garganta.
—¿Te encuentras bien?
Lyana giró la cabeza hacia ella.
Tardó un segundo en enfocar el rostro de su compañera entre el humo.
Asintió levemente.
—¿Y tú?
—preguntó Lyana.
Selene se llevó la mano a la nuca.
Al retirarla, vio sus dedos cubiertos de su propia sangre, roja y espesa.
Se quedó mirando la mancha un instante, con los ojos muy abiertos, luchando contra el aturdimiento del shock.
—Ese explosión…
—gruñó en voz baja, más para sí misma que para Lyana—.
Casi nos mata.
Fue entonces cuando otro sonido atravesó el zumbido en sus oídos.
Un sonido agudo, aterrorizado, que apenas lograba imponerse sobre el crepitar de las llamas: llantos.
Varios de ellos.
Ambas giraron la cabeza al mismo tiempo hacia la habitación contigua.
Un fuego azulado ardía con intensidad química sobre los escombros.
Tenía una apariencia extraña, casi líquida, engañosamente inofensiva.
—¡Mierda!
—exclamó Selene.
El shock se evaporó de golpe, reemplazado por pura adrenalina.
—Iniciando protocolo de seguridad —anunció la voz de la IA por la megafonía, entrecortada por la estática—.
Fallo crítico…
Se requiere reactivación manual del sistema.
—¡Carajo!
—gritó Selene de nuevo, ignorando el dolor—.
Lyana…
¡vamos!
Lyana asintió sin rechistar.
Se movieron de inmediato hacia la brecha que la explosión había abierto en la pared.
Caminaban casi en sintonía, con urgencia militar, pero había una diferencia: Selene arrastraba ligeramente el pie derecho, no por cansancio, sino porque algo en su pierna no respondía bien.
Dentro de la habitación, el desastre era total.
Las paredes estaban ennegrecidas por el hollín, la mayoría de los monitores ardían soltando chispas, y la pared de cristal que separaba ese cuarto de la sala de neonatos simplemente había dejado de existir.
En el aire flotaba un polvo metálico denso, una nube brillante que se propagaba lenta e inexorablemente por todo el lugar.
—¡Ve tú!
—ordenó Selene, cojeando hacia un monitor central que aún parpadeaba—.
Yo activo el sistema.
—¡Date prisa!
—respondió Lyana, corriendo hacia el área donde debían estar las cunas.
—Advertencia…
—sonó la IA en sus transmisores personales—.
Niveles críticos de partículas metálicas en suspensión.
Peligro de inhalación.
Al oír la advertencia, casi con un movimiento reflejo sincronizado, ambas tocaron sus pulseras.
La nanotecnología respondió al instante.
El material fluyó desde sus muñecas hacia sus cuellos y rostros, solidificándose en cuestión de segundos para formar cubrebocas metálicos herméticos.
Ahora podían respirar.
Pero el tiempo se acababa.
—¡¿Lista?!
—gritó Lyana al llegar a las cunas, apartando de un empujón a una enfermera robótica que bloqueaba el paso sobre una incubadora.
—¡Ya casi!
El polvo metálico comenzaba a descender peligrosamente cerca de las llamas azules.
Lyana activó los frenos de las cunas y las agrupó lo más lejos posible del foco de calor.
—Fallo en el sistema…
—reportó la IA del monitor—.
Introduzca código de autorización manual.
El polvo estaba a centímetros del fuego.
Una chispa más y el aire se volvería una bomba termobárica.
—Fallo…
el sistema ha sido hackeado externamente…
—¡Maldición!
—Selene golpeó la pantalla con el puño cerrado.
Lyana activó su escudo, tratando de cubrir la mayor cantidad de cunas posible.
—¡Ignora el protocolo por peligro inminente!
—bramó Selene, puenteando el sistema físico.
—Acceso forzado concedido.
—¡Al fin!
—Selene miró a Lyana.
Desde el techo, los extractores de humo se abrieron con un rugido industrial, succionando el aire viciado y el polvo de metal hacia los filtros.
Simultáneamente, cientos de micro-drones emergieron de los compartimentos de seguridad como un enjambre de avispas mecánicas.
Las máquinas se lanzaron sobre el fuego azul.
De sus vientres no salió agua, sino disparos precisos de espuma química supresora.
Uno solo era insignificante.
Pero al ser miles actuando en colmena, la espuma sofocó el incendio en segundos, dejando solo una costra blanca y humeante sobre los equipos destruidos.
—Menos mal…
—suspiró Lyana.
El temblor de la adrenalina la alcanzó de golpe.
Agachó la mirada, apoyando las manos en las rodillas para no caerse.
Selene se recargó pesadamente contra el monitor apagado.
El olor a metal quemado, ozono y químico extintor era sofocante, incluso a través de los filtros de los cubrebocas.
—Buen trabajo, Lyana…
—dijo Selene.
Su voz sonaba áspera, rasposa.
Lyana levantó la vista, lista para responder, pero las palabras se le congelaron en la garganta.
El alivio en su rostro se transformó en confusión y luego en miedo.
—Selene…
—susurró—.
Estás sangrando.
Selene miró su propia mano y pareció notar por primera vez la sangre fresca que goteaba desde su nuca, manchando el suelo inmaculado.
Pero antes de que pudiera procesar su propia herida, el sonido de botas pesadas corriendo por el pasillo las puso en alerta.
Ambas levantaron las armas de nuevo, apuntando a la entrada.
La puerta de metal junto al agujero de la explosión se deslizó de golpe.
—¡ALTO!
¡ZONA ASEGURADA!
—gritó una voz autoritaria.
Un pelotón de soldados entró en la sala, desplegándose tácticamente.
Llevaban armaduras blancas, pulcras, impolutas.
En sus hombreras brillaba el emblema dorado de la libélula: la White Cradle.
Apuntaron sus armas al desastre, pero bajaron los cañones ligeramente al identificar a las dos mujeres.
—¿Se encuentran bien, oficiales?
—preguntó el líder, acercándose con cautela pero sin bajar la guardia—.
La IA central nos alertó de su presencia y de la detonación.
Un equipo médico de combate viene en camino para los neonatos.
Selene asintió, tensa.
No bajó su pistola de reacción.
Había algo en la limpieza de esos soldados que contrastaba demasiado con el infierno que ellas acababan de vivir.
—Estábamos…
ocupadas —respondió Selene secamente, señalando con la cabeza el caos humeante.
Justo en ese momento, el transmisor de Selene cobró vida.
No fue un pitido limpio.
Fue un estallido de estática ensordecedor que las hizo estremecerse.
Entre el ruido blanco, surgió una voz humana y aterrorizada.
Era el Mayor Matsumoto.
—…zzrrt…
¡Escuadrón Zorro!
¡¿Me copian?!
—la voz sonaba rota, al borde del pánico—.
¡A todos los que quedan aún de pie…
diríjanse al Sector C y den apoyo!
Un silencio helado cayó sobre la habitación, más frío que el sistema de extinción.
Las palabras de Matsumoto rebotaron en sus oídos con un peso sepulcral.
Selene apretó el transmisor con fuerza.
—¡REPITO, DEN APOYO INMEDIATO!
—¿Señor?
—Lyana palideció tras su máscara—.
¿Qué quiere decir con…
“los que quedan aún de pie”?
La única respuesta fue otro estallido de estática y el corte de la transmisión.
Lyana y Selene se miraron.
El mismo horror se reflejó en sus ojos.
El fuego, la explosión, el sabotaje…
no había sido un accidente ni un ataque aislado.
—Lunaria…
Krzytof…
—susurró Selene, pálida.
—Cedric…
—la voz de Lyana se quebró al pronunciar el nombre.
El miedo por ellos barrió por completo su agotamiento.
Fue un combustible instantáneo y violento.
—¡Oficial, espere!
—gritó el líder del pelotón de la White Cradle al verla moverse—.
¡La zona no es segura!
Pero Lyana ya no escuchaba.
Salió disparada por el pasillo, corriendo con una desesperación ciega, la misma que había sentido en su sueño, pero ahora real.
—¡Lyana, espera!
—gritó Selene, tocando su pulsera para desactivar su cubrebocas.
Maldijo por lo bajo.
Miró al líder de la White Cradle y le espetó con furia: —¡Aseguren a los niños!
Y cojeando, arrastrando su pierna herida pero moviéndose con una velocidad antinatural nacida de la lealtad, Selene corrió tras ella hacia la oscuridad del pasillo.
SECTOR: “B”.
Por otro lado, en el interior del Sector B, la situación era distinta.
Después de haber asegurado al primer grupo de rehenes, Cedric y Aki habían avanzado profundamente en la estructura, liberando a más civiles.
Sin embargo, no habían tenido éxito con el objetivo principal de Aki: su prometida no aparecía por ningún lado.
En su travesía, Aki había señalado con precisión quirúrgica los puntos donde mantenían a los prisioneros.
Justo cuando se dirigían hacia otra de estas ubicaciones, el aviso de Matsumoto rompió el silencio de los comunicadores.
Cedric se detuvo en seco.
Aki, que venía un paso atrás, chocó contra su espalda blindada.
—¿Te encuentras bien?
—preguntó Aki, confundido, retrocediendo un paso—.
¿Cedric?
No hubo respuesta.
El rostro de Cedric estaba rígido, con la mandíbula tensa.
Sus pupilas se habían contraído hasta ser cabezas de alfiler.
Parecía sufrir de una visión de túnel, como si el pasillo infinito frente a él se hubiera tragado su alma, dejándolo catatónico.
—…zzrrtt…
—la estática de su transmisor sonó aguda, taladrando el oído—.
¿Me copias…?
Cedric no reaccionó.
—…zzrrtt…
¿Me copias?
—resonó nuevamente la voz, familiar y cargada de urgencia—.
¡Maldición…!
¡Responde, Cedric!
Él apretó con fuerza el mango de su espada, hasta que el mango crujió.
—Si escuchas esto, no vayas solo.
¿Me oíste…?
¡Es una orden!
—la voz de Selene se oía entrecortada por la interferencia—.
Lyana y yo nos reuniremos contigo en tu sector.
Cedric parpadeó varias veces.
El shock inicial se disipó, reemplazado por una frialdad mecánica.
Llevó la mano libre a su transmisor.
El sonido de la estática aumentó, pero él ni se inmutó.
—Recibido —dijo con voz apagada.
Luego, instruyó a su sistema interno—: Comparte mi ubicación.
—Negativo…
—respondió su IA al instante—.
No es posible realizar enlace en zona de alta interferencia.
Las lecturas muestran una fuerte anomalía electrostática en la zona este de la Blitz.
Suspiró ligeramente y se volvió hacia Aki.
El soldado de la White Cradle lo miraba incrédulo.
No parecía entender qué pasaba; era evidente que el aviso del Mayor Matsumoto había sido selectivo, o su frecuencia estaba bloqueada.
—¿Sabes dónde está el pasillo que conecta con los otros sectores?
—lo miró fríamente.
—Sí…
—respondió Aki con lentitud, dudando ante el cambio de comportamiento—.
Ahí se encuentra una de las habitaciones con mayor número de rehenes.
Nuevamente, Cedric apretó el mango de su espada.
Su mirada se tornó gélida.
Había algo en la certeza de Aki que le resultaba insultante…
o sospechoso.
—Dime una cosa…
—Cedric agachó ligeramente la cabeza, ocultando los ojos—.
¿Eres un maldito traidor?
Fue un movimiento borroso.
Rápido.
Letal.
Desenfundó su espada en un parpadeo.
La hoja negra y afilada resplandeció por un instante con la luz de emergencia del pasillo, antes de detenerse a milímetros de la garganta de Aki.
Una gota de sudor escurrió lentamente por la mejilla del soldado, resbalando hasta caer sobre el acero oscuro que amenazaba con decapitarlo.
—¿Qué…
qué está haciendo…?
—preguntó Aki, temblando, con las manos en alto—.
¿Por qué me quiere matar?
Cedric frunció el ceño.
—¿Cómo es que sabes dónde se encuentran los rehenes?
—presionó el filo un poco más contra la piel—.
No tiene sentido.
Aki comenzó a empaparse de sudor frío.
—¡¿No tiene sentido?!
Se lo dije…
—su voz se alteró, aunque su cuerpo permaneció rígido por el miedo—.
Estoy buscando a mi prometida.
Yo me encontraba en esta zona cuando todo pasó.
—¿Los viste?
—preguntó Cedric casi en un susurro.
—¿De qué está hablando?
—Aki tensó el cuello.
—¡A los rehenes!
—exclamó Cedric—.
¡¿Viste dónde metieron a cada grupo?!
Por unos segundos no hubo respuesta.
La pregunta parecía absurda para Aki, cuyo rostro reflejaba una mezcla de terror y confusión genuina.
—Se lo prometo por la gloria de la White Cradle, no soy un traidor.
Cedric suspiró, decepcionado.
—No me vengas con esa mierda —recargó el peso de la espada, haciendo un corte superficial en la piel del cuello.
Un hilo de sangre brotó.
—¡Entonces por el amor que le tengo a mi prometida!
—gritó Aki con voz firme, cerrando los ojos—.
¡No soy un traidor!
Otro largo suspiro escapó de Cedric.
Esta vez, al oírlo, bajó la espada lentamente.
Su mirada se suavizó un poco, perdiendo el instinto asesino, aunque seguía lejos de ser amigable.
—Continuemos —enfundó el arma con un chasquido seco—.
Yo iré detrás de ti.
Aki asintió, tragando saliva.
Se giró y comenzó a caminar con paso lento, sintiendo la mirada de Cedric clavada en su nuca.
—Confíe en mí —dijo Aki, sin volverse, dibujando una ligera sonrisa en el rostro.
Cedric no respondió.
Solo volvió a apretar el mango de su espada.
Caminaron unos metros más hasta llegar a una intersección, envueltos por el zumbido constante de las alarmas y el eco rítmico de sus propias respiraciones.
De pronto, Aki se detuvo en seco frente a un recodo del pasillo.
Cedric, con los nervios a flor de piel, casi choca contra él.
Por puro reflejo de combate, su mano fue al mango de la espada, desenfundando unos centímetros de acero negro.
Pero antes de que pudiera amenazarlo de nuevo, Aki se giró rápidamente.
Con una audacia nacida de la desesperación absoluta, le puso la mano plana en el peto de la armadura para frenarlo en seco.
—Mira ahí…
—susurró Aki, señalando hacia un costado con la otra mano.
Cedric siguió la dirección de su dedo.
Frente a ellos había una pared de cristal reforzado que daba a una amplia sala de conferencias.
La situación dentro era clara y tensa: una docena de civiles estaban agrupados en el centro, arrodillados y con las manos en la cabeza.
Estaban rodeados.
Cedric reconoció de inmediato la mezcla heterogénea de armaduras: soldados rebeldes con equipo desgastado e imperiales renegados que habían arrancado sus insignias.
En el centro de mando improvisado estaba el Capitán Ripto, con los brazos cruzados y semblante serio.
A su lado, el soldado Valto miraba a todas partes con un nerviosismo evidente, sudando intensamente.
Aki se pegó a la pared para salir del ángulo de visión, y Cedric lo imitó al instante, devolviendo la espada a su vaina con un chasquido suave, pero sin soltar la empuñadura.
—Ahí está…
mi esposa —dijo Aki.
Su voz se quebró al final de la frase.
Cedric se asomó por la esquina lo justo para escanear a los rehenes.
—¿Quién es?
—preguntó, entrecerrando los ojos para enfocar.
—Es la mujer de pelo negro y largo…
La que lleva una falda oscura y una camisa de oficina blanca —respondió Aki, sin dejar de mirarla con una intensidad dolorosa, como si quisiera atravesar el cristal.
Cedric buscó la descripción entre la masa de gente asustada.
La encontró casi al instante.
La mujer estaba de rodillas, abrazándose a sí misma para contener el temblor de su cuerpo.
Y entonces, al verle la cara, Cedric sintió un golpe seco en el estómago.
Una punzada de reconocimiento absurda, irracional, como si la conociera de otra vida o de un recuerdo borrado.
—Mmm…
¿Estás seguro?
—preguntó Cedric, frunciendo el ceño, perturbado por la sensación.
—Es ella —dijo Aki, sin parpadear—.
Esa camisa se la regalé por nuestro aniversario.
Le queda grande en los hombros.
Es ella.
Cedric lo miró de reojo.
La determinación en los ojos de Aki era absoluta.
No había engaño ahí, solo miedo puro a perderla.
“No miente”, pensó Cedric, soltando un poco la tensión de sus hombros.
“Si está dispuesto a morir por ella, está de mi lado”.
—Entonces vamos por ella —sentenció.
La calma descendió sobre Aki al escucharlo.
Soltó un suspiro tembloroso, pegando la frente al cristal frío por un segundo.
—Menos mal que estás bien…
—susurró para sí mismo—.
Mía.
Estaban a punto de irrumpir cuando la puerta del fondo de esa sala se abrió.
Una figura entró caminando con una calma antinatural.
Llevaba una bata blanca abierta sobre ropa táctica y una máscara de gas que le cubría el rostro: El General Enmascarado.
Ripto y Valto se enderezaron de inmediato.
El General ni siquiera los miró; pasó su vista sobre los rehenes como si fueran mercancía.
—Llévense a todos a la corbeta —ordenó el General, su voz amortiguada pero potente llegando hasta el pasillo.
El Capitán Ripto asintió y comenzó a dar órdenes.
Los soldados empujaron a los civiles para que se levantaran.
Valto agarró del brazo a la mujer de pelo negro, a Mía.
Ese fue el detonante.
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