LORD OF THE WORLDS: The Bellicose Foxes. - Capítulo 12
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12: Capítulo 10: Traidor.
12: Capítulo 10: Traidor.
Cedric y Aki no necesitaron una señal.
Al ver que se los llevaban, el tiempo de la estrategia se acabó.
—¡AHORA!
—gritó Cedric, saliendo de la cobertura usando su velocidad de fractal.
Rápidamente llegó a la puerta de la sala en un parpadeo y la pateó con fuerza, abriéndola de golpe.
Los soldados rebeldes más cercanos giraron sus armas, pero fueron lentos.
El filo negro de la espada de Cedric dibujó un arco en el aire, y dos rebeldes cayeron antes de que pudieran apretar el gatillo.
Aki entró justo detrás, disparando su pistola de reacción con una precisión letal, cubriendo el flanco de Cedric.
—¡Intrusos!—gritó Ripto, materializando con su pulsera y desenfundando su propia espada, preparándose para cargar contra Cedric.
Pero antes de que el Capitán pudiera dar dos pasos, una mano enguantada se posó pesadamente sobre su hombro, deteniéndolo en seco.
Ripto se giró, sorprendido.
El General Enmascarado lo sostenía, impasible ante el caos que se desataba a metros de ellos.
El General caminó con paso tranquilo hacia el frente, poniéndose entre sus hombres y los atacantes, como si las balas y las espadas no fueran una amenaza para él.
Miró a Cedric, luego a Aki, y finalmente volvió su vista a Ripto y compañía.
—Ustedes encárguense de los rehenes —dijo con una tranquilidad escalofriante.
Valto, que aún sostenía a Mía, la soltó por un instante al escuchar su orden para protestar, con el pánico visible en sus gestos.
—Lo siento señor, ¡pero recuerde que soy su escolta!—chilló Valto, no queriendo dejar la seguridad del lado del General.
Ripto, más táctico pero igualmente confundido por la orden, miró a los atacantes.
Sus ojos expertos evaluaron la situación: Un Vexillarius, un soldado de élite…
y algo más que su instinto le gritaba que estaba mal.
—Es una desventaja…—dijo Ripto, mirando al General y luego al espacio vacío alrededor de Cedric—.
Que usted pelee contra tres.
Los demás que se encarguen de los rehenes.
“¿Tres?”, pensó Aki, confundido, mirando a su alrededor mientras apuntaba.
Solo eran él y Cedric.
—Quien diría que las fuerzas imperiales se rebelarían…
—sonó una voz femenina sin cuerpo.
Aki y Cedric justo al oírla cambiaron de blanco, su actual objetivo: uno de los flancos de Cedric, donde había…nada.
—¿O no Capitán Ripto?
—una silueta empezó a aparecer, desvanecida al inicio.
Aki y Cedric tensaron el cuerpo.
—No creí que despertarían a tiempo —contestó el Capitán tranquilamente.
La silueta femenina se hizo visible.
—Perdón por mi falta de respeto —dijo Ripto al ver a la persona—.
¿Cuál de los dos es…
Opri o Chnina?
—No lo necesita saber —giró a mujer su cabeza a Cedric y Aki.
El cristal opaco que portaba su casco era igual de curioso que el de Clifford.
Solo que por extraña razón se veía menos temeroso.
Cedric lo demostró al relajarse, era como si fuera alguien familiar.
La capucha roja y el emblema de las tres cabezas de lobo fueron su respuesta definitiva: “La última rama de la Black y segunda del Imperio” —¿No van a bajar sus armas?
—pregunto la mujer con extraña felicidad.
Inmediatamente Cedric lo hizo.
—¿Y tú?
—dijo un poco más seria la mujer, observando a Aki no hacerlo—.
¿No lo harás?
Rápidamente Cedric se volvió a él después de escucharla.
Observando como su cuerpo aún tenso, parecía no querer hacerlo.
—No lo haré—Aki vio de reojo a Cedric —.
No sé quién seas así que no.
—Que pena…
—susurró la mujer, y su silueta se desdibujó.
En un parpadeo, el espacio entre ella y Aki desapareció.
Antes de que el soldado de élite pudiera siquiera tensar el dedo en el gatillo, el cañón de su pistola ya apuntaba al techo, desviado por una mano enguantada.
Un golpe seco y preciso en la nuca siguió de inmediato.
Aki se desplomó como un muñeco de trapo, cayendo a los pies de Cedric sin emitir sonido.
—No iba a ser de mucha ayuda —dijo Fer con indiferencia, sacudiéndose una mota de polvo imaginaria del hombro, parada ahora justo donde había estado Aki.
Cedric dio un paso atrás, con el corazón martilleándole en la garganta.
La velocidad de ella no era normal; ni siquiera para un Vexillarius.
El General Enmascarado, que había observado la escena sin mover un músculo, rompió su silencio.
Su voz, distorsionada por la máscara, sonó tranquila, casi aburrida.
—Todavía hay tiempo…
Esa frase, dicha con tanta calma en medio del caos, le heló la sangre a Cedric.
“¿Tiempo para qué?”, pensó, sintiendo un nudo en el estómago.
No sonaba como una esperanza, sino como una cuenta regresiva.
De repente, la mujer rio.
Una risa pequeña, afilada y peligrosa.
—Entonces no te importará que limpie la basura—dijo.
El suelo bajo sus pies crujió.
Saliendo disparada como un proyectil, ignorando a Cedric y a Ripto, y lanzándose directamente hacia la presa más fácil: Valto.
El ex-escolta abrió los ojos con pánico, paralizado, viendo la muerte acercarse a una velocidad que su cerebro no podía procesar.
El puño de la mujer iba directo a su estómago, con la fuerza suficiente para atravesarlo.
—¡Señor!
—chilló Valto.
¡PUM!
El impacto generó una onda de aire que despeinó a Cedric.
Pero Valto seguía vivo.
No había sangre.
Frente a él, el General Enmascarado había levantado una mano.
Con una facilidad insultante, había atrapado el puño de la mujer en el aire, deteniendo en seco una carga que habría destrozado una pared de acero.
El silencio que siguió fue absoluto.
Cedric miró la escena, incrédulo.
La velocidad de la mujer había sido difícil de seguir con la vista, pero la reacción del General…
había sido instantánea.
No solo la había visto; la había parado sin retroceder ni un milímetro.
La mujer, con la mano aún atrapada, ladeó la cabeza.
No parecía asustada, sino fascinada.
De un tirón brusco, se liberó del agarre y saltó hacia atrás, poniendo distancia entre ellos.
—Vaya…
qué fuerza tan fastidiosa —ella dijo, sacudiendo su mano adolorida y mirándolo con curiosidad.
El General bajó el brazo lentamente, alisándose la manga de su bata blanca.
—No toques a mi escolta —respondió, clavando sus ojos ocultos en ella.
La tensión en la sala se disparó, volviéndose densa, casi irrespirable.
Cedric, sintiéndose pequeño entre dos titanes, apretó el mango de su espada hasta que los nudillos se le pusieron blancos y terminó poniéndose en guardia.
Todos en la sala tenían el rostro serio, tenso, esperando la masacre.
Todos, excepto la mujer, que se veía relajada físicamente, y el General, cuya máscara devolvía un reflejo vacío y aterrador.
—¿Listo para pelear?
—pregunto la mujer, sin apartar la mirada de él frente.
—Andando —frunció Cedric el ceño.
La mujer bufó al oírlo.
—¡Si necesitas ayuda grita…
Fer!
—gritó ella, lanzándose al ataque antes de terminar la frase.
El combate estalló en dos frentes simultáneos.
Cedric cargó con la fuerza de un tren.
Ripto interceptó el tajo descendente con su espada, pero sus rodillas se doblaron bajo el peso antinatural del golpe.
La superioridad física del fractal era abrumadora; cada choque de metal hacía retroceder al capitán un paso más.
—¡Valto, dispara!
—rugió Ripto, desesperado.
El escolta, temblando, desenfundó su pistola.
Cedric tuvo que romper el ritmo, girando sobre su talón y desplegando su escudo de energía justo a tiempo para que las balas de plasma rebotaran en él con chispazos azules.
Ese segundo de distracción le costó caro; Ripto aprovechó para lanzarle una estocada que le rasgó el costado de la armadura, sacando sangre.
Por otro lado, Fer era un borrón de movimiento.
Ignoró al General y trató de eliminar a Valto para quitarle el apoyo a Ripto.
Su puño iba directo a la garganta del soldado.
Pero una vez más, una mano blanca se interpuso.
El General desvió el golpe letal con un movimiento de muñeca, salvando a su escolta por segunda vez.
—No desperdicies tu tiempo con él…
—dijo el General, su voz grave resonando tras la máscara.
Fer aterrizó con agilidad, sacudiendo por dolor nuevamente su muñeca.
Apenas había logrado ensuciar la inmaculada bata blanca de su oponente con el polvo del combate.
—Siendo sincera…
—Fer sonrió, aunque le costaba respirar—.
Usted tiene una fuerza superior a la mía.
Pero eso no significa que no pueda ganar.
La batalla continuó unos segundos más, brutales y rápidos.
Cedric, ignorando el ardor en su costado, arremetió con furia.
De un golpe preciso, desarmó a Ripto, enviando su espada a volar, y con el revés del puño le rompió la nariz, dejándolo aturdido en el suelo.
Valto, viendo a su capitán caer, intentó apuntar de nuevo.
Cedric giró, con los ojos inyectados en adrenalina, y se lanzó a matar.
Su espada buscaba el pecho de Valto.
¡BRRUUUM!
Un temblor violento sacudió la estructura de la nave, casi tirándolos a todos.
El General Enmascarado miró hacia arriba un instante, como si escuchara un reloj invisible.
Luego, miró a Fer.
—Al parecer ya se acabó el tiempo.
Fue instantáneo.
El General desapareció.
No corrió; simplemente dejó de estar en un punto y apareció frente a Fer.
Su puño se hundió en el estómago de la mujer con un sonido sordo y terrible.
Fer ni siquiera gritó.
El aire salió de sus pulmones en una exhalación agónica, sus ojos se pusieron en blanco y cayó de rodillas, colapsando sobre sí misma.
Antes de que su cuerpo tocara el suelo, el General ya se había movido de nuevo.
Cedric, que estaba a un metro de ensartar a Valto, sintió un impacto demoledor en el abdomen.
Fue como ser golpeado por un ariete.
Salió despedido hacia atrás, soltando la espada y cayendo de espaldas, boqueando por aire, incapaz de moverse.
Valto, pálido como un fantasma y pegado a la pared, miró la punta de la espada de Cedric que había quedado tirada a sus pies.
Había visto su muerte a centímetros.
El General se sacudió la mano, impasible.
—Trae a Ripto y llévalo a la corbeta —ordenó, señalando el cuerpo inconsciente del capitán.
Valto asintió frenéticamente, movido por el terror puro.
Arrastró a Ripto como pudo y siguió al General, que salió de la habitación con paso tranquilo, dejando atrás a los dos guerreros de élite retorciéndose en el suelo.
Cedric intentó levantarse, tosiendo, pero el dolor lo mantenía clavado.
A unos metros, Fer hacía el mismo esfuerzo, temblando.
—Lo siento, Cedric…
—dijo ella, con voz débil y genuinamente preocupada—.
Debo encargarme de algo…
Su silueta parpadeó y se desvaneció en el aire.
Activó su invisibilidad y desapareció, dejándolo solo.
Cedric usó su espada como bastón para forzarse a ponerse de pie, aunque las piernas le fallaban.
Su mente, aturdida por el dolor, se aferró a un solo detalle.
—Así que es verdad…
—jadeó—.
La Oprichnina lo sabe todo…
incluso mi nombre.
—¡Cedric!
El grito familiar lo hizo girarse.
Por el pasillo venían corriendo dos figuras.
Selene cojeaba visiblemente, y Lyana tenía el rostro desencajado por el pánico.
—¡Cedric!
—Lyana no se detuvo.
Chocó contra él en un abrazo desesperado, enterrando la cara en su pecho, sin importarle la sangre ni la suciedad.
Cedric sintió cómo las lágrimas de ella mojaban su armadura.
El dolor del golpe del General pareció disminuir un poco ante el calor de ella.
Acariciando después torpemente su cabello.
Selene llegó un segundo después, apoyándose en el marco de la puerta para no caer.
Su mirada barrió la habitación buscando amenazas, y se detuvo en el cuerpo tirado en el suelo.
—¿Él…
está bien?
—preguntó, señalando a Aki, caminando enseguida hacia el.
Cedric miró al sargento, que seguía inconsciente donde Fer lo había dejado.
—Sí…
—respondió Cedric, devolviéndole el abrazo a Lyana con un brazo—.
Es una persona afortunada.
Como si la mención lo invocara, Aki soltó un gemido y abrió los ojos.
Se sentó de golpe, desorientado.
Lo primero que vio fue la mano de Selene extendida hacia él.
—¿Qué…
qué pasó?
—preguntó Aki, frotándose la nuca y aceptando la ayuda para levantarse.
Miró a su alrededor, confundido—.
¿Y mi prometida?
Cedric intercambió una mirada rápida con él.
—Solo te ganó el sueño antes de la pelea, Aki —mintió Cedric, con una pequeña risa cansada.
Aki aparentemente se puso rojo de vergüenza hasta las orejas.
—¿En serio?…
Qué deshonra.
—No es momento para estar tranquilos —interrumpió Lyana, separándose de Cedric, aunque se quedó cerca de él.
Su voz temblaba, pero sus ojos estaban firmes—.
¡Tenemos que ir con Lunaria y Krzytof…!
La mención de los otros dos borró la pequeña sonrisa de Cedric.
El mensaje de Matsumoto resonó en su cabeza: “Los que quedan aún de pie”.
Selene se ajustó el guante, ocultando el temblor de su mano.
—Entonces hay que irnos —sentenció—.
No hay tiempo.
—Aquí nos separamos —dijo de repente Aki.
Los tres Zorros lo miraron ingenuamente.
—Vendrás con nosotros —Cedric lo tomó del hombro.
Aki al instante arrugó la frente, sus ojos temblaron a su vez, empapándose liberalmente.
“No puedo” pensó.
—¡Para usted es fácil tomarse las cosas a la ligera…!
—exclamó ligeramente y apretó sus puños—.
Sus compañeros fueron criados en la Black y usted salió de la White al poder volverse un fractal.
O eso es lo que dicen.
El rostro de Lyana y Selene se tornaron indiferentes al escucharlo.
La forma de hablar de él era irrespetuosa para ellas a su manera.
—Tenemos compañeros en que están en posibles problemas —dijo Selene algo seria—.
Aparte nosotros somos tus superiores, así que tómalo como una orden.
Aki suspiro.
—No me interesa…
—tragó saliva—.
Tengo que ir por ella.
Entre dudas se dibujo ahora su rostro de ellas.
—Descuida Aki, te lo dije —quitó Cedric su mano de él—.
Te ayudaré a rescatar a tu prometida…
pero no puedo solo.
Rápidamente las cara de Selene se medio sonrojó.
Tensando su cuerpo al entender su falta de respeto.
“Maldición” pensó.
—Para ser honesto sé que no podré yo solo —Aki miró al techo—.
Mucho menos si no sé a dónde se la llevaron.
Así que está bien.
Regreso la mirada a ellos, viendo de reojo a Selene, incomodándola.
—Lo siento por mi desconsideración —dijo ella apenada, pero volviéndose firme—.
Tenemos que ir al sector C si queremos rescatarla.
Acentuó Aki y sin decir nada más, el grupo, herido y agotado, partió hacia el Sector C.
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