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LORD OF THE WORLDS: The Bellicose Foxes. - Capítulo 13

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13: Capítulo 11: Fragmentos.

13: Capítulo 11: Fragmentos.

SECTOR: “C”.

—Eres muy molesto…

—Zarbac escupió una bocanada de sangre al suelo, jadeando con pesadez—.

¡ERES MUY MOLESTO!

Su grito resonó en el pasillo, mezcla de ira pura y una frustración infantil.

Su inmaculado traje táctico estaba desgarrado, y su cuerpo lleno de magulladuras que no sanaban tan rápido como él quería.

Frente a él, Clifford se mantenía en pie, aunque su armadura negra ya no lucía impecable.

Tenía abolladuras en el peto y grietas en las hombreras, y su respiración era audible a través del casco.

El cansancio era mutuo, una danza de desgaste donde ninguno cedía.

—Je…

—una pequeña risa distorsionada salió del casco de Clifford.

Zarbac apretó los dientes al oírlo.

Mientras que en la habitación, donde estaban los dos Zorros el panorama era desolador.

Lunaria, con el ojo hinchado y la visión borrosa, había recobrado la conciencia y se trataba de mantener despierta.

La pela a puño limpio de Clifford contra aquel monstruo, y la incredulidad la mantenía despierta, a pesar de que solo se llegaba a ver algo por el agujero de la pared.

De pronto, sintió un roce cálido en su mano.

Lunaria bajó la vista con dificultad.

La mano de Krzytof, temblorosa y manchada de sangre seca, había buscado la suya entre los escombros.

Ella apretó ligeramente sus dedos y giró la cabeza hacia él.

—Menos mal…

—susurró Krzytof, con la voz rota y un hilo de voz apenas audible—.

Menos mal que estás bien.

Las lágrimas brotaron de los ojos de ambos, mezclándose con la suciedad de sus rostros.

No era llanto de tristeza, sino de puro alivio al saber que el otro seguía respirando.

—¡¿HASTA CUÁNDO VAS A SEGUIR MOLESTANDO?!

—el grito de Zarbac rompió el momento, haciendo eco en las paredes metálicas.

Clifford se limpió un rastro de sangre que salía bajo su casco y se encogió de hombros con una calma exasperante.

—El único molesto eres tú —respondió Clifford, ladeando la cabeza—.

Date cuenta.

La vena en la frente de Zarbac se hinchó, palpitando furiosamente.

—¡JÓDETE!—gritó repetidas veces, golpeando el aire con sus cuchillos —.

Contigo no tendré piedad…

Tú no puedes jugar conmigo maldito tramposo…

¡Yo soy el que pone las reglas!

—Ayyy…

—Clifford soltó una carcajada burlona—.

Es una pena…

¿No crees?

Zarbac crujió los dientes, el sonido fue tan fuerte que pareció el de un hueso rompiéndose.

Apretó los puños hasta que sus nudillos se pusieron blancos, preparándose para lanzarse en un ataque suicida y final.

Pero la nave tenía otros planes.

¡BBOOOM!

Un temblor violento, mucho más intenso que los anteriores, sacudió la fragata entera.

El suelo bajo sus pies se inclinó bruscamente.

Varias explosiones en cadena detonaron a espaldas de Zarbac, reventando tuberías de vapor y paneles eléctricos.

En cuestión de segundos, una cortina de humo denso y gris se tragó el pasillo a una velocidad vertiginosa, ocultando todo a la vista.

—¡¿Ahora qué?!

—gruñó Zarbac, tratando de disipar el humo con sus manos, cegado momentáneamente.

Clifford, gracias a los sensores térmicos y de sonar de su casco, vio lo que Zarbac no pudo.

Una silueta apareció detrás del loco, caminando entre el fuego que se empezó a propagar y el humo sin hacer ruido, como un fantasma.

Zarbac sintió un escalofrío, pero fue tarde.

Un golpe seco, preciso y devastador impactó en su nuca.

Los ojos de Zarbac se pusieron en blanco al instante.

Sus rodillas golpearon el suelo con un golpe sordo, y su cuerpo cayó hacia adelante, totalmente inconsciente.

La silueta se materializó entre la bruma.

El General Enmascarado estaba allí, de pie sobre el cuerpo caído de su subordinado.

—¿Tú vienes con él?

—preguntó Clifford, tensando los músculos, listo para otro asalto.

El General lo miró.

Sus oculares brillaron a través del humo.

Con un movimiento fluido, se agachó y cargó a Zarbac en su hombro como si fuera un saco de plumas.

—Lamento interrumpirlos —dijo el General con su voz tranquila y grave—.

Pero me lo tengo que llevar.

Sin esperar respuesta, y sin mostrar interés en pelear con Clifford, el General dio media vuelta y comenzó a caminar hacia la oscuridad del humo, desapareciendo tan rápido como había llegado.

Clifford dio un paso adelante, su instinto de combate gritándole que lo persiguiera, que acabara con la amenaza.

Pero entonces, su IA táctica marcó dos señales vitales débiles a su espalda.

Se detuvo.

Giró la cabeza y recordó: Lunaria y Krzytof seguían tirados en el suelo, vulnerables.

—Maldición…

—susurró.

Apretó el puño con fuerza, tragándose su orgullo de guerrero.

Guardó su postura de combate y corrió hacia ellos.

Con una delicadeza que contrastaba con su fuerza bruta, cargó a Lunaria en un hombro y a Krzytof en el otro.

—Sujétense —dijo Clifford, y comenzó a correr hacia una zona segura, alejándose del fuego.

Minutos después, en la intersección central del Sector C.

Clifford avanzaba por el pasillo, sus botas resonando con peso.

El humo comenzaba a disiparse en esa área.

Al levantar la vista, vio un grupo de figuras acercándose apresuradamente.

Eran ellos.

El escuadrón Zorro.

Cedric venía al frente con la espada desenvainada, seguido de Selene, Lyana y Aki.

Al ver a sus compañeros heridos sobre los hombros del desconocido de armadura negra, Lyana y Selene no pudieron contenerse.

—¡Lunaria!

¡Krzytof!

—gritó Lyana, con las lágrimas corriendo por sus mejillas.

Selene corrió hacia ellos, ayudando a Clifford a bajarlos con cuidado y recargarlos contra la pared.

El alivio y el dolor se mezclaban en los rostros de todos al ver el estado de sus amigos.

Cedric se acercó a Clifford.

Sus ojos se cruzaron con el cristal opaco del casco.

No necesitaba verle la cara para saber que aquel hombre los había salvado y no un enemigo.

La capucha roja le afirmaba también quien él era.

—Gracias…

—dijo Cedric, con una sinceridad profunda, apretando el hombro de Clifford—.

Gracias por ayudar a mi familia.

¿Tú…

estás bien?

Clifford se enderezó, ignorando las alarmas de daño de su propia armadura.

—No te preocupes por mí —respondió con su voz distorsionada pero calmada—.

Lleven a ellos a la zona central de la nave, necesitan médicos.

—¿Tú qué harás?

—preguntó Cedric, viendo que Clifford se giraba hacia donde se había ido el General.

—Iré a encargarme del problema —sentenció Clifford, dando un paso.

El silencio duró un segundo.

Cedric miró a su escuadrón: heridos, cansados, golpeados…

pero vivos.

Y luego miró la espalda de aquel hombre misterioso.

—Entonces iremos contigo —dijo Cedric firme.

—Iremos contigo —repitieron al unísono el resto de los demás cerrando filas detrás de su líder y su salvador.

Clifford se detuvo y giró levemente la cabeza, observándolos.

Selene, Lyana y Cedric a su vez miraron con sorpresa en donde habían puesto a sus compañeros mal heridos.

Lunaria y Krzytof, se apoyaron contra la pared y con el dolor palpitando en cada nervio, hicieron un esfuerzo sobrehumano para ponerse de pie por sí mismos.

No querían ser una carga, no frente a su familia.

—Lamento que los preocupáramos…

—dijo Lunaria con una sonrisa débil, tratando de ocultar una mueca de dolor al enderezarse.

Apenas terminó la frase, Lyana y Selene no pudieron contenerse más.

Rompieron la formación y se lanzaron hacia ellos.

El abrazo fue torpe por las armaduras y el cuidado de no lastimarlos, pero cargado de un sentimiento abrumador.

Selene sujetaba a Krzytof con fuerza, como si temiera que se desvaneciera, mientras Lyana rodeaba a Lunaria, ocultando sus lágrimas en el hombro de su compañera.

—Idiotas…

—susurró Selene con voz temblorosa—.

Pensamos lo peor.

El momento era reconfortante, una pequeña isla de calidez en medio del infierno metálico de la fragata.

¡BBOOOOM!

La calidez se esfumó en un instante.

Otro temblor, muchísimo más violento y profundo que los anteriores, sacudió los cimientos de la nave, haciendo parpadear las luces de emergencia.

El grupo tuvo que abrir el compás de sus piernas para no caer.

Clifford, que había mantenido la guardia alta, miró hacia el techo y luego al pasillo oscuro, regresando la luz unos segundos después.

—No hay tiempo que perder —dijo con voz preocupada, rompiendo el momento—.

Tenemos que detener a los intrusos e investigar lo que está pasando.

La estructura no aguantará mucho más.

Apenas terminó de hablar, los megáfonos del pasillo chirriaron, cobrando vida.

La voz del Mayor Matsumoto resonó, pero esta vez no había autoridad poco tranquila, sino una extrema y palpable preocupación.

—¡A todo el personal que se encuentre en la zona este de la nave…!

—la voz se quebró por la estática—.

¡Evacuen a la zona central de inmediato!

¡Repito, evacuación inmediata!

¡Las compuertas de seguridad que unen a la zona este con el centro, serán cerradas en dos minutos!

El silencio que siguió al anuncio fue de pura incredulidad.

—¿Cerradas?

—preguntó Selene, mirando al techo con los ojos muy abiertos.

—¡Ey!

¿Qué está pasando?

—exclamó Aki, dando un paso al frente, con el pánico por su prometida volviendo a sus ojos—.

¡Si cierran las compuertas, nadie podrá salir ni entrar!

Cedric se llevó la mano a la nuca, confundido y molesto.

—¡La zona este de la nave ya está en su mayoría asegurada!

—respondió Cedric, mirando a Clifford y luego a su escuadrón—.

Nosotros mismos limpiamos el perímetro.

¡No tiene sentido sellarla!

—¿Entonces?

—cuestionó Lyana, buscando respuestas en los rostros de sus compañeros—.

¿Nos están dejando encerrados o están encerrando algo más?

En medio de la discusión y el caos creciente, un pitido agudo sonó exclusivamente dentro del casco de Clifford.

Una señal prioritaria encriptada.

—Oye, Clifford…

—la voz de Fer sonó en su oído, seria, fría y sin rastro de la alegría juguetona de antes.

Clifford se apartó un paso del grupo, dándoles la espalda momentáneamente mientras el escuadrón discutía qué hacer.

—Dime…

—respondió él con seriedad, bajando el tono de su voz.

—Necesito que captures a la persona que se muestra en este informe…

—dijo Fer.

Al instante, una ventana holográfica se proyectó en la visera interior del casco de Clifford.

La imagen giratoria de un hombre apareció, junto con datos biométricos y de servicio.

—¿Capitán Ripto?…

—susurró Clifford, confundido—.

Perteneciente a la White Cradle, líder de operaciones tácticas de la Blitz.

¿Por qué él?

Hubo una pausa breve al otro lado de la línea, cargada de tensión.

—Es un traidor…

—respondió ella, y su voz destilaba una mezcla de enojo y decepción—.

Y necesitamos que cante antes de que la nave se caiga a pedazos.

El corazón de Clifford lateo con fuerza al escuchar esa palabra: “Traidor”.

Había sido como una puñalada justo en el pecho, mientras que su corazón bombeaba sangre con prisa para restaurar la pérdida.

—Puedes traerlo moribundo si quieres —.

Siguió hablando Fer—.

Sé que te gustaría vengarte y desearías matarlo, pero lo necesito con vida.

—¿Algo más?

—preguntó seco.

—Solo que tengas cuidado, la flota rebelde ha dañado mucho la zona este —se escuchó entre cortado—.

También hay alguien abordo muy…

La interferencia cortó el audio con un chirrido estático, pero la palabra “traidor” siguió rebotando dentro del casco de Clifford, desenterrando recuerdos que él creía haber sepultado bajo años de entrenamiento y adoctrinamiento.

Por un segundo, el pasillo de la Blitz desapareció, y la silueta de un hombre se dibujó, sentado desde un trono elevado en la oscuridad.

Dicho hombre vestía un uniforme imperial de gala, negro con franjas rojas y medallas brillantes.

El hombre sonreía, una sonrisa de satisfacción pura y cruel.

—Tus padres fueron traicionados por gente en la que ellos confiaban, pequeño K…

—la voz del hombre resonó en su memoria, profunda y burlona—.

Y murieron por salvarte a ti.

Un ser que no puede ser más fuerte para vengarlos.

Que decepción.

—¡Ey!

El grito de Cedric lo trajo de golpe a la realidad.

Clifford parpadeó, respirando agitadamente.

Cedric estaba frente a él, golpeando suavemente su peto blindado con el puño.

—¿Estás bien?

—preguntó el Vexillarius, notando la rigidez de su salvador.

Clifford tardó un segundo en asentir.

La imagen del hombre en el trono se desvaneció, pero la ira se quedó.

—Sí…

—mintió Clifford, recuperando la compostura—.

Hubo un cambio de planes.

Se giró hacia el grupo.

Lunaria y Krzytof apenas se mantenían en pie apoyados en sus compañeros.

El tiempo se agotaba; las compuertas se cerrarían en menos de dos minutos.

—Todos vayan a la zona central —ordenó Clifford con autoridad—.

Yo tengo que ir a encontrar a una persona.

—¿Qué?

¡No!

—intervino Aki de inmediato, dando un paso al frente con desesperación—.

¡Aquí nos separamos!

Yo también tengo que buscar a alguien.

Clifford lo miró desde su altura.

La determinación del soldado era suicida.

—Yo buscaré a esa persona si está en mi camino, soldado.

Ponte a salvo.

No lograrás nada muriendo aquí.

—¡No me iré sin ella!

—gritó Aki, y con manos temblorosas sacó un pequeño dispositivo holográfico de su bolsillo—.

¡Mire!

Aki activó el dispositivo.

Una pequeña imagen azulada flotó en el aire.

Era una mujer joven, de cabello negro y largo, con una sonrisa amable.

—Se llama Mía…

—dijo Aki, con la voz quebrada—.

Es mi prometida.

Cedric, que estaba al lado de Aki, miró la foto.

Y entonces, siento la misma sensación.

Sus ojos se abrieron de par en par.

Esa cara.

La conocía.

—La he visto…

—se le escapó a Cedric en un susurro.

Aki se giró hacia él con una esperanza que dolía ver.

—¿Qué?

¿Dónde?

—No recuerdo, creo que fue antes de hibernar —cortó Cedric, mirando a Clifford y asintiendo levemente, confirmando que la mujer era real—.

Él la encontrará.

Pero tú vienes con nosotros.

Ahora.

Krzytof tosió sangre, interrumpiendo el momento justo cuando tembló nuevamente la nave.

—Deberíamos…

salir de acá…

—jadeó el médico, pálido.

Clifford miró la foto una última vez y la memorizó en su sistema.

—La buscaré —prometió Clifford a Aki—.

Pero si no te vas ahora, no servirá da nada.

Aki, derrotado por la lógica y la mirada intensa de Cedric, bajó la cabeza y asintió, guardando la foto cerca de su corazón.

—Cuento contigo, jefe—le dijo Aki a Clifford, transfiriéndole esa confianza al hombre de negro.

Lunaria, apoyada en Lyana, alzó la vista hacia Clifford una última vez.

—Más te vale regresar…

—dijo con una sonrisa sangrienta y desafiante—.

Te debo tan siquiera un trago por salvarme el trasero.

Clifford asintió.

—Vayan.

Sin más despedidas, el grupo se dividió.

Los Zorros y Aki corrieron hacia las compuertas de la zona central, cargando a sus heridos.

Clifford, solo una vez más, se dio la vuelta y corrió hacia la oscuridad de la Zona Este.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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