LORD OF THE WORLDS: The Bellicose Foxes. - Capítulo 14
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14: Capítulo 12: Elytor—III.
14: Capítulo 12: Elytor—III.
UBICACIÓN: CABINA DE MANDO.
Mientras el escuadrón y Clifford se separaban en la Zona Este, la situación en el “cerebro” de la nave alcanzaba un punto crítico.
En la cabina de mando de la Fragata Blitz, el caos controlado se había convertido en desesperación pura.
Los hologramas tácticos parpadeaban en rojo carmesí, y el suelo vibraba con un zumbido enfermizo que indicaba que la integridad estructural estaba fallando.
El Mayor Matsumoto se aferraba a la consola central, con la mirada clavada en los reportes de daños que fluían como cascadas de sangre digital.
—¡Informe de estado!
—ladró Matsumoto.
El Oficial Víctor, con el rostro bañado en el resplandor de las alarmas, tecleaba frenéticamente sin levantar la vista.
—Señor, la situación es lamentable —dijo Víctor con rapidez, su voz temblando apenas por la velocidad—.
Tenemos que desconectar la Zona Este.
Si no lo hacemos, las fisuras internas y externas harán que perdamos el control de toda la nave.
La descompresión es inminente.
Matsumoto apretó la mandíbula.
Sabía lo que eso significaba.
Condenar una parte de su propio barco.
—¿Ya salieron todos de la Zona Este?
—preguntó, buscando una excusa para no dar la orden.
—Negativo, señor —la respuesta de Víctor fue un golpe seco—.
Quedan algunas personas…
entre ellas está el escuadrón Zorro y un miembro de la Oprichnina.
Matsumoto se detuvo un segundo.
La imagen de Fer amenazándolo en la sala de interrogatorios cruzó su mente.
—¿Qué integrante es?
—preguntó.
—Es Opri, señor.
El agente Clifford.
“El brazo ejecutor”, pensó Matsumoto.
Si lo mataba, el Imperio no tendría piedad.
Pero si no lo hacía, todos morirían.
Miró el mapa estelar.
—¿A cuántos meses estamos de Elytor-III?
—A tres meses estándar, señor.
El Mayor tomó una decisión.
Una maniobra desesperada que solo se enseñaba en teoría en la academia.
—Daremos un Salto de Luz —ordenó Matsumoto con frialdad—.
Calculen la trayectoria hacia la atmósfera del planeta.
Al estar en el radio de su gravedad, usaremos la inercia de salida para desconectar la Zona Este del centro.
Víctor lo miró con los ojos abiertos de par en par.
Era una locura.
Usar la fuerza g de un salto hiper-lumínico para “desprender” la parte dañada de la nave.
—Enterado, señor —Víctor tragó saliva y sus dedos volaron sobre los controles—.
Procediendo a cerrar las puertas de unión.
Iniciando secuencia de salto.
Las compuertas de seguridad comenzaron a sellarse con un estruendo metálico que retumbó en toda la nave.
Matsumoto miró la pantalla que mostraba los puntos vitales de los soldados atrapados en el sector condenado.
—Suerte, muchachos…
—susurró en voz baja.
En el pasillo de conexión de la Zona Este, las alarmas aullaban como bestias heridas.
Las luces rojas giratorias bañaban al grupo de supervivientes, creando sombras largas y distorsionadas.
—¡Más rápido!
—gritaba Cedric, ayudando a Aki a cargar el peso muerto de sus compañeros.
A lo lejos, la compuerta principal “la salvación hacia la Zona Central” comenzaba a descender, sus dientes de acero cerrándose lentamente como una guillotina.
Estaban cerca.
Podían lograrlo.
¡BBOOOM!
Una explosión surgió justo detrás de ellos, reventando un panel de ventilación.
La onda expansiva golpeó sus espaldas como un martillo invisible, lanzándolos a todos contra el suelo de metal.
El humo llenó el aire al instante.
Entre la tos y la confusión, figuras oscuras empezaron a emerger de la neblina gris.
Soldados rebeldes, armados y listos para asegurar que nadie saliera vivo.
Los disparos de sus armas de reacción zumbaron sobre sus cabezas.
—¡Cúbranse!
—gritó Selene.
A pesar de su pierna herida y su agotamiento, Selene reaccionó por puro instinto.
Se arrastró hacia el frente y desplegó su escudo de energía.
Lyana, con los ojos llorosos por el humo pero con la mirada fiera, hizo lo mismo a su lado.
Ambas formaron una barrera azulada que chisporroteó al recibir la lluvia de impactos, protegiendo a los heridos que yacían detrás.
—¡Cedric!
—gritó Selene, su voz forzada por el esfuerzo de mantener el escudo—.
¡Saca a Krzytof y Lunaria de acá!
¡Lyana y yo los cubriremos!
Cedric, aturdido, se levantó sobre una rodilla.
Miró la compuerta cerrándose y luego a las dos mujeres que se interponían entre él y el enemigo.
—¿Estás bromeando, verdad?
—bramó Cedric, desenfundando su espada—.
¡No las dejaré solas!
—¡Es una orden!
—rugió Selene, con una autoridad que no admitía esta vez réplica—.
¡Las puertas se están cerrando!
¡Si no cruzan ahora, todos moriremos!
—¡Ni de broma pienso dejarlas!
—Cedric dio un paso hacia ellas, dispuesto a morir peleando.
Lyana giró la cabeza.
Su escudo parpadeaba bajo el fuego enemigo.
Sus ojos azules se clavaron en los de Cedric, y en ellos no había miedo, sino una súplica desesperada.
—¡Haz caso, por favor!
—gritó Lyana, con la voz rota—.
¡Salvalos!
Esa mirada detuvo a Cedric.
Entendió que no se trataba de heroísmo, sino de supervivencia.
Si él se quedaba, Lunaria y Krzytof no tendrían quien los cargara.
Con un grito de frustración y rabia pura, Cedric se levantó.
—¡Mierda!
—bramó, con la voz cargada de veneno—.
¡No se mueran!
¡Maldita sea, no se atrevan a morir aquí dentro!
—¡Lárgate de una vez, Cedric!
—rugió Selene—.
¡Pon a salvo a los heridos o te mato yo misma!
Aki, entendiendo la situación, cargó a Lunaria.
Cedric tomó a Krzytof.
Ambos corrieron hacia la puerta que bajaba inexorablemente.
Mientras los rebeldes avanzaban disparando, Selene y Lyana no cedieron ni un centímetro.
Regresaron el fuego con sus pistolas de reacción, comprando cada segundo con plomo y energía.
La cuenta regresiva para el salto estaba en marcha.
Lejos de allí, en el puente de abordaje de la corbeta rebelde, la atmósfera era distinta.
Clifford se había abierto paso a través de los últimos rezagados enemigos, dejando un rastro de cuerpos a su paso.
Al llegar a la entrada del hangar, se detuvo.
Allí estaban.
El General Enmascarado estaba de pie junto a la esclusa de la nave rebelde.
A su lado, el Capitán Ripto sonreía, y el soldado Valto arrastraba con visible terror el cuerpo inerte de Zarbac.
—Llévalo a la enfermería —ordenó el General a Valto, entregándole el peso del Hunter.
Valto asintió frenéticamente y, con ayuda de otros soldados, desapareció dentro de la corbeta arrastrando al monstruo.
El Capitán Ripto, ajeno a la presencia a sus espaldas, miró a su líder con satisfacción.
—Señor, todo está listo —dijo Ripto con felicidad—.
Podemos irnos.
La misión podemos decir que fue un éxito.
El General no se movió.
No giró la cabeza.
Simplemente se quedó mirando el vacío del hangar, pero su voz resonó con una seriedad absoluta.
—Primero encárgate del intruso que está atrás de nosotros.
Ripto parpadeó, confundido.
Se dio la vuelta lentamente.
Y ahí, emergiendo de las sombras del pasillo como un espectro de venganza, estaba Clifford.
Con la armadura abollada y los puños cerrados.
La sonrisa de Ripto se borró al instante, sorprendido por el hecho de que el General hubiera visto a Clifford sin siquiera voltearse.
—Tú…
—murmuró Ripto.
—Hola, Capitán —dijo Clifford, y su voz sonó como una sentencia de muerte—.
Tenemos que hablar.
Ripto miró al General, no con miedo, sino con una resignación profesional.
Sabía que era un sacrificio.
—No creo poder ganar, señor —admitió, desenfundando su espada con un movimiento seco—.
Pero puedo hacer tiempo.
El General Enmascarado se detuvo un instante en la escotilla de la corbeta.
—Solo eso se necesita —dijo.
Sin mirar atrás, el General cruzó el umbral hacia la seguridad de su nave.
Ripto se quedó solo en el puente de abordaje, flanqueado por tres soldados rebeldes que levantaron sus rifles de reacción.
—¡Fuego!
—ordenó.
Los disparos iluminaron el hangar.
Clifford no se detuvo; corrió de frente hacia la lluvia de fuego.
Con un movimiento fluido, activó el escudo de energía de su brazo izquierdo.
Los proyectiles estallaron contra la barrera translúcida, llenando el aire de chispas y humo.
La fuerza de los impactos hacía vibrar sus huesos, pero Clifford siguió avanzando como un tanque.
—¡Desplieguen la ametralladora plasma!
—gritó Ripto, retrocediendo tácticamente.
Un rebelde montó un cañón rotatorio en una caja de suministros.
El zumbido del motor al cargar el disparo fue inconfundible.
“Si el plasma pesado le da a mi escudo, estoy acabado”, pensó Clifford.
No había cobertura.
Solo el puente vacío.
Clifford tocó su cinturón y su silueta parpadeó.
Invisibilidad activa.
Desapareció de la vista de los rebeldes justo cuando el cañón pesado escupía una ráfaga letal que solo encontró aire vacío.
Clifford se deslizó hacia la derecha, rodando hasta cubrirse tras un contenedor de carga.
—¡Clifford!
—la voz de Fer estalló en su oído con interferencia, urgente—.
¡Apresúrate!
¡Las puertas de union ya han sido cerradas!
—Enterado —gruñó Clifford.
Se asomó por el borde de la caja.
Los rebeldes barrían la zona a ciegas.
Sus ojos se posaron en unas tuberías de refrigeración que corrían por el techo, justo encima de la posición enemiga.
Tubos de gas caliente.
Clifford desenfundó su pistola.
Apuntó.
Disparó.
El chorro de gas a presión estalló hacia abajo, quemando y desorientando a los soldados.
Los gritos de dolor rompieron la formación rebelde.
—¡Retirada!
—la voz del General sonó en el transmisor de Ripto, fría y cortante—.
Tiren una granada de agujero y sellen la entrada.
Ripto, cubriéndose el rostro del calor, obedeció al instante.
Sacó una esfera negra de su chaleco, le quitó el seguro y la lanzó hacia la posición aproximada de Clifford.
La granada rebotó en el suelo metálico, rodando peligrosamente cerca.
El instinto de Clifford fue más rápido que su pensamiento.
Salió de su cobertura, materializándose de nuevo al desactivar el camuflaje.
Se lanzó al suelo, atrapó la granada torpemente antes de que se detuviera y, con un giro de muñeca, la lanzó de vuelta con toda su fuerza.
El lanzamiento fue perfecto.
La esfera voló por el aire y cayó justo en medio del puente de abordaje, a los pies de Ripto.
El Capitán abrió los ojos con horror.
¡CRACK!
No hubo explosión de fuego.
Hubo un sonido de succión, como el universo inhalando de golpe.
Un agujero negro de tres centímetros se abrió en el aire.
La gravedad se invirtió en un radio de tres metros.
El metal del puente se dobló, gritando, y fue tragado hacia la nada.
Dos soldados rebeldes que intentaban huir fueron arrastrados hacia el vórtice y desaparecieron en la oscuridad absoluta.
Ripto, atrapado en el borde del campo gravitatorio, se aferró a una barandilla, con los pies flotando hacia el agujero.
Unos segundos después, el agujero colapsó y desapareció.
El puente de abordaje estaba partido en dos.
El vacío del espacio exterior se hizo visible a través de la brecha desgarrada en el casco.
El silencio del vacío fue ensordecedor por un instante, hasta que las alarmas de descompresión aullaron.
Las puertas de emergencia de la corbeta rebelde comenzaron a cerrarse automáticamente.
Al otro lado de la brecha, ya dentro de su nave, el General Enmascarado miró a través del cristal de la esclusa que se cerraba.
Sus ojos, uno verde y uno rojo, se clavaron en los de Clifford.
—Espero verte pronto, Clifford…
—pareció decir, o quizás Clifford solo lo imaginó al leer sus labios.
Las puertas se sellaron.
La corbeta se soltó de los anclajes y se alejó.
Clifford, respirando pesadamente, vio que Ripto había quedado de su lado del puente, aturdido en el suelo tras el colapso del agujero.
—Se acabó —dijo Clifford.
Corrió hacia el traidor y, antes de que pudiera levantarse, le propinó un golpe brutal en la sien, dejándolo inconsciente.
Le colocó las esposas magnéticas en un movimiento fluido y lo cargó sobre su hombro.
Mientras él aseguraba al prisionero, en la cabina de mando, el ambiente se cortaba con cuchillo.
Las puertas principales se abrieron con un siseo y Fer entró, caminando con una calma que contrastaba violentamente con el pánico de la tripulación.
—¡Veo que la suerte no está de su lado, Mayor!
—exclamó con una pequeña sonrisa afilada, ignorando las alarmas rojas.
Matsumoto, con las manos aferradas a la mesa de proyección táctica, apretó los puños hasta que los nudillos crujieron.
Se giró lentamente, con el rostro bañado en sudor y estrés.
—Señorita Fer…
le suplico que baje la voz —dijo, intentando mantener la compostura—.
Hacemos lo que podemos.
Fer soltó un chasquido de lengua “Tsk”, y sin pedir permiso, se dejó caer en una de las sillas de oficiales, cruzando las piernas y escuchando los informes técnicos sobre la inestabilidad del salto.
“Van a saltar”, pensó.
Tocó su transmisor.
—Clifford…
—dijo ella—.
Se te acabó el tiempo.
Busca una cápsula de escape de inmediato.
Habrá un salto y será peligroso en la zona este.
—Enterado…
—respondió con voz grave.
—Otra cosa…
Aléjate de todas las fisuras que den al espacio exterior.
La inercia va a destrozar esa sección.
Hubo una pausa al otro lado.
—¿Sabes algo del Escuadrón Zorro?
Fer miró los monitores que mostraban señales vitales parpadeando y desconectándose.
—No tengo información de ellos…
—mintió, o quizás simplemente no quiso dar falsas esperanzas—.
Suerte.
En el pasillo de conexión, la suerte se había agotado.
Cedric y Aki llegaron a la compuerta principal con los pulmones ardiendo, cargando a Lunaria y Krzytof.
Cruzaron el umbral justo cuando los pistones hidráulicos comenzaban a empujar la enorme puerta de seguridad hacia abajo.
—¡Selene!
¡Lyana!
¡Corran!
—gritó, girándose hacia el pasillo de donde venían.
Pero solo vio sombras y humo.
—¡Ya casi estamos!
—se escuchó el grito de Selene al otro lado, seguido de pasos apresurados.
Pero el mecanismo de seguridad de la Blitz no esperaba a nadie.
Con un estruendo final, la compuerta de acero y titanio se selló herméticamente, separando la Zona Central de la Zona Este para siempre.
Cedric soltó a Krzytof, dejándolo en manos de Aki, y se lanzó contra el metal frío.
Golpeó la puerta con el puño, una y otra vez, hasta que el dolor le subió por el brazo.
—¡MALDICIÓN!
—rugió, con la voz rota por la impotencia—.
¡ABRAN LA MALDITA PUERTA!
Del otro lado, amortiguada por el grosor del blindaje, se escuchó la voz de Lyana.
Sonaba tranquila, terriblemente tranquila.
—Todo está bien, Cedric…
buscaremos otra forma de entrar.
—Lleva a los demás a un lugar seguro —ordenó la voz de Selene, firme a pesar de la situación—.
Iremos nosotras a buscar otra puerta.
Cedric apoyó la frente contra el metal, respirando agitadamente.
Aki se acercó, poniéndole una mano en el hombro.
—Todo estará bien —dijo Aki, intentando transmitir una calma que él mismo no sentía—.
Por el momento hay que ir a que atiendan a tus compañeros.
No podemos hacer nada aquí.
Cedric cerró los ojos un segundo, tragándose la bilis.
Se apartó de la puerta, con el rostro endurecido.
—Más vale que vuelvan bien —murmuró—.
Andando, Aki.
Del otro lado de la puerta, Lyana, tocó el metal frío con la palma.
Miró a Selene a los ojos.
Ambas sabían que no había “otra puerta”.
Compartieron una pequeña sonrisa de preocupación, sabiendo que estaban atrapadas en el lado equivocado del universo.
UBICACIÓN: Zonas Seguras de la Blitz.
TIEMPO: Minutos Después.
Cedric y Aki lograron llevar a los heridos hasta un punto de control médico.
Varios soldados de la nave se hicieron cargo de Krzytof y Lunaria que forzosamente seguían conscientes, poniéndolos en camillas de inmediato.
—Si quiere iré yo con ellos —dijo Aki—.
Usted repórtese con el Mayor.
Necesitan saber qué pasó.
Cedric asintió, con la mente en otro lado.
—Gracias.
Cedric corrió hacia la cabina de mando.
Al entrar, las puertas se abrieron y el Oficial Víctor lo interceptó, con el rostro sombrío y sin ánimos de dar bienvenidas.
Lo guio hasta el centro de la sala.
Matsumoto lo vio llegar.
—Me alegra ver que lograste cruzar, soldado.
—Señor —interrumpió Cedric, sin aliento y sin formalidades—.
Solicito un reporte de la situación.
Mis compañeras siguen en la Zona Este.
Necesito que abra las compuertas.
Matsumoto negó con la cabeza, evitando su mirada.
—La Zona Este está perdida.
Será desconectada del resto de la nave para salvar la integridad estructural.
Cedric sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—No…
no, no, no…
—retrocedió un paso, en shock—.
¡AÚN QUEDAN PERSONAS ADENTRO!
¡Si lo hace, todos pueden morir o perderse en el espacio!
Matsumoto lo miró con una mezcla de lástima y determinación.
—Todo estará bien, soldado.
Por eso daremos un Salto de Luz hacia la atmósfera.
Al estar en el radio de gravedad del planeta, nos desconectaremos.
Caerán hacia la superficie, no al vacío.
Desde su silla, Fer observo la escena con tranquilidad.
Vio el terror en los ojos de Cedric y cómo este daba media vuelta y salía corriendo de la cabina, activando su transmisor mientras corría.
—¡Selene!
¡Lyana!
—gritó Cedric por el canal de comunicación—.
¡Vayan a una cápsula de escape!
¡AHORA!
¡Es el único lugar seguro!
La respuesta llegó con estática, pero clara.
—Enterado.
En la Zona Este, Selene y Lyana corrían por los pasillos desiertos.
El zumbido del motor de salto comenzaba a vibrar en las paredes, un sonido que calaba hasta los huesos.
—¡Ahí hay una!
—gritó Lyana, señalando una esclusa de cápsulas al final del corredor.
—¡Rápido, hay que entrar!
—respondió Selene.
Estaban a diez metros.
Cinco.
Entonces, el universo se estiró.
¡CRACK-BOOM!
El Salto de Luz se activó.
La aceleración fue instantánea y brutal.
Aunque los saltos solían ser seguros, el hecho de que la Zona Este tuviera fisuras estructurales y agujeros hacia el espacio provocó que la inercia golpeara como un mazo físico.
La nave gimió.
Las paredes se doblaron.
Selene y Lyana fueron levantadas del suelo y azotadas violentamente contra la pared del pasillo.
El impacto fue seco y terrible.
El salto duró solo diez segundos, pero fue suficiente.
Las pequeñas fisuras se convirtieron en grietas inmensas, y la estructura comenzó a desgarrarse.
Ambas cayeron al suelo, inconscientes.
En la Zona Central, las alarmas aullaban.
Cedric llegó a la enfermería, derrapando.
Vio a Aki sentado junto a las camillas de Lunaria y Krzytof, que dormían sedados.
Aki se levantó al verlo.
—Están bien —dijo con voz calmada—.
Perdieron mucha sangre y los sedaron porque querían ir con usted a buscar a las demás.
Cedric soltó el aire que había estado conteniendo.
—¿Tú estás bien?
—¿Y tú?
—respondió Aki.
El silencio entre ellos fue pesado.
La nave tembló una última vez.
Habían llegado a la órbita de Elytor-III.
El Mayor Matsumoto, con mano temblorosa, presionó el botón de separación final.
Con un sonido de metal desgarrado, la Zona Este se desprendió del cuerpo de la fragata, cayendo inerte hacia la gravedad del planeta.
En el puente de abordaje destrozado, Clifford se aferraba a un soporte con una mano y sostenía el cuerpo inconsciente de Ripto con la otra.
Había soportado el salto gracias a la fuerza de su armadura y sus mutaciones, pero el impacto lo había sacudido hasta los dientes.
Escuchó un golpe sordo cerca de él, seguido de dos quejidos.
Al salir del hangar y mirar hacia el pasillo, vio a Selene y Lyana tiradas, inmóviles.
La descompresión estaba empezando a jalar el aire.
—Maldición —gruñó.
Sin pensarlo, corrió hacia ellas.
Agarró a Lyana de la armadura y a Selene del cinturón, arrastrándolas junto con Ripto hacia la cápsula de escape más cercana, cuya puerta abrió con dificultad.
Las metió dentro, arrojándolas en los asientos de seguridad.
Lanzó a Ripto al suelo de la cápsula y entró él mismo, golpeando el panel de cierre.
La puerta se selló justo cuando el techo del pasillo colapsaba.
—Sujétense…
—murmuró a los “inconscientes”, activando la eyección.
La cápsula se disparó hacia el vacío, cayendo como una piedra en llamas hacia las nubes del planeta desconocido, en un rumbo incierto.
Nuevamente en la cabina de mando de la Blitz, ahora segura en órbita alta, el silencio reinaba.
Todos observaban en la pantalla principal cómo los restos de la Zona Este se quemaban en la atmósfera, acompañados por la estela de cientos de cápsulas de escape.
Fer se levantó de su asiento.
Caminó hasta el ventanal mientras se quitaba su casco, lo recargó entre su cadera y miró hacia abajo, hacia el planeta cubierto de nubes.
—Te veo pronto, K…
—susurró, con una mezcla de emoción y cálculo.
Su transmisor emitió un pitido prioritario.
—Agente 012503V…
—la voz era metálica y autoritaria—.
Habla la sede principal de la Oprichnina.
Informe.
Fer tocó su transmisor, sin dejar de mirar el planeta.
—Aquí la agente Vorgaht.
La situación es crítica —dijo, y una sonrisa peligrosa curvó sus labios—.
Tenemos un problema rango SSS en el planeta.
───────────────────────────── ・・・✦・・・ “Nadie mira hacia las estrellas esperando ser aplastado por ellas.” —Anónimo.
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