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LORD OF THE WORLDS: The Bellicose Foxes. - Capítulo 15

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15: Capítulo 13: Bajo el Ojo de la Tormenta.

15: Capítulo 13: Bajo el Ojo de la Tormenta.

UBICACIÓN: Órbita alta de Elytor-III.

TIEMPO: Inmediatamente después de la Fractura.

—¿SSS?…

—la voz al otro lado del canal encriptado vaciló, perdiendo su autoridad metálica por un microsegundo—.

Estamos al tanto de la presencia de un Hunter…

pero no hay indicios de inteligencia que confirmen un rango SSS en ese planeta.

Fer miró a través del ventanal de la Blitz.

Abajo, los restos de la Zona Este ardían como una lluvia de meteoritos artificiales, descendiendo hacia las nubes.

—En el informe que mandé, avisé que un Capitán de nombre Ripto es un traidor—respondió Fer con frialdad, ignorando la duda de sus superiores—.

Si un capitán de la White Cradle nos vendió desde adentro, imagínese qué ha hecho el gobierno local.

Hubo un silencio al otro lado de la línea.

La lógica de Fer era irrefutable: si la inteligencia había fallado con Ripto, podía haber fallado con todo lo demás.

—El planeta es un nido de ratas.

Y las ratas grandes se esconden bien —dijo Fer.

—Enterado…

—concedió la voz—.

El planeta seguirá considerado SS hasta que haya pruebas tangibles de una amenaza mayor.

Otra cosa, agente…

La prioridad aumenta.

Capturen al ex capitán Ripto con vida.

Necesitamos saber qué más saben.

—Recibido.

Fer cortó la comunicación.

Despegando los dedos de la oreja y, con movimientos lentos y deliberados, se colocó su casco de Chnina, sellando su rostro tras el cristal opaco.

Se giró hacia el Mayor Matsumoto, que seguía mirando las pantallas de estado con el rostro pálido.

—Mayor, inicie la secuencia de aterrizaje para el resto de la flota.

Y avise lo siguiente a las cápsulas—ordenó.

Víctor, sin cuestionar la orden y sin consultarla con su Mayor, asintió con nerviosismo y abrió el canal general.

—Aquí la Blitz a todas las unidades de descenso…

—su voz se transmitió a cientos de receptores que caían a velocidad terminal—.

El planeta tiene consideración de peligro clase SS y en su mayoría está ocupado por fuerzas rebeldes.

No esperen bienvenida.

Intenten reagruparse y llegar al distrito de Modra…

Buena suerte.

UBICACIÓN: Atmósfera media de Elytor-III.

ESTADO: Descenso crítico.

La cápsula de escape vibraba con tal violencia que parecía que los tornillos iban a saltar en cualquier momento.

El rugido del aire rozando el escudo térmico exterior era ensordecedor, convirtiendo el interior en un horno claustrofóbico.

Clifford se aferraba a la barra de seguridad central.

Su armadura negra reflejaba las luces rojas de emergencia que giraban en el techo.

A su alrededor, en los asientos de seguridad, Selene y Lyana permanecían inconscientes, con las cabezas caídas sobre el pecho.

Ripto, esposado y tirado en el suelo de rejilla, se deslizaba con cada sacudida.

—Agente E08252…

—la voz de la sede de la Oprichnina sonó directamente en su oído, cortando el ruido ambiental—.

Actualización de misión de emergencia: El objetivo ha cambiado de prioridad.

Debe capturar y asegurar al ex capitán Ripto con vida.

Prioridad absoluta.

—Recibido—gruñó Clifford.

La turbulencia disminuyó un poco cuando los paracaídas de aire se desplegaron en la atmósfera alta, frenando el aterrizaje.

Clifford aprovechó la estabilidad relativa para quitarse su casco dañado.

Necesitaba aire real, aunque fuera el aire reciclado y viciado de la cápsula.

El cabello negro se le pegó a la frente empapada de sudor; en la comisura de la boca, el lunar oscuro parecía una marca deliberada.

Sus ojos claros, duros no parpadearon.

Se asomó por la pequeña ventanilla circular.

Abajo, el planeta se extendía inmenso y hermoso, una mezcla de verdes salvajes y océanos grises, ajeno a la guerra que le estaba lloviendo del cielo.

Luego, bajó la vista hacia sus pies.

Ripto se movió.

El capitán traidor soltó un gemido de dolor y parpadeó, abriendo los ojos.

Se encontró directamente con la mirada fría de Clifford.

En lugar de miedo, una pequeña risa sarcástica escapó de los labios ensangrentados de Ripto.

Clifford ni levantó una ceja de preocupación.

—¿Crees que estás del lado correcto, chico?

—preguntó Ripto, con la voz rasposa.

Clifford lo miró con desprecio, pero no respondió.

Su silencio fue suficiente respuesta para el capitán.

—A veces…

—continuó Ripto, tosiendo y acomodándose mejor contra la pared de la cápsula—, lo que crees correcto, es lo más incorrecto.

Y en mi caso…

creer que el Imperio lucha por salvar a todas las personas fue mi puto error.

Clifford sintió una punzada de incredulidad que se reflejó en su rostro.

Apretando la mandíbula.

—¿De qué demonios estás hablando?

—preguntó Clifford, bajando la voz para que su amenaza sonara más peligrosa.

Ripto sonrió, una mueca manchada de sangre que no llegaba a sus ojos.

—¿Nunca te has preguntado por qué gente como tú…

puede soportar las mutaciones?

¿Por qué sobreviven al proceso cuando tantos otros mueren al intentarlo?

—Por genética —respondió Clifford de inmediato, repitiendo el dogma que le habían taladrado desde el primer día de entrenamiento—.

Esa es la respuesta.

La compatibilidad biológica.

—En cierto aspecto, sí…

—concedió Ripto, ladeando la cabeza y observándolo como si fuera un espécimen bajo un microscopio—.

Pero viendo tu rostro, dudo que aceptes la verdad completa.

El capitán dejó escapar una pequeña risa seca.

—Sin embargo, algún día la conocerás, Clifford…

Cuando dejes de mirar lo que quieres ver.

Al oírlo decir su nombre, Clifford sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura de la cápsula.

Recordó la mirada del General enmascarado, esos ojos de distinto color clavados en él a través de la esclusa.

—¿Tú le dijiste mi apellido al sujeto de la máscara?

—exigió saber Clifford, acercándose un paso, muy amenazante—.

¿Y tú cómo me conoces?

Ripto se rió de nuevo, cerrando los ojos.

—Él sabe todo de ustedes.

De ti, de los Zorros, de todos.

Si quieres saber más…

deberías buscarlo.

Por otra parte, en uno de los asientos de seguridad, Selene permanecía inmóvil, con los ojos cerrados y la respiración rítmica, simulando seguir inconsciente.

Pero su mente estaba despierta, afilada como una navaja.

Cada palabra de Ripto se grabó en su memoria.

“Mutaciones…

la verdad…”.

Su instinto le decía que esa conversación era más peligrosa que la caída misma.

De pronto, la conversación murió.

¡GRRRAAAAAM!

Un rugido ensordecedor envolvió la cápsula.

La turbulencia se convirtió en violencia pura al golpear las capas densas de la atmósfera.

La gravedad aumentó brutalmente.

Como Clifford se encontraba de pie por la falta de asientos, perdió el equilibrio al instante.

—¡Sujétense!

—gritó, aunque solo uno aparentemente podía oírlo.

Empezó a tambalearse, luchando contra la fuerza G, pero fue inútil.

Un bandazo violento lo arrojó hacia un lado.

Su cabeza impactó con fuerza contra el marco reforzado de la ventanilla y luego rebotó contra el borde metálico de un asiento vacío.

El mundo se le nubló.

Sintió el calor húmedo de la sangre bajando por su frente, cubriéndole el ojo izquierdo y parte de la mejilla, pero se obligó a mantenerse consciente, aferrándose a un tubo de soporte mientras el suelo parecía desaparecer bajo sus pies.

UBICACIÓN: Superficie de Elytor-III.

DISTRITO: Desconocido.

ÁREA: rural.

Por un camino de terracería que parecía tranquilo, bañado por la luz de una tarde nublada que parecía eterna.

El aire olía a tierra húmeda y a hierba extraña.

—¡Te dije que no corrieras!

—regañó una jovencita, sacudiéndose el polvo de su falda—.

¡Daiki!

Ella miró con enojo a aun niño que se le parecía.

Daiki, un pequeño de tez trigueña y pelo corto-negro, ajeno a la molestia de ella, corría en círculos alrededor suyo, riéndose a carcajadas e ignorando sus advertencias.

—¡Eres muy lenta, Hana!

—se burló el niño, sacándole la lengua.

—¡Ey…!

¡Se nos hará noche!—lo regañó otra vez más—.

¡Ya deja de jugar!

—Llegaremos tarde por tu culpa—contestó Daiki burlándose de ella—.

Tú eres la que no corre.

Hana abrió la boca para regañarlo de nuevo, pero el sonido no salió.

Fue ahogado por un silbido agudo que rompió el cielo, como si alguien hubiera rasgado la tela del mundo.

Ambos alzaron la vista.

Una bola de fuego cruzó el cielo a una velocidad aterradora, pasando directamente por encima de ellos con un estruendo sónico que hizo temblar el suelo.

La onda de aire los golpeó como una pared invisible, lanzándolos a ambos hacia la hierba alta al costado del camino.

Hana se levantó rápidamente, escupiendo tierra, y buscó a su hermano con la mirada desesperada.

Lo encontró a unos metros, sentándose y mirando hacia donde el objeto había desaparecido tras la línea de árboles.

—¡Daiki!

—Hana corrió y lo abrazó con fuerza.

Pero Daiki no tenía miedo.

Sus ojos brillaban con una mezcla de asombro y curiosidad infantil.

Inmediatamente se apartó del abrazo de la jovencita y señaló hacia la columna de humo que se elevaba a o lejos.

—¡Hermana!

¡Hermana!

—gritó con entusiasmo—.

¡Hay que ir a ver!

¡Cayó una estrella!

—¡No!

—respondió Hana, con el pánico evidente en su voz, agarrándolo del brazo—.

¡Hay que volver a la aldea!

¡Ahora mismo!

El niño, movido por esa curiosidad invencible, se soltó del agarre de Hana.

—¡Voy a ver!

—gritó, y salió corriendo hacia la vegetación densa, riéndose despreocupado.

—¡Daiki, no!

—gritó Hana.

Al ver que él no hacía caso, Hana maldijo por lo bajo, se armó de valor y se adentró en la maleza tras él, ignorando los rasguños de las ramas en sus brazos.

Corrió guiada por las risas de su hermano, gritándole que regresara, que era peligroso.

Pero el niño era rápido.

De repente, la risa de Daiki se cortó en seco.

Se escuchó un sonido de tropiezo, seguido de un golpe metálico y seco.

—¡Ay!

Hana se detuvo, con el corazón en la garganta.

Justo al llegar al borde de un claro donde la tierra había sido removida violentamente, formando un cráter humeante.

—¡DAIKI!

—gritó al ver a su hermano en el fondo del agujero.

El niño estaba levantándose, sobandose la cabeza y haciendo una mueca de dolor.

Había tropezado y caído por la pendiente del cráter, chocando contra el metal caliente de la cápsula de escape que yacía incrustada en la tierra.

—Estoy bien…

—dijo Daiki, sacudiéndose la tierra de las rodillas—.

Solo me pegué con la cosa esa.

Hana se llevó la mano al pecho, dejando salir un suspiro tembloroso de alivio.

—¡No vuelvas a hacer eso, por favor!

—le gritó, con las lágrimas a punto de salir.

—Eres muy aburrida —se quejó Daiki, mirándola desde abajo—.

Antes solías ser más divertida conmigo.

Hana apretó su blusa con el puño, sintiendo una injusticia del comentario, pero el miedo era más fuerte.

—Sal de ahí, Daiki…

—suplicó—.

No sabemos qué es esa cosa.

Daiki estaba a punto de protestar cuando una sombra cubrió el claro.

El niño levantó la vista, mirando más allá de su hermana, hacia el cielo.

Sus ojos se abrieron de par en par y su boca se quedó abierta.

—Her…

her…

hermana…

—tartamudeó, levantando un dedo tembloroso—.

Mira…

Hana vio la expresión de terror en el rostro de su hermano y se giró lentamente.

El cielo, antes nublado, estaba siendo desgarrado.

Enormes trozos de metal en llamas caían como una lluvia apocalíptica.

Lo que quedaba de la Zona Este de la Blitz estaba entrando en la atmósfera, desintegrándose y convirtiendo el horizonte en un infierno.

El rostro de Hana se cubrió de pánico.

El ruido del bombardeo orbital comenzó a llegar a sus oídos, un rugido lejano que se acercaba.

Rápidamente reaccionó.

No pensó, solo actuó.

Se deslizó hacia el fondo del cráter, llegando hasta Daiki.

Lo cargó en sus brazos, protegiendo su cabeza.

Miró una vez más al cielo, viendo cómo los meteoritos artificiales se hacían más grandes.

—No mires…

—le dijo a Daiki, apretándolo contra su pecho y recargando el rostro del niño en su hombro para que no viera el fin del mundo—.

¡No mires!

De repente, los cerrojos de la cápsula estallaron con un siseo agudo.

Un chorro de gas presurizado salió disparado hacia los costados, levantando una nube de polvo blanco y caliente.

Hana dio un grito ahogado, girándose y retrocediendo a trompicones, con el corazón martilleándole contra las costillas como un pájaro atrapado.

Sus piernas temblaban tanto que apenas la sostenían.

La compuerta se abrió con un chirrido metálico.

De entre el vapor y las sombras del interior, una figura emergió.

Clifford salió tambaleándose, con la armadura negra abollada y la sangre cubriéndole la mitad del rostro.

Al ver a la joven aterrorizada frente a él, se detuvo, sorprendido por encontrar civiles tan cerca.

Pero el mundo no les dio tiempo para presentaciones.

¡BOOOM!

Una explosión en el cielo hizo vibrar el suelo bajo sus pies.

Clifford alzó la vista y sus ojos se abrieron con urgencia.

Los restos de la Zona Este de la Blitz, que habían estado cayendo como una lluvia lenta, comenzaron a detonar en la atmósfera baja, convirtiéndose en una lluvia de meteoritos letal que se dirigía directamente hacia ellos.

—¡Cuidado!—rugió Clifford.

Se lanzó hacia adelante, no para atacar, sino para cubrir.

En dos zancadas llegó hasta donde estaban Daiki y Hana.

La chica, al ver al gigante de metal correr hacia ella, intentó retroceder presa del pánico, pero tropezó con una raíz y cayó sentada de golpe.

Clifford se plantó sobre ellos como una torre.

Levantó su antebrazo izquierdo hacia el cielo y desplegó su escudo de energía al máximo poder.

Una cúpula azul traslúcida se materializó sobre ellos justo cuando el infierno tocó tierra.

El impacto fue ensordecedor.

Fragmentos de metal incandescente llovieron sobre el escudo, estallando en chispas y llamaradas que lamían la barrera energética.

El suelo alrededor del cráter se sacudió violentamente, pero dentro de la cúpula de Clifford, los niños estaban intactos.

El bombardeo duró unos segundos eternos y luego cesó, dejando solo el sonido de la tierra quemada y el zumbido del escudo desactivándose.

El polvo cubrió el claro como una niebla espesa.

Hana tenía los ojos apretados, abrazando a Daiki con tanta fuerza que le dolían los brazos.

—¿Están bien?—preguntó una voz grave, pero extrañamente cálida, rompiendo el silencio.

Hana abrió los ojos lentamente.

El polvo se estaba asentando, y a través de la bruma, vio al hombre que los había protegido.

La luz del sol se filtraba a través del humo, iluminando su armadura y su rostro ensangrentado pero sereno.

Para ella, en ese momento, no parecía un soldado.

—Qué hermoso ángel…—susurró Hana, sin pensar, con la voz llena de asombro.

Clifford parpadeó, confundido por el comentario.

—¿Eh?

La realidad golpeó a Hana de golpe.

Se dio cuenta de lo que acababa de decir en voz alta y su rostro se encendió en un rojo intenso.

Bajó la mirada, avergonzada, incapaz de sostenerle la vista.

Un sonido de arrastre rompió el momento mágico.

El Capitán Ripto, aprovechando la confusión y que Clifford estaba de espaldas, se había arrastrado fuera de la cápsula.

A pesar de estar esposado, se puso de pie y echó a correr hacia la espesura del bosque, intentando escapar.

—¡Se escapa!—gritó Daiki, señalándolo.

Clifford se giró rápidamente, listo para perseguirlo, pero no fue necesario.

Desde la puerta de la cápsula, una mano femenina y enguantada salió disparada.

Selene, aún mareada pero con la puntería intacta, había agarrado una piedra del tamaño de un puño.

Con un movimiento fluido de muñeca, lanzó el proyectil.

—¡A dónde crees que vas!

La piedra voló con precisión milimétrica y se estrelló con un toc seco contra la nuca de Ripto.

El capitán traidor se desplomó de cara en la tierra, inconsciente por segunda vez en el día.

Clifford, sorprendido, se giró hacia la cápsula.

Selene estaba ahí, apoyada en el marco, despeinada y herida, pero con una sonrisa traviesa en los labios.

Le sacó la lengua, como una niña pequeña orgullosa de su travesura.

—Buen tiro—admitió serenamente Clifford.

Daiki ayudó a su hermana a levantarse.

Ambos miraron al hombre de negro con una mezcla de temor y gratitud.

—Gracias…

por salvarnos—dijo Hana, haciendo una pequeña reverencia torpe.

—Era mi deber—respondió Clifford con modestia, restándole importancia mientras se limpiaba la sangre de la frente—.

Hubiera hecho lo mismo sin importar qué.

Selene, que observaba la escena mientras intentaba recuperar el aliento, sintió algo extraño en el pecho.

Ver a ese hombre, que minutos antes había tenido un comportamiento serio casi autoritario, actuar con tanta humildad frente a unos niños, la descolocó.

“Es lindo”, pensó Selene, sintiendo un calorcito en las mejillas.

“Quién diría que el del casco fuera tan lindo”.

Un gemido de dolor vino después desde el interior de la nave.

Lyana salió a trompicones, sujetándose las costillas.

—¡Lyana!—exclamó Selene, olvidando sus pensamientos y corriendo a abrazarla.

Lyana sollozó, dejando salir toda la tensión acumulada.

—Pensé que íbamos a morir…—gimió.

Selene la abrazó más fuerte, y ella se quejó de dolor, pero no se apartó.

Al contrario, devolvió el abrazo, necesitando sentir que su amiga estaba viva.

—Sé que no es un buen momento…—interrumpió Clifford, mirando al cielo con desconfianza—.

Pero debemos salir de aquí.

Esa explosión atraerá atención.

Las dos mujeres asintieron, separándose y secándose las lágrimas.

Clifford se giró hacia los civiles.

—Kaiden Clifford, ese es mi nombre—dijo, presentándose formalmente.

—Selene—dijo la capitana.

—Lyana…—murmuró la francotiradora.

La joven respiró hondo, recuperando la compostura.

—Hana…

mi nombre es Hana Xyrius.

—Y yo soy Daiki—dijo el niño, regalándoles una sonrisa chimuela que contrastaba con el desastre a su alrededor.

El bosque parecía tranquilo a pesar de todo, pero esa paz era una mentira.

El zumbido de motores se escuchó a lo lejos, acercándose rápidamente.

Varios ZH de combate rebeldes aparecieron sobre las copas de los árboles, peinando la zona.

—Atención a toda la población…—tronó una voz amplificada por megafonía desde el cielo—.

Se ha detectado caída de enemigos.

Si encuentran soldados del Imperio, se les solicita que los entreguen de inmediato o serán considerados cómplices.

Hana miró los uniformes grises y negros de sus salvadores.

Sabía perfectamente quiénes eran.

Pero miró a Kaiden, el “ángel” que los había cubierto con su cuerpo, y tomó una decisión.

—Descuiden…—dijo Hana, mirándolos a los ojos—.

Pueden confiar en nosotros.

Conozco caminos que ellos no ven.

En ese momento, el transmisor de Kaiden emitió un chirrido de estática.

—¿Mee…

meeee….

escuchas?….—la voz de Fer luchaba por atravesar la interferencia.

—Son rebeldes, hay que irnos—urgió Lyana, mirando los helicópteros.

Con ayuda de Selene, Kaiden cargó el cuerpo inerte de Ripto sobre su hombro, restándole algo de importancia a la comunicación fallida.

El grupo se adentró en la vegetación densa, guiados por Hana.

Mientras caminaban, Kaiden ajustaba la frecuencia de su comunicador, buscando una señal limpia.

Finalmente, al alejarse de la zona de impacto, la voz se aclaró.

—¿Me escuchas?—preguntó Fer.

—Te escucho…—respondió Kaiden.

—Al fin…—el alivio en la voz de Fer era palpable—.

Rápido…

No tienes tiempo.

¡Dirígete al distrito de Modra lo más rápido posible!

—¿Qué sucede…?—dijo desconcertado—.

Me imaginé que estarías tranquila.

—Lo estaría si los traidores no hubieran filtrado información del personal que iba en la fragata…

Kaiden se detuvo un segundo, helado.

Llegándole una respuesta de inmediato: Clasificado.

—¿Cómo es que tuvieron acceso a información de la Oprichnina?

—No tengo idea—recibió la respuesta de Fer con estática—.

Pero esto confirma que hay traidores de alto nivel.

—¿El gobernador…?

—No lo descarto—su respuesta sonó con mucha más estática—.

Hay muchos implicados, así que ya lo sabes.

—¿Tienes alguien en mente?

—Sin…—la estática aumentó de golpe, muriendo la señal definitivamente.

Kaiden tocó con fuerza su transmisor, frustrado, pero entendió el mensaje: eran presas fáciles.

Acto seguido se volvió hacia el grupo.

—Tenemos que llegar a Modra.

Es nuestra única salida.

Lyana, que cojeaba visiblemente, miró la inmensidad del bosque.

—¿Cuánto tiempo nos tomará llegar allá a pie?—preguntó.

Kaiden intentó proyectar el mapa holográfico de su muñeca, pero solo salió un parpadeo rojo.

—Error de conexión por interferencia—dijo su IA.

—Estamos a ciegas—gruñó.

Hana, que había escuchado la conversación, miró hacia el horizonte, calculando la ruta a través de las montañas y el bosque denso.

—Dos semanas…—dijo la joven con mucha seguridad—.

Aproximadamente dos semanas si no paramos.

Selene abrió los ojos con incredulidad.

—¿Dos semanas?

Pensé que estábamos más cerca.

Kaiden miró a sus nuevas compañeras heridas y al prisionero que cargaba.

El tiempo se les estaba acabando, la distancia era enorme, y los cazadores ya estaban en el cielo.

¿O no?

—Andando—dijo Kaiden—.

No tenemos ni un minuto que perder.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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