LORD OF THE WORLDS: The Bellicose Foxes. - Capítulo 17
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17: Capítulo 15: Sombras de Cacería.
17: Capítulo 15: Sombras de Cacería.
FECHA: 30 de agosto del 2920.
TIEMPO: Cuatro horas después de la caída de la Zona Este.
UBICACIÓN: Base Imperial del Distrito de Modra.
Mientras en el bosque la lluvia comenzaba a mezclarse con sangre, en la seguridad de la base militar de Modra, la única tormenta era política.
El edificio principal del complejo se alzaba impoluto, protegido por escudos de energía y torretas automáticas.
En el exterior, cientos de soldados realizaban ejercicios de rutina, ajenos al desastre que acababa de ocurrir en la órbita.
Pero en el interior, en la sala de juntas del Coronel al mando, el aire estaba viciado por las acusaciones.
—¡Es una incompetencia inaceptable!
El grito del Sargento Mayor Toshiro rebotó en las paredes insonorizadas.
Golpeó la mesa de caoba sintética con el puño, señalando con un dedo acusador al hombre sentado frente a él.
El Mayor Matsumoto permanecía en su silla, con las manos entrelazadas y la mirada fija en el vacío.
Su uniforme estaba impecable, pero sus ojos delataban el cansancio de quien sabe que la guillotina está bajando.
Detrás de él, el Oficial Víctor se mantenía en posición de firmes, aunque sus ojos se movían nerviosamente de un lado a otro.
En una esquina de la habitación, cruzada de brazos y recargada contra la pared, Fer observaba la escena.
Ya no llevaba su casco de Chnina, y su rostro mostraba una mezcla de aburrimiento y cálculo depredador.
A su lado estaba Cedric, que, a diferencia de ella, no podía ocultar su impaciencia.
Su pierna rebotaba contra el suelo, y su mirada se desviaba constantemente hacia los monitores de estado que mostraban “SEÑAL PERDIDA” junto a los nombres de Kaiden, Selene y Lyana.
—Toshiro, baja la voz—ordenó un hombre, que se masajeó las sienes con fastidio y sin levantar la vista de los informes holográficos—.
Me duele la cabeza.
Dicho sujeto era una persona robusta que parecía ocupar dos sillas en lugar de una.
—¡Señor Brank, perdió la mitad de la nave!—insistió Toshiro, viendo su oportunidad de ascender sobre el cadáver profesional de su superior—.
No solo permitió que los rebeldes se infiltraran, ¡sino que ordenó la desconexión manual de la Zona Este!
Eso es negligencia criminal.
O traición.
Matsumoto levantó la vista lentamente.
—Fue una decisión táctica para salvar el resto de la flota—dijo con voz calmada—.
Si no lo hacía, la Blitz entera se habría perdido.
—¡Y convenientemente, los únicos testigos de su fallo, el Capitán Ripto y los traidores, iban en esa sección!—contraatacó Toshiro.
Cedric apretó los dientes.
Quería gritarles que dejaran de hablar de política y enviaran equipos de rescate, pero una mirada de advertencia de Fer lo mantuvo en su lugar.
“Espera”, parecían decir los ojos de ella.
Brank suspiró, cerrando los hologramas con un gesto de su mano.
—Suficiente.
Los hechos no están claros, pero el desastre es evidente.
El Alto Mando exigirá una cabeza, y no será la mía.
Brank miró a Matsumoto con frialdad.
—Mayor Kaito Matsumoto, queda destituido de su cargo y bajo arresto provisional hasta que se complete la investigación de la Oprichnina.
Cedric miró al Mayor.
Esperaba ver miedo, o ira.
Pero Matsumoto solo asintió, con una tranquilidad que resultaba inquietante.
Era la calma de alguien que sabe que el juego no ha terminado.
Toshiro por su parte sonrió, victorioso.
Se giró hacia el escolta del Mayor.
—¡Oficial Víctor!—ladró—.
Póngale las esposas al ex-mayor y llévelo a una celda de aislamiento.
Víctor se quedó helado.
Miró las esposas magnéticas en su cinturón y luego a la espalda de su superior, el hombre al que había servido lealmente durante años.
Dudó.
Su mano se quedó a medio camino.
—¡¿Es que está sordo, soldado?!—gritó Toshiro, disfrutando de su nueva autoridad—.
¡Le di una orden directa!
Víctor tragó saliva, sus ojos brillaron con conflicto.
El silencio en la sala se volvió incómodo.
Entonces, Matsumoto se puso de pie despacio.
Se giró hacia Víctor y le extendió las manos, con las muñecas juntas.
—No te preocupes, soldado—dijo Matsumoto, con una voz suave, casi paternal—.
Hazlo.
Mi inocencia se demostrará a su debido tiempo.
Con manos temblorosas y una expresión de pesar absoluto, Víctor tomó las esposas y las colocó en las muñecas del Mayor.
El clic metálico sonó como un disparo en la habitación silenciosa.
—Lo siento, señor—susurró Víctor.
El Coronel Brank observó la lealtad de Víctor con desconfianza.
Hizo una seña a dos guardias de la policía militar que esperaban en la puerta.
—Acompáñenlos—ordenó Brank—.
Vigilen al oficial Víctor también.
Que no haga nada raro.
Si intenta algo…
tienen permiso para arrestarlo o disparar.
—Sí, señor—respondieron los guardias al unísono.
—Lo siento, señor—susurró Víctor, y el grupo salió de la habitación, dejando un vacío extraño tras de sí.
El Sargento Mayor Toshiro, satisfecho con su pequeña victoria y el espectáculo de poder, se cuadró ante el Coronel.
—Con su permiso, señor.
Tengo una nave que reorganizar.
Brank asintió con desdén, despachándolo con un gesto de la mano.
Toshiro salió, seguido por el resto de los oficiales menores que parecían aliviados de escapar de la atmósfera tóxica de la sala.
Solo quedaron tres personas.
El aire acondicionado zumbaba en el silencio.
Brank se dejó caer pesadamente en su silla, masajeándose el puente de la nariz.
Luego, clavó sus ojos cansados en el único Vexillarius presente.
—Sé que no tengo jurisdicción directa sobre ti, Vice Capitán—dijo Brank, su tono cambiando de autoritario a casi conspirador—.
Pero la situación ha cambiado.
Necesito que tu escuadrón me ayude.
Con la Blitz inoperativa y los rebeldes moviéndose, estamos cortos de efectivos de élite.
Cedric se tensó, cruzando los brazos sobre su armadura.
La petición le sabía a ceniza.
—Señor, lamentablemente mi escuadrón no está completo—respondió con frialdad, sin ocultar su frustración—.
Dos de ellos están perdidos en la selva y los otros dos están en la enfermería, heridos de gravedad.
No somos una fuerza de combate ahora mismo.
Brank suspiró, mirando los informes en su escritorio holográfico.
—Lo sé.
Por eso tendrán tiempo.
No los necesito hoy, pero los necesitaré pronto.
Tienen permiso para recuperarse y esperar a que lleguen los perdidos…
si es que llegan.
Cedric apretó la mandíbula ante la duda implícita, pero asintió.
Necesitaban los recursos de la base.
—En ese caso, estamos dispuestos a ayudar.
Cuando estemos listos.
—Perfecto—Brank esbozó una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
Luego, su mirada se deslizó hacia la mujer recargada en la pared—.
Si me permite, Vice Capitán Zorro…
necesito hablar a solas con Chnina.
Cedric miró a Fer, quien le devolvió una mirada indescifrable.
Sin decir palabra, él hizo una reverencia marcial y salió de la habitación, dejándolos solos.
En cuanto la puerta se cerró, el silencio en la sala cambió de textura.
Se volvió denso, peligroso.
Brank se levantó y caminó hacia el gran ventanal blindado que daba a la pista de aterrizaje, dándole la espalda a Fer deliberadamente.
—¿Quién más está siendo investigado?
—preguntó, sin rodeos.
Fer se despego de la pared y caminó despacio por la sala, rozando la mesa con la punta de los dedos.
—Usted bien sabe que todo el Alto Mando de este planeta y de la flota está bajo la lupa—respondió con una pequeña sonrisa que él no podía ver, pero que seguramente sentía en la nuca.
Brank hizo una mueca de disgusto que se reflejó en el cristal.
Pasaron unos segundos, marcados solo por el sonido de las naves despegando afuera.
—La inocencia llega a una persona cuando hay otra persona disponible para culpar….
¿No?—dijo Brank, mirando su propio reflejo y el de Fer detrás de él.
Era una justificación, una forma de decir que con la cabeza de Matsumoto debería bastar.
Fer se detuvo.
Su sonrisa se volvió gélida.
—Las personas creen mucho en los hechos que tienen más detalles, Coronel—dijo con voz suave y venenosa—.
Aunque estos sean estúpidos y al final no tengan verdad.
Se dirigió hacia la puerta, sus pasos resonando con autoridad.
Puso la mano en el panel de apertura, pero se detuvo antes de salir, lanzando una última daga verbal sobre su hombro.
—La mentira jamás será lo importante, Coronel Brank.
Lo importante es por qué estás mintiendo.
La puerta se deslizó y Fer salió, dejando al Coronel solo con su reflejo y sus secretos.
En el pasillo exterior, Cedric estaba recargado contra la pared metálica, con la mirada perdida en el suelo.
Cuando sintió la presencia de Fer, se enderezó de inmediato.
Ella pasó a su lado sin detenerse, con la vista al frente.
—¿Qué es lo que necesitas?
—preguntó ella, notando que él la seguía con la mirada.
Cedric tragó saliva.
Había estado pensando en esto desde la pelea en la Blitz.
Recordaba la facilidad con la que el General Enmascarado lo había humillado, la impotencia de no poder proteger a los suyos.
Necesitaba más.
Necesitaba ser como ellos.
—¡Por favor, entrene conmigo!
—soltó Cedric, con una determinación que rayaba en la desesperación.
Fer ni siquiera redujo el paso.
Levantó una mano y la agitó en un gesto despectivo de negación.
—Tengo muchas cosas que hacer, niño.
Como para perder el tiempo contigo.
La respuesta fue un golpe seco al orgullo de Cedric, pero la necesidad era más fuerte.
No podía aceptar un no.
La alcanzó y se puso frente a ella, bloqueándole el camino.
—Le ayudaré —ofreció Cedric rápido—.
Con lo que sea.
Sé que estás investigando sola.
Necesitas a alguien que conozca los protocolos militares desde abajo.
Fer se detuvo.
Lo miró de arriba abajo, evaluándolo no como a un soldado, sino como a una herramienta.
Sus ojos azules brillaron con un interés repentino y calculador.
—¿Qué te hace pensar que no conozco a las personas inferiores como tú?
Cedric se quedó atónito, no sabía qué decir.
—¡Lo siento!—bramo él, apretando sus puños de impotencia—.
Usted ya pasó por mi camino…
aún así, déjeme aprender de usted.
—Mmm…
—tarareó ella, ladeando la cabeza—.
Bien.
Acepto.
Cedric sintió un alivio momentáneo, pero la sonrisa de Fer se ensanchó demasiado.
—Pero tengo dos condiciones.
—¿Condiciones?….
—Cedric frunció el ceño—.
Como diga.
La escucho.
Fer levantó un dedo.
—Primero: aparte de ayudarme con las investigaciones, no podrás preguntar o quejarte de lo que haga o pida.
Serás mis ojos y mis manos, pero no mi conciencia.
Levantó un segundo dedo.
—Y segundo…
me darás un poco de tu sangre cuando te lo pida.
El pasillo pareció enfriarse.
—Entendí….
Espera…
¿Mi sangre?
—la miró con incredulidad—.
¿Para qué quieres mi sangre?
—Dije que no harías preguntas —cortó ella, su tono volviéndose afilado.
Cedric dudó.
Era un precio extraño, casi macabro.
Pero la imagen de Lunaria y Krzytof rotos en la camilla, y las de Lyana y Selene perdidas en la selva cruzaron su mente.
Lo que sea necesario, se recordó.
—Trato hecho —dijo, extendiendo la mano.
Fer la estrechó.
Su piel estaba fría.
—Empezamos al anochecer —dijo con una sonrisa juguetona que no auguraba nada bueno—.
Gusto en trabajar contigo.
Bicho raro.
Cedric tenso el cuerpo.
Al instante de terminar, ella siguió su camino, tarareando una melodía suave.
Cedric se quedó allí un momento, mirando su propia mano, preguntándose si acababa de firmar un pacto con el diablo.
Sacudió la cabeza en forma de negación y se dirigió hacia la enfermería.
Mientras caminaba, el peso de la decisión se asentaba en su estómago, mezclándose con la preocupación constante por los que no estaban allí.
El pasillo hacia el ala médica estaba inusualmente silencioso, un contraste agudo con el bullicio de los hangares.
Cada paso de Cedric resonaba contra el metal, un eco solitario que parecía burlarse de su incapacidad.
Al llegar a las puertas automáticas, el olor a desinfectante fuerte y ozono lo golpeó antes de entrar; el aroma inconfundible de la guerra cuando se detiene la acción y empieza la recuperación.
Entró.
La sala estaba en penumbra, iluminada solo por el brillo rítmico y azulado de los monitores de signos vitales.
Cedric caminó entre las filas de camas vacías hasta llegar al fondo.
Ahí estaba su familia.
O lo que quedaba de ella.
La visión le encogió el corazón.
Lunaria, siempre tan ruidosa, tan llena de una ira vital, yacía inmóvil, conectada a máquinas que respiraban por ella.
Su rostro estaba cubierto de parches de regeneración y su ojo sano estaba cerrado en un sueño inducido.
A su lado, Krzytof dormía con el ceño fruncido, pálido como el papel, como si incluso sedado estuviera preocupado por ella.
Cedric arrastró una silla de metal y se dejó caer pesadamente.
Miró sus propias manos, las mismas que acababan de prometer sangre a una desconocida por un poco de poder.
—Maldición…
—susurró, y la palabra se rompió en su garganta.
La impotencia lo inundó.
No había podido protegerlos en la nave.
¿Cómo iba a cumplir la promesa a Lyana en un planeta hostil?
Bzzzt.
Bzzzt.
La vibración en su muñeca rompió su espiral de culpa.
Cedric se frotó los ojos con fuerza y contestó el transmisor.
—¿Me escucha…?
—la voz de Aki sonó al otro lado.
No tenía su tono habitual.
Sonaba tenso, bajito.
Cedric se enderezó, alerta.
—¿Qué pasó, Aki?
—preguntó—.
¿Estás bien?
—Sé que no es un buen momento…
—dijo Aki, dudando—.
Pero tiene que ver algo.
Es urgente.
—¿Ver qué?
—insistió Cedric, frunciendo el ceño.
Hubo una pausa cargada de estática.
—No es seguro dar detalles por el transmisor —susurró, como si temiera ser escuchado—.
Así que venga al almacén N67…
Por favor.
La seriedad en la voz de Aki alarmó a Cedric.
Miró una última vez a sus compañeros inconscientes, dejó salir un suspiro de preocupación profunda y se levantó.
—Está bien.
Iré enseguida.
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