LORD OF THE WORLDS: The Bellicose Foxes. - Capítulo 20
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20: Capítulo 18: ¡PAM!
20: Capítulo 18: ¡PAM!
UBICACIÓN: Bosque de Elytor-III.
TIEMPO: Simultáneo.
Mientras el caos político y sentimental era de lo más tranquilo.
La batalla en el bosque era un caos de movimiento y violencia.
—¡Selene, ve!
—rugió Kaiden.
Selene no dudó.
Aprovechando que Alaric estaba centrado en Kaiden, tocó su pulsera, activando un ajuste automático en sus gemelos.
—Iniciando ayuda sistemática—resonó en su transmisor por su IA—.
Alta velocidad activada.
Este ajuste hicieron que ella saliera disparada hacia la colina, moviéndose como un borrón gris hacia la posición del francotirador.
Alaric intentó interceptarla antes de que lo hiciera con un revés brutal, pero Kaiden se interpuso en la trayectoria.
Plantó los pies en la tierra y levantó su escudo de energía para bloquear el paso del gigante.
Fue un error de cálculo.
La fuerza de Alaric lo superaba.
¡CRAAAAACK!
El puño de Alaric golpeó el centro del escudo con tal potencia que el generador de campo de Kaiden se sobrecargó y estalló.
El escudo se hizo añicos en mil partículas de luz, y el puño siguió su camino, impactando de lleno en el peto de Kaiden.
El aire salió de sus pulmones.
Kaiden sintió cómo sus costillas protestaban y una bocanada de sangre caliente le llenó la boca, manchando su armadura.
Saliendo enseguida despedido hacia atrás, pero logró frenar clavando las botas en la tierra, comprando el tiempo suficiente para que Selene escapara.
En la ladera de la montaña, Selene había logrado llegar en algunos pocos segundos corriendo por su vida y por la de sus compañeros.
Arriba, Isidora gritaba de frustración.
—¡Quédate quieta, maldita sea!
Los disparos de luz llovían alrededor de Selene, carbonizando la vegetación y abriendo cráteres a sus pies.
Pero la capitana era rápida.
Su mutación estaba al límite, sus piernas ardían consumiendo las pocas calorías que le quedaban, pero lograba esquivar la muerte por milímetros.
—¡ESA BASTARDA!
—el grito de Isidora resonó en el valle—.
¡¿POR QUÉ ES TAN RÁPIDA?!
Abajo, la situación de Lyana era desesperada.
Aunque su fuerza física era superior a la de un Vexillarius promedio, sus heridas del accidente la estaban lastrando.
Jarek, en cambio, era un torbellino de acero y velocidad.
Clang.
Clang.
Clang.
Cada vez que Lyana lograba bloquear un ataque con su cuchillo de combate, Jarek respondía con cinco tajos más desde ángulos imposibles.
Jarek reía, pero por dentro, su arrogancia comenzaba a mezclarse con preocupación.
Cuando sus katanas chocaban con el cuchillo de Lyana o con su armadura, sentía una resistencia densa.
“Esta chica tiene bastante fuerza bruta”, pensó Jarek, notando una micro-fisura en el filo de su hoja térmica.
“Mis katanas no aguantarán mucho más si sigo golpeando hueso duro”.
Pero su rostro solo mostraba una sonrisa egocéntrica.
—¡Aburrido!
—gritó Jarek.
Sin perder más tiempo, tomó impulso y se lanzó en una finta.
Lyana levantó el cuchillo para bloquear arriba, pero fue un engaño.
Jarek se deslizó por debajo de su guardia y lanzó una patada brutal a la pierna herida de Lyana.
—¡Ah!
—gritó ella cuando su rodilla cedió, cayendo casi por completo al suelo.
Jarek no le dio respiro.
Giró sobre su eje y conectó una segunda patada, esta vez directa al rostro de la francotiradora.
El impacto fue seco y terrible.
Lyana salió volando, su cuerpo girando en el aire antes de estrellarse contra la tierra a varios metros de distancia.
A unos metros de ahí, Kaiden, que se estaba limpiando la sangre de la boca, se distrajo por el sonido del impacto.
Sus ojos se desviaron un segundo para ver a Lyana salir disparada.
—¡Lyana!
Ese segundo de distracción fue su sentencia.
Alaric, aprovechando la apertura, se movió con una velocidad aterradora para su tamaño.
—Ojos al frente, soldadito —retumbó su voz.
El primer golpe se hundió en el estómago de Kaiden, doblándolo por la mitad y levantándolo del suelo.
El aire se le escapó en un gemido agónico.
Antes de que pudiera caer, Alaric conectó el remate: un derechazo descendente directo al rostro.
Lo que lo hizo salir disparado como una bala humana, trazando una línea recta en el aire hasta chocar violentamente contra el cuerpo de Lyana, que apenas intentaba levantarse.
Ambos rodaron por el suelo, enredados en una masa de armaduras abolladas y dolor, hasta detenerse contra el tronco de un árbol caído.
Durante unos segundos, solo se escucharon sus respiraciones agitadas y quejidos de dolor.
Kaiden intentó enfocar la vista.
Vio las botas de Alaric y Jarek acercándose con un caminar lento y depredador.
—Esto se puso interesante…
—jadeó Kaiden, escupiendo más sangre.
—Sí…
—respondió Lyana, con voz débil, tratando de ponerse de rodillas.
A mitad de distancia, los hermanos se detuvieron.
Alaric cruzó sus enormes brazos sobre el pecho, mirando a los dos imperiales derrotados con una calma absoluta.
—¿Eso es todo lo que puede hacer un miembro de la Oprichnina?
—preguntó Alaric con tanta tranquilidad que resultaba insultante—.
Es algo decepcionante, si me lo preguntas.
Kaiden se apoyó del suelo para ponerse de pie, temblando por el esfuerzo.
—Lastimosamente mi casco se descompuso desde que caímos al planeta y no tengo otro conmigo…
—dijo Kaiden, ganando tiempo—.
¿Tienes algún problema en presentarte antes de matarme?
Alaric sonrió levemente.
—En absoluto.
La cortesía ante todo.
El gigante hizo un pequeño saludo burlón.
—Yo soy Alaric Sylmor.
Él es mi hermano, Jarek —señaló al delgado, que limpiaba sus katanas—.
Mi hermana en la colina se llama Isidora.
Y creo que ya conoces a nuestro hermano menor, Zarbac.
Ah y mi hermana creo que la llaman ustedes como Hunter clase SS, así que…
tal vez somos igual que ella…
Kaiden soltó una risa seca y dolorosa.
—Já…
así que todos ustedes son Hunters…
No sabía que el lunático de la nave tenía hermanos.
Descubrí algo interesante antes de morir.
Alaric negó con la cabeza.
—No tienes que morir hoy.
El gigante dio un paso al frente, extendiendo una mano enorme, no para golpear, sino como una oferta.
—En fin, queremos que tú vengas con nosotros.
Voluntariamente.
Si lo haces…
te prometo que no lastimaremos a los demás.
Ni a tu amiga, ni a los niños.
La propuesta dejó helado a Kaiden.
Miró a Lyana, herida a sus pies.
Miró hacia donde Hana y Daiki estaban tirados.
Sabía la verdad táctica: se necesitaban por lo menos dos escuadrones Vexillarius completos para darle pelea a un solo Hunter de esa clase.
Él era un miembro de la Opri solo, herido, y enfrentaba a dos.
No había forma de ganar esta pelea.
Mientras el dilema paralizaba a Kaiden frente al gigante, en la cima del peñasco la situación había pasado de la persecución a un duelo a muerte.
Selene, con los pulmones ardiendo y las piernas temblando, había logrado llegar a la cima.
Frente a ella, Isidora la esperaba, con el rifle descansando casualmente sobre su hombro y una mirada de puro desprecio.
—Eres un fastidio, ¿lo sabías?
—escupió Isidora, arrugando la nariz—.
Muérete ya.
Nos ahorrarías tiempo a las dos.
Selene, apoyando las manos en sus rodillas para recuperar el aliento, levantó la vista.
A pesar del miedo, esbozó una sonrisa desafiante.
—Já…
Oblígame.
El comentario insolente fue la gota que colmó el vaso.
Isidora chasqueó la lengua con irritación, dio un suspiro cargado de ira y, en un movimiento fluido, apuntó el rifle y disparó a quemarropa.
Selene reaccionó por puro instinto.
Se arrojó al suelo, sintiendo el calor del plasma rozar su cabello.
Rodó y se puso de pie de un salto.
—¿Ya tan rápido me vas a hacer trabajar?
—provocó Selene.
La furia de Isidora estalló.
Con un grito de frustración, arrojó su rifle al suelo.
Llevó las manos a los costados de sus piernas y desenfundó dos nunchakus de metal oscuro que zumbaron al cortar el aire.
—Vamos a ver si sigues tan tranquila, maldita —gruñó Isidora en voz baja.
Se lanzó al ataque.
Su velocidad era aterradora, un torbellino de golpes que buscaban romper huesos.
Pero la reacción rápida de Selene le permitió activar su brazalete; materializando una pequeña vara de metal que, con un chasquido mecánico, se extendió hasta transformarse en una lanza de combate.
El borofeno chocó contra el borofeno.
Selene lograba desviar la mayoría de los impactos letales, girando la lanza como un escudo giratorio, pero la fuerza de Isidora era abrumadora.
Cada golpe que lograba conectar, aunque fuera de refilón, abría cortes en la armadura y la piel de Selene, causándole heridas graves.
—¡VAMOS!
¡VAMOS!
—gritaba Isidora con cada golpe, mientras su ira iba aumentando—.
¡¿QUÉ TE SUCEDE?!
¡¿YA NO ERES TAN RÁPIDA?!
Isidora tomó impulso y, rompiendo la guardia de Selene, conectó una patada brutal en el estómago.
Selene salió disparada, rodando por la tierra hasta detenerse cerca del borde.
Tosiendo y con la vista nublada, Selene se levantó a duras penas, usándo su lanza como bastón para no caer.
—Genial…
—jadeó, escupiendo sangre—.
A mí me tocó la más fuerte.
Isidora se detuvo, ladeando la cabeza con una indiferencia que helaba la sangre.
—¿Ah?
¿La más fuerte?
—Soltó una risa seca—.
Aunque no me guste admitirlo…
yo no soy la más fuerte de los cinco hermanos.
Selene parpadeó, confundida.
—¿Hermanos?…
¿Cinco?…
No te entiendo…
—Y no lo entenderás —dijo Isidora, mirándola ahora con ojos de asesina absoluta.
No hubo más palabras.
Isidora atacó de nuevo, esta vez con una velocidad y fuerza que duplicaban la anterior.
Selene, sin tiempo para usar la lanza, solo pudo desplegar su escudo de energía en un intento desesperado.
Fue inútil.
El escudo se rompió al primer impacto.
El nunchaku siguió su trayectoria y golpeó la cabeza de Selene con un crujido seco.
La sangre salpicó el suelo y Selene cayó pesadamente, oscureciéndose su visión.
Tirada, muy malherida e incapaz de levantarse, Selene miró hacia arriba.
Vio el rostro de Isidora distorsionado por la ira, preparándose para el golpe final.
La única reacción que el cerebro conmocionado de Selene pudo formular fue una pequeña, casi triste, sonrisa.
—Eres muy enojona —susurró.
Eso selló su destino.
Isidora, con los ojos inyectados en sangre, desenfundó su pistola de reacción y apuntó directamente a la frente de Selene.
¡PAM!
*** La tensión se rompió de golpe.
Un sonido seco y brutal resonó en el claro.
No fue una respuesta verbal a la oferta de Alaric.
Fue un golpe.
Aprovechando la confianza del gigante, Kaiden había concentrado toda la energía restante en un movimiento explosivo, conectando un puñetazo devastador en la mandíbula de Alaric.
El gigante, tomado por sorpresa, se desplomó pesadamente contra el suelo, levantando una nube de polvo.
El silencio volvió por un segundo, solo para ser roto por una risa burlona.
—Qué ingenuo eres, hermano mayor.
¡Deberías ser más perfecto, como yo!—Jarek se dobló de risa, señalando el cuerpo caído de su hermano.
Ese ataque sorpresa fue la única respuesta de Kaiden: una negación rotunda y violenta a la propuesta de rendición.
Aprovechando la distracción de Jarek, Lyana vio su oportunidad.
Sacando fuerzas de la nada, se lanzó hacia el espadachín y le propinó una patada giratoria en el pecho con tal fuerza que Jarek salió disparado hacia atrás, estrellándose contra los troncos de los árboles.
—¡Lo hice!
—exclamó Lyana, con voz llena de felicidad y alivio, aterrizando con gracia.
Kaiden, jadeando, la miró.
A pesar del dolor y la sangre, le dedicó una pequeña sonrisa en señal de aprobación.
Luego, su mirada volvió a Alaric.
El gigante yacía inmóvil.
“¿Están inconscientes?”, pensó Kaiden, la duda asaltando su mente.
“¿Realmente son Hunters?
Los noqueamos con demasiada facilidad…”.
Lyana no esperó para averiguarlo.
—¡Los niños!
—gritó, y comenzó a correr hacia donde Hana y Daiki estaban tirados.
Pero antes de que pudiera dar cinco pasos, una voz se escuchó desde la espesura de los árboles, una voz cargada de aburrimiento y veneno.
—Aaah…
¡Qué fastidio!
¡Qué fastidio!
¡QUE FASTIDIO!
Lyana se quedó inmovilizada por el tono de la voz.
Se giró lentamente hacia los árboles.
Apenas tuvo tiempo de ver una silueta borrosa saliendo de las sombras antes de parpadear.
Cuando abrió los ojos, la silueta ya no estaba en los árboles.
Estaba frente a ella.
Era el cuerpo de Jarek, cara a cara con el suyo.
Antes de que Lyana pudiera reaccionar, la mano de Jarek se cerró alrededor de su garganta.
La levantó del suelo con una sola mano, dejándola colgar en el aire mientras ella pataleaba inútilmente.
Jarek la miró a los ojos, ya no había risas, solo una indiferencia aterradora y tranquila.
—¿Ah?
—dijo suavemente—.
No te sientas superior a mí solo por darme un golpe.
Kaiden reaccionó al instante.
El instinto le gritó que se moviera, que la salvara.
Sus músculos se tensaron para lanzarse hacia Lyana, pero antes de que pudiera dar el primer paso, algo inamovible lo detuvo.
Una mano gigantesca se cerró alrededor de su tobillo como un grillete de hierro.
Kaiden miró hacia abajo.
Alaric seguía en el suelo, con el rostro medio enterrado en la tierra por el golpe anterior, pero su agarre era firme, ineludible.
—Eso fue de mal gusto…
—dijo el gigante, con su voz tranquila resonando contra el suelo—.
Recuerda que él no es tu rival.
Yo lo soy.
—¡Suéltame!
—gruñó Kaiden.
Con un tirón violento y desesperado, Kaiden logró zafar su pierna del agarre del gigante.
No perdió ni un microsegundo.
Se impulsó hacia adelante, corriendo hacia Lyana con el corazón en la garganta.
Estaba cerca.
Casi podía alcanzarla.
Pero Jarek lo vio venir.
El espadachín giró la cabeza hacia Kaiden.
Sus ojos, ocultos tras los lentes tácticos, parecían brillar con malicia pura.
Una sonrisa maníaca se dibujó en su rostro, una mueca de triunfo sádico.
—Demasiado lento —susurró Jarek.
Con la mano que le quedaba libre, empuñó la katana térmica restante y, sin dejar de mirar a Kaiden a los ojos, la hundió en el estómago de Lyana.
El sonido fue húmedo y terrible.
La hoja atravesó la armadura y la carne, saliendo por la espalda de la chica.
—¡LYANA!
—el grito de Kaiden desgarró el aire.
Los ojos de Lyana se abrieron desmesuradamente.
Una bocanada de sangre brotó de su boca, manchando el guante de Jarek.
La visión de la sangre de su compañera detonó algo en Kaiden.
Ya no pensaba.
Se arrojó sobre Jarek lanzando un golpe cargado de pura desesperación, buscando destrozarle el cráneo.
Pero el golpe nunca llegó.
Una sombra inmensa lo cubrió.
Alaric, recuperado en un instante imposible, apareció por el flanco.
Lanzó una patada lateral que golpeó a Kaiden en las costillas con la fuerza de un camión de carga.
Kaiden salió volando de nuevo, estrellándose contra los troncos de los árboles con un crujido de ramas y huesos.
Jarek soltó una carcajada estridente, disfrutando del espectáculo.
Con un movimiento cruel, tiró de la katana para sacarla del cuerpo de Lyana, provocándole un nuevo grito de dolor ahogado.
Luego, como si ella no fuera más que basura, la arrojó sin miramientos hacia donde estaban Daiki y Hana.
Después Jarek se limpió la sangre de la hoja en su pantalón y caminó hacia donde Kaiden intentaba levantarse.
—Eres débil —se burló Jarek, su voz destilando veneno—.
¿Qué vas a hacer ahora, eh?
No pudiste salvarla.
Mírala.
Se está desangrando por tu culpa.
Tu culpa.
Las palabras de Jarek resonaron en la mente de Kaiden, pero no como un sonido actual.
Resonaron como un eco del pasado.
El bosque desapareció.
Por un segundo, Kaiden ya no estaba en Elytor-III.
Estaba de vuelta en su aldea natal.
El humo, el fuego, los cuerpos colgando en la entrada.
La impotencia de ser un niño viendo cómo le arrebataban sus sueños.
El odio.
Ese odio frío y absoluto hacia aquellos que roban el futuro de otros, aunque apenas los conozcas.
El temblor en las manos de Kaiden cesó.
Se levantó lentamente.
Tenía la cabeza gacha, el cabello cubriéndole los ojos.
Su respiración se volvió rítmica, pesada.
—Ahora puedo hacer mucho más…
—dijo con una voz apagada, carente de emoción humana.
Apretó los puños con tal fuerza que los guantes de su armadura crujieron.
Levantó la mirada.
Sus ojos ya no mostraban miedo ni duda.
Solo había una ira glacial, una promesa de violencia absoluta.
Jarek dejó de reír.
Dio un paso atrás instintivamente.
En un parpadeo, Kaiden desapareció de su posición.
No corrió; se proyectó.
Antes de que Jarek pudiera levantar su guardia, Kaiden ya estaba frente a él.
Fue una lluvia de golpes.
Izquierda, derecha, al cuerpo, al rostro.
La velocidad era tal que Jarek ni siquiera podía procesar el dolor de un impacto antes de recibir el siguiente.
Para rematar, Kaiden giró sobre su eje y conectó una patada giratoria que mandó a Jarek deslizándose por la tierra, levantando surcos en el suelo.
—¡Infeliz!
—escupió Jarek, tosiendo sangre y tratando de reincorporarse.
Kaiden no le dio tregua.
Se lanzó de nuevo para acabar con él, pero una mano masiva interceptó su puño en el aire.
Alaric estaba allí de nuevo, deteniendo el ataque con la palma abierta.
Su rostro seguía imperturbable.
—Te lo repito —dijo con su voz calmada—.
Yo soy tu rival.
Kaiden no retrocedió.
Sus ojos se clavaron en el gigante.
Con una velocidad inhumana, usó su otra mano para lanzar un ataque sorpresa al pecho de Alaric.
El gigante, tomado por sorpresa por la ferocidad del golpe, se deslizó hacia atrás, perdiendo el equilibrio momentáneamente.
Ese segundo fue suficiente.
Kaiden ignoró al gigante y volvió a centrarse en su verdadera presa: Jarek.
Lo atacó con una brutalidad salvaje.
Jarek, acorralado y con el orgullo herido, logró esquivar los últimos golpes y contraatacó con su katana.
¡ZAS!
¡ZAS!
El borofeno cortó la carne.
Un tajo en el brazo de Kaiden, otro profundo en el pecho que atravesó el blindaje.
La sangre de Kaiden brotó, pero él ni siquiera parpadeó.
El dolor solo parecía combustible.
Kaiden retrocedió un paso, pero no cayó.
Alaric, viendo a su hermano sangrar, intentó acercarse para ayudar.
—¡Jarek!
—¡NO TE METAS!
—le gritó Jarek, con los ojos desorbitados por la furia—.
La misión era llevarlo con vida, ¿no?
¡Es mío!
Alaric se detuvo, obediente, y asintió lentamente.
La respuesta sumisa de su hermano mayor infló el ego de Jarek.
Una pequeña sonrisa narcisista volvió a su rostro ensangrentado.
—Entonces no hay problema —dijo Jarek, tirando su katana al suelo para pelear mano a mano—.
Que le enseñe por qué soy tan perfecto.
El silencio invadió el lugar por unos segundos.
Fue la calma antes de la tormenta final.
Como si estuvieran sincronizados, ambos se lanzaron al ataque al mismo tiempo.
El intercambio fue un borrón de movimiento.
Puños chocando contra carne y hueso.
Pero el resultado de esa pequeña guerra no tardó en definirse.
La técnica perfecta de Jarek no pudo contra la furia concentrada de Kaiden.
Kaiden encontró el hueco.
Uno, dos golpes secos en el estómago que le sacaron el aire a Jarek.
El tercero fue un gancho ascendente directo a la barbilla que hizo crujir la mandíbula.
Los ojos de Jarek se pusieron en blanco.
Antes de que cayera, Kaiden le agarró la cabeza con ambas manos y, con un movimiento brutal, lo azotó contra el suelo.
El impacto dejó a Jarek completamente inconsciente.
—¡HERMANO!
Alaric reaccionó al ver la situación lamentable de Jarek.
Ya no había calma.
Se lanzó hacia Kaiden con una patada descendente capaz de partir una roca.
Kaiden, con los reflejos al límite, notó la sombra del gigante y rodó hacia un lado, esquivando el impacto que hizo temblar el suelo.
Pero no fue lo suficientemente rápido para el siguiente movimiento.
Alaric giró y conectó un puñetazo de revés que golpeó a Kaiden en el costado.
Kaiden retrocedió tambaleándose, con la visión borrosa y el cuerpo gritando de dolor.
Estaba expuesto.
Alaric tenía toda la ventaja para rematarlo, para aplastarlo ahí mismo.
Pero no lo hizo.
El gigante se detuvo.
Ignoró a Kaiden por completo.
Se agachó junto al cuerpo inerte de Jarek y lo levantó en sus brazos con una gentileza que contrastaba grotescamente con su tamaño y fuerza.
Lo acunó como si fuera un niño pequeño.
Se dio la vuelta y llevó a su hermano hacia unas rocas cercanas, recargándolo con cuidado.
—Hermanito…
—murmuró Alaric, acariciando el cabello sucio de Jarek—.
Duerme un poco.
Alaric se levantó lentamente.
Se giró hacia Kaiden.
Su rostro ya no mostraba tranquilidad, sino una confusión genuina, como la de un niño al que le han roto un juguete.
—Ustedes son malos —dijo Alaric con voz suave—.
Jarek solo quería jugar.
Kaiden abrió la boca para responder, para gritarle que ellos habían empezado, que ellos habían apuñalado a Lyana y a los niños.
Pero el sonido no salió de su garganta.
¡BEEEEEEP!
Un pitido agudo y ensordecedor estalló en su transmisor, taladrándole el cráneo.
El sonido era tan fuerte que le hizo zumbar los oídos, obligándolo a llevarse las manos a la cabeza por el dolor, cayendo de rodillas.
El pitido cesó tan abruptamente como había empezado.
La estática se limpió y la voz robótica de su IA, clara y fría, resonó en su casco: “Clifford.
Se ha restablecido la conexión parcialmente fuera de interferencia.
Se ha enviado una señal de auxilio prioritaria debido a sus signos vitales críticos.
Estimación de llegada de apoyo: nueve minutos y contando.”
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com