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LORD OF THE WORLDS: The Bellicose Foxes. - Capítulo 28

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Capítulo 28: Capítulo 23: El Propósito del Dolor.

UBICACIÓN: Aldea Desconocida, Distrito de Zoriana.

TIEMPO: Actual.

Esa misma luz, pero minutos más tarde y despojada de la sangre, caía ahora con calidez sobre los brotes verdes de la aldea.

Los pájaros cantaban ajenos a la guerra y el chirrido de una puerta de madera vieja rompió el silencio matutino. El anciano salió de su casa, ajustándose la ropa de trabajo, listo para iniciar la rutina que había mantenido durante décadas.

Caminó despacio hacia el pequeño establo adyacente. El olor a heno y animal caliente lo recibió. Con movimientos lentos y metódicos, comenzó a ordeñar a sus vacas, escuchando el sonido rítmico de la leche golpeando el fondo del balde de metal. Luego, les sirvió heno fresco, murmurando palabras suaves para las bestias.

Al terminar, tomó los baldes llenos y salió a la luz del día. Se detuvo un momento para estirar la espalda, ignorando deliberadamente la figura oscura que lo observaba.

Kaiden se encontraba recargado en el marco de la entrada del establo. Estaba inmóvil, con los brazos cruzados, proyectando una sombra alargada que contrastaba con la paz del entorno.

El anciano, sin mirarlo directamente, habló con una tranquilidad casual:

—¿Qué tal la noche?

Solo el silencio le respondió. Kaiden ni siquiera parpadeó.

—¿No te comieron los insectos? —insistió el viejo, soltando una risa rasposa y forzada—. Por aquí suelen ser voraces con los forasteros.

Nuevamente, silencio. La falta de respuesta no pareció molestar al anciano, quien acomodó mejor los baldes en sus manos y dio un paso para seguir su camino.

—Dime… —continuó el viejo, mirando hacia el horizonte—, ¿qué es lo que estás planeando hacer aqu…?

—¿Eres un rebelde, verdad? —interrumpió Kaiden.

La pregunta no fue un grito, ni una acusación. Fue dicha con una tranquilidad letal, cortando el aire como una hoja afilada. El anciano se detuvo en seco.

Esta vez, el silencio fue lo único que hubo. Pero ahora, venía de su parte.

Por un rato ese silencio se estiró y tenso, hasta que el viejo suspiró y reanudó su marcha hacia la casa.

—¿Qué te hace pensar eso? —preguntó con calma, sin girarse.

—La tranquilidad que hay aquí —respondió Kaiden, siguiéndolo de cerca, con la mano cerca de su cuchillo—. En medio de la guerra, esto no es normal.

El anciano no respondió. Entró en la cocina de su casa, una estancia rústica con olor a leña quemada y hierbas secas. Con movimientos lentos, vertió la leche recién ordeñada en una olla de cobre sobre el fogón.

Kaiden cerró la puerta tras de sí. El chasquido del cerrojo fue una declaración de intenciones.

En un parpadeo, cruzó la distancia que los separaba. Sacó su cuchillo y presionó la hoja fría contra la nuca arrugada del viejo.

—¿Qué esperas, hijo? —dijo el anciano. Su voz no tembló; ni siquiera dejó de remover la leche.

—…

—Eres un soldado del Imperio —continuó el viejo, como si estuviera hablando del clima—. Tu trabajo es matar al que desafíe a su Majestad.

—Lo sé —gruñó Kaiden, apretando el filo un poco más.

—¿Y por qué no acabas con mi vida de una vez?

—Porque si lo hago, no sabré por qué nos salvaste.

El anciano soltó una risa suave, casi paternal.

—Si esa curiosidad es lo que me mantiene vivo, te lo diré. Los salvé… por el simple hecho de que tú no mataste a esos dos niños en el bosque.

“También porque él me lo ordenó…”, pensó el viejo, guardándose la verdad completa para sí mismo.

Kaiden vaciló un segundo, luego bajó el arma lentamente, aunque no la enfundó. El anciano, sintiendo que la amenaza inmediata había pasado, se giró para mirarlo a los ojos.

—Desde que los viste sabías que eran rebeldes, ¿o me equivoco?

—Sí… —admitió Kaiden—. Y saber que venían de la ciudad donde se inició el levantamiento me lo confirmó.

—¿Y por qué no los mataste?

—Porque no parecían malos. Son solo niños.

—Tienes razón —soltó una risa suave—. Es exactamente lo mismo que pensé de ustedes cuando los encontré desangrándose.

El anciano se volvió hacia la olla. Sacó un frasco pequeño con un líquido ámbar y vertió unas gotas en la leche tibia. Comenzando a mezclarlo con paciencia.

Kaiden, arrastró una silla de madera y se sentó, sin quitarle la vista de encima. Observó los retratos en la pared: fotos viejas, de gente sonriendo en campos de cultivo que ya no existían.

—Tus palabras de ayer fueron erróneas, hijo —dijo el anciano de repente, rompiendo el silencio—. Los rebeldes… no son lo que tú crees. Nuestra lucha no es para perjudicar a la gente. Luchamos para salvarla.

Kaiden soltó un bufido de desprecio.

—¿Salvarla? No me venga con mierda ideológica. He visto y vivido lo que hacen.

El anciano dejó la cuchara y lo miró con seriedad.

—Desde hace seis siglos, el Imperio ha experimentado con los humanos, retorciendo su carne y su mente hasta llegar a lo que tú conoces como “mutaciones”.

—¿Y eso qué tiene que ver con su lucha?

—Todo. ¿Conoces la historia del Primer Emperador y los Catorce Grandes Generales?

La pregunta golpeó a Kaiden en el pecho. Un recuerdo, sepultado bajo años de entrenamiento y dolor, emergió: la voz suave de su madre contándole esa misma historia antes de dormir, antes del fuego.

Apretó los puños, sintiendo una mezcla de nostalgia y rabia.

—Sí —respondió con voz ronca.

El anciano asintió y dejó de mezclar la leche, esperando a que el cuajo hiciera su trabajo.

—Esa historia es la raíz de nuestra guerra.

—¿A qué se refiere?

—Los Catorce Generales no eran personas comunes. Cada uno poseía dones físicos milagrosos: fuerza de titanes, velocidad de relámpago, intelecto superior. Eran dioses caminando entre hombres.

El viejo comenzó a preparar un paño limpio para filtrar el suero.

—Cuando el Primer Emperador murió, sus generales no tardaron en seguirlo a la tumba. Eso marcó el fin de la Era Dorada. Los sucesores eran hombres débiles, comunes. El Imperio se fracturó. Durante siglos, hubo caos, guerras civiles, inestabilidad. Hasta que un día, bajo el reinado de un Emperador desesperado, los planetas comenzaron a exigir su independencia.

Kaiden, que había empezado escuchando con indiferencia, se inclinó hacia adelante. La historia oficial omitía esa parte de la “debilidad”.

—El deseo de poder hace que los hombres tomen decisiones monstruosas —continuó el anciano—. Para salvar su trono, ese Emperador ordenó a sus científicos replicar a los Catorce Generales. Investigaron su ADN, buscaron la “chispa divina”. Experimentaron con miles de sus mejores soldados. Pero todos perecían. Sus cuerpos rechazaban el poder. Las mutaciones los mataban.

Kaiden se levantó. La curiosidad pudo más que su desconfianza. Se acercó a la mesa. El anciano tomó la olla para tirar el suero sobrante, pero Kaiden lo detuvo por instinto.

—No lo tire —dijo, tomando el balde—. Mi madre… ella hacía queso. El suero sirve para el requesón.

El anciano sonrió levemente.

—Tienes buen ojo. Así es. A veces lo que parece desecho, tiene un nuevo propósito.

Puso el suero a hervir de nuevo. El vapor llenó la cocina.

—El Emperador era un inepto —prosiguió el relato, con su voz tornándose sombría—. El pueblo del Planeta Capital se levantó en armas. Tomaron el palacio. El Emperador fue capturado. Lo torturaron durante un año entero. Pero la crueldad humana no tiene límites: para romperlo, torturaron y abusaron de su esposa y su hijo de siete años frente a sus ojos. Al final, decapitaron a los padres y clavaron sus cabezas en picas. El niño lo vio todo.

Kaiden sintió una punzada en el corazón. La imagen de un niño viendo morir a sus padres… era un espejo de su propia vida. Su rostro se oscureció con una ira familiar.

—Tiempo después, las facciones leales recuperaron el control y ese niño roto fue coronado. Pero el trauma y el estrés lo enfermaron. Iba a morir. Como último recurso, un científico propuso inyectarle el suero experimental de una mutación. No tenían nada que perder.

—¿Y sobrevivió…? —susurró Kaiden.

—Milagrosamente, sí. Fue la primera mutación exitosa. —El anciano apagó el fuego. El suero se había separado en grumos blancos—. Esto llevó a los científicos a una conclusión terrible. Intentaron replicarlo en personas con genética similar, pero fallaban. Hasta que el Emperador, ahora un ser de poder inimaginable, ordenó su venganza.

El anciano vertió el contenido en la tela, colando el requesón.

—Ordenó que todos los que participaron en la rebelión fueran cazados. Y que sus hijos sufrieran lo mismo que él sufrió. —El viejo miró a Kaiden a los ojos—. Ese día, el Planeta Capital se ahogó en sangre. Pero en medio de esa masacre, el científico principal entendió la clave. Lo único que diferenciaba al Emperador de los sujetos fallidos no era solo la genética… era el sufrimiento.

Kaiden sintió un frío helado recorrerle la espalda.

—El dolor rompe la mente y abre el cuerpo al cambio. Al descubrir eso, comenzaron a experimentar con niños. Niños torturados, rotos, traumatizados. Y funcionó. Las mutaciones fueron un éxito.

—¡Basta! —Kaiden golpeó la mesa, haciendo saltar los utensilios—. ¡Eso no explica por qué ustedes se rebelaron! ¡No explica por qué ustedes mataron a mi familia!

El anciano no se inmutó por el estallido de furia. Puso el queso fresco en un molde y se limpió las manos con un trapo.

—Los rebeldes no hicimos eso, Kaiden.

Caminó hacia la mesa y se sentó frente al soldado, con la mirada cansada de quien ha visto demasiada muerte.

—Nuestra lucha es porque el Imperio, hasta la fecha, fabrica tragedias. Crean desastres, queman aldeas, orquestan masacres… todo para generar sufrimiento. Para encontrar a los niños que sobreviven al trauma y tienen la genética adecuada. Se los llevan, Kaiden. Los convierten en armas.

El anciano se inclinó hacia adelante.

—Tú eres uno de ellos, ¿no es así?

Kaiden se quedó paralizado. Las piezas del rompecabezas de su vida, la muerte de sus padres, su reclutamiento, su “compatibilidad” con las mutaciones. Empezaron a encajar de una forma horrible.

—Dime… —preguntó el anciano con voz suave—, ¿cuál es tu verdadera razón para pelear? ¿Por quién sangras?

Kaiden abrió la boca para responder, pero la respuesta murió en su garganta.

¡CRACK!

El sonido seco de un impacto rompió la realidad. Un agujero rojo apareció de la nada en el pecho del anciano.

El tiempo pareció ralentizarse. Kaiden vio, con horrorizada claridad, cómo la vida se apagaba en los ojos del viejo mientras caía hacia atrás, derribando la silla.

—¡NO!

A lo lejos, mimetizada entre la densa maleza de una colina cercana, una figura femenina yacía inmóvil como una sombra. Su cuerpo estaba revestido por una armadura de aspecto medieval de color negro mate que absorbía la luz, con un diseño inquietantemente similar desde los pies hasta el casco de los ejecutores imperiales.

Sin embargo, la ausencia de la distintiva capucha carmesí sobre sus hombros delataba su verdadera naturaleza: no era un verdugo de la Oprichnina, sino un espectro militar distinto. Con movimientos calculados, sus dedos enguantados ajustaron la torreta de su rifle de francotirador.

—En el blanco —dijo la voz fría por el comunicador—. Objetivo neutralizado. Un traidor menos. Que inicie la limpieza.

El aire vibró. Un ZH de combate desactivó su camuflaje óptico sobre la aldea, materializándose como un depredador de acero. Los cañones rotatorios comenzaron a girar.

Kaiden se lanzó hacia el anciano, atrapándolo antes de que golpeara el suelo. La sangre brotaba a borbotones, manchando sus manos.

—¡Resiste! —gritó, presionando la herida—. ¡Voy a…!

El anciano le agarró la muñeca con una fuerza sorprendente para un moribundo. Escupió sangre, manchando su barba blanca.

—Todo tiene… —jadeó, con la mirada perdiéndose en un punto ciego—. …un propósito.

—¡Cállate y ahorra fuerzas! —rugió Kaiden, desesperado.

Pero la mano del anciano perdió fuerza y resbaló. Sus ojos se fijaron en un punto invisible, llenos de una paz final.

—Todo tiene… un propósito…

Exhaló su último aliento, y su cuerpo se volvió pesado en los brazos de Kaiden. Afuera, los disparos del ZH y los gritos de la aldea comenzaron a llenar el aire.

La paz había muerto, y la guerra había vuelto para reclamar a su hijo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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