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LORD OF THE WORLDS: The Bellicose Foxes. - Capítulo 29

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Capítulo 29: Capítulo 24: Rango y Sangre.

UBICACIÓN: Cresta boscosa, Perímetro de la Aldea.

TIEMPO: Segundos antes de la ejecución.

El viento de la tarde movía las hojas de los arbustos, pero las figuras escondidas entre la maleza permanecían inmóviles, mimetizadas con las sombras del bosque como depredadores esperando el momento justo.

—Objetivo localizado —susurró una mujer de tras de su placa de cristal opaca de su casco, con el ojo derecho pegado a la mira telescópica de su rifle de largo alcance.

A través de la lente digital, la imagen térmica pintaba el interior de la cabaña de madera en tonos de azul y naranja. Podía ver claramente la silueta de calor de un hombre sentado: el anciano. Había otra firma de calor dentro, más grande y robusta, de pie junto a él.

—¿Estás segura? —preguntó una voz masculina a su lado, arrastrada y melódica, cargada de un aburrimiento absoluto.

Sin despegar el ojo de la mira, la silueta femenina asintió. Mientras que la silueta masculina que portaba la misma armadura que ella, se encontraba de pie, con los brazos cruzados, observando la aldea a simple vista como si fuera un turista decepcionado por el paisaje.

—Es él —confirmó la mujer, ajustando el enfoque milimétricamente—. Coincide con la descripción que nos dio Tobin. La otra firma de calor… parece ser un traidor más.

La silueta masculina asintió, sacudiéndose una mota de polvo imaginaria de su manga.

—Bien. Hazlo —ordenó con una frialdad que helaba más que el viento—. Recuerda que nos asignaron a este lugar por órdenes de ella. No quiero perder más tiempo en este basurero. Odio el olor a campo.

La mujer esbozó una media sonrisa cruel dentro del interior de su casco. Inhaló profundamente, ralentizando su ritmo cardíaco hasta que el mundo se redujo a una cruz en su visor. En la mira, el anciano se inclinó hacia adelante en su silla.

Era el momento.

—Buenas noches…

Su dedo acarició el gatillo y presionó.

El rifle liberó el proyectil con un zumbido sordo, una muerte supersónica que cruzó la distancia en un parpadeo. En la pantalla digital, la firma de calor del anciano se desplomó hacia atrás violentamente.

—Blanco abatido —confirmó ella, sintiendo esa descarga eléctrica de satisfacción que solo la muerte le brindó.

Se llevó la mano al la altura de su casco para tocar el transmisor exterior.

—Aquí Astrid… Un rebelde menos… que inicie la operación.

El cielo sobre la aldea respondió. El camuflaje óptico de un helicóptero de combate ZH se desactivó con un chirrido eléctrico, y el rugido de los motores descendió sobre las casas como una tormenta de metal. Desencadenado a su vez ráfagas de disparos.

—Andando —dijo el hombre, comenzando a caminar colina abajo con paso tranquilo—. Amaris, Yvaine… asegúrense de que griten. Necesitamos nombres.

Otras dos siluetas femeninas cubiertas igual en su totalidad esperaban detrás, asintieron en silencio, jugando con sus cuchillos, y siguieron a el que parecía su capitán hacia la matanza.

UBICACIÓN: Interior de la Cabaña.

TIEMPO: Actualidad.

—¡Cállate y ahorra fuerzas! —el grito de Kaiden aún resonaba en las paredes de madera.

Pero el silencio que siguió fue absoluto. El cuerpo del anciano se volvió inmensamente pesado en sus brazos. Sus ojos, fijos en un punto invisible, ya no veían el techo de la cabaña, sino algo mucho más lejano.

—¿Anciano? —susurró Kaiden.

No hubo respuesta. La sangre caliente empapaba sus manos, manchando su armadura recién activada. La rabia comenzó a bullir en su estómago, caliente y ácida, pero no tuvo tiempo de dejarla salir.

¡PUM!

La puerta principal de la casa voló en pedazos, arrancada de sus goznes por una patada brutal.

Kaiden levantó la vista, con los dientes apretados, listo para saltar. Pero antes de que pudiera moverse, tres punteros láser rojos bailaron sobre su pecho y su frente.

—¡Quieto! —bramó una voz distorsionada por un cubrebocas metálico.

Varios soldados con equipo de asalto irrumpieron en la pequeña cocina, rodeándolo en un semicírculo perfecto. Sus rifles no temblaban.

—¡Manos donde pueda verlas! —gritó otro soldado—. ¡Un movimiento y te vuelo la cabeza!

Kaiden observó la vestimenta. Notando de inmediato que no podría con esas personas, aunque no por debilidad. “¡Imperiales!” Dedujo al reconocer el equipo especial pero anticuado del Ejército Planetario.

Al mismo tiempo, el sonido de cristales rotos vino de la habitación contigua.

—¡Lyana! —gritó Kaiden, intentando levantarse.

—¡No te muevas! —Un soldado le propinó un culatazo en el hombro, obligándolo a quedarse de rodillas junto al cadáver.

Desde la otra habitación, se escuchó un forcejeo breve. Segundos después, dos soldados más arrastraron a Lyana hacia la sala principal. Ella tenía la mirada desenfocada, acababa de levantarse de la cama, y un soldado le torcía el brazo a la espalda mientras le apuntaba a la sien.

—Zona asegurada —reportó uno de los soldados por el transmisor—. Dos objetivos capturados.

Kaiden miró a Lyana. Ella le devolvió la mirada, pálida pero desafiante.

—Parece que despertaste —susurró Kaiden, con una mezcla de alivio y culpa.

—Lo siento… —respondió ella con una voz ronca, pero con un toque de su humor habitual—. Me tomé mi tiempo.

—Sáquenlos —ordenó el líder del escuadrón—. El Capitán quiere ver lo que pescamos.

Fueron arrastrados fuera de la casa a empujones. El aire fresco de la mañana había sido reemplazado por el olor a ozono de los motores del helicóptero que flotaba sobre la aldea y el humo de las primeras casas ardiendo.

Los obligaron a arrodillarse en la tierra, frente a la entrada.

Los gritos de los aldeanos llenaban el aire. Familias enteras estaban siendo sacadas de sus hogares a punta de rifle. El llanto de los niños era un coro desgarrador que taladraba la mente de Kaiden.

—Vaya, vaya… —una voz melodiosa y arrogante cortó el caos.

Desde la entrada de la aldea, tres figuras caminaban hacia ellos. No corrían, no se cubrían. Caminaban con la confianza de los dioses.

Las figuras de los flancos eran de complexión femenina, idénticas en altura y movimiento. Pero el del centro… era un hombre que iba con el rostro descubierto, con el casco similar al que Kaiden se le descompuso, sosteniéndolo con su cadera.

Tenía el cabello negro y corto, perfectamente peinado a pesar del viento de los rotores. Su rostro era de una belleza casi insultante, con rasgos finos y una piel impoluta.

Se detuvo frente a Kaiden y Lyana, mirándolos desde arriba como quien mira basura interesante.

—Así que… al no conseguir entrar a la rama Phantom, decidieron unirse a los rebeldes —dijo el hombre, chasqueando la lengua—. Qué bajo han caído, aspirantes.

Kaiden sintió un chispazo de reconocimiento. Esa voz. Esa cara. Sabía quién era, pero el hombre no parecía recordar quién era Kaiden o tal vez si lo sabía.

Sin pensarlo, y al acercarse lo suficientemente, Kaiden se impulsó desde el suelo con una velocidad explosiva.

—¡No te muevas! —gritaron los soldados, quitando el seguro de sus armas.

Pero Kaiden fue más rápido que el miedo.

En un movimiento fluido, se deslizó bajo la guardia del “hombre lindo”. Antes de que las otras dos figuras que lo acompañaban pudieran reaccionar, Kaiden ya estaba de pie detrás de él.

Había desenfundado la propia pistola de reacción del hombre y ahora el cañón frío estaba presionado firmemente bajo su barbilla perfecta.

El ambiente se congeló. Los soldados apuntaron a Kaiden, pero nadie disparó.

—A ti te conozco… —susurró el sujeto, con la voz temblando ligeramente, sus ojos intentando mirar hacia abajo—. Pero de dónde…

Kaiden apretó el cañón contra la mandíbula, obligándolo a levantar la cabeza. Torció un poco el cuello, para dejar ver su capucha sostenida alrededor de su cuello. Algo innecesario ya que era demasiado obvio.

—¿Ya me recuerdas? —preguntó Kaiden con una seriedad mortal al oído del hombre.

La confianza en el rostro del sujeto se desmoronó, reemplazada por una sorpresa absoluta al reconocer o fingir no reconocer la armadura similar a la suya, la velocidad, la brutalidad.

—Mis disculpas, Agente —dijo, con una calma que daba miedo—. No lo reconocí sin su… elegancia habitual. Bajen las armas.

Kaiden mantuvo la pistola en su sitio un segundo más, obligándolo a respetar el rango, antes de bajarla lentamente y dar un paso atrás.

Tocó su transmisor, activando la frecuencia abierta para que todos los presentes lo escucharan.

—Soy el Agente Clifford, de la Oprichnina —anunció con voz gélida—. Creo que es lo único que necesitan saber… ¿O me equivoco?

El efecto fue inmediato.

Como si una mano gigante los hubiera aplastado, todos los soldados bajaron sus armas. Las dos mujeres que acompañaban al hombre, Amaris e Yvaine, se cuadraron de inmediato junto a su capitán, pidiendo perdón en silencio.

A lo lejos, en la colina, Astrid observaba la escena a través de su mira. Apretó los dientes con tanta fuerza que le dolió la mandíbula.

—¡Ese infeliz! —siseó con coraje—. ¡¿Qué demonios está haciendo él aquí?!

Mientras tanto, en la colina opuesta.

Selene se había quedado paralizada. Había visto el helicóptero descender, había visto a los soldados con los uniformes del Imperio rodear la casa. Aunque no vio por fortuna lo que pasó primero.

Una sonrisa de alivio iluminó su rostro cansado después de haber llegado de pastorear al ganado por la mañana. Se giró hacia los pocos aldeanos que la habían acompañado, ignorando su propia fatiga.

—¡Son del Imperio! —exclamó con entusiasmo—. ¡Ya están a salvo! ¡Han venido a rescatarnos!

Pero la respuesta que recibió no fue de alegría.

Los aldeanos la miraron con ojos llenos de terror y odio. Algunos retrocedieron, alejándose de ella como si tuviera una enfermedad contagiosa.

—¿A salvo? —murmuró una mujer, abrazando a su hijo—. Ellos son la muerte.

La sonrisa de Selene vaciló. No entendía. Eran los buenos. Eran sus compañeros.

—Vamos —dijo, tratando de convencerse a sí misma—, bajemos. Lyana y Kaiden están ahí.

El grupo bajó la colina, pero el ambiente era fúnebre.

Cuando llegaron a el centro de la aldea, la realidad golpeó a Selene como un puñetazo.

Vio los cuerpos.

No eran rebeldes armados. Eran granjeros. Eran los hombres que le habían dado los buenos días.

Vio a Lyana ahora de pie, pálida y débil, junto a Kaiden. Selene corrió hacia ella, ignorando a los soldados que la miraban con sospecha.

—¡Menos mal que estás bien! —gritó Selene, abrazando a Lyana con desesperación—. ¡No sabes lo preocupada que estaba!

Lyana se dejó abrazar, pero su cuerpo estaba rígido.

—Selene… —susurró Lyana—. No es momento para eso.

Selene se separó, limpiándose las lágrimas.

—¿Por qué eres tan fría? —preguntó, dolida—. Estamos a salvo.

Lyana no respondió. Solo movió los ojos, señalando sutilmente el entorno.

Selene siguió su mirada. Vio a los soldados imperiales golpeando a un hombre que intentaba proteger su casa. Vio las llamas que apenas empezaban a consumiendo el establo del anciano. Vio los cadáveres de las personas que los habían alimentado y curado.

Su rostro se dibujó en incredulidad.

Iba a gritar. Iba a protestar. Iba a preguntar qué demonios estaba pasando. Pero una mano fuerte le agarró el hombro. Kaiden estaba a su lado. Se inclinó y le susurró al oído con una voz que no admitía réplica:

—Si no quieres ser considerada traidora y quieres ver a tu hermana algún día… no te atrevas a verte sentimental enfrente de estas personas.

Selene tragó saliva. Miró a los ojos de Kaiden y vio una advertencia oscura.

—Para estos soldados —continuó Kaiden—, ellos no son personas. Son rebeldes.

En ese momento, Selene entendió por qué los aldeanos no habían sonreído. Agachó la cabeza, sintiendo que algo se rompía dentro de ella, y se quedó inmóvil, convertida en una estatua de obediencia.

—Señor —dijo el sujeto lindo, acercándose a Kaiden con una humildad falsa, recuperando la compostura—, este helicóptero los llevará a la base militar del distrito… Sabíamos de su extravío, pero no pensábamos encontrarlo aquí.

Kaiden lo miró en silencio. Un silencio pesado y conflictivo.

La historia del anciano sobre el Imperio creando sufrimiento resonaba en su cabeza mientras veía el sufrimiento en vivo y en directo.

El helicóptero comenzó a descender completamente. Selene y Lyana subieron primero. Selene con la cabeza gacha, sintiendo la impotencia quemándole la garganta al escuchar los lamentos. Lyana quería consolarla, pero sabía que cualquier gesto de simpatía hacia los aldeanos sería su sentencia.

Kaiden las siguió, pero se detuvo en la rampa. Se aseguró de que ellas no pudieran oírlo y se giró hacia el hombre.

—¿Qué es lo que les ordenaron? —preguntó, señalando al pueblo con la cabeza.

El hombre sonrió, una sonrisa perfecta y vacía.

—Tenemos entendido que hay personas involucradas con los rebeldes, señor. Esos serán castigados ejemplarmente. Y una vez asegurada la aldea… llevaremos a los inocentes a “refugios”.

Una pauta de silencio fue todo lo que dijo Kaiden. Regresando a su camino para abordar el ZH segunda después.

Dentro de una de las casas cercanas, se escuchó un grito infantil. Hana y Daiki habían sido descubiertos intentando esconderse. Fueron sacados a la fuerza a la calle. Un soldado agarró a Daiki y otro a Hana, arrastrándolos en direcciones opuestas.

—¡Hermana! ¡Hana! —gritaba el niño.

—¡Déjenlo! ¡Daiki! —lloraba ella.

Desde la ventanilla del helicóptero que se elevaba, Lyana y Kaiden vieron el momento exacto en que los hermanos fueron separados.

Los llantos desgarradores llegaron hasta ellos, afectando a Lyana visiblemente.

Kaiden mantuvo su rostro en una máscara de indiferencia, tal como había ordenado, pero por dentro, su corazón se sentía apretado, como si una mano invisible lo estuviera estrujando.

Abajo, el hombre lindo contempló cómo el helicóptero se alejaba con una sonrisa falsa pegada en el rostro.

Por la entrada de la aldea, Astrid caminaba hacia él con el rifle sobre los hombros, con el paso relajado de quien ha cumplido su deber.

—¿Qué es lo que vamos a hacer, capitán? —preguntó ella, mirando el polvo que levantaba la nave, con un rencor evidente en la voz.

El sujeto suspiró, borrando la sonrisa. Se giró hacia la otra silueta femenina de nombre Amaris.

—Amaris… tortura a quien sea necesario. Quiero saber qué hacía la Opri aquí realmente. Nadie sobrevive a un accidente así por casualidad.

Amaris asintió y se quitó el casco, revelando una cascada de cabello castaño y una piel blanca y perfecta.

—Enterado. Yvaine… necesito tu ayuda.

Yvaine asintió sin decir palabra y ambas se dirigieron hacia el grupo de aldeanos aterrorizados.

—¿Y yo? —preguntó Astrid —. ¿Qué quieres que haga?

El hombre la miró de arriba abajo, con unos ojos lascivos que hacían que incluso ella se sintiera sucia.

—Tú vienes conmigo —dijo Thailon, ajustándose el cuello del uniforme—. Tengo… estrés que liberar.

Astrid apretó el agarre de su rifle, tensando los nudillos, pero asintió.

—Enterado… Thailon.

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・・・✦・・・

“El universo no es cruel, ni es justo. Simplemente es indiferente a tus gritos.”

— Principio de la Realidad.

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Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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