LORD OF THE WORLDS: The Bellicose Foxes. - Capítulo 5
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- Capítulo 5 - 5 Capítulo 3 El Inicio de la Fiesta
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5: Capítulo 3: El Inicio de la Fiesta.
5: Capítulo 3: El Inicio de la Fiesta.
2 AÑOS Y 7 MESES DE HIBERNACIÓN…
UBICACIÓN: Sistema Solar Wia.
TIEMPO DE LLEGADA: 3 meses, 2 días, 05:56 minutos y contando.
—¡ALERTA DE INJERENCIA!
—bramaron las alarmas, una voz sintética que rasgaba el tímpano—.
¡NIVEL 3!
¡ZONA ESTE COMPROMETIDA!
La cápsula de Cedric se abrió con un silbido agónico de descompresión de emergencia.
El gel criogénico se escurrió por los drenajes del suelo, dejándolo empapado, tiritando y cubierto de una película viscosa.
Su mente aún flotaba en el limbo negro, incapaz de conectar con sus extremidades.
—¡Ey…!
¡Despierta!
—gritó una voz lejana, distorsionada por el zumbido en sus oídos—.
¡Despierta, por favor!
Sintió que lo sacudían.
Abrió los ojos apenas una rendija.
Todo era borroso y rojo.
Tenía la cabeza apoyada en algo suave.
Los muslos de Lyana.
Ella lo miraba desde arriba, con el rostro pálido y el pelo pegado a la frente por el gel.
—¿Aún nada?
—preguntó Selene con impaciencia, ajustándose el brazalete de la armadura con un clac metálico.
Lunaria, que terminaba de ajustarse el guantelete derecho con furia, miró la escena con fastidio —Hazte a un lado —gruñó.
Se acercó y, sin previo aviso, le propinó una patada seca en el esternón.
—¡Gah!
Cedric se dobló como una navaja.
Escupió restos de gel y aspiró aire con desesperación, como si saliera de ahogarse en el fondo del mar.
El dolor agudo en el pecho lo trajo de vuelta a la realidad de golpe.
—¡Bien!
—Lunaria se sacudió las manos—.
¡Enlístate y larguémonos de aquí!
—Eres un ogro, ¿lo sabías?
—dijo Krzytof, poniéndose los lentes con dedos temblorosos.
Lunaria levantó un puño sin mirarlo.
—Y por eso eres increíble.
Cedric se levantó tambaleándose, apoyándose en el borde de la cápsula.
El cuarto estaba bañado en luces rojas estroboscópicas que mareaban.
—Llegaste tarde —susurró Lyana a su lado, limpiándose los ojos llorosos con el dorso de la mano.
Cedric quiso responder, pero tenía la garganta seca como lija.
Solo asintió.
—Andando…
—ordenó Selene, verificando que su equipo estuviera sellado—.
Nos movemos a la cabina de mando.
Salieron al pasillo al tener todos activados su armadura.
El cambio era atroz.
El corredor inmaculado y silencioso de hacía tres años ahora parecía la garganta de una bestia herida.
Las luces de emergencia teñían todo de sangre.
En el suelo, había un rastro de manchas oscuras y viscosas.
Aceite…
o algo orgánico.
—¿Mayor Matsumoto?
¿Me copia?
—llamó Selene al transmisor.
Solo hubo estática y un chillido agudo de interferencia.
—Atentos.
Silencio —ordenó ella al escuchar un sonido por el pasillo.
Avanzaron en formación, pegados a las paredes.
A medida que caminaban, las manchas en el suelo aumentaban y las marcas de quemaduras de láser en las paredes contaban una historia de violencia reciente.
—¿Sabotaje?
—murmuró Krzytof, mirando un panel destrozado.
—Rebeldes —sentenció Selene.
Llegaron a la zona de la cabina de mando.
Allí, el orden se mantenía a duras penas, una isla de control en medio del caos.
Al final del camino, se toparon con una doble puerta blindada, custodiada por dos soldados con equipo táctico completo y un parche blanco de libélula en los hombros.
Al ver a los Zorros, bajaron las armas y la puerta se abrió automáticamente.
La cabina era un hervidero de actividad contenida.
Consolas parpadeando, hologramas de daños estructurales girando en el aire y personal gritando coordenadas.
Pero lo que dominaba la sala era el gran ventanal.
Afuera, el espacio no estaba vacío.
Estaba sucio.
Escombros flotantes, restos de naves y destellos lejanos de explosiones llenaban el vacío.
Un escenario de guerra total.
—Zorros…
—dijo el Mayor Matsumoto que parecía haberse percatado de su entrada sin girarse, dándoles la espalda mientras contemplaba el desastre.
Estaba en el centro de la tormenta, inmóvil—.
Necesito su ayuda.
Selene juntó los pies y puso los brazos al frente en posición de firmes.
Los demás la imitaron, con las manos atrás.
—Estamos a sus órdenes, señor —dijo ella, levantando la barbilla.
Matsumoto se volvió.
Parecía haber envejecido diez años en esos tres años de sueño.
Tenía ojeras profundas y el uniforme arrugado.
—No tengo jurisdicción plena sobre ustedes.
Lo sé.
Pero…
—tragó saliva y su voz titubeó un instante—.
Necesito que recuperen la Zona Este de la Blitz.
—No se preocupe —dijo Selene en voz baja, con una sonrisa fría que no llegaba a sus ojos—.
Nosotros nos encargaremos.
—Matar es nuestro trabajo, ¿eh?
—murmuró Krzytof.
Lunaria, que estaba a su lado, le dio un golpe corto pero potente en las costillas con el codo.
Krzytof se tragó el quejido por respeto al Mayor, pero se dobló un poco.
—Debido a que nuestro arsenal no es el de una nave de guerra —dijo Matsumoto, apretando ligeramente su puño derecho sobre la consola—, el oficial Víctor les proporcionará lo poco que nos queda.
Hizo un gesto con la mano izquierda.
Víctor entró a la cabina por una puerta lateral, seguido de dos soldados que cargaban una caja metálica negra.
—Señor —asintió Víctor al ver a su mayor, y luego miró al grupo—.
Zorros.
El escuadrón devolvió el gesto.
—Bien —dijo Selene, acercándose a la caja—.
Tomen un arma y nos dividiremos en tres.
Víctor abrió la caja.
Adentro, sobre espuma gris, descansaban cinco pistolas de un calibre inusual.
Eran de un material negro grisáceo mate, sin marcas de fabricante, con empuñaduras ergonómicas y cañones finos como agujas.
Pistolas de reacción.
Los Zorros tomaron una cada uno.
Lunaria sopesó la suya en la palma de la mano, jalando la corredera para verificar la carga.
—La Zona Este es grande —comentó, guardando la pistola en el cinto—.
¿Cómo nos dividimos?
—Tú y Krzytof irán al Sector C —instruyó Selene, ajustando la interfaz de su pulsera—.
Cedric y…
—Yo iré al B —interrumpió Cedric, cargando su arma con un movimiento seco.
Selene dejó de ajustar sus artefactos.
Lo miró fijamente.
El silencio se estiró unos segundos, tenso.
—Lyana y yo iremos al Sector A —decidió ella finalmente, rompiendo el contacto visual y mirando al Mayor—.
¿Cuáles son las prioridades?
—En el Sector A, recuperar y asegurar las salas de suministro y la de neonatos —respondió Matsumoto, mirando a Selene a los ojos—.
En el C, las salas de investigación y la armería secundaria.
Matsumoto giró la cabeza y miró a Cedric.
—Y en el sector del “prodigioso”…
es el rescate de los civiles y el personal atrapado.
Las palabras del Mayor hicieron que Cedric apartara la vista, centrándose en ajustar sus propias pulseras con demasiada atención.
“Idiota”, se dijo a sí mismo.
—Bien…
terminen de ajustar sus pulseras —dijo Selene, ignorando la incomodidad de Cedric.
El resto de los Zorros obedeció en silencio.
—Andando —ordenó Selene con calma.
Cedric dio un paso y se adelantó al grupo, ansioso por salir de ahí.
—No hagas nada tonto —le susurró Lyana al pasar junto a él.
—Llegaré a tiempo si me necesitas —respondió él sin mirarla.
Ella agachó la mirada, y un leve color rojo le subió a las mejillas en medio del caos.
Al salir de la cabina de mando, cada uno tomó caminos distintos.
Cedric caminó hacia el Sector B.
El pasillo estaba desierto, pero el aire olía a pánico rancio y plástico quemado.
Caminó por unos minutos sin ninguna novedad.
Solo desorden: carros de limpieza volcados, papeles regados en el suelo y luces parpadeantes.
“Qué tranquilidad”, pensó, antes de ver el arco de entrada con la letra B pintada en el mamparo.
Activó su transmisor.
—Aquí Cedric…
—tocó el dispositivo con la mano derecha, mientras su izquierda sostenía su pistola—.
Entrando al Sector B de la Zona Este.
—Recibido…
Lyana y yo acabamos de entrar al A —informó Selene, su voz clara y profesional.
—Lunaria y el idiota de Krzytof, también —se escuchó por el canal de Lunaria, con un siseo de interferencia.
—¡¿Ah?!
¡¿A quién llamas idiota?!
—bramó Krzytof de fondo.
Cedric sonrió levemente al escucharlos pelear.
Era el único sonido familiar en medio del infierno.
Cruzó el umbral.
Dentro del Sector B, el silencio era aún más denso.
Cada paso de sus botas sonaba como un golpe de martillo contra el vacío.
El pasillo era un cementerio metálico.
Cuerpos de tripulantes en el suelo, casquillos esparcidos como confeti de latón y las paredes salpicadas de patrones abstractos de sangre seca.
Cedric avanzó despacio, con la sutileza de un depredador que no quiere despertar a un monstruo mayor.
Al pasar frente a una habitación administrativa marcada como B73 sin puerta, un sonido seco lo detuvo.
Algo había caído al suelo.
Se giró en un movimiento fluido, apuntando con su pistola.
—Sal de ahí —ordenó, firme pero sin gritar.
Nada respondió al principio.
Solo el zumbido de una lámpara rota.
Luego, una cabeza emergió de debajo de un escritorio volcado.
Un hombre con las manos levantadas y la mirada llena de terror puro.
—¡No dispares!…
¡Soy imperial!
Cedric bajó el arma apenas unos centímetros, manteniendo la vista fija en él.
El uniforme blanco del hombre estaba rasgado y ennegrecido por el hollín; apenas reconocible.
—¿Nombre?
—preguntó.
—Aki Licht…
Capitán de élite, de las fuerzas guardianas de la Blitz —respondió, sin aliento.
—¿White?
—preguntó Cedric, refiriéndose a su afiliación.
Aki asintió frenéticamente.
Cedric lo observó unos segundos, entrecerrando los ojos.
Había visto ese rostro antes.
En la sala de hibernación, justo antes de que el gel lo cubriera.
Era el hombre de la sonrisa extraña, el que parecía estar disfrutando el momento.
Ahora no sonreía.
Parecía un niño perdido en una casa embrujada.
—Deberías estar con el resto de tu unidad —dijo Cedric con frialdad.
—Sí, señor.
—Aki tragó saliva, temblando—.
Pero estoy buscando a mi prometida.
Ella se encontraba en este sector antes de que colapsara la comunicación.
—¿Sabes dónde está?
Aki asintió por segunda vez.
—Con el resto de los rehenes, señor —sus ojos se llenaron de lágrimas—.
Los tienen en el almacén.
Cedric permaneció en silencio.
Evaluó al hombre: estaba asustado, sí, pero tenía un motivo para pelear.
—¿Sabes usar un arma, “Capitán”?
—preguntó Cedric —Sí…
sí, claro.
Le lanzó su pistola de reacción.
—Tómala.
Seguro desactivado.
No te dispares en el pie.
Aki atrapó el arma en el aire, torpemente, casi dejándola caer.
—¿Voy con usted, señor?
—Si te quedas aquí, te matan.
Si vienes conmigo, tal vez te maten más tarde.
Tú eliges —suspiró levemente.
Aki tragó saliva.
—Estoy bajo sus órdenes, señor.
—Otra cosa…
—hizo una pausa, analizando esa última palabra que le causó desagrado—.
No me llames “señor”.
—¿Entonces cómo le digo?
—Cedric, basta.
Cedric activó su pulsera.
La nanotecnología zumbó y la espada negra se materializó en su mano izquierda.
—Si quieres encontrarla, primero tienes que tener algo con qué defenderte.
Aki lo miró unos segundos, desconcertado por el cambio de tono, pero aferró el arma como si fuera un salvavidas.
—Entonces…
¿voy contigo?
—Hasta nuevo aviso.
—Cedric avanzó sin esperarlo—.
No te separes.
Caminaron en silencio por unos minutos.
Aki intentaba mantener el paso, respirando con dificultad.
—¿Cuántos años tienes?
—preguntó de pronto Aki, más para llenar el aire asfixiante que por curiosidad real.
—Veinte.
—Pareces mayor —dijo, intentando una sonrisa débil.
—Y tú pareces hablar demasiado.
Aki soltó una risa nerviosa.
—Entonces ya somos dos.
Cedric no respondió.
Su cara reflejaba una seriedad absoluta, la vista fija al frente.
“¿Tiene agallas o es un tonto?
O ambas”, pensó.
Shsssh…
Una interferencia aguda en el transmisor le molestó el oído.
—Maldición —murmuró, tocándose el auricular—.
¿Incomunicado?
Aki ni se percató, demasiado ocupado vigilando las sombras.
Luego de otro rato de caminar, llegaron a una intersección.
Aki levantó la mano bruscamente, indicando silencio.
De uno de los extremos, se oían pasos y voces distantes.
Cedric se asomó con discreción.
Al final del pasillo había una puerta doble de carga: un almacén.
Estaba custodiada por rebeldes que portaban equipo táctico parcial, mezcla de robado y casero.
—Dos en la entrada principal, dos en la secundaria —susurró Cedric, analizando la escena.
—Y en medio…
uno adentro con los civiles —añadió Aki, pálido—.
Ahí está ella.
Lo sé.
Cedric lo miró de reojo.
—No dispares hasta mi señal.
—Entendido.
El pasillo se volvió un hilo de respiraciones contenidas.
Cedric apoyó la espalda en la pared, apretó el mango de su espada y contó mentalmente.
Uno…
Dos…
Tres.
Salió disparado de la cobertura.
Los guardias lo vieron, pero su reacción fue humana; la de Cedric no.
Cuando levantaron sus rifles, él ya estaba encima.
Un tajo horizontal.
La espada negra cortó el pecho del primer rebelde con una facilidad espeluznante, atravesando el blindaje ligero como si fuera papel.
El segundo guardia intentó girar su arma.
Cedric ni siquiera se detuvo; hundió la punta de la espada en su estómago y siguió corriendo, dejando que el cuerpo se deslizara fuera de la hoja.
El guardia que estaba adentro, alertado por el ruido, giró su rifle hacia los civiles arrodillados.
Cedric lanzó su cuchillo de combate con la mano derecha.
El acero voló a través de la sala y se clavó en el cuello del rebelde con un golpe húmedo.
El hombre gorgoteó y cayó, agonizando casi enseguida.
Los rebeldes de la entrada secundaria entraron corriendo, gritando.
—¡Desgraciado!
¡BANG!
¡BANG!
Dos disparos resonaron detrás de Cedric.
Aki, con las manos temblando pero el pulso firme, había disparado.
Las balas de reacción impactaron en el pecho de los rebeldes, fragmentándose y destrozando sus órganos internos.
Vomitaron sangre y cayeron.
Cedric recuperó su espada, limpiando la sangre con un movimiento seco de la muñeca.
—Creí que fallaría —murmuró Aki, bajando el arma humeante.
—Todos lo creen antes de intentarlo —dijo Cedric.
Aki sin entrar a la habitación.
Observó desesperadamente entre los rostros asustados.
Se detuvo en seco.
Su expresión se derrumbó.
“No está”, pensó, apretando el mango de su arma hasta que le dolió.
Cedric se volvió hacia él al no verlo pasar.
Al notar su mirada perdida, no dijo nada.
Se limitó a caminar hacia el rebelde muerto para recuperar su cuchillo y luego empezó a desatar a los rehenes.
Al acercarse a uno de ellos, el hombre tembló de pánico.
—No pasa nada —dijo Cedric, poniendo el filo en la cuerda de plástico.
Poco antes de romper la atadura, un temblor sacudió la nave.
Fue algo leve, profundo, como si la Blitz hubiera recibido un golpe en las costillas.
La mano de Cedric se sacudió, rozando con el filo la palma del rehén, que soltó un gemido.
—Lo siento —dijo Cedric, mirando al techo con el ceño fruncido.
“¿Qué habrá sido eso?”, se cuestionó a sí mismo UBICACIÓN: Sectores A y C.
TIEMPO: Simultáneo.
En los otros sectores, la “tranquilidad” que Cedric experimentaba había empezado.
En el Sector A, la situación había pasado de controlada a catastrófica en un segundo.
La pared junto a la sala de neonatos ya no existía.
Había explotado hacia afuera.
Selene y Lyana yacían inconscientes entre escombros metálicos retorcidos y polvo.
De entre el humo denso, emergió una figura.
Un hombre con bata blanca impecable y una máscara de gas negra que le cubría todo el rostro.
Caminó sobre los restos con elegancia, deteniéndose para observar los cuerpos de las dos agentes.
—Mmm…
interesante —dijo el enmascarado con una voz distorsionada, ladeando la cabeza.
Mientras tanto, en el Sector C.
Krzytof y Lunaria estaban en un gran función.
Lunaria estaba sentada en el suelo, con la espalda recargada en la pared.
Tenía un ojo cerrado por la hinchazón morada y sangraba profusamente por la nariz.
Con el único ojo que podía abrir, observaba la “función”.
En medio de la habitación, Krzytof estaba hecho un ovillo en el piso.
Un hombre enorme le golpeaba una y otra vez.
Pum.
Pum.
Pum.
Cada golpe iba acompañado de una carcajada maníaca.
El hombre se reía como si le estuvieran contando el mejor chiste del universo mientras le rompía las costillas al Zorro.
—Oye, feo —dijo Lunaria a punto de llorar, escupiendo sangre al suelo—.
¿Qué hace un monstruo como tú aquí?
───────────────────────────── ・・・✦・・・ “La paz es solo una pausa.
El tiempo que tardamos en recargar las armas.” — Proverbio de la Era de la Unificación.
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