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LORD OF THE WORLDS: The Bellicose Foxes. - Capítulo 6

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6: Capítulo 4: Tick Tack.

6: Capítulo 4: Tick Tack.

5 HORAS ANTES DEL DESPERTAR DEL ESCUADRÓN.

FECHA: 30 de agosto del 2920.

UBICACIÓN: Corbeta rebelde.

—Informen…

—sonó la voz de un hombre por el transmisor.

Nadie respondió.

Solo hubo estática.

—Repito, informen…

—Aquí equipo Quebec…

—se escuchó entrecortado por la bocina—.

Zona Este asegurada.

Repito, Zona Este asegurada…

—Enterado, equipo Quebec.

Procediendo a desplegar el puente de abordaje…

—Recibido, cabina de mando.

El hombre que se comunicó con el equipo Quebec vestía ropa civil.

Estaba sentado frente a su consola, con la luz de la pantalla reflejándose en su rostro.

Al tocar el panel, deslizó los dedos con precisión y ejecutó el despliegue.

—Listo —susurró.

Rápidamente levantó la mano al terminar, haciendo una señal.

Un soldado con equipo táctico ligero se le acercó.

Se miraron mutuamente un segundo y asintieron casi a la par.

El soldado dio media vuelta y se retiró enseguida de la cabina de mando.

Con paso veloz, el soldado recorrió varios pasillos que estaban saturados de personas corriendo y gritando órdenes.

Pero al llegar al último corredor, el bullicio murió de golpe.

Este pasillo estaba casi completamente solo.

Si no fuera por la presencia de otra persona.

Y por un sonido.

Un chirrido metálico, agudo y constante, que sonaba como si el acero estuviera sufriendo.

El soldado siguió caminando, pero bajó el ritmo a medida que se acercaba.

Ahí estaba.

Recargado en la pared.

Era un hombre que vestía ropa táctica holgada, con un abrigo azul marino sobrepuesto y un cubrebocas metálico que le ocultaba la mitad del rostro.

Tenía el pelo alborotado y la tez trigueña.

Sin embargo, lo más llamativo no era su apariencia de oficial.

Era lo que hacía.

En su mano derecha, cubierta por un guante táctico, sostenía un cuchillo de combate.

Con la punta del arma, se tallaba números romanos en la palma de la otra mano, rasgando el tejido con fuerza.

—Faltan tres…

—susurró el hombre como si fuera una canción con voz rota—.

Solo unos cuantos más…

El soldado apartó rápidamente la mirada al escuchar los susurros, incapaz de sostener la vista.

Sus manos temblaron al pasar justo a su lado, y un sudor frío le escurrió por la frente.

—¡SOLO TRES PARA EL DESPERTAR!

—gritó el hombre de repente, soltando una carcajada macabra que rebotó en el metal.

La risa fue un latigazo.

El soldado apretó los puños y, como si fuera un gato erizado, dio un salto del susto.

Dejó de caminar y echó a correr, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda, convencido de que el loco se le echaría encima en cualquier segundo.

“Me va a atrapar”, pensó con pánico.

Al final del pasillo, se topó con una doble puerta corrediza de metal.

Se frenó en seco, apoyándose en ella.

—¡Maldición!

—exclamó, con el corazón golpeándole las costillas—.

Tranquilízate…

tranquilízate…

Inhaló profundo.

Exhaló despacio.

Con el pulso un poco más firme, se acomodó el equipo táctico y se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano.

—Voy a entrar, señor —anunció, abriendo las puertas y entrando.

Dentro, la habitación parecía un laboratorio improvisado.

Había estantes llenos de frascos con líquidos turbios y una mesa central repleta de instrumentos químicos.

Aunque el lugar era llamativo, el soldado no apartó la vista del frente.

Dio pasos sutiles, cuidadosos, como si pisara cristal.

Enfrente de él, detrás de la mesa, había una silla que le daba la espalda.

—Señor…

—dijo el soldado, tragando saliva—.

Está todo listo.

Los estruendos lejanos del interior de la nave fueron su única respuesta.

El silencio en la habitación era denso.

La respiración pesada y rítmica de la persona sentada en la silla era lo único que se oía, y eso solo aumentaba su incomodidad.

—¿General?

—insistió.

Sus manos empezaron a temblar de nuevo.

No hubo respuesta.

“¿Lo habré molestado…

o sí?”, pensó el soldado, sintiendo que la pierna izquierda le empezaba a temblar sin control.

El General no se giró.

Sin prisa, extendió su mano derecha hacia un estante y tomó una máscara de gas.

Se la colocó con movimientos lentos y precisos, cubriendo la totalidad de su rostro antes de dignarse a mirar.

—Andando —respondió con una seriedad y tranquilidad absoluta.

Se levantó de la silla y se volvió hacia el soldado.

La bata blanca se abrió al moverse, revelando la ropa que llevaba debajo.

Era extraña: un traje de tejido fibroso, sin insignias y de colores apagados que absorbían la luz.

Su porte era anacrónico para la época, casi regio.

Sin embargo, esa presencia emanaba un control absoluto que, extrañamente, tranquilizó al soldado.

Al verlo erguido, sus hombros se relajaron por instinto.

Salieron de la habitación.

Al caminar por el pasillo, el soldado vio de nuevo al loco a lo lejos.

Esta vez, se obligó a no apartar la mirada.

“Estaré bien”, pensó, colocándose medio paso detrás del enmascarado, usándolo como un escudo humano.

—¿Mm?

—el General giró levemente la cabeza, notando la cercanía excesiva del soldado.

A lo lejos, el loco apretó el mango de su cuchillo.

El movimiento sutil del General actuó como un gatillo.

Giró la cabeza lentamente hacia ellos, clavando la vista en el dúo.

—¡Oh, mi Señor!

—exclamó el hombre, abriendo los ojos desmesuradamente con una alegría grotesca—.

¿Es el momento, verdad…?

—Camina, Zarbac —ordenó el hombre de la máscara sin levantar la voz.

La calma prestada del soldado se esfumó en un segundo; se detuvo en seco.

—¡Tan amargado como siempre!

—Zarbac se despegó de la pared y abrió los brazos—.

¡Ahh, qué deleite!

El General también se detuvo.

Había dado unos pasos, pero al ver que Zarbac se le acercaba más y más, con paso saltarín como si quisiera darle un abrazo, prefirió esperar.

—¿Por qué temes?

—suspiró el General.

El soldado se quedó inmóvil, paralizado, viendo venir a Zarbac.

Cada paso que el loco daba provocaba un pequeño espasmo de terror en el cuerpo del militar.

—¿Señor…?

—respondió tartamudeando, al verlo ya peligrosamente cerca.

—¿Mm?

—el General seguía dándole la espalda.

—¿Qué hace un “H” aquí?

—su respiración se volvió pesada, agónica.

El General no respondió.

Zarbac seguía acercándose, feliz.

—¡¿Señor?!

—el soldado cerró los ojos con fuerza y agachó la cabeza, incapaz de mirar—.

¡¿Qué hace él aquí?!

Un soplo de aire repentino le despeinó el cabello, cortando sus palabras.

El temblor de su cuerpo se detuvo por un instante, suspendido en la confusión.

Abrió primero un ojo, levantando la vista con miedo: el pasillo frente a él estaba vacío.

Abrió el otro ojo.

El General ya no le daba la espalda.

Se había girado, pero no lo miraba a él.

Sus ojos, ocultos tras la máscara, apuntaban hacia un lado.

Justo al lado del soldado.

Por instinto, el soldado siguió la mirada del General.

Giró la cabeza a su izquierda.

Y el corazón se le detuvo.

Ahí estaba él.

A centímetros de su cara.

—¿Tienes algún problema?

—preguntó Zarbac, con una tranquilidad espeluznante.

—¡No, no, no, señor!

¡Lo siento!

—tartamudeó el soldado, intentando retroceder, pero sus botas tropezaron.

—JÁ…

supuse que me conocías —Zarbac torció el cuello levemente, como un perro curioso—.

¿Me conoces?

—Usted…

usted es el lu…

No pudo terminar.

Se mordió la lengua cuando una mano se cerró alrededor de su garganta.

En un parpadeo, Zarbac lo levantó y lo azotó contra la pared.

El impacto fue brutal.

Zarbac no mostró esfuerzo alguno; lo mantuvo clavado contra el metal, con los pies colgando en el aire, estrangulándolo.

Las lágrimas brotaron de los ojos del soldado al instante.

La falta de aire quemaba.

El crujir ligero de sus vértebras y la presión en la tráquea le gritaban que peleara, que se quitara esas manos de encima, pero estaba paralizado.

—Por favor…

—graznó sin aire.

Zarbac torció nuevamente el cuello al oírlo, ignorando la súplica.

Miró al vacío.

—¿Y si no me conoce?

—susurró con duda genuina.

De golpe, torció el cuello hacia el otro lado, furioso.

—¡Tú cállate!

¡Claro que nos conoce!

—se gritó a sí mismo—.

¡Te enseñaré quién…!

No pudo terminar la amenaza.

—Es suficiente —dijo el General.

Su voz no subió de volumen, pero su mano se posó sobre el hombro de Zarbac.

Fue un toque firme, seco.

Zarbac se congeló al instante.

El General retiró la mano y Zarbac retrocedió un paso, tambaleándose contra la pared opuesta.

El soldado cayó de rodillas al piso, boqueando por oxígeno.

Detrás de él, en la pared metálica, había quedado una abolladura visible donde había sido impactado.

El General, sin perder tiempo, se volvió hacia el soldado.

Le extendió la mano para ayudarlo a levantarse.

El hombre seguía mirando el suelo, sollozando y temblando.

—Maldición…

—murmuró el soldado, limpiándose las lágrimas y la saliva.

—No vuelvas a hablar de él en su presencia —advirtió el General con frialdad.

El soldado levantó la mirada, asintió frenéticamente y tomó la mano enguantada para ponerse de pie.

—¡AHH!

—gritó Zarbac de repente, con una mezcla de dolor y éxtasis.

El loco se llevó la mano a su propio hombro, justo donde el General lo había tocado.

El hueso se veía ligeramente caído, fuera de su sitio.

Con un movimiento brusco y experto, se lo empujó hacia arriba.

¡CRACK!

El sonido húmedo de la articulación volviendo a su lugar resonó en el pasillo.

—¡Es usted realmente increíble!

—exclamó Zarbac, jadeando de placer mientras rotaba el brazo recién encajado—.

¡REALMENTE INCREÍBLE!

Sus palabras de satisfacción masoquista hicieron que el General soltara un suspiro de cansancio, restándole importancia a la fuerza que acababa de ejercer.

—Andando —dijo simplemente, levantando al soldado por completo y retomando su camino.

Minutos después, los tres llegaron a la zona de acceso del puente de abordaje.

Era una especie de hangar interno, dominado por una estructura de escaleras metálicas de al menos treinta escalones de altura.

La puerta por la que habían entrado estaba en la cima, ofreciendo una vista panorámica.

Al bajar, se encontraron con un grupo de soldados rebeldes formados en filas perfectas al pie de la estructura.

—¿Por qué hay un pelotón acá?

—preguntó el General al llegar al último escalón.

—Es su escolta, señor —respondió el soldado, todavía con el temblor en la voz—.

Es para su protección.

—No necesito escoltas —dijo el General, y comenzó a caminar en línea recta, atravesando la formación sin pedir permiso.

—Pero…

es por su seguridad —insistió el soldado, contrayendo las cejas con preocupación.

Zarbac, que caminaba detrás, torció el cuello y clavó su mirada en el soldado, disfrutando de su incomodidad.

El General se detuvo un segundo y se giró.

Sus ojos recorrieron el uniforme del soldado hasta detenerse en el parche de identificación en su pecho.

—En ese caso, solo ven tú —dijo el enmascarado, leyendo el nombre bordado—.

Soldado Valto…

te nombro mi escolta.

Valto apretó el puño, sintiendo que el suelo se le abría bajo los pies.

Cerró los ojos un instante y soltó un suspiro corto, cargado de resignación.

“¿Por qué yo?”, pensó, sintiendo la mirada de Zarbac quemándole la nuca.

—Será un honor —mintió, tragando saliva.

El enmascarado asintió y le dio la espalda.

—Pelotón —ordenó, girando solo la cabeza hacia la formación—.

Protejan el puente hasta la muerte.

—¡SÍ, SEÑOR!

—gritaron al unísono, su voz retumbando en el hangar.

El grupo avanzó hacia el puente de abordaje.

Era una estructura impresionante y desconcertante a la vez: el suelo no era sólido, sino una proyección de energía de plasma azul que zumbaba bajo las botas.

Las paredes y el techo estaban hechos de un material translúcido y fino, parecido al papel, diseñado para mantener el oxígeno sin perder la visión del vacío exterior.

Del otro lado del puente, ya dentro de la Fragata Blitz, el líder del Equipo Quebec esperaba.

Detrás de él, el resto de su equipo se movía con urgencia, brindando atención médica a los heridos que yacían en el suelo, sin discriminar bandos.

Imperiales y rebeldes eran tratados por igual.

—Capitán Ripto, del Equipo Quebec —dijo el hombre, taloneando el piso y saludando con un porte militar impecable—.

Reportándome para la acción.

El General asintió al verlo mientras terminaba de cruzar el suelo de plasma.

—En descanso —dijo al llegar frente a él—.

Informa.

Ripto puso las manos tras la espalda, relajando la postura pero manteniendo la seriedad.

—La Zona Este ha sido asegurada en su totalidad —reportó—.

Aunque, por falta de hombres, no podemos mantener el orden con los rehenes en el Sector B.

Sus palabras provocaron un silencio sepulcral en el grupo.

De fondo, los quejidos de los heridos se hicieron más claros, llenando el vacío con una melodía de dolor.

—Son unos inútiles…

—siseó Zarbac.

Apretó los puños con fuerza y dio un paso agresivo hacia el frente, invadiendo el espacio.

—¿Nadie, a excepción mía, puede hacer las cosas bien?

Ripto retrocedió un paso por instinto, tragando saliva.

No le quitó la vista de encima al loco, vigilándolo de reojo.

A su derecha, Valto comenzó a temblar nuevamente, como si la temperatura hubiera bajado diez grados.

—Oh, mi Señor…

—Zarbac se giró bruscamente hacia su General, acariciando el mango de un cuchillo enfundado en su abdomen—.

Si me lo permite, yo solucionaré el problema.

El enmascarado suspiró con cansancio y levantó la mano izquierda para detenerlo.

—Silencio, Zarbac…

tengo un trabajo mejor para ti.

Los ojos de Zarbac se hincharon de emoción tras la máscara.

—¡Ohhh…!

—abrió los brazos teatralmente—.

¿Cuál será?

—Dirígete al Sector C —ordenó el General—, y consigue los archivos relacionados al Proyecto PDM.

—Será todo un placer.

Zarbac hizo una reverencia exagerada, girándose luego hacia el oscuro interior de la Blitz.

Antes de partir, se inclinó hacia Ripto y Valto, susurrando con veneno: —No mueran, inútiles.

Echó a correr hacia su sector con una alegría extraña, casi infantil, perdiéndose en las sombras del pasillo.

Un largo suspiro colectivo resonó en el lugar cuando lo vieron desaparecer.

Valto dejó de temblar visiblemente.

Ripto recuperó el paso que había retrocedido, componiendo su postura.

El General comenzó a caminar, deteniéndose al estar hombro con hombro con el Capitán.

—Valto, irás con Ripto a controlar a los rehenes —instruyó sin mirarlos.

—¡ME NIEGO!

—exclamó Valto de inmediato, arrugando la frente y tragando saliva como si tuviera vidrios en la garganta.

El General ni siquiera se volteó.

Solo soltó un pequeño bufido de indiferencia y siguió caminando.

Valto reaccionó tarde e intentó seguirlo, desesperado por no perder la protección de su sombra.

Pero fue detenido en seco.

Una mano fuerte lo agarró del hombro.

Ripto lo detuvo al pasar a su lado.

—¡Ey…!

Yo soy su escolta —protestó Valto, forcejeando.

—Ya no más —Ripto lo miró fijamente a los ojos, con autoridad—.

Ahora eres mi subordinado.

Valto sintió que el Capitán le apretaba el hombro con fuerza.

Al ver que su General se alejaba más y más por el pasillo, el pánico lo dominó.

Intentó zafarse.

Falló el primer intento.

Falló el segundo.

En el tercero, el miedo le rompió la voz.

—No…

—gimió Valto, aferrándose al brazo de Ripto como un niño—.

Por favor…

no me deje tan cercas de esa bestia.

El enmascarado siguió caminando con calma, sin detenerse.

—¡POR FAVOR…!

—extendió el brazo hacia la figura que se alejaba, al punto de llorar.

No hubo respuesta física.

El General dobló una esquina y desapareció de la vista.

—Tranquilo…

—dijo Ripto, mirándolo con extrañeza por su comportamiento histérico—.

Solo son rehenes, soldado.

Contrólate.

Valto lo miró con desdén, con la respiración agitada.

No entendían nada.

De pronto, el transmisor de Valto cobró vida.

La voz seria y distorsionada del enmascarado resonó en su oído y en el de los oficiales cercanos.

—Ya sobreviviste una vez a Zarbac…

Puedes sobrevivir a él de nuevo.

El efecto fue inmediato.

Todo el personal que estaba ahí, incluido Ripto, se congeló.

Al escuchar ese nombre miraron con incredulidad y horror a Valto.

Un tic nervioso apareció bajo el ojo del Capitán Ripto.

Lo soltó lentamente, mirándolo ya no como a un subordinado cobarde, sino como a alguien que había salido vivo de un monstruo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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