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LORD OF THE WORLDS: The Bellicose Foxes. - Capítulo 7

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7: Capítulo 5: Juegos Macabros.

7: Capítulo 5: Juegos Macabros.

UBICACIÓN: Sector C.

TIEMPO: Continuo.

—Por favor…

se lo suplico…

—susurró un hombre.

Apenas tenía aire.

Se mantenía en pie por puro instinto de supervivencia, con la sangre bajándole por la cara en hilos espesos—.

No me mate.

—¿Por qué no me diviertes…?

—dijo Zarbac.

Su tono era plano, genuinamente decepcionado, como quien mira un juguete roto—.

Grita.

El cuerpo del hombre tuvo un espasmo.

Una arcada violenta le dobló el estómago y vomitó sangre en el suelo.

—Por favor…

por lo que más quiera…

—se dejó caer de rodillas.

Ya no le quedaban fuerzas—.

Por favor…

Zarbac lo miraba con los párpados caídos.

Sus iris estaban quietos, muertos.

El hombre siguió implorando.

Una súplica tras otra.

Palabras atropelladas que se mezclaban con su propia saliva roja.

Nadie escuchaba.

—Qué fastidio.

—Zarbac chasqueó la lengua.

Dio un paso hacia él.

El hombre, arrodillado, vio las botas negras de Zarbac acercarse.

Brillaban bajo la luz de emergencia.

Sin dejar de temblar, intentó enderezarse, buscando una última pizca de dignidad o clemencia.

La luz estroboscópica del pasillo lo cegó un instante.

Al enfocar, vio los ojos de Zarbac.

No había odio en ellos.

Solo un vacío aburrido.

El hombre, aterrado, extendió el brazo derecho.

Quería tocarle la pierna, aferrarse a algo físico, suplicar con el tacto lo que la voz no conseguía.

—Se lo suplic…

Su voz se cortó.

No hubo dolor.

Solo una extraña sensación de ligereza en el lado derecho.

Un sonido líquido, como un globo de agua al romperse, manchó el silencio.

El hombre sintió algo caliente mojándole la mejilla.

Miró con lentitud hacia su hombro.

El cerebro tardó un segundo en procesar la imagen: su brazo no estaba.

Donde debía estar el codo, solo había un muñón irregular bombeando sangre a presión, manchando las paredes.

El hombre giró la cabeza, aturdido, hacia Zarbac.

El loco tenía la palma de la mano derecha abierta.

Ahí, sostenido con delicadeza, estaba el antebrazo.

Los dedos de la mano amputada tuvieron un último espasmo nervioso, cerrándose en el aire.

—Grita —dijo Zarbac, casi en un susurro.

El hombre abrió la boca.

El dolor llegó de golpe, un alarido mudo que le subió por la garganta.

Obedeció por pura agonía.

—Grita —repitió Zarbac, esta vez con voz clara, exigente.

El hombre cayó de espaldas, pataleando, retorciéndose en el charco que él mismo estaba creando.

—¡GRITA!

—exclamó Zarbac.

Soltó el brazo amputado, que cayó con un golpe blando al suelo y levantó el pie.

Dejó caer el talón de su bota sobre la pierna izquierda del hombre.

No fue un golpe seco.

Fue un crujido húmedo, de huesos astillándose y carne aplastada contra el metal.

El hombre guardó silencio de golpe.

El shock le cerró la garganta.

Levantó la cabeza, temblando, para ver su pierna.

Estaba plana.

Hecha polvo.

Levantó la vista hacia Zarbac.

Los ojos del loco ya no estaban muertos.

Ahora brillaban.

Tenían vida.

El hombre volvió a gritar.

Un sonido roto, animal.

Zarbac no paraba de repetir “grita”, una y otra vez, estimulando el sonido cada vez que el hombre callaba por falta de aire.

Y entre las órdenes, una risa suave, íntima, que parecía acariciarle el oído, diciéndole sin palabras que esto apenas empezaba.

El rastro de Zarbac por el Sector C no fue silencioso.

Para los pocos que lograron esconderse a tiempo, el horror no fue lo que vieron, sino lo que escucharon: pasos pesados, golpes húmedos y una risa que no encajaba con el entorno.

Una diversión unilateral.

La cacería se detuvo frente a una puerta marcada como LABORATORIO 04.

Allí, Zarbac arrinconó a una mujer.

No hubo discurso.

Solo el movimiento fluido de su brazo.

Clavó el cuchillo en el vientre de ella.

El acero entró con un sonido de succión.

La mujer soltó un alarido agónico que rebotó en las paredes metálicas, mezclándose con la risa suave y rota del hombre.

Los gritos se filtraron a través de la puerta del laboratorio como humo tóxico.

Adentro, la atmósfera era gélida.

El aire olía a químicos y miedo rancio.

Un grupo de científicos se agazapaba en la oscuridad, conteniendo la respiración.

En una esquina, una niña de unos nueve años temblaba, con las rodillas pegadas al pecho.

Su piel estaba tan pálida que parecía traslúcida bajo la luz tenue de los monitores.

—Todo estará bien…

—susurró un científico, abrazándola con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos—.

Papá te va a proteger.

La niña hundió la cara en el pecho de su padre, tratando de ahogar sus propios sollozos.

—Tengo miedo, papi —gimió, apretando la tela de la bata con sus dedos pequeños—.

Tengo mucho miedo.

El padre tensó el cuerpo.

No respondió.

Solo dejó que unas lágrimas silenciosas cayeran sobre el pelo de su hija.

Afuera, se escuchó otro grito, esta vez más débil, gorgoteante.

Luego, silencio.

Un silencio peor que los gritos.

Bajo la puerta del laboratorio, una mancha oscura comenzó a extenderse.

Un hilo de sangre espesa que avanzaba lentamente por el suelo, buscando entrar.

—Es una pena que ya no nos podamos divertir juntos…

—dijo Zarbac al otro lado, con voz calmada.

Sacudió su cuchillo con un movimiento seco de muñeca, salpicando las paredes.

—Sí…

es una pena.

El brillo en sus ojos se apagó.

Su rostro cayó en una expresión de aburrimiento absoluto.

La mujer a sus pies ya no era un juguete; era basura.

Bzzzt.

El transmisor en su oído vibró.

—Zarbac…

—la voz del General sonó distorsionada—.

¿Ya tienes los archivos?

El brillo en los ojos de Zarbac regresó de golpe, como si le hubieran inyectado adrenalina.

—Oh, mi Señor…

—hizo una reverencia a la nada, manchada de sangre—.

Aún estoy en ello.

Hubo un pequeño silencio al otro lado de la línea.

—No pierdas el tiempo —dijo el enmascarado, con un tono de desgana—.

Las tres ramas que cría la Black Cradle están a bordo.

—Oh…

—Zarbac sonrió bajo la máscara—.

Sería lamentable enfrentarme a ellos.

El sarcasmo goteaba de cada sílaba.

—Apresúrate y no te confíes.

Zarbac chasqueó la lengua, molesto por la advertencia.

—Recibido —respondió seco.

La comunicación se cortó.

Zarbac se enderezó, estirando el cuello hasta que crujió.

Cerró los ojos un momento, inhalando el olor a hierro de la sangre fresca.

“No te confíes…”, pensó, apretando la mandíbula hasta que le dolieron los dientes.

“¿Por quién me toma?” Un murmullo se filtró desde el interior del laboratorio.

Fue un sonido mínimo, apenas el roce de ropa o un gemido ahogado.

Inaudible para cualquiera, excepto para él.

Las orejas de Zarbac captaron la vibración.

Torció el cuello bruscamente hacia el origen del ruido.

—Ouh…

—susurró, cambiando de temperamento de golpe—.

¿Ahora quién quiere jugar?

Caminó hacia la puerta.

Sus pasos eran lentos, deliberados.

Adentro, el sonido de las botas acercándose desató el pánico.

El primer paso hizo que el aire se volviera pesado; el segundo provocó plegarias mudas; el tercero, el instinto animal de hacerse pequeño.

Cuando la puerta se deslizó abierta, nadie gritó.

Todos se encogieron tras los escritorios y equipos, intentando fundirse con las sombras.

Menos uno.

Zarbac entró.

Sus ojos barrieron la habitación con desgana.

—J’ai gagné à cache-cache —dijo.

Las palabras salieron de su boca con una fluidez extraña, líquida.

Nadie entendió el significado, pero el tono burlón era universal.

El laboratorio era un caos de mesas químicas y pizarras de cristal llenas de fórmulas a medio borrar.

Los servidores de datos zumbaban en las esquinas, indiferentes al terror.

—Papi…

—la niña apretó la bata de su padre con los puños blancos por la tensión—.

Quiero a mi mamá.

La voz infantil cortó el silencio.

Zarbac giró todo el cuerpo hacia el sonido.

No miró los equipos, ni a los adultos escondidos.

Sus ojos se clavaron en el rincón.

—Ouh…

sería injusto de mi parte no permitirles la revancha —dijo, dando un paso hacia ellos—.

En especial a ti, pequeña…

Fue un movimiento instintivo, sin pensamiento.

El padre de la niña se interpuso.

Se colocó frente a ella, bloqueando la visión del monstruo.

El hombre estaba aterrorizado; sus piernas temblaban visiblemente y el sudor le bajaba por la sien, pero su mirada estaba fija en Zarbac.

Firme.

Enojada.

Zarbac chasqueó la lengua con un fastidio genuino, como si alguien hubiera manchado una obra de arte.

Su mano derecha se cerró sobre el mango del cuchillo.

Con la izquierda, desenfundó el segundo acero con un movimiento suave.

—Qué rostro tan horroroso acabas de poner en mi camino…

—murmuró con asco, bajando la voz en lugar de gritar—.

¿Cómo te atreves?

No esperó respuesta.

Camino hacia él con una velocidad aterradora hasta que se detuvo frente al padre.

El científico no dejó de temblar, pero tampoco apartó la mirada.

Se sostuvieron el uno al otro en un duelo silencioso.

Los ojos de Zarbac seguían brillando, pero ahora había algo diferente en ellos: estaban húmedos, vidriosos, como si estuviera conteniendo una emoción incontenible.

—Juguemos un juego…

—dijo Zarbac, relajando los hombros—.

Si ganas, todos se largan de aquí.

El hombre frunció el ceño y exhaló una bocanada de aire temblorosa.

—Bien…

—Zarbac tomó eso como un sí, metió la mano en su abrigo y sacó un pequeño artefacto cuadrado—.

Me alegro de que quieras jugar.

Pero si yo gano…

esa niña se viene conmigo.

El científico cerró la boca de golpe.

Su postura se endureció.

—¿Qué quieres jugar?

—respondió sin rodeos.

—Primero ponte de pie.

No puedes jugar así.

El hombre intentó levantarse.

Sus piernas eran gelatina, pero el miedo le daba una fuerza prestada.

A medio camino, sintió un tirón en la bata.

Su cabeza giró hacia atrás por instinto.

Ahí estaba su hija, aferrada a la tela blanca con los nudillos pálidos.

—Papá, no…

—sollozó la niña—.

Quédate conmigo.

El científico se giró por completo y se agachó.

No había tiempo para discursos.

—Cierra los ojos, Sam —ordenó, tomándola de los hombros—.

Ciérralos y tápate los oídos.

—Papá, tengo miedo…

—No los abras por nada del mundo.

¿Entendiste?

—su voz era firme, urgente—.

Si los abres, pierdo el juego.

La niña asintió, llorando, y apretó los párpados con fuerza.

El científico levantó la vista hacia sus compañeros.

Estaban lívidos, pegados a las paredes.

Solo una mujer reaccionó.

Se arrastró a gatas rápidamente y envolvió a Sam en sus brazos, cubriéndola.

Ella asintió levemente hacia el padre.

Una promesa muda.

—Gracias —soltó él, con una sonrisa rota y un suspiro que sonó a despedida.

Tomó aire, se levantó y se volvió hacia Zarbac.

El silencio volvió a caer, solo roto por el llanto ahogado de la niña a sus espaldas.

—¿Ahora qué?

—Extiende tu brazo.

Zarbac lanzó el artefacto cuadrado al aire como si fuera una moneda.

Cayó en las manos de otro científico que estaba cerca de un servidor.

El hombre dio un respingo al atraparlo, temblando violentamente.

—Conecta eso a la base de datos y extrae los archivos PDM.

El hombre del servidor se quedó paralizado, mirando el dispositivo como si fuera una granada.

El padre de la niña, por su parte, extendió el brazo derecho hacia Zarbac, firme.

—¡¿QUÉ NO OÍSTE?!

—bramó Zarbac sin apartar la vista de su oponente.

El grito rompió la parálisis.

El hombre del servidor se giró atropelladamente y comenzó a conectar el dispositivo con dedos torpes.

El sonido de las teclas y el zumbido de la extracción llenaron el vacío.

“¿Qué busca con el proyecto?”, pensó el padre, viendo cómo Zarbac desenfundaba el cuchillo.

—Empecemos…

—dijo Zarbac.

El brillo en sus ojos regresó con intensidad, febril.

—¿Y a qué vamos a ju…?

La frase murió en su garganta.

No hubo aviso.

No hubo movimiento preparatorio.

Un alarido desgarrador estalló en el laboratorio.

Un chorro de sangre brotó de la muñeca del científico, rociando la cara y la ropa de Zarbac con una lluvia caliente y roja.

Un segundo después, un sonido húmedo y pesado: la mano amputada golpeó la pared y cayó al suelo.

—¡AH…!

¡PAPÁ!

—el grito de Sam fue agudo, terrorífico.

La mujer hundió la cara de la niña en su pecho, tapándole los oídos y los ojos con fuerza.

—Creo que no te lo dije…

—Zarbac soltó una risita suave, limpiándose una gota de sangre de la mejilla con la lengua—.

El juego es: ¿cuántas partes podré cortar antes de que te desangres?

El hombre que extraía los archivos sollozó, y una mancha oscura se extendió por la entrepierna de sus pantalones.

El olor a orina se mezcló con el del hierro.

—Llevamos una…

—contó Zarbac.

Sin perder tiempo, cruzó su brazo derecho hacia el hombro contrario, preparando el siguiente tajo en revés.

El padre de Sam, ciego de dolor y agonía, intentó inútilmente detener la hemorragia del muñón con su propia bata.

“Uno…

dos…

tres”, contó Zarbac en su mente.

Dejó caer el cuchillo.

—¡MALDITO DESGRACIADO!

—gritó una voz desde la entrada.

Una figura irrumpió en la habitación con la velocidad de un proyectil.

Antes de que el brazo de Zarbac pudiera bajar, un borrón negro impactó contra su mandíbula.

El sonido fue seco, brutal: metal rompiendo hueso.

El cubrebocas de Zarbac estalló.

Sus pies se despegaron del suelo y su cuerpo salió despedido hacia atrás, cayendo varios metros sobre la espalda hasta detenerse.

Aun así, sus manos no soltaron los cuchillos.

—Tranquilo…

—dijo otra voz suave que entró a la habitación y se acercó al científico.

Se arrodilló, presionando el muñón con una gasa hemostática antes de que el hombre pudiera procesar qué había pasado.

—Perdón por llegar tarde —dijo la primera voz.

Se sacudió su pelo corto y se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano.

Sostenía su arma con firmeza: una pieza de ingeniería de borofreno negro y nanotecnología, un híbrido brutal entre mazo y pico de guerra.

—El imbécil de Krzytof les dará atención.

Krzytof no respondió.

Estaba demasiado ocupado intentando que el científico no muriera desangrado.

Zarbac se apoyó en los codos levantándose a medias.

—Maravilloso…

—pronunció con dificultad.

Su voz sonaba pastosa, húmeda por la sangre que le llenaba la boca.

Lunaria apretó el mango de su arma, tensando los nudillos.

—¿Ah…?

Maldita cucaracha —escupió con asco—.

¿Sobreviviste?

Zarbac se puso de pie lentamente, se quitó el abrigo, que ahora le estorbaba, y lo dejó caer al suelo tambaleándose un poco.

Escupió un coágulo rojo al suelo y se pasó la lengua por los dientes.

—Qué divertido será esto…

—murmuró, con la mirada perdida y febril—.

Lo será.

Lunaria chasqueó la lengua, frustrada.

—¡Salgan todos de aquí!

—exclamó sin girarse.

Nadie se movió.

El terror los tenía clavados al piso como estatuas.

—¡DIJE QUE SALIERAN!

—bramó, sin dejar de vigilar a Zarbac, que empezaba a estirar el cuello.

Krzytof terminó de ajustar el vendaje compresivo.

—Listo…

—miró al padre de Sam a los ojos, con urgencia—.

Largo de aquí.

Ahora.

—Gracias…

—el hombre asintió, pálido y en shock.

Cargó a su hija con el único brazo que le quedaba y se puso en pie.

El resto de los científicos salió en estampida tras él, corriendo por el pasillo sin mirar atrás, tropezando unos con otros.

Krzytof se apoyó en una rodilla y se levantó.

Sus manos fueron al cinto y desenfundaron dos dagas negras.

Se colocó unos metros atrás de Lunaria, enfocando la vista en el enemigo.

Zarbac se llevó la mano a la cara.

Se arrancó los restos del cubrebocas metálico que le colgaban de la piel y los arrojó al suelo con desprecio, revelando su rostro por completo.

—Mi turno…

—dijo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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