LORD OF THE WORLDS: The Bellicose Foxes. - Capítulo 8
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- Capítulo 8 - 8 Capítulo 6 ¡Fisgón!
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8: Capítulo 6: ¡Fisgón!.
8: Capítulo 6: ¡Fisgón!.
—Mi turno —dijo Zarbac.
El suelo metálico bajo las botas de Zarbac cedió con un gemido de acero torturado.
No corrió; se disparó.
La velocidad del ataque no fue humana.
Fue un borrón.
Lunaria apenas tuvo tiempo de reaccionar.
Levantó su mazo-pico en un bloqueo desesperado.
¡CLANG!
El impacto del cuchillo contra el borofreno resonó como una campana.
Los brazos de Lunaria vibraron hasta los hombros, absorbiendo una fuerza cinética absurda para un hombre de ese tamaño.
—¡Qué feo eres!
—gruñó ella, tensando cada músculo para no ceder terreno—.
Y eso que me acompaña un feo.
Zarbac retrocedió un paso por el empuje, pero sus pies se arrastraron con control.
—¿Ah…?
¿Me dijiste feo?
—Krzytof parpadeó, ofendido, a unos metros de distancia.
—No…
—Lunaria tomó impulso, clavando las botas en el suelo—.
Tú eres horroroso.
Zarbac soltó una carcajada limpia, infantil.
—¡Qué divertido!
Se lanzó de nuevo.
Esta vez no fue un solo golpe.
Fue una tormenta.
Acero contra borofreno.
Chispas saltando en todas direcciones.
Lunaria respondía con ferocidad, igualando la velocidad, desviando cortes que buscaban su garganta por milímetros.
“Casi”, pensó ella.
El filo de Zarbac pasó rozando su nariz.
Lunaria arqueó la espalda hacia atrás en un límite físico, sintiendo el viento del corte en las pestañas.
Aprovechó la inercia del movimiento.
Se enderezó como un resorte y soltó una patada frontal directo al plexo solar de Zarbac.
El impacto fue sólido.
Zarbac se dobló, expulsando el aire.
Pero en lugar de mueca de dolor, sus labios se estiraron en una sonrisa que le partió la cara de oreja a oreja.
—Maldito enfermo…
—siseó Lunaria.
Retrajo la pierna y aprovechó que él estaba doblado.
Levantó su arma con ambas manos.
—A dormir.
Descargó el mazo-pico con intención letal hacia su cráneo.
Zarbac soltó un bufido sarcástico.
—Buenas noches —respondió.
Abrió la mano izquierda, dejando caer su cuchillo.
Y con esa misma mano desnuda, atrapó el arma de Lunaria en plena caída.
No agarró el mango.
Agarró la cabeza del pico.
El ataque se detuvo en seco.
Zarbac dejó de arquearse.
Levantó la vista y la miró a los ojos, con la mano izquierda chorreando sangre mientras los bordes del borofreno le trituraban la palma y los dedos.
Lunaria frunció el ceño, incrédula.
Empujó con todo su peso para liberar el arma o terminar de aplastarle la mano.
Se escuchó un crujido húmedo de huesos rompiéndose en la mano de Zarbac.
—¡Qué deleite!
—gimió él con placer genuino, sonriendo aún más.
—Me toca a mí.
Con la mano derecha, soltó el otro cuchillo.
Ahora tenía las dos manos libres.
Lanzó un puñetazo corto y brutal al estómago de Lunaria.
El aire salió de los pulmones de ella en un grito ahogado.
No se detuvo.
Otro golpe.
A las costillas.
Otro.
Al pecho.
Otro.
A la cara.
Eran pistones hidráulicos golpeando carne.
Lunaria intentó cubrirse, pero la brutalidad del asalto la estaba demoliendo.
—¡ALÉJATE DE ELLA!
—gritó Krzytof.
El Zorro arrojó sus dos dagas con un movimiento de muñeca, buscando desesperadamente detener la masacre.
—¡Infeliz!
La primera daga cruzó el aire a un lado de ellos.
El zumbido llegó con retraso, cortando el viento.
El acero impactó en la pared del cuarto.
No solo se clavó; el metal alrededor de la hoja comenzó a sisear y burbujear, corrompiéndose en segundos como si un óxido acelerado se lo estuviera comiendo.
La segunda iba directo al pecho de Zarbac.
El loco frenó su asalto en seco.
Retrocedió con un movimiento fluido, dejando que la hoja pasara rozando su ropa y se estrellara contra un monitor de datos, que estalló en chispas y humo ácido.
“¿Veneno?”, se cuestionó Zarbac, mirando la corrosión, para luego clavar la vista en Krzytof.
—Eso que acabas de hacer es molesto…
—apretó los puños, con una sonrisa tensa—.
Pero divertido.
Krzytof tocó su pulsera y extendió el brazo hacia un lado.
—Ahora jugaré contigo.
Zarbac tomó impulso y se lanzó hacia él.
Sin embargo, a mitad de la carrera, un silbido agudo vino desde atrás.
Las dagas de Krzytof se despegaron de la pared y el monitor, trazando una curva en el aire.
Regresaron a la mano de su dueño como si fueran boomerangs magnéticos, buscando la espalda de Zarbac en su trayectoria.
—¡Esto es muy divertido!
—exclamó Zarbac, girándose a medias para interceptarlas.
—¡Ya es suficiente!
Lunaria apareció por su punto ciego.
Aprovechó la distracción para descargar su arma directamente en la cara de Zarbac.
El golpe fue brutal.
Un sonido seco de impacto.
Zarbac, que no lo vio venir, recibió la fuerza del borofreno de lleno.
Su cuerpo salió despedido hacia un lado y cayó pesadamente al suelo, rodando hasta quedar inmóvil.
—No te vuelvas a levantar…
—jadeó ella, con falta de aire y dolor en las costillas—.
Enfermo de mierda.
Zarbac no se movió.
Por un momento, la situación pareció calmarse.
El único sonido era la respiración agitada de los Zorros y el crepitar del ácido en las paredes.
—Veremos quién eres…
—Lunaria tocó su pulsera y extendió el brazo hacia el cuerpo caído.
Un abanico de luz azul emergió del artefacto, barriendo a Zarbac con miles de láseres en miniatura que mapeaban su fisionomía.
—Iniciando análisis —informó la voz masculina y sintética de la IA en su transmisor—.
Rastreando sujeto.
Mientras tanto, Krzytof enfundó sus dagas con un chasquido.
No miró a su compañera.
Caminó hacia un objeto que brillaba en el suelo, reflejando la luz del escáner.
—Revisando registros de la White Cradle —continuó la IA—.
Sin coincidencias en la quinta rama imperial: Soldados de Élite.
Krzytof se detuvo al llegar al objeto.
Se agachó.
—Revisando en la Black Cradle —la IA hizo una pausa de procesamiento—.
La cuarta rama no tiene registros.
Buscando en las ramas restantes que cría la Black.
Krzytof tomó el objeto del suelo.
—¿Qué es lo que haces?
—preguntó Lunaria, sin dejar de apuntar con el escáner, pero mirándolo de reojo con extrañeza.
—Los Phantom Corps no tienen registro —siguió la IA, impasible—.
Revisando en la última rama de la Black Cradle.
Krzytof se levantó y observó con detalle lo que tenía en la mano.
Eran los restos del cubrebocas metálico de Zarbac.
—Nada…
—murmuró él, girando la pieza de metal entre sus dedos—.
Solo se me hizo curioso.
—Qué gustos tan asquerosos tienes —Lunaria hizo una mueca de repulsión y volvió la vista al cuerpo—.
¡Deja de curiosear y reporta a los demás!
Él no reaccionó a la orden.
Alzó el trozo de metal para verlo a contraluz, buscando algo en la superficie abollada.
Durante unos segundos, la IA permaneció en silencio estático, procesando una cantidad de información inusual.
En ese lapso muerto, Krzytof lo vio.
Ahí estaba.
Justo en el borde del metal abollado, pequeño pero inconfundible: un logo grabado con láser.
Era un casco troyano, pero no era heroico; estaba siendo asfixiado y rodeado por tentáculos, como si fuera presa de una medusa.
—No puede ser…
—Krzytof tragó saliva, sintiendo un nudo en la garganta.
Dirigió su mirada rápidamente a Lunaria—.
¡ALÉJATE DE ÉL!
—¿Ah…?
—Lunaria frunció el ceño—.
Déjame termi…
Una voz la interrumpió desde el suelo.
—Qué estresante…
¿Por qué todos tienen que interrumpir?
Zarbac comenzó a levantarse.
Sus movimientos ya no eran fluidos; eran espasmódicos, rotos.
Por puro reflejo, Lunaria dio dos pasos atrás.
Krzytof soltó el pedazo de metal como si quemara y desenfundó su pistola de reacción con un movimiento borroso.
—Tengo un mal presentimiento —dijo en voz baja, quitando el seguro.
—Cobarde —bufó Lunaria, aferrando su mazo-pico con ambas manos.
—¿Por qué?
—cuestionó Zarbac casi en un susurro, terminando de ponerse de pie.
Nadie respondió.
—¿Por qué?
—repitió, mirando al suelo.
El sonido de sus dientes rechinando, a punto de romperse por la presión, llenó el silencio.
—¿Por qué qué?
—respondió Lunaria, exaltada por la falta de lógica.
—¡¿POR QUÉ?!
—bramó Zarbac.
—No sé por qué estás loco —le espetó ella—, pero a lo mejor se te cura si te pego de nuevo.
Zarbac levantó la vista.
Sus ojos habían cambiado.
Ya no tenían brillo, ni estaban apagados.
Ardían.
Era una mirada febril, inyectada en sangre y adrenalina pura.
Dio un paso.
La intensidad en su mirada aumentó.
Dio el segundo.
Parecía un animal rabioso a punto de morder.
—¡Aléjate!
—gritó Krzytof, y disparó.
Zarbac ni siquiera miró el arma.
Levantó la mano a la altura de su cabeza con desgana.
El movimiento hizo que la manga de su ropa táctica se deslizara hacia abajo.
Dejó a la intemperie lo que llevaba en la muñeca: una pulsera.
Lunaria y Krzytof se quedaron helados al verla.
Era idéntica a las suyas.
Antes de que la bala de reacción lo tocara, la pulsera emitió un zumbido.
Frente a Zarbac se materializó un escudo de luz azul translúcida, compuesto por celdas hexagonales perfectas, como un panal de abeja.
Parecía un holograma frágil, pero la física dijo lo contrario.
La bala impactó contra la energía.
No rebotó; se aplastó en el acto, cayendo al suelo convertida en una moneda de plomo inútil.
El piso bajo la bota de Zarbac se hundió ligeramente, cediendo ante la presión de arranque.
Lunaria parpadeó.
Fue solo una fracción de segundo de oscuridad.
Al abrir los ojos, él ya estaba enfrente.
Sin piedad alguna, Zarbac le cerró la mano en el cuello.
Apretó lo suficiente para cortar el aire, pero no para matar.
La miró a los ojos, disfrutando el pánico, y con un solo movimiento de brazo, la levantó en vilo, despeguándole los pies del suelo.
—¡SUÉLTALA!
—gritó Krzytof, apretando el gatillo hasta que el percutor sonó en vacío.
Lunaria soltó su mazo-pico.
Sus manos enguantadas arañaron desesperadamente el brazo que la asfixiaba, peleando por una bocanada de aire, pero el agarre era de hierro.
Las balas de reacción murieron contra el escudo hexagonal.
Plomo inútil cayendo al suelo como lluvia muerta.
Con la desesperación quemándole la sangre, Krzytof arrojó la pistola vacía, desenfundó sus dagas y se lanzó al ataque.
Un movimiento suicida.
Zarbac no dejó de mirar a Lunaria a los ojos.
Sonrió.
—Vamos…
diviérteme.
Le propinó un cabezazo seco en el puente de la nariz.
Lunaria se quedó flácida un instante por el aturdimiento.
Zarbac giró sobre su eje y la lanzó de cara como si fuera un muñeco de trapo.
El impacto fue demoledor.
El cuerpo de Lunaria atravesó el panel divisorio del laboratorio, rompiendo metal y plástico con un estruendo, y aterrizó inerte en el pasillo exterior, entre los escombros de la pared.
—¡Desgraciado infeliz!
—rugió Krzytof.
Lanzó una estocada descendente con todo el peso de su cuerpo, buscando clavar la daga en el cuello.
Zarbac solo torció el cuello.
Esquivó el acero por milímetros, retrocediendo un paso con una velocidad insultante.
Krzytof pasó de largo por la inercia del golpe fallido.
Zarbac lo recibió con un rodillazo ascendente en el estómago.
El aire salió de los pulmones de Krzytof junto con una cascada de sangre.
El golpe lo levantó del suelo, doblándolo por la mitad.
—Diviérteme más…
—Zarbac lo agarró de la pechera táctica y lo estampó de espaldas contra el suelo metálico.
—Se ha solicitado ayuda al personal de mayor rango a bordo…
retírense —la voz de la IA resonó en los transmisores de ambos Zorros, fría y distante, mientras Zarbac se montaba a horcajadas sobre Krzytof—.
Según la Segunda Rama Imperial, la clasificación del enemigo es…
Hunter.
Zarbac levantó el puño y lo dejó caer.
La cara de Krzytof crujió.
—¡DIVIÉRTEME!
—gritó el loco, bajando el otro puño con furia—.
¡¿ESO ES TODO LO QUE PUEDES HACER?!
En el pasillo, entre el polvo y los escombros, Lunaria levantó la vista con dificultad.
Su ojo izquierdo estaba cerrado por la hinchazón, morado y a punto de reventar.
Con el derecho, veía el mundo borroso y teñido de rojo.
Escuchaba los golpes húmedos al otro lado de la pared rota.
—La Segunda Rama Imperial ha respondido a nuestra llamada —concluyó la IA.
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