Los dioses me arrebataron mi mundo… ahora yo les arrebataré el suyo - Capítulo 12
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- Capítulo 12 - 12 Capítulo 12 — El día que el cielo descendió
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12: Capítulo 12 — El día que el cielo descendió 12: Capítulo 12 — El día que el cielo descendió El cielo se abrió al mediodía.
No fue una metáfora.
Una grieta blanca partió las nubes sobre Karnel, expandiéndose como una herida luminosa.
El aire se volvió pesado.
El mana del entorno comenzó a vibrar violentamente.
La ciudad entera lo sintió.
Aren levantó la mirada desde el patio del gremio.
—Ya no están probando —murmuró.
—No —respondió Caelum—.
Esto es una ejecución.
La grieta se expandió.
De ella descendió una figura envuelta en luz blanca, cubierta por una armadura que no parecía forjada, sino creada por el propio cielo.
No tenía rostro visible.
Solo una máscara lisa y perfecta.
Sus alas no eran plumas.
Eran energía condensada.
El suelo se agrietó cuando tocó tierra.
Un silencio absoluto cayó sobre Karnel.
—Entidad clasificada como Ejecutor Celestial —susurró Caelum—.
No es un héroe.
No es un ángel completo.
Es un arma.
La figura habló sin mover la boca.
—Anomalía detectada.—Orden: Eliminación inmediata.
Brakk Ironhand ya estaba caminando hacia la plaza.
—Retrocedan todos —ordenó con voz firme—.
Nadie interviene.
Los aventureros dudaron… pero obedecieron.
Aren avanzó.
—Así que ya no mandan humanos —dijo.
El Ejecutor levantó la mano.
Un rayo descendió.
No pequeño.
No advertencia.
Una columna de luz que pulverizó la plaza entera.
Aren salió del impacto con el brazo humeando, el suelo destruido bajo sus pies.
—Rápido —dijo Vharzeth.
El Ejecutor desapareció.
Apareció detrás de Aren.
Un golpe.
Aren bloqueó.
El impacto lo lanzó a través de tres edificios.
Karnel tembló.
Brakk apretó los puños.
—Si intervengo… escalarán.
El Ejecutor avanzó entre el polvo.
—Resistencia confirmada.
Ajustando fuerza.
Sus alas se expandieron.
El cielo se oscureció.
Aren se levantó lentamente.
Su brazo sanaba.
Su mirada no mostraba miedo.
—¿Eso es todo lo que pueden mandar?
El Ejecutor atacó con velocidad absurda.
Golpes que partían el aire.
Espadas de luz formándose en cada movimiento.
Cada impacto destrozaba estructuras cercanas.
Aren comenzó a moverse distinto.
Ya no solo esquivaba.
Anticipaba.
Un golpe falló.
Otro.
Un tercero.
El Ejecutor se detuvo por una fracción de segundo.
Error.
Aren apareció frente a él.
Puño directo al torso.
La armadura celestial se agrietó.
Un sonido que jamás se había escuchado resonó en la plaza.
—Daño confirmado —dijo el Ejecutor.
Aren sonrió.
—Ahora sí.
El combate se volvió brutal.
Aren ya no contenía su fuerza.
Cada golpe deformaba la armadura divina.
Cada impacto lanzaba ondas de choque que hacían retroceder incluso a Brakk.
El Ejecutor intentó elevarse.
Aren lo tomó del ala de energía.
Y lo estrelló contra el suelo.
La plaza se partió en dos.
Silencio.
El Ejecutor intentó levantarse.
Aren lo pisó.
La máscara blanca se fracturó.
—Orden… prioritaria… —murmuró la entidad.
Aren se inclinó.
—Escucha bien —dijo con voz baja—.
Yo no pedí esta guerra.
Le dio un puñetazo directo al rostro.
La máscara explotó.
La luz interna se desestabilizó.
—Regresa —dijo Aren—.
Y dile al cielo algo de mi parte.
Levantó al Ejecutor por el cuello.
El cielo comenzó a abrirse nuevamente, intentando retirarlo.
Aren lo lanzó con toda su fuerza.
El cuerpo celestial atravesó la grieta.
Y la grieta se cerró de golpe.
El impacto resonó como un trueno en el cielo.
Durante varios segundos… Las nubes permanecieron partidas.
En Karnel, nadie habló.
Brakk fue el primero en caminar hacia Aren.
El jefe del gremio observó los restos de energía disipándose.
—Eso… —dijo lentamente— no era un héroe.
—Lo sé —respondió Aren.
Brakk lo miró con una mezcla de respeto y preocupación.
—Acabas de humillar al cielo… frente a una ciudad entera.
Aren levantó la vista hacia las nubes aún inestables.
—Que aprendan.
En el plano superior, el Ejecutor impactó contra el suelo celestial, destrozado.
Aurelios observó en silencio.
—Confirmado —dijo una voz secundaria—.
El objetivo puede dañar armamento celestial.
Aurelios apretó el brazo de su trono.
Por primera vez… No habló.
En Karnel, los aventureros comenzaron a murmurar.
No con miedo.
Con algo distinto.
Esperanza.
Y desde ese día, el rumor cambió.
Ya no era: “El aventurero que no respeta rangos.” Ahora era: “El hombre que hizo sangrar al cielo.”
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