Los Seis de Valerion - Capítulo 34
- Inicio
- Los Seis de Valerion
- Capítulo 34 - 34 Capítulo XXXIII El Lobo Negro de Ordusgar
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
34: Capítulo XXXIII: El Lobo Negro de Ordusgar 34: Capítulo XXXIII: El Lobo Negro de Ordusgar El Jefe de Guerra Throk’Gar no era un líder sencillo.
A pesar de su corta edad, era un orco de una inteligencia y sabiduría formidables, cualidades que lo habían llevado a unificar a los clanes bajo el estandarte de Los Exiliados.
Sin embargo, era conocido por su profunda reticencia a tratar con diplomáticos de El Pacto.
Si el variopinto grupo de Kalair había logrado cruzar las monumentales puertas de hierro negro de Ordusgar sin ser atravesados por una docena de lanzas, era única y exclusivamente gracias a la imponente presencia de Zeraki marchando al frente.
Caminaron por las extensas y caóticas calles de la capital orca.
Ordusgar era un monumento a la supervivencia; una nación guerrera tallada en la roca roja y la madera de las Estepas, polvorienta, desértica y brutal.
A su paso, los orcos detenían sus labores en las forjas y los mercados para clavar miradas cargadas de recelo en los humanos, el enano y las dos elfas.
Pero las miradas más afiladas se centraban en Drazen.
En Los Exiliados conocían perfectamente al medio dragón desde la Batalla de Alto Verde.
Para muchos era un héroe indiscutible, pero para los veteranos orcos, era un hombre difícil de tragar.
No solo había enamorado a Leani Virismar —la mujer por la que su propio Jefe de Guerra había suspirado en secreto—, sino que en el pasado había humillado a Throk’Gar salvándole la vida en pleno combate, una deuda de honor que a los orcos les amargaba la sangre.
Thrain, notando la tensión en el ambiente, decidió que era el momento perfecto para molestar al eslabón más débil del grupo.
Le dio un codazo a Thomas.
—Cuidado por dónde pisas, muchacho —le susurró el enano con una sonrisa torcida—.
Los orcos tienen un paladar muy particular.
Y un sacerdote tierno y rellenito como tú debe parecerles un bocado exquisito bien sazonado.
Thomas tragó saliva, mirando de reojo a un guardia orco que afilaba un hacha descomunal, pero se ajustó las gafas y contraatacó con rapidez.
—Lo dudo mucho, maese Thrain.
Alistair huele a un corte de cerdo mucho más apetitoso.
Si tienen hambre, irán por él primero.
Kalair soltó una carcajada que resonó en la polvorienta calle.
Lyra se llevó una mano al rostro, cuestionándose seriamente si sus milenarios sentidos élficos estaban fallando, porque, en el fondo de su corazón, empezaba a encontrar extrañamente encantador el aroma del paladín.
Drazen, con sus sentidos draconianos hiperdesarrollados, arrugó la nariz.
—Mi viejo huargo, Uxor, solía oler a perro mojado después de cazar en los pantanos —comentó el general, sin mirar atrás—.
Pero debo admitir que Alistair lo supera con creces.
Alistair se detuvo en seco, completamente indignado, y se olfateó las axilas por encima de la coraza.
—¡Oigan!
¡Esta mañana me bañé en el oasis!
¡Estoy excepcionalmente limpio!
Ustedes solo lo dicen para molestarme.
Sylvhus, caminando con la elegancia propia de una General Forestal, se tapó la nariz con dos dedos de forma teatral y negó con la cabeza.
—Claro que sí, Alistair.
Hueles a un campo de rosas frescas.
Zeraki soltó una risa ronca que asustó a su propia escolta orca, poco acostumbrada a ver a la letal guerrera de tan buen humor, y mucho menos entendiendo el sarcasmo.
—En Xera, me encantaba el olor a sudor y sangre de Redhand después de una batalla cruenta —dijo la orca, haciendo una mueca de asco exagerada ante la mención de las flores—.
Los orcos preferimos mil veces el hedor de un guerrero que acaba de sobrevivir a la muerte, antes que el perfume de un campo de flores.
Al escuchar el nombre de Orion Redhand Boras, Kalair sonrió con melancolía.
Trató de recordar aquel aroma férreo y pasional que la había envuelto en tantas noches caóticas, pero aquellos tiempos, aunque grabados en su alma, le parecían pertenecer a otra vida muy lejana.
Finalmente, llegaron a la Fortaleza del Consejo de Guerra.
La estructura principal dominaba el valle con sus picos de acero y enormes tótems.
Se prepararon para un recibimiento hostil.
Alistair tensó la mandíbula y Drazen se irguió, listo para enfrentar los reclamos diplomáticos.
Las pesadas puertas de madera se abrieron, revelando al imponente Throk’Gar sentado en su trono de piedra y pieles.
Al verlos entrar, el Jefe de Guerra se levantó de un salto.
Sorpresivamente, soltó un gruñido que no era de ira, sino de pura y genuina felicidad.
Bajó las escalinatas a zancadas y, antes de que pudieran reaccionar, envolvió a Drazen y a Sylvhus en un abrazo de oso tan brutal que casi les abolla las armaduras.
—¡Por los espíritus!
¿Por qué no vienen a verme más seguido?
—exclamó Throk’Gar, soltándolos con una sonrisa inmensa que mostraba sus colmillos—.
¿No ven lo abandonado que me tienen en esta fortaleza de piedra?
¡Somos buenos amigos, o no!
Drazen se frotó el hombro, completamente descolocado.
—Eh…
Jefe —titubeó el medio dragón—.
La última vez que nos vimos quisiste arrancarme la cabeza.
De hecho, estuviste a punto de lograrlo.
—Lo recuerdo perfectamente, Throk —aportó Sylvhus, intentando ocultar su asombro con una risilla—.
Drazen quedó con el cuello doliéndole durante un mes.
Throk’Gar agitó una enorme mano verde restándole importancia, como si espantara una mosca.
—¡Bah!
Dejemos las riñas de la juventud en el pasado.
Las cosas han cambiado.
¿Acaso no ven a mis pequeños cachorros?
El Jefe de Guerra se hizo a un lado y señaló hacia un flanco del trono.
Allí, jugaban dos pequeños y robustos niños orcos, observados atentamente por una orca de postura orgullosa y cabellos castaños trenzados.
No poseía la belleza sobrenatural y guerrera de Zeraki, pero era una mujer de una fiereza y hermosura innegables, digna compañera del líder de Los Exiliados.
Drazen abrió los ojos, comprendiendo el cambio.
La madurez y la paternidad habían apagado la vieja rivalidad.
—Ah…
es eso —rio Drazen, relajando los hombros por fin—.
Te felicito sinceramente, Gran Jefe.
Beberemos unos buenos grogs en nombre de tu familia.
—Dalo por hecho —asintió Throk’Gar, volviendo a sentarse en su trono mientras unos sirvientes se apresuraban a repartir copas de agua y vino especiado al grupo—.
Ahora díganme, ¿qué trae a los héroes de Bastión de Alabastro y a Zeraki a mi ciudad?
—Buscan al Lobo Negro, el gladiador —explicó Zeraki, aún parpadeando por el cálido recibimiento que no se esperaba—.
Tienen serias sospechas de que podría ser el Rey Varadar de Alabastro.
Throk’Gar frunció el ceño, acariciándose la barbilla pensativamente.
—¿Un humano, y nada menos que un rey, esclavo en las arenas orcas?…
—meditó en voz alta—.
La esclavitud está terminantemente prohibida en todos los reinos de Los Exiliados por decreto mío.
Pero las arenas de gladiadores son un tema gris.
Quienes pelean allí no son esclavos formales; son mercenarios, criminales o parias sin nación que firman contratos a cambio de techo, comida y oro.
El Jefe de Guerra tomó un sorbo de vino antes de continuar.
—Lobo Negro ha luchado en Ordusgar, es cierto.
Y es una leyenda.
Siempre combatía acompañado de dos hermanos orcos, Zurok y Zirak SableFrío.
En ausencia de guerras a gran escala, muchos soldados y pillos enfocan su ultraviolencia en estas batallas de “exhibición”.
Y lo pongo entre comillas porque son peleas a muerte.
Es una tradición sangrienta que el consejo no se ha atrevido a prohibir porque desahoga a aquellos guerreros que no encuentran descanso en tiempos de paz.
—Entonces, Gran Jefe —intervino Kalair, dando un paso al frente—, necesitamos hablar con él.
Encontrar a ese Lobo Negro es nuestra prioridad.
Throk’Gar posó sus ojos en la humana.
La evaluó de pies a cabeza con un interés casi reverencial.
—Tú debes ser Kalair Zad.
Eres tal como me contó Zeraki…
La primera novia de la Muerte.
La mujer que enamoró al guerrero que despedazó a un teniente del Ejército Negro a manos desnudas, el mismo que contuvo al titán oscuro Turus el tiempo suficiente para que Gar’Dal lo aniquilara.
Dime, Kalair…
¿Es verdad todo aquello, o son solo fábulas que inventó Zeraki después de un par de copas de más?
—Todo es verdad —respondió Kalair, sosteniéndole la mirada con seriedad—.
Redhand es así de imparable, y Gar’Dal…
él es prácticamente omnipotente.
Muchos cazadores y guerreros tuvieron que unirse, y muchos murieron de forma horrible, para poder expulsarlo de Xera.
—Zeraki también me dijo que Valerion está a salvo de ese monstruo gracias a ti —añadió el líder orco.
—Yo diría que es la magia de Krasny Bel la que posibilita eso.
Su Velo de Sombras es lo que nos oculta de la mirada de Noche Sangrienta.
Throk’Gar soltó un bufido de asombro y respeto.
—La dos veces hermosa, la doblemente preciosa…
un demonio interesante.
Espero, por el bien de todos nosotros, que ese velo mantenga a Gar’Dal muy lejos de Kaldur.
—El orco se enderezó, volviendo a los asuntos terrenales—.
Con respecto al Lobo Negro: él escapó de Thurak, su maestro de arena, junto a los hermanos SableFrío.
Probablemente en búsqueda de su verdadera identidad.
Mis espías no han logrado ubicarlo desde que nos llegó la misiva de Alabastro con la sospecha de quién era.
Zeraki irá con ustedes.
Si desean encontrarlo, háganlo rápido, antes de que su propia vehemencia termine matándolo.
Ha demostrado ser extremadamente violento.
Sylvhus apretó los puños a sus costados.
Una punzada de culpa le atravesó el pecho.
Habían llegado tarde.
El verdadero Rey Varadar podía estar en peligro mortal ahora mismo, vagando sin memoria.
La elfa rogó internamente que los días que pasaron en el barco, perdidos en su romance y en el dolor de Edrien, no fueran la causa de haber perdido el rastro de la corona.
—No tenemos más remedio, muchachos —suspiró Kalair Zad, mirando a su grupo—.
Debemos seguir buscando por todo Kaldur.
Te seguimos a ti, Lyra, y a ti, Zeraki.
Ustedes son las que mejor conocen este continente salvaje.
—Eso suponiendo que Lobo Negro no haya tomado un barco de vuelta a los reinos de El Pacto —puntualizó Alistair con preocupación.
—Si es así, mi maestro espía nos enviará un ave mensajera desde la fortaleza de Ultramar —respondió Drazen—.
Esperemos que el mensaje pueda cruzarse con nosotros.
Por ahora, les enviaré nuestras coordenadas.
Primero peinaremos Kaldur.
Si las pistas nos llevan al Valle Oscuro en nuestro continente, tendremos que apresurarnos.
El medio dragón ensombreció su semblante.
—La Incursión Necrótica se ha vuelto fuerte en esas tierras otra vez.
El Rey Zorth no retiró a todos sus ejércitos a las trincheras del norte como creíamos.
Hay una fuerte resistencia humana allí, pero ni todo el apoyo militar que ha enviado El Pacto ha logrado erradicar la podredumbre.
—Esperemos que todo resulte como deba resultar —rio Thrain, frotándose las manos para espantar el pesimismo—.
¿Hay cerveza orca por aquí, Jefe?
Dicen que golpea más fuerte que un ogro rabioso con dolor de muelas.
Lyra agarró al enano de la oreja y tiró con fuerza.
—Te aguantarás la sed, Thrain.
La vida del Rey de Alabastro y el destino de nuestro reino dependen de lo rápidos que seamos.
—¡Ay, ay, mis cartílagos, elfa bruta!
—se quejó el enano, caminando de puntillas.
Drazen, Kalair y el resto del grupo se llevaron el puño derecho al pecho, dando la tradicional señal de respeto orco al joven y sabio líder de Los Exiliados.
—Habrá mejores momentos para celebrar y hablar, Gran Jefe —se despidió Drazen.
—Vayan sin cuidado.
Dondequiera que vaya Zeraki, Los Exiliados responderán con camaradería —proclamó Throk’Gar, levantando su copa—.
Están ante la gran heroína orca de Kaldur.
Y tú, Drazen, el gran héroe de nuestro mundo.
Que los espíritus guíen a los Valientes de Alabastro.
Kalair asintió, dándose la vuelta para seguir a Zeraki hacia la salida de la fortaleza.
Mientras caminaba, tuvo que forcejear ligeramente con el pliegue de su capa; el pequeño Hossi, la cría de hiena, había despertado y ahora estaba decidido a masticarle los dedos con sus pequeños y afilados dientes de leche.
Kalair sonrió; en medio de conspiraciones de reyes amnésicos, ejércitos necróticos y demonios cósmicos, aquel pequeño gruñido era un ancla perfecta hacia el presente.