Los Seis de Ventormenta - Capítulo 10
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10: Vino a las Estrellas 10: Vino a las Estrellas El campamento se asentó en una pequeña elevación junto a la ribera del río, justo donde el susurro del agua chocando con las piedras intentaba, sin mucho éxito, ahogar los sonidos de la noche.
Era un lugar peligroso, un limbo entre la civilización y la salvaje anarquía de los Páramos de Poniente.
A lo lejos, pero no lo suficiente como para ignorarlas, las risas histéricas de los gnolls cortaban el aire como cuchillos oxidados.
Era un sonido sádico, una vibración que ponía los pelos de punta y recordaba a los cinco que Hogger, el Rey de los Zarpa Río, estaba a tan solo unos kilómetros de distancia.
A pesar de la amenaza, el grupo necesitaba un respiro.
No encendieron una fogata grande; apenas una llama discreta protegida por rocas para calentar los restos de los víveres de Joe Pedregosa.
El pan, aunque algo duro, y el queso fuerte sabían a gloria bajo el cielo estrellado.
—En toda mi vida —comenzó Thomas, rompiendo el hielo mientras abrazaba sus rodillas con timidez—, mi mayor acto de rebeldía fue robar un pastelillo de la cocina del Hermano Paxton.
Verlo correr por los pasillos buscándolo mientras yo me escondía detrás de una estatua de Alonsus Faol…
eso era adrenalina para mí.
Ahora, estar aquí, escuchando a esas bestias reírse…
es otra clase de mundo.
La confesión del joven sacerdote hizo que Alistair soltara una risotada amable.
El paladín se estaba limpiando una mancha de barro de su hombrera plateada, que ya no brillaba tanto como el primer día.
—No te preocupes, Thomas.
Cada uno empieza donde puede —dijo Alistair—.
Yo pasé años entrenando en los cuarteles de Ventormenta, pero mis historias son solo de escaramuzas locales.
Nunca vi un frente de guerra real, ni a la Plaga, ni a los demonios.
Mi mayor logro antes de conocerlos fue espantar a unos cuantos asaltantes en las minas.
Soy un soldado de tiempos de paz, supongo.
Thrain, que estaba ocupado afilando su hacha con una piedra pómez, soltó un bufido que hizo vibrar su barba.
—Paz…
¡qué palabra más rara!
—gruñó el enano—.
En Khaz Modan, la paz es lo que tienes entre un ataque de Trolls Peloescarcha y una incursión de Troggs comepiedras.
Bestias feas y duras como el granito.
Me curtí en esos túneles oscuros, donde el único mapa que importaba era el que dibujabas con la sangre de tus enemigos en las paredes de hielo.
Eso sí es vida, muchacho.
Kalair escuchaba en silencio, dejando que las voces de sus compañeros fluyeran a su alrededor como una manta cálida.
Verlos así, tan humanos, tan vulnerables pero decididos, le recordó inevitablemente a su propio pasado en Xera.
Las historias de batallas y camaradería le trajeron el rostro de Borgol a la mente.
El neandertal, el gigante de corazón tierno que siempre la cuidó sin pedir nada a cambio.
Sintió una punzada de arrepentimiento, un peso en el pecho al recordar cómo él la amó con la pureza más absoluta que jamás recibió, y ella simplemente no pudo corresponderle.
El destino en Xera era una trampa de la que solo salían fragmentos, y ella era uno de ellos.
Lyra, que había estado observando a Kalair con una intensidad indescifrable mientras jugueteaba con su arco, rompió su propio hermetismo.
—Yo estuve en el Monte Hyjal —dijo la elfa, y de repente el campamento se quedó en un silencio sepulcral—.
Vi el cielo volverse verde vil bajo la sombra de la Legión Ardiente.
Peleé en las ramas altas del Árbol del Mundo junto a las Centinelas, mientras Tyrande y Malfurion invocaban el fin del mundo para salvarnos a todos.
Alistair y Thomas la miraron con asombro, como si estuvieran ante una figura de leyenda.
—¿Peleaste junto a los Dioses de los Elfos?
—susurró Thomas.
Lyra soltó una risita amarga, negando con la cabeza.
—No se equivoquen.
Yo solo era una arquera más en un ejército de miles.
Un engranaje en una máquina de guerra desesperada.
No soy una heroína de los libros, solo alguien que sobrevivió para contarlo.
Kalair salió de su introspección, intrigada por el relato de la elfa.
El nombre de Hyjal resonaba con algo que había escuchado en sus breves días en Azeroth.
—Dicen que en esa batalla hubo muchos nombres que ahora son leyendas —dijo Kalair, intentando parecer casual—.
¿Y a ese General Drazen…
le viste también?
Lyra arqueó una ceja, lanzándole a Kalair una mirada de complicidad burlona.
—¿El General Drazen?
Oh, sí.
Era imposible no fijarse en él.
En aquel entonces era solo un muchacho, un mocoso con una fuerza que no parecía de este mundo.
Se movía entre los demonios como si fuera una tormenta de acero.
Y junto a él…
vi a una orca, Zeraki.
Debo admitir, Kalair, que para ser de una raza tan tosca, era una mujer de una belleza impactante.
Quizá más bella que tú, si te gustan los músculos y la piel verde.
Kalair sintió un vuelco en el corazón.
Zeraki.
Drazen.
Nombres que en Xera eran ecos de tragedia y esperanza, aquí eran figuras de una guerra histórica.
Algo en su interior le decía que el Drazen del que hablaba Lyra tenía una conexión directa con su hogar, aunque no podía estar segura.
—Drazen peleaba con una rabia gélida —continuó Lyra, bajando la voz—.
Pero hubo algo que nunca olvidaré.
En medio de la carga contra los guardias apocalípticos, cuando parecía que nos iban a arrollar, el chico abrió la boca y…
por la Diosa, no fue un grito lo que salió.
Escupió una llamarada de fuego azul, denso y brillante, que incineró a una docena de demonios en un segundo.
Era como si tuviera el aliento de un dragón antiguo en sus pulmones.
Kalair se quedó helada.
Fuego azul.
Su intuición, forjada en la supervivencia, le gritó que aquello no era magia de Azeroth.
Era el linaje de Kuro y Farizza.
Drazen no era solo un general; era un heredero de Xera.
La atmósfera se volvió pesada, cargada de la inmensidad de las historias compartidas.
Lyra, notando la palidez de Kalair, sacó de entre sus ropajes un pequeño odre de cuero oscuro.
—Estás demasiado pálida, humana —dijo Lyra, tendiéndole el odre con un gesto que pretendía ser brusco pero que ocultaba una amabilidad genuina—.
Toma un trago.
Es vino de los elfos de la noche, destilado bajo la luz de Elune.
Te pondrá los pies en la tierra…
o te los quitará por completo.
Kalair, agradecida por el gesto y necesitando algo que quemara los recuerdos de Borgol y la incertidumbre sobre Drazen, se empinó el odre sin dudarlo.
Dio un trago generoso, sintiendo un sabor dulce a bayas nocturnas y miel.
Un segundo después, el mundo desapareció.
Kalair sintió que su alma salía disparada de su cuerpo, elevándose por encima de las copas de los árboles.
El río parecía brillar con luz propia y los ronquidos de Thrain sonaban como una orquesta sinfónica.
Sus extremidades se volvieron de algodón y se desplomó hacia atrás sobre la hierba con un suspiro de absoluta estupefacción.
Lyra estalló en una carcajada cristalina, una risa que sonó más joven y ligera que cualquier cosa que Kalair le hubiera escuchado antes.
Thrain y Alistair se unieron a la risa, señalándola.
—¡Ja!
—rugió el enano—.
¡Bienvenida al grupo, muchacha!
¡Esa maldita elfa me hizo lo mismo el día que nos conocimos!
¡Estuve tres horas intentando convencer a una piedra de que era mi prima de Forjaz!
—Es el bautizo tradicional —añadió Alistair entre risas—.
Hasta Thomas cayó la primera vez.
Kalair, tumbada boca arriba, miraba las estrellas bailar un vals en el cielo de Azeroth.
Estaba borracha de una magia milenaria, protegida por un grupo de desconocidos que empezaban a sentirse como su única ancla en este mundo extraño.
—Maldita sea…
—susurró Kalair con una sonrisa boba, sintiendo el calor del licor y de la compañía—.
Quizá este mundo no sea tan malo después de todo.
Finalmente, el efecto sedante del vino y el agotamiento de los días de viaje vencieron al grupo.
Uno a uno, se acomodaron en sus mantas de viaje.
Thrain fue el primero en reanudar sus ronquidos rítmicos, seguido por un Thomas que murmuraba oraciones en sueños.
Alistair se quedó un rato más mirando el fuego, con la vista perdida en la dirección donde Kalair dormía, antes de cerrar los ojos.
Bajo la guardia silenciosa de las estrellas y el eco de las risas de los gnolls en la distancia, los cinco durmieron.
Al amanecer, Hogger los estaría esperando, pero por esa noche, eran simplemente cinco amigos compartiendo el mismo sueño bajo el cielo de Elwynn.
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