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Los Seis de Ventormenta - Capítulo 9

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9: El Velo de Krasny.

9: El Velo de Krasny.

Un suspiro colectivo, profundo y cargado de agotamiento, resonó frente a la Posada Orgullo de León.

Apenas acababan de sentarse con la cerveza pagada por el alquimista y el montoncito de plata de la recompensa en los bolsillos, cuando la realidad de su misión les cayó encima como un yunque.

Aún debían llevarle la poción de invisibilidad a Maybell Maclure, asegurarse de que sus irritables padres no los descubrieran, escoltarla esquivando un nido de Kobolds en la mina cercana, y entregarla sana y salva en la Granja Pedregosa.

Thrain se frotó las sienes, manchadas de ceniza y barro seco.

—Si sumo todo lo que hemos caminado hoy, juro por mis ancestros que ya habríamos llegado al Cuartel del Arroyo Oeste, le habríamos dado tres vueltas completas a los muros de Ventormenta y estaríamos parando para tomarnos una buena pinta de cerveza negra en las forjas de Forjaz.

Mis piernas son cortas, maldita sea.

Alistair, siempre el paradigma del optimismo insufrible, se ajustó las correas de la armadura y trató de animar a la tropa poniéndose al frente de la marcha.

—¡Vamos, amigos, ánimo!

El Bosque de Elwynn es hermoso a esta hora de la tarde.

El aire es fresco, el deber nos llama, y hacer de celestinos para el amor verdadero es una misión digna de baladas.

Además…

—El paladín se giró caminando de espaldas para mirar a Kalair, con una sonrisa deslumbrante—.

Debo decir que el camino se hace mucho más corto con tan buena compañía.

Tienes una forma muy…

elegante de caminar por el fango, Kalair.

Como si danzaras.

Es increíble que incluso cubierta de barro del lago sigas viéndote tan…

radiante.

Lyra, que caminaba unos pasos atrás, partió una rama seca que llevaba en la mano con un chasquido violento.

Llevaba todo el viaje gruñendo entre dientes, enfurecida por la atención constante y embelesada que el paladín le dedicaba a la humana.

—Si sigue mirándola así, se va a tropezar con una raíz y se romperá sus perfectos dientes de Ventormenta —murmuró Lyra, fulminándolo con la mirada.

Thrain soltó un bufido, apoyándose en su hacha como si fuera un bastón.

—Hablando de caminar…

con la plata que nos dio el alquimista, ¿por qué no compramos unos buenos caballos?

Ya estoy harto de andar a pie como un vulgar campesino.

Lyra soltó una carcajada cristalina, distendiéndose un poco ante la ocurrencia del enano.

—¿Caballos?

Thrain, mi querido y robusto amigo, los caballos de guerra cuestan una fortuna.

Para costear uno solo de los malos, tendríamos que vender a Thomas en el mercado de esclavos de la Bahía del Botín.

Y dudo que nos den mucho por él.

Thomas se quedó helado.

Se detuvo en seco, abrazando su bastón con los nudillos blancos, y se escondió rápidamente detrás de Kalair, asomando solo los ojos por detrás de su hombro.

—¡Kalair, por la Luz, dile que es una broma!

¡No dejes que me vendan a los piratas!

Puedo caminar más rápido, lo prometo.

Thrain se acarició la barba, fingiendo pensarlo seriamente.

—Teniendo en cuenta lo poco que come y lo mucho que reza…

si me dan un triciclo gnomo a cambio de Thomas, yo me conformo.

El grupo entero estalló en carcajadas.

La tensión se disipó y, entre bromas a costa del pobre sacerdote, el trayecto se hizo mucho más llevadero.

Finalmente, llegaron a los límites de la Granja Maclure.

La casa principal se alzaba entre campos de trigo dorado y viñedos, con granjeros trabajando la tierra y un enorme perro guardián durmiendo en el porche.

Kalair evaluó la situación.

Algo instintivo, un cosquilleo en la base de su nuca le dijo que ella debía ser quien entregara la poción.

—Yo me encargo —dijo en voz baja—.

Quédense aquí en la linde del bosque.

Lyra se cruzó de brazos, esbozando una sonrisa maliciosa.

—Oh, por favor.

Esto tengo que verlo.

Apuesto dos cobres a que el viejo Maclure te descubre y te saca corriendo a punta de asadón.

Será una excelente diversión.

Kalair le guiñó un ojo a la elfa y se agachó ligeramente, preparándose para avanzar a hurtadillas por la hierba alta.

Pero entonces, para sorpresa absoluta de todos —incluida la propia Kalair—, en el instante en que dio el primer paso con la intención de ocultarse, su cuerpo pareció disolverse en el aire.

Se esfumó.

Completamente invisible.

Alistair casi soltó un grito de pánico.

Llevó las manos a su cabeza, pálido como la cera.

—¡Por la Luz!

¡Se ha bebido la poción de Maybell!

¡Kalair, escúpela, esa no era para ti!

—Cierra la boca, idiota —siseó Lyra, dándole un codazo en las costillas al paladín.

La elfa tenía los ojos entrecerrados, escudriñando el espacio vacío donde segundos antes estaba la humana—.

Ella no se tomó nada.

El frasco sigue brillando en el aire, flotando junto a su cinturón.

Es magia.

Una magia que habita dentro de ella…

—Lyra bajó la voz, susurrando para sí misma, con un matiz de fascinación y temor—.

Algo…

quizá muy oscuro.

Desde su perspectiva, Kalair veía el mundo teñido de un gris ahumado.

Miró sus propias manos traslúcidas.

El Velo Sombrío, pensó, atónita.

La capacidad de moverse entre las sombras que le había otorgado Krasny Bel, La hermosa Reina de los Demonios de Xera, seguía allí.

No la había perdido al cruzar a Azeroth.

El velo respondía a su voluntad instintiva.

Daba igual la explicación ahora; era la herramienta perfecta.

Se deslizó entre los trabajadores sin hacer crujir una sola hoja, rodeó a los perros de caza y se acercó a la parte trasera de la casa.

Allí, sentada en un banco de madera pelando patatas con expresión tristona, estaba Maybell.

Kalair se acercó y materializó solo su voz, en un susurro tranquilizador.

—Maybell.

No te asustes.

No grites.

La joven dio un respingo, tirando una patata, pero contuvo el aliento al ver un pequeño frasco flotando frente a ella.

—Es un regalo de mi grupo y del viejo William Mortero —dijo Kalair desde las sombras—.

Tómate esto y te harás invisible, como yo.

Podrás cruzar la granja sin que tus padres te vean.

Joe te espera.

Maybell tomó el frasco, con lágrimas de felicidad asomando a sus ojos.

Kalair la miró y un pensamiento intrusivo cruzó por su mente: Por los dioses, solo te pido que no te embaraces en el granero o Thomas se sentirá un genio.

Pero en voz alta, Kalair simplemente dijo: —Solo…

úsala sabiamente, ¿de acuerdo?

Maybell asintió frenéticamente, destapó el vial y se lo bebió de un trago.

Al instante, la joven granjera desapareció de la vista.

—Sígueme de cerca —ordenó Kalair, manteniendo el Velo de Krasny activado.

Las dos entidades invisibles regresaron con el grupo.

Cuando Kalair finalmente dejó caer el velo y se materializó junto a una Maybell que aún seguía siendo transparente, Thrain dio un salto hacia atrás, empuñando su hacha.

—¡Por los pelos de la barba de mi madre!

—exclamó el enano, con los ojos como platos—.

¿Qué carajo acabas de hacer, muchacha?

¡Desapareciste en las sombras como un demonio del vacío!

Kalair se encogió de hombros con falsa modestia, ajustándose el cinturón de sus cuchillos.

—Digamos que tengo un ángel que me cuida desde hace mucho tiempo —dijo con una sonrisa enigmática.

Aunque, en su mente, la corrección fue inmediata: O un demonio.

Con Krasny Bel nunca se sabe.

El viaje de regreso a la granja de los Stonefield fue tenso y lento.

Tuvieron que dar un rodeo de casi dos horas para flanquear la Mina Fargodeep, que se interponía entre ambas propiedades.

El lugar estaba plagado de Kobolds, esas repugnantes criaturas con cara de rata que corrían por los túneles gritando “¡Tú no llevarte mi vela!”.

Con Maybell invisible pero torpe al caminar por el bosque, Kalair no quería arriesgarse a un combate en las minas.

Finalmente, con el sol empezando a teñir el cielo de naranja, llegaron al viejo roble monumental donde Tommy Joe los esperaba, comiéndose las uñas.

El efecto de la poción se desvaneció justo a tiempo.

Maybell se materializó de la nada a unos pocos pasos de él.

Ambos jóvenes se miraron un segundo, sin poder creerlo, y luego corrieron a abrazarse.

Se fundieron en un beso largo, desesperado y melodramático que hizo que Thomas apartara la vista ruborizado.

Esperaron pacientemente.

Y esperaron un poco más.

Finalmente, Thrain se aclaró la garganta ruidosamente.

—Cof, cof.

Es una escena muy hermosa, muchacho, pero…

la recompensa, buen Joe.

El granjero se separó de Maybell con una sonrisa boba, asintiendo fervientemente.

—¡Sí, por supuesto!

¡Han salvado mi vida!

—Joe se agachó y sacó debajo de las raíces del árbol un saco abultado—.

Aquí hay pan fresco, queso, manzanas y algo de carne seca para su viaje.

Y…

esto.

Joe abrió la mano.

En su palma descansaban dos brillantes monedas de oro.

Para unos aventureros novatos, aquello era una pequeña fortuna.

—Es todo lo que junté trabajando este mes.

Úsenlas bien.

Los ojos de Thrain se iluminaron con codicia enana, y Alistair sonrió, agradecido.

Pero antes de que ninguno pudiera estirar la mano, Lyra se adelantó con un movimiento ágil y tomó las dos monedas, haciéndolas tintinear antes de guardarlas en su propia bolsa.

—No te preocupes, Joe —dijo la elfa, lanzando una mirada severa a sus compañeros—.

Me encargaré personalmente de que estos gañanes no se lo gasten en hongos alucinógenos, cerveza barata o triciclos para sacerdotes.

El grupo comenzó a darse la vuelta para retomar el camino.

Alistair, siempre caballeroso, hizo un gesto con la mano para que Lyra pasara primero.

Fue entonces cuando sucedió.

Al pasar a su lado, Lyra no lo esquivó con la frialdad de costumbre.

En un movimiento tan sutil que Kalair, incluso con sus ojos agudos apenas lo notó, la elfa dejó caer su mano y rozó suavemente, casi como una caricia descuidada, los dedos desnudos del paladín.

Alistair se detuvo en seco.

Su rostro pasó de su tono pálido habitual a un rojo carmesí brillante en cuestión de medio segundo.

Trató de articular palabra, pero solo salió un sonido ahogado de su garganta.

Lyra, sin mirar atrás, siguió caminando con la barbilla en alto y una media sonrisa indescifrable dibujada en los labios.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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