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Los Seis de Ventormenta - Capítulo 12

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  3. Capítulo 12 - 12 Confesiones en el Camino del Rey
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12: Confesiones en el Camino del Rey.

12: Confesiones en el Camino del Rey.

El sol de media mañana caía a plomo sobre el Camino del Rey.

A medida que se acercaban a los límites occidentales del Bosque de Elwynn, el sendero de tierra batida había dado paso a un empedrado antiguo y desigual.

El paisaje también cambiaba; los frondosos robles empezaban a espaciarse, dejando ver a lo lejos los campos dorados y áridos de los Páramos de Poniente.

Thrain caminaba arrastrando un poco las botas, haciendo que el metal de sus grebas chocara ruidosamente.

El enano miró con odio las piedras del camino y se frotó las rodillas.

—Por el martillo de Khaz’goroth…

odio los caminos humanos —rezongó, pateando un guijarro—.

Las piedras están puestas a la distancia exacta para arruinarle el paso a un enano.

Sigo pensando que vender al chico del bastón a cambio de un triciclo gnomo o una buena montura era la táctica más brillante que hemos tenido en todo el viaje.

Thomas, que iba caminando unos pasos detrás de Thrain, tragó saliva sonoramente.

Apretó su bastón sagrado contra el pecho, dio tres rápidos pasos hacia atrás y se refugió al lado de Kalair, quien se había mantenido a la retaguardia para darle espacio a la peculiar danza de acercamiento que Lyra y Alistair llevaban haciendo desde el amanecer.

Kalair miró de reojo al joven sacerdote.

Estaba pálido y sudaba frío.

—¿Temes que te venda realmente, Thomas?

—le preguntó Kalair con una media sonrisa, bajando la voz para que el enano no los escuchara.

—S-sé que es una broma…

—tartamudeó Thomas, ajustándose las gafas temblorosas—.

El maese Thrain ladra más de lo que muerde.

—Entonces, ¿por qué estás tan nervioso que pareces a punto de desmayarte?

Thomas suspiró, mirando hacia el camino por delante con ojos asustados.

—Ese tal Hogger…

Dughan lo llamó un carnicero.

Temo que…

que si no soy lo suficientemente bueno canalizando la Luz, alguno de ustedes muera.

Por mi debilidad, Kalair.

Si mis rezos fallan, ustedes sangran.

No sé si estoy listo para cargar con eso.

La expresión de Kalair se suavizó de inmediato.

Perdió cualquier rastro de sarcasmo y le puso una mano firme en el hombro, deteniéndolo un segundo.

—Eso no pasará —resopló Kalair, mirándolo con una seguridad absoluta—.

Escúchame bien, Thomas.

Aunque fallaras alguna plegaria o se te trabara la lengua, todos somos muy fuertes.

Podemos aguantar unos cuantos golpes.

Y tú también lo eres.

Mírate: saliste de tu zona de confort, luchaste contra monstruos escamosos y aguantaste a un enano gruñón y a una elfa altiva.

Has llegado más lejos que todos esos hermanos de la abadía que se quedan tomando vino añejo.

Eres un prodigio, Thomas.

Solo tienes que creerlo.

El joven sacerdote sonrió, un poco más relajado, aunque en el fondo sabía que la palabra “prodigio” era una exageración bondadosa de la humana.

Mientras retomaban el paso, la mente de Kalair viajó a sus propios miedos.

La verdad era que, a ella, Hogger no le parecía una criatura tan aterradora.

Había visto el mundo arder.

Sobrevivió a la furia desatada de Illarian, el Príncipe Elemental, y presenció el terror absoluto de Diablo.

Vio la sombra inmensa de Nefar cruzando los cielos y sobrevivió al encuentro con Gar’Dal en su forma demoníaca.

Resistió el letal e involuntario encanto de la mismísima Krasny Bel, y había luchado codo a codo en las caóticas calles de Moscú junto a Redhand.

Comparado con todo eso, un gnoll sobredesarrollado con ínfulas de rey no debería frenarla.

Sin embargo, la realidad de Azeroth era fría y tangible.

Sus pistolas ya no estaban cargadas con las milagrosas municiones de rayos ilimitadas de Xera.

Solo tenía pólvora terrenal y cuchillos de acero.

La ecuación era simple pero brutal: solo tenía que poner una bala de plomo exactamente entre los ojos de Hogger.

Necesitaba aferrarse a esa precisión militar y creer que sería suficiente, porque si dudaba, si resultaba ser débil en este nuevo mundo desprovisto de magia cósmica, su nueva familia moriría.

Y no estaba dispuesta a perder a nadie más.

Unos diez metros más adelante, la situación diplomática del grupo estaba a punto de colapsar.

Lyra, que había caminado con los brazos cruzados y el ceño fruncido durante la última media hora, comenzó a acortar la distancia con Alistair.

El paladín, al sentir a la elfa acercándose a su espacio personal, daba un paso nervioso hacia un lado.

Lyra daba dos hacia él.

Alistair daba otro paso evasivo, casi tropezando con el borde del camino.

Finalmente, Lyra se hartó.

Se detuvo en seco, plantándose en medio del empedrado, y obligó a Alistair a detenerse.

—¿Me tienes miedo, Alistair?

—le preguntó la elfa, mosqueada, con los ojos plateados brillando de frustración.

Alistair abrió mucho los ojos, tomando su espada por instinto antes de soltarla rápidamente, como si el metal quemara.

—¡No, por la Luz, no!

Lyra, tú…

tú nunca me darías miedo —respondió el humano, con la voz más aguda de lo normal.

—Entonces, creo que he sido muy clara —sentenció Lyra, sin apartar la mirada de él, irguiéndose en toda su impresionante estatura—.

Tú me gustas.

Quiero que seas mi pareja.

La declaración fue tan directa que resonó en los árboles cercanos.

Thrain, que estaba a solo unos pasos de ellos, escuchó todo.

El enano abrió los ojos como platos, giró sobre sus talones con una agilidad sorprendente para alguien con armadura pesada y, en absoluto silencio, caminó de puntillas hasta refugiarse junto a Kalair y Thomas.

Una vez a salvo en la retaguardia, el enano apretó los labios para no reír, levantó un brazo en alto y agitó el puño en el aire, animando mudamente a la elfa en su asalto frontal.

Thomas apretó los ojos con fuerza y comenzó a murmurar a una velocidad vertiginosa.

—OhLuzClementepermítenosqueAlistairacepteatumiervaLyraporqueosinoellanoscortaráentrocitosymearrancarálasgafasAmén…

Kalair, por su parte, sintió que el estómago se le encogía de puro nerviosismo.

¿Y si Alistair la rechazaba?

Sería un desastre absoluto.

Ella misma le había aconsejado a Lyra que fuera directa y dejara las sutilezas.

Si el paladín decía que no, el corazón milenario de la elfa se cerraría para siempre y el grupo se desintegraría antes de llegar a Hogger.

Alistair se sintió paralizado.

Sus botas parecían haberse fusionado con los adoquines.

Miró el rostro perfecto de Lyra, las marcas violetas en su piel, sus ojos fieros y vulnerables al mismo tiempo.

—Lyra…

eres hermosa, eres inteligente, eres…

una guerrera sin igual —empezó a balbucear Alistair, con el rostro teñido de un rojo violento.

El tono sonaba a despedida.

El orgullo de Lyra se resquebrajó al instante.

—Es por Kalair, ¿cierto?

—lo interrumpió la elfa, con la voz quebrada.

La dureza de sus ojos se disolvió, y pareció que estaba a un parpadeo de echarse a llorar allí mismo en medio del camino.

—¡NO!

—respondió Alistair de inmediato, con una fuerza y seguridad que asustó a los tres espectadores de la retaguardia.

Dio un paso hacia ella, olvidando sus nervios—.

¡No tiene nada que ver con ella!

Es que…

es que mírame, Lyra.

Soy un humano ordinario.

Tú estuviste en Hyjal.

Tienes siglos de sabiduría.

Yo apenas he salido de Elwynn.

Creo ser muy poco para ti.

No soy digno.

Lyra parpadeó, sorprendida de que el inmenso muro que los separaba fuera simplemente la inseguridad de un muchacho de buen corazón.

Una sonrisa suave y abrumadoramente tierna reemplazó su mueca de dolor.

—No lo eres, tonto —le susurró Lyra, dando un pequeño paso hacia él—.

Eres el mortal más valiente y noble que conozco.

Alistair no necesitó responder con palabras.

El peso de sus dudas pareció esfumarse en el aire cálido de la mañana.

Levantó lentamente su mano enguantada en cuero y buscó la de la elfa.

Lyra deslizó sus finos dedos entre los de él, apretando su mano con firmeza.

Y así, bajo la atónita mirada de sus tres compañeros, el paladín y la cazadora retomaron el camino hacia el Cuartel del Arroyo Oeste.

Caminaban juntos, de la mano, en un silencio absoluto pero cargado de un significado que no necesitaba traducción.

A unos diez metros de distancia, Kalair soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.

—Thrain…

—murmuró Kalair, ladeando la cabeza mientras veía a la extraña pareja alejarse lentamente—.

¿Y eso qué significa acá?

¿Están prometidos?

¿Es un trato de sangre?

Thrain se rascó la barba, metiendo los dedos entre las gruesas trenzas cobrizas con expresión pensativa.

—La verdad, muchacha, no tengo la menor idea.

Los enanos no hacemos estas cursilerías.

Nosotros nos rascamos las barbas mutuamente y nos regalamos un buen barril de cerveza negra cuando nos queremos.

Quizá entre ustedes, las razas lampiñas y aburridas, tomarse de las manos húmedas y sudorosas sea la cima del romance.

El enano soltó una risilla baja, un sonido gutural, casi sádico, frotándose las manos.

—Habrá que ver más señales…

Solo espero que este “amor” no haga que el rubito pierda la concentración frente a Hogger, o tendré que aplastarle el cráneo yo mismo para ahorrarle el sufrimiento a la elfa.

¡En marcha, tortugas, que el cuartel nos espera!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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