Los Seis de Ventormenta - Capítulo 13
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13: El Rey Gnoll.
13: El Rey Gnoll.
El oficial del Cuartel del Arroyo Oeste, un hombre de rostro severo marcado por el sol inclemente que azotaba la frontera, desplegó un mapa raído sobre la mesa de mando.
El cuartel era la última línea de defensa donde el verdor tupido del Bosque de Elwynn moría abruptamente para dar paso a las praderas resecas de los Páramos de Poniente.
A solo unos cientos de metros de allí, las manadas de gnolls campaban a sus anchas.
—Este es el campamento principal de los Zarpa Río —explicó el oficial, señalando una marca roja junto a la curva del río—.
Hogger rara vez se mueve de su tienda de mando, ubicada en una pequeña península.
Tiene decenas de bestias custodiando el perímetro.
Lyra se inclinó sobre el mapa, estudiando el terreno con ojos afilados.
—Si vamos derecho por el camino principal, nos enfrentaremos a una legión entera de gnolls antes de siquiera olerle el pelo a ese chucho.
Sería un suicidio.
Entonces, debemos flanquearlos.
Bajaremos por este risco e iremos nadando hasta el final de la península para atacarlo por la espalda.
—¡Estás loca, muchacha!
—bramó Thrain, golpeando la mesa con el puño cerrado.
Su rostro se puso tan rojo como su barba—.
¡Una armadura enana no flota, por si no te habías dado cuenta!
—Es que no sabe nadar —soltó Alistair, incapaz de contener una carcajada que resonó en la sala.
Todos rieron, incluso el oficial esbozó una sonrisa.
Thrain cruzó los brazos, farfullando maldiciones ininteligibles y mirando al suelo de madera con el ceño fruncido.
—El río es muy estrecho para ir en bote y hace demasiado ruido —masculló el enano a modo de defensa.
El oficial, recordando el sello de recomendación que traían del Alguacil Dughan, se frotó la barbilla.
—Tengo una guarnición de infantería ligera.
Puedo enviar a mis hombres a un ataque de choque frontal contra las líneas de los bandidos gnolls.
Dispararán una salva y retrocederán, atrayendo al grueso de la manada.
—Entonces podremos aprovechar la confusión para flanquear el campamento por tierra y llegar rápidamente a Hogger —exclamó Thomas.
Su voz sonó tan lúcida, firme y segura que los otros cuatro se giraron a mirarlo, genuinamente asustados de que el sacerdote asustadizo hubiera formulado una estrategia militar tan impecable.
Lyra parpadeó, sorprendida.
—Bueno…
es exactamente lo más sensato que podemos hacer.
El oficial asintió y comenzó a señalar los movimientos que harían sus tropas, pero Lyra apartó la mano del hombre.
Tomó las pequeñas figuritas de madera y comenzó a moverlas sobre el mapa con una velocidad y visión táctica abrumadoras.
Explicó ángulos de fuego, zonas de retirada y cuellos de botella para que los soldados humanos no sufrieran ni una sola baja, asegurando que, en cuanto Hogger cayera, la cadena de mando de los gnolls se rompería y huirían despavoridos.
El grupo se miró en silencio.
Lyra estaba en llamas; la experiencia de la arquera de Hyjal finalmente brillaba en todo su esplendor militar.
Se prepararon a conciencia.
El oficial les abrió la armería del cuartel para que tomaran lo que necesitaran.
A Thomas le colocaron tantas placas de metal y cotas de malla encima que el pobre chico apenas podía doblar las rodillas.
—Es más seguro que te las pongas, muchacho —dijo Thrain, dándole una palmada en una hombrera que casi lo tira al suelo—.
Si te cansas, por último yo te llevo al hombro como a un saco de patatas.
Kalair revisaba un baúl cubierto de polvo cuando algo llamó su atención.
Era una pistola de cañón largo, pesada y de un metal oscuro que parecía absorber la luz de las antorchas.
Tenía grabados unos pictogramas agresivos y afilados que ella, con su precaria lectura del idioma local, no logró descifrar.
—Esa forja no es enana —sentenció Thrain, asomándose por encima de su hombro.
—Eso tampoco es humano —aportó Alistair, pasando de largo con un par de brazales extra.
—Tampoco es elfo —dijo Lyra, tomando un carcaj lleno de flechas con punta de acero de la pared opuesta.
—Esa arma es orca —gruñó uno de los soldados veteranos del cuartel, acercándose—.
La trajo un invasor de piel verde en la Primera Guerra.
Ni siquiera sabíamos que ellos tenían esa tecnología de pólvora entonces.
Años después, pasó un diplomático de la Horda por aquí, la vio y dijo que las runas decían algo de “Forjada en los fuegos del Rey Demonio”.
Ni él mismo sabía qué quería decir eso en su cultura.
Kalair sintió que el corazón se le detenía por un segundo.
El Rey Demonio.
Gar’Dal.
Era el único Rey Demonio que ella conocía, el soberano oscuro de Xera.
Una coincidencia aterradora.
Interesante, pensó.
Agarró la culata del arma y, al instante, sintió que un escalofrío tétrico y oscuro le recorría el brazo hasta la nuca.
Pero no quiso soltarla.
Era perfecta.
El peso era exacto.
Ahora, esa reliquia era completamente suya.
El plan se ejecutó al atardecer.
El batallón del cuartel salió de las trincheras corriendo en una formación de flecha perfecta.
Los gnolls, viendo la ofensiva, se agruparon rugiendo, listos para despedazar la carne humana.
De pronto, la vanguardia se detuvo en seco.
Los soldados sacaron pesados trabucos y mosquetes de sus cinturones y dispararon a quemarropa.
La salva de fuego y humo ensordeció el valle.
Decenas de gnolls cayeron acribillados en la primera línea.
Las bestias, furiosas y sedientas de sangre, persiguieron ciegamente a los humanos, que dieron media vuelta y corrieron a cubrirse tras los gruesos muros de troncos del cuartel.
El campamento gnoll quedó prácticamente desprotegido.
Los cinco héroes flanquearon la batalla moviéndose por la hierba alta, directo hacia la enorme tienda de pieles cosidas desde donde se escuchaban los ladridos de mando.
Allí los esperaba Hogger.
Era un monstruo.
Un gnoll que doblaba el tamaño de un humano promedio, con músculos abultados cubiertos de un pelaje erizado y sucio.
Al ver que otro grupo de aventureros se atrevía a entrar en su dominio, Hogger soltó una carcajada sádica y pateó un montón de cráneos blanqueados por el sol que adornaban la entrada de su tienda.
—Huesos de humanos antes que ustedes…
huesos de humanos antes que esos…
¡Más huesos para Hogger!
—bramó la bestia en un lenguaje común roto y gutural.
Lyra, enfurecida por la soberbia del monstruo, tensó su arco en una fracción de segundo y disparó un virote feroz directo al pecho del gnoll.
Pero para sorpresa y terror de todos, Hogger levantó su enorme mano enguantada en cuero y atrapó la flecha en el aire.
Kalair se heló.
El tiempo pareció detenerse.
Solo había visto a una persona en toda su vida capaz de hacer algo así con tanta fuerza y velocidad antinatural: Redhand.
Era físicamente imposible que un simple gnoll de Elwynn tuviera los reflejos y el vigor de un Soñador Oscuro.
—¡Por Forjaz!
—rugió Thrain, lanzándose al combate junto a Alistair antes de que Hogger pudiera contraatacar.
La batalla se volvió cruda, táctica y desesperada.
Hogger empuñaba una inmensa bola de hierro con púas atada a una gruesa cadena.
La hacía girar como un torbellino letal.
Cada embate destrozaba el suelo y habría mandado a volar a Thrain y Alistair de no ser por Thomas.
El joven sacerdote, temblando dentro de su pesada armadura, canalizaba febrilmente la Luz, lanzando débiles pero oportunos escudos dorados que absorbían el impacto justo antes de que el hierro aplastara los huesos de sus amigos.
Kalair no podía usar su nueva pistola; el enano y el paladín se movían demasiado rápido alrededor del monstruo y corría el riesgo de darles un tiro.
De pronto, los aullidos alertaron a varios gnolls de élite que regresaban para defender a su rey.
—¡Yo los contengo!
—exclamó Lyra, dándose la vuelta y disparando una ráfaga de flechas hacia los refuerzos—.
¡Kalair, no dejes que mueran mientras les cubro la espalda!
Sin dudarlo, Kalair guardó la pistola y desenfundó sus espadas cortas (o cuchillos de gran tamaño, una fina línea en el arsenal de la Dama de las Sombras).
Se lanzó de lleno al combate cuerpo a cuerpo.
La balanza seguía desequilibrada.
Los aullidos de hiena de Hogger eran estridentes y su fuerza, monstruosa.
Pero Kalair, acostumbrada a ver a pelear criaturas mucho más poderosas, notó un patrón en los pesados pasos del rey gnoll.
En una apertura que Alistair creó al desviar la cadena con su escudo, Kalair se deslizó por debajo de la guardia de la bestia.
Con la espada derecha hizo una finta, un movimiento hábil simulando cortar el rostro del monstruo.
Hogger subió instintivamente su pesado guante para protegerse los ojos, y en ese milisegundo, Kalair enterró su espada izquierda profundamente en el pie de la bestia, clavándola contra la tierra.
Hogger aulló de dolor verdadero, perdiendo el equilibrio.
Inmóviles por un instante y aprovechando la ventaja, el paladín y el enano azotaron al monstruo.
Thrain le asestó un golpe de mango en las rodillas que lo hizo caer, y Alistair golpeó el rostro del gnoll con el borde de su escudo pesado, aturdiéndolo.
Hogger cayó de espaldas.
Alistair levantó su espada brillante, a punto de separar la monstruosa cabeza del cuerpo.
Pero algo hizo clic en la mente de Kalair.
Un presentimiento extraño.
—¡Alistair, detente!
—gritó Kalair, interponiéndose a medias—.
Muestra la misma clemencia que con Garrick.
Espera.
Hogger, tosiendo sangre y viendo la muerte a centímetros, alzó sus enormes manos peludas.
—¡Piedad!
¡Piedad para Hogger!
¡Retiraré a mi manada de Elwynn!
Solo…
solo buscábamos espacio en estas tierras.
—Sin duda miente, muchacho —dijo Thrain, escupiendo en el suelo con desprecio—.
Garrick era un bandido humano, al menos tenía un punto sociopolítico, pero este monstruo se ha comido a decenas de buenos soldados y granjeros de la Alianza.
Mátalo.
—¡Puedo ayudarlos, humanos!
¡Puedo ayudar en lo que sea!
—gimoteó el gigante, encogiéndose patéticamente.
Kalair se acercó, sacó la pistola de runas orcas de su cinturón y apoyó el frío cañón de metal oscuro directamente en la frente de la bestia.
—Dame una sola razón para no apretar el gatillo.
Hogger bizqueó mirando el arma.
Sus ojos amarillos se abrieron de par en par, no por el miedo a la muerte, sino por la sorpresa.
—Esa arma…
—gorgoteó el gnoll—.
El arma de mi hijo.
—¿Tu hijo?
—preguntó Alistair, bajando ligeramente su espada, tan confundido como el resto.
—Sí, sí…
de Fenrar.
Kalair sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—Esa arma es orca —gruñó Thrain, incrédulo.
—Él va con orcos —explicó Hogger apresuradamente, sudando—.
Es medio Hogger, medio humano.
Él ayudó a Hogger una vez, le devolvió favor a Fenrar y ayudó a escapar de la Legión…
Fenrar.
La mente de Kalair viajó a la velocidad de la luz hacia el universo de Xera.
Fenrar.
El ser que había asesinado a Zeraki.
El mismo que había muerto a manos de Redhand, para luego resucitar misteriosamente en un acto que quizá solo Eogrash entendía.
El brujo que amó a Li Wang, la Arcanista, que revivió con la “Age Zero” a Arzelen, y que murió noblemente luchando contra el titánico Illarian.
Nunca lo había visto en persona, pero Kalair siempre supo un detalle peculiar de aquel ser: se decía que era medio gnoll.
De pronto, la pieza más absurda del rompecabezas cósmico encajó.
Todo, de una forma retorcida y trágica, tenía sentido en este multiverso.
Kalair miró a los ojos asustados del monstruo.
—Conozco a Fenrar.
Hogger jadeó, casi sonriendo.
Alistair la miró como si se hubiera vuelto loca.
—¿Acaso le crees, Kaly?
¡Es un gnoll!
Kalair no respondió.
Lentamente, retiró el arma de la frente de la bestia y deslizó el seguro de la pistola con un clic metálico.
Hogger cerró los ojos, esperando el impacto, pero este nunca llegó.
—Ordena la rendición inmediata de tus tropas —exigió Kalair, con voz fría y autoritaria—.
Y que los Zarpa Río nunca más vuelvan a molestar a los pueblos de la Alianza en Elwynn.
—¡Sí!
¡Hogger hacer caso a niña bonita!
—asintió el gigante frenéticamente—.
Si ella conocer a Fenri, Hogger ser bueno con ella y con sus amigos.
Hogger promete.
Con gran esfuerzo, amarrado de manos por Alistair y cojeando del pie herido, el Rey Gnoll se puso de pie y soltó un aullido gutural e imperioso, ordenando a viva voz la rendición absoluta de sus tropas.
Los gnolls que aún luchaban contra los soldados del cuartel se detuvieron.
Miraron a su líder herido y sometido con una mezcla de rareza y miedo.
Tras un último gruñido de Hogger, todos soltaron sus armas y salieron corriendo fuera del campamento, cruzando el río en manada y huyendo hacia las montañas áridas detrás del cuartel.
El silencio que siguió a la batalla fue abrumador.
—Los gnolls no tener buena tierra que cultivar, ni vivir, ni estar…
—murmuró Hogger, casi como una disculpa triste, mirando hacia los Páramos de Poniente—.
Solo quedar ayudar a los Defias por oro y robar pan para cachorros.
Alistair envainó su espada, sintiendo un peso en el pecho.
¿Y si el gnoll tenía razón?
Ventormenta los había acorralado sin piedad.
El mundo no era blanco y negro, ni siquiera bajo la Luz.
El paladín se giró abruptamente, buscando a Lyra.
La vio caminar hacia ellos, pisando cadáveres de gnolls, completamente ilesa, con el arco aún en la mano y una sonrisa satisfecha.
Alistair dio gracias a la Luz en un suspiro, acortó la distancia en tres grandes zancadas, la tomó de la cintura y, sin importarle la sangre, el sudor o la presencia de los demás, la besó profunda y apasionadamente.
El arco de Lyra cayó al suelo.
Sus brazos envolvieron el cuello del paladín, correspondiendo el beso con la intensidad de un siglo de espera.
Thrain parpadeó, soltando su hacha.
Thomas se tapó los ojos rápidamente, completamente rojo, y Kalair se quedó boquiabierta, sonriendo ante la sorpresiva valentía del rubito.
Hogger, amarrado y herido, observó la escena de amor con sus enormes ojos amarillos y asintió, soltando un suspiro ronco.
—Hogger gustar el amor.
Hogger amar a una humana una vez…
humana amar a Hogger mucho…
—dijo la bestia, con una voz extrañamente melancólica—.
Y así Hogger tener a Fenri.
Hermoso amor.
Thrain hizo una mueca de absoluto horror, intentando borrar de su mente las perturbadoras implicaciones biológicas de aquella declaración.
—Por la mismísima forja de los Titanes…
—murmuró el enano, cerrando los ojos con fuerza—.
Necesito un barril entero de cerveza para olvidar lo que acabo de escuchar.
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