Los Seis de Ventormenta - Capítulo 14
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- Capítulo 14 - 14 El Héroe Caído la Momia Peluda y el Papel Alusa
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14: El Héroe Caído, la Momia Peluda y el Papel Alusa 14: El Héroe Caído, la Momia Peluda y el Papel Alusa El silencio regresó al campamento, denso y cargado de una incomodidad palpable tras el comentario de Hogger sobre su vida amorosa.
Thrain seguía con los ojos cerrados, masajeándose las sienes como si intentara borrarse la imagen mental con fuerza bruta.
Alistair y Lyra se separaron lentamente, aún tomados de la mano, con el paladín más rojo que un tabardo de la Cruzada Escarlata.
Kalair miró a la bestia atada en el suelo.
De pronto, la idea de entregarlo a la guardia de Ventormenta se le antojó como un error táctico garrafal.
Hogger, a pesar de ser un monstruo, era el boleto que necesitaban.
Si lo que decía era cierto, él conocía los movimientos de los Defias en los Páramos de Poniente.
Si lo entregaban al oficial del Arroyo Oeste, Gryan Mantorrecio o los jueces de la ciudad lo decapitarían al amanecer.
Y con él, morirían las respuestas.
—No podemos entregarlo —dictaminó Kalair, rompiendo el silencio.
El grupo entero se giró hacia ella.
Alistair miró al gnoll, luego a Kalair, y finalmente asintió tragando saliva.
Lyra y Thrain hicieron lo mismo.
Había una verdad tácita entre ellos: la justicia de los reinos a veces entorpecía la verdad.
—¿Qué decimos entonces?
¿Cómo mentimos?
—preguntó Thomas, abrazando su bastón con nerviosismo.
Los cuatro se quedaron mirando al joven sacerdote con expresiones que gritaban: “¿Un hombre de la Luz preguntando cómo mentir?”.
Thomas, dándose cuenta de la atención, se encogió de hombros y se ajustó las gafas, entrando en un inesperado modo estratega.
—Pienso en algo como…
Hogger se vio acorralado.
Saltó al río escapando hacia las fronteras del Bosque del Ocaso.
En el aire, Kalair le metió tres tiros limpios en la espalda.
La corriente se lo llevó, se hundió muerto por el peso de su armadura.
Es…
es una buena mentira, ¿no?
No hay cadáver, pero hay victoria.
Hubo un silencio sepulcral.
—Por las barbas de Magni…
—susurró Thrain, maravillado—.
El chico de la abadía tiene madera de contrabandista.
Es una excusa perfecta.
—Hogger no saber nadar.
Hogger hundirse y morir ahogado —asintió el gnoll desde el suelo, asintiendo fervientemente—.
Muy buena idea, humano cuatro ojos.
Thrain entrecerró los ojos, acercando su hacha al cuello del monstruo.
—¿Y cómo nos aseguramos de que no escapas en cuanto nos demos la vuelta, saco de pulgas?
—¡Hogger no escapar!
¡Hogger prometer por su vida!
—chilló el gnoll.
Y justo en ese momento, Kalair notó cómo la bestia, con sus enormes manos amarradas a la espalda, cruzaba dos de sus gruesos dedos.
Los cinco lo miraron.
—Miente —dijeron todos al unísono, con una mueca de desagrado colectivo.
—Voy a fingir que morí —propuso Kalair de repente, cruzándose de brazos—.
Digan que después de que le disparé a Hogger, me lancé al río para buscar su cadáver y confirmar la muerte, pero me ahogué porque no sé nadar.
Lyra soltó una carcajada cristalina, soltando la mano de Alistair por un segundo para llevarse los dedos al puente de la nariz.
—Esa es la cosa más estúpida que he escuchado desde que salí de Hyjal, Kalair.
Eres la persona con más instinto de supervivencia que conozco.
Todos sabemos que, si alguien de este grupo muere de forma trágica y absurda, tiene que ser Thomas.
El sacerdote palideció tanto que pareció volverse transparente.
—¡¿Me van a dejar solo con el gnoll?!
—exclamó Thomas, con la voz subiendo tres octavas—.
¡Me va a comer de verdad!
¡Tiene los dientes del tamaño de mis dedos!
—Tranquilo, lo aseguraremos bien —dijo Kalair, esbozando una sonrisa de puro orgullo táctico—.
Envolveremos a Hogger en alusa.
El grupo se quedó en blanco.
—¿Qué carajo es “alusa”?
—preguntó Thrain, frunciendo el ceño—.
¿Es alguna clase de forja enana antigua?
¿Magia élfica?
Kalair parpadeó, dándose cuenta del error.
El papel alusa (film de plástico transparente) era un invento muy terrenal, algo que ni en Xera ni en Azeroth tenía sentido.
Carraspeó, tratando de disimular.
—Eh…
me refiero a que lo amarremos.
Hasta el hocico.
Que no pueda mover ni una pestaña.
—Ven, la Luz para todo tiene una solución —dijo Alistair, recuperando su optimismo.
El paladín rebuscó entre las tiendas del campamento gnoll y regresó arrastrando una cuerda de cáñamo ridículamente larga y gruesa.
Durante los siguientes veinte minutos, el paladín y el enano trabajaron en equipo con una eficiencia aterradora.
Procedieron a momificar a Hogger.
Lo ataron desde los tobillos hasta el cuello, dándole tantas vueltas con la cuerda que el temible Rey de los Zarpa Río terminó pareciendo un enorme y peludo embutido.
Solo le dejaron fuera la punta de la nariz húmeda para que pudiera respirar.
Lo rodaron hasta ocultarlo detrás de unos arbustos densos, junto a un aterrorizado Thomas.
—No hagas ruido, no respires fuerte y, por lo que más quieras, no le des consejos matrimoniales a la momia —le advirtió Thrain, dándole una palmada en la espalda al sacerdote.
El grupo regresó al Cuartel del Arroyo Oeste caminando a paso fúnebre.
Las cabezas bajas, los hombros caídos.
Alistair no tuvo que fingir mucho; mentirle a un oficial de la Alianza le causaba un dolor genuino en su alma de paladín, lo que le daba una expresión de auténtica agonía.
Lyra y Kalair, en cambio, merecían un premio teatral en Ventormenta.
El oficial, que los esperaba dichoso tras ver la desbandada de los gnolls hacia las montañas, perdió la sonrisa en el instante en que vio que el grupo de cinco se había reducido a cuatro.
Ni rastro del monstruo, y peor aún, ni rastro del chico de la abadía.
Durante las siguientes tres horas —un tiempo excesivamente largo para sostener una mentira, pero Kalair se había empeñado en añadir detalles— le narraron al oficial la “Tragedia del Río”.
Kalair relató cómo los hechizos de escudo de Thomas habían contenido a la bestia.
Lyra describió, con voz temblorosa (puro teatro élfico), cómo el sacerdote se interpuso valientemente en el camino de la maza de púas para salvar a Alistair.
Y finalmente, contaron cómo Hogger, herido de muerte por los tres disparos de Kalair, arrastró a Thomas con él hacia las oscuras y rápidas aguas del río fronterizo.
El oficial, impactado y con los ojos cristalizados por la emoción, se quitó el yelmo y lo sostuvo contra su pecho.
—La Luz acoja el alma de ese joven mártir —dijo con voz ronca—.
Su sacrificio salvó a todo el Bosque de Elwynn.
Ventormenta conocerá su nombre.
El hombre se dio la vuelta, rebuscó en un cofre de seguridad y les entregó una bolsa inusualmente pesada llena de monedas de oro y suministros para semanas.
Pero el premio mayor vino después.
De un pequeño estuche de terciopelo, el oficial sacó una insignia plateada con el sello del león.
—Con esto, son oficialmente héroes reconocidos por la guardia.
Es una placa de Comisario honorario.
Y les doy mi palabra…
—añadió el oficial, mirando al cielo—, en cuanto recuperemos la cantera, mandaré a erigir una estatua del Sacerdote Caído justo al lado de Thuralion en Ventormenta.
El sol ya se estaba poniendo cuando los cuatro regresaron al escondite en los arbustos.
Se acercaron con cuidado, esperando encontrar a Thomas rezando en silencio.
En su lugar, encontraron al sacerdote de pie, caminando en círculos, tiritando de pies a cabeza mientras mantenía la punta de su bastón presionada temblorosamente contra la nariz de la momia-Hogger, que lo miraba con aburrimiento.
Al verlos llegar, Thomas dejó caer el bastón.
Su rostro pasó del blanco pálido al rojo furia en un milisegundo.
—¡PASARON HORAS!
—les gritó Thomas, con los ojos inyectados en sangre y la vena del cuello palpitando—.
¡¿Qué maldita sea del vil Sargeras, del puto Rey Exánime Arthas Menethil estaban haciendo?!
¡Me cagué de miedo tres veces!
¡Tres!
¡Un bicho me caminó por la pierna y no pude gritar!
El grupo se quedó paralizado por un segundo.
Escuchar al devoto y tímido hermano Thomas soltar blasfemias de ese calibre, nombrando a las entidades más oscuras del cosmos con tanta fluidez, fue demasiado.
Thrain soltó un bufido que rápidamente se convirtió en una carcajada estruendosa.
Alistair se tapó la boca, temblando de la risa, mientras Lyra y Kalair se apoyaban la una en la otra, riendo hasta que les dolieron las costillas.
—¡No es gracioso!
—chilló Thomas, pateando una piedra—.
¡Renuncio!
¡Me vuelvo a la abadía!
—Tranquilo, Sacerdote Caído —logró articular Kalair entre carcajadas, mostrándole la bolsa de oro y la placa plateada—.
Al menos ahora eres un héroe nacional.
¡Incluso te van a hacer una estatua!
Thomas se detuvo en seco.
Parpadeó detrás de sus gafas empañadas.
—¿Una estatua?
—preguntó, y su indignación pareció desinflarse un poco—.
¿De qué tamaño?
—Suficientemente grande para que los pájaros te guarden respeto —bromeó Alistair, dándole una palmada en el hombro.
Bajo la luz del crepúsculo, cargaron a la momia gigante en una carreta improvisada que el enano ensambló con ramas y los escudos de los Defias caídos.
El Bosque de Elwynn quedaba atrás, pacificado gracias a una mentira y al terror de un novicio.
Frente a ellos se abría el polvoriento y desolado horizonte de los Páramos de Poniente, el verdadero corazón de la Hermandad Defias.
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