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Los Seis de Ventormenta - Capítulo 16

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16: De perros y mendigos.

16: De perros y mendigos.

Llegaron a su destino luego de un par de días de caminar por un yermo polvoriento que hacía perfecto honor a su nombre: los Páramos de Poniente.

El contraste con el verdor de Elwynn era brutal.

Las granjas estaban desiertas, con los techos hundidos y las cercas rotas.

De los inmensos campos arados solo se levantaban unas pocas hierbas secas y ningún rastro de grano.

En lugar de granjeros cultivando la tierra, el paisaje estaba dominado por los aterradores Autómatas de la Cosecha: espantapájaros mecánicos con cuchillas oxidadas que patrullaban enloquecidos, atacando al viento.

A todos les pareció un escenario triste, duro y desolador.

A medida que se acercaban al centro de la región, comenzaron a aparecer mendigos en los bordes del camino; familias enteras vestidas con harapos, rostros sucios y ojos hundidos por el hambre.

Kalair, el lujo y dinero que poseyó antes de ser arrastrada a Xera, no pudo evitar desprenderse de gran parte de sus provisiones, entregando raciones de queso y pan.

El resto del grupo siguió su ejemplo, dejando caer montones de monedas de cobre en las manos temblorosas de los refugiados.

Incluso Hogger, que había destronado al enano y al paladín como el integrante más hablador del grupo, observaba a los humanos con sus grandes ojos amarillos, inusualmente reflexivo.

—¿Entender amigos a Hogger ahora?…

—murmuró el gnoll, apenas pudiendo caminar con sus amarras—.

Cosas no ser como parecen.

Ventormenta dejar al aire a su gente.

Rey niño no importar.

Hogger no dejar que su pueblo morir así de hambre, jefe Defias pensar lo mismo.

Pero…

Hogger y Van Cleef pasar de mano.

Matar gente inocente.

Hogger lamentar matar humanos…

aunque ser deliciosos.

—¿Qué carajo dices, chucho?

—escupió Thrain, dándole un empujón con el mango del hacha—.

Te comes a la gente, no es necesario que nos recuerdes tus macabras costumbres alimenticias cada cinco minutos.

—Sí, sí, Hogger callar.

Hogger malo.

Pero huesos de humano joven tener buen tuétano…

—susurró el gnoll con nostalgia.

—¿Este monstruo está haciendo ñam ñam con la boca?

—preguntó Lyra, mirando al gigante peludo con absoluto asco—.

Pretenderé que no te veo ni te escucho.

—¡Qué cosa…!

—gritó Kalair, dándose golpes a los lados de la cabeza—.

¡Me tuve que tapar los oídos!

¡Hogger habla muchas sandeces seguidas!

—Kalair, estás hablando igual que el gnoll —le gritó Thomas al oído, acercándose para sacarle las manos de la cabeza de un tirón—.

Por la Luz, por favor, no te transformes en uno de ellos.

Suficiente tengo con que huela a perro mojado.

—No me extrañaría que terminara enamorándose de este tipo —rió el enano a carcajadas, frotándose la barriga—.

Definitivamente, los grandotes, salvajes y peligrosos son el tipo de la muchacha.

Lyra se detuvo en seco y fulminó a Thrain con una mirada que habría congelado a un elemental de fuego.

—¿Eso es una indirecta?

—le preguntó la elfa, bajando la mano hacia su carcaj, sabiendo todos que a Kalair le gustaba ella, no se había molestado en ocultarlo.

—Te aludes sola, orejas largas —se defendió el enano, alzando las manos—.

Y guarda esas flechas.

—Te he dicho mil veces que no me llames muchacha.

Soy varios siglos mayor que tú, enano insolente.

—Hogger reír.

Ustedes ser manada muy graciosa —reveló el gnoll, riéndose sonoramente con su característico ladrido asmático.

Cuando por fin divisaron a lo lejos la Colina del Centinela, una elevación de tierra dominada por una vieja atalaya de piedra y rodeada de empalizadas, Kalair y Thomas detuvieron la marcha.

Con la práctica de la última vez, comenzaron a envolver a Hogger con cuerdas gruesas, dejándolo completamente inmovilizado desde el cuello hasta los tobillos, con solo la enorme cabeza al descubierto.

—Hogger no poder respirar bien —se quejó el gnoll, inflado como una morcilla peluda.

—Te estamos haciendo un jamón, monstruo.

Seguro sabes a pavo…

o quizá a lechón ahumado —le dijo Thomas con malicia, vengándose por el susto del río.

—Hogger entiende.

Hogger ya no comer humanos.

Solo Murlocs.

—Bien, Hogger.

Te agradecemos no ponernos en la base de tu pirámide alimenticia —dijo Kalair, sonriéndole primero a él y luego guiñándole un ojo al grupo.

—No tengo la más pálida idea de qué habla esta chica la mitad del tiempo —preguntó el enano, consternado, rascándose la barba—.

¿Qué demonios es una pirámide alimenticia?

Retomaron la marcha.

Esta vez, fue Lyra quien tuvo que arrastrar a Hogger usando una de las cuerdas guía, tirando de él casi como si fuera un pesado saco de patatas.

—Es pesado este desgraciado…

—gruñía la elfa repetidamente, con los músculos de los brazos tensos—.

En serio, no preguntaré qué te hace engordar tanto.

Seguro son aperitivos que se parecen mucho a nosotros.

—Ñam, ñam —respondió Hogger, ganándose un fuerte tirón de cuerda que casi lo hace morder el polvo.

Los guardias de la milicia apostados en la base de la colina, el último enclave defensivo de los refugiados, se quedaron boquiabiertos, levantando sus alabardas al ver cómo el variopinto grupo arrastraba a la enorme y temible bestia.

—¿Qué demonios traen ahí?

—preguntó el guardia más viejo, con los ojos como platos.

—Un prisionero.

Debemos hablar urgentemente con el Capitán Mantorrecio —dijo Alistair, siempre asumiendo su rol de vocero educado.

El paladín sacó el pergamino lacrado del Arroyo Oeste y mostró la reluciente medalla del Alguacil de Elwynn.

El miliciano leyó el documento frunciendo el ceño.

—Este informe dice que ustedes mataron a Hogger, el líder de los Zarpa Río…

pero veo que traen a un gnoll gigante y amarrado.

Uno que se parece sospechosamente a los carteles de se busca.

—Oh, no, no es él —interrumpió Kalair rápidamente, con la mejor cara de inocencia que pudo fingir—.

Este es Grrn.

Es un prisionero menor que nos sirve de paje.

Nos carga las mochilas y, de vez en cuando, nos divierte bailando.

—Sí, sí…

—apoyó el gnoll, entendiendo su papel a regañadientes—.

Grrn baila muy bien.

Y cocina muy ricos huesos…

digo, pollos.

¡Pollos!

Muy ricos pollos para la señorita humana.

El guardia se quedó mirando al gnoll gigante, luego a la delgada humana, secándose el sudor de la frente bajo su yelmo.

Decidió que su sueldo no era suficiente para hacer más preguntas.

—Entiendo…

El comandante de la milicia está en lo alto, en la torre.

Ha estado sin dormir planeando cómo lidiar con la amenaza Defias.

Pasen.

El grupo subió por el camino serpenteante hacia la atalaya.

La pendiente era empinada, especialmente para Lyra, a quien el gnoll le parecía pesar media tonelada a cada paso.

Cuando finalmente llegaron a la cima, el Capitán Gryan Mantorrecio, un hombre de rostro severo, cicatrices de guerra y armadura pulida, los recibió en la puerta.

Su mirada se clavó de inmediato en el inmenso bulto atado.

—Nos llegó un informe por ave mensajera desde Villadorada —dijo Gryan, con voz profunda y solemne—.

Ustedes deben ser los héroes de Elwynn.

Es un alivio saber que los gnolls se han retirado en el este.

Sin embargo, aquí en los Páramos participan activamente como mercenarios de los Defias.

Espero que su experiencia…

—Gryan miró a Hogger con obvio desprecio— domando a esas criaturas, incline la balanza a nuestro favor.

Aunque los informes decían que eran cuatro.

Se mencionó la trágica pérdida de un sacerdote sagrado.

Thomas abrió la boca para protestar por su propia muerte, pero Kalair le dio un pisotón sutil.

—Oh, él es solo un vago que recogimos por caridad —dijo Kalair sin pestañear, señalando a Thomas—.

Se nos unió hace un par de kilómetros.

Limpia bien las botas.

—Se ve muy limpio y bien alimentado para ser un vagabundo de los Páramos —meditó Mantorrecio, escudriñando las túnicas limpias y las gafas del chico—.

En fin, el Reino necesita héroes desesperadamente.

Tienen a completa disposición nuestros escasos recursos.

Mañana podrán seguir hacia Arroyo Lunar.

Es el pueblo minero que rodea las infames Minas de la Muerte.

Edwin Van Cleef está atrincherado en las profundidades.

Si fueron capaces de matar a Hogger, quizá puedan ayudarnos a tomar la cabeza de Van Cleef.

Si necesitan que asigne un batallón de la milicia para acompañarlos…

—Nos las arreglaremos solos, Capitán —respondió Alistair, cortés pero firme, para sorpresa del oficial.

—Muy bien.

Como quieran.

Es su funeral —suspiró Gryan, dándose la vuelta—.

Pueden ir a nuestra pequeña posada improvisada a descansar.

Dejen a su bulto de carne y pulgas amarrado en las caballerizas.

Mañana les facilitaremos un carro que les acortará el camino hacia Arroyo Lunar.

Una vez que se alejaron de la torre y bajaron hacia los establos de madera, Thrain estalló en susurros.

—¡¿Por qué carajos no aceptamos un ejército, humano?!

—le recriminó el enano a Alistair—.

¡Tienen espadas gratis!

—Porque con un batallón de la milicia a nuestras espaldas solo terminaríamos haciendo una masacre campal en Arroyo Lunar —respondió Alistair, frotándose la nuca—.

Recuerda que vamos a hablar con los Defias.

Edwin Van Cleef construyó Ventormenta.

Hay una historia detrás que necesitamos entender.

Debemos ser diplomáticos y entrar sin ofender a todos.

Y, obviamente, yo soy el diplomático aquí.

—Hogg estar de acuerdo con el rubio —asintió el gnoll.

—¿Me darán de comer ahora?

—Solo un poco de queso para ti, perrito —dijo Kalair.

Partió un gran trozo de queso seco y se lo acercó a la boca.

La bestia lo agarró con los dientes y lo devoró en menos de un segundo—.

Y Alistair tiene razón, somos buenos guerreros.

Pero, Señor Diplomacia, eso del subterfugio se me da mejor a mí.

Haremos esto los cinco juntos…

digo, los seis.

Necesitaremos lo que sabe Hogger para convencer a los guardias Defias de que nos lleven ante su líder sin matarnos antes.

Todo el grupo asintió.

La infiltración era el único camino lógico.

Lyra ató la gruesa soga de Hogger a uno de los postes más resistentes de la caballeriza.

Al pasar, Thrain le dio una ligera patadita en la pata trasera al gnoll.

—No te preocupes, chucho.

Te traeremos un buen hueso de vaca antes de dormir.

—Hogg esperar hambriento.

—Sí, sí, solo no te comas a los caballos de la milicia en la noche —le advirtió Kalair, acercándose para juguetear con las orejas ásperas del gañán, tratándolo deliberadamente como a una mascota—.

¡Buen perro!

¡Buen perro!

¿Quién es un buen perro?

—¡Hogg es Hogg!

—respondió el gnoll, sintiéndose repentinamente ofendido en su orgullo de antiguo Alfa de los gnolls.

Giró la inmensa cabeza hacia otro lado, bufando—.

Hogg ser Rey Gnoll.

Yo respetar al grupo.

Grupo deber respetar a Hogg.

Kalair soltó una risita, comprobó que el resto estuviera caminando hacia la posada, y se inclinó hasta quedar a centímetros de la oreja rasgada de la bestia.

Su tono cambió drásticamente, volviéndose sombrío y lleno de un respeto solemne.

—Te respeto, Hogger —le susurró Kalair al oído, con absoluta seriedad—.

Tu hijo, Fenrar, salvó a mis amigos en otro mundo.

Y tú lo ayudaste a él cuando lo necesitó.

Tenemos una deuda de sangre.

Solo debo parecer dura frente a los guardias para que no te ejecuten.

Pero estamos juntos en esto.

Hogger se quedó petrificado, parpadeando con sorpresa, comprendiendo el peso de las palabras de la humana.

Kalair le dio dos palmaditas rápidas en el hocico y volvió a su tono burlón y alto.

—Y ahora dime, ¿quién es un buen cachorro gigante?

—Hogg…

—volvió a responder el gnoll, bajando la cabeza, sintiéndose absurdamente reconfortado y avergonzado al mismo tiempo mientras la Dama de las Sombras se alejaba hacia la posada.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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