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Los Seis de Ventormenta - Capítulo 18

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18: Elocuencia 18: Elocuencia Alistair no podía dejar de olfatearse las axilas y el reverso de los guantes.

Había vaciado sobre su armadura medio frasco de un “perfume de montaña” que Thrain le había jurado que era infalible, pero que en realidad olía a pino fermentado y sudor de buey.

Junto a sus dos colegas, esperaba impaciente en la parte baja de la escalera de la posada.

—¿Qué estarán haciendo esas dos?

—refunfuñó Thrain, rascándose la barba con energía—.

Lyra siempre es la primera en estar en pie, lista para tensar el arco.

A este paso, los Defias se habrán jubilado antes de que salgamos de aquí.

—Quizá se enamoraron —soltó Thomas repentinamente, ajustándose las gafas con una seriedad cómica—.

Y ahora mismo están arriba, pensando en cómo decírtelo, Alistair, para no romperte el corazón.

Alistair palideció, sintiendo que el mundo se tambaleaba.

—No des ideas, Thomas, por favor…

que me estreso —murmuró el paladín.

La imagen de ambas traicionándolo no le resultaba del todo desagradable en un rincón oscuro de su mente, pero la puñalada hipotética a su honor de caballero le dolía de antemano.

En ese momento, el crujido de la madera anunció su llegada.

Lyra bajó los primeros escalones con una sonrisa triunfal, y justo detrás de ella, apareció Kalair.

El tiempo pareció detenerse en la taberna.

Kalair se veía radiante, poseyendo una belleza serena que chocaba con la aridez de los Páramos.

Su melena oscura estaba recogida con maestría, sujeta por un cintillo ancho de tela roja que resaltaba el brillo de sus ojos.

Vestía una variante de su traje de cuero habitual, pero este se ceñía mucho más a su figura, con detalles de costuras reforzadas y hebillas de bronce que le daban un aire tanto elegante como letal.

Al ver el impacto que causaba en sus amigos, un leve rubor tiñó sus mejillas y esbozó una sonrisa tímida que terminó por desarmarlos.

Era, sin duda alguna, la Dama de las Sombras.

—Kalair, cásate conmigo —soltó el enano sin pestañear, dejando caer su hacha al suelo con un estruendo metálico.

—¡Noooo!

—gritó Thomas, dando un paso al frente—.

¡Cásate conmigo!

Ese enano es demasiado peludo, Kalair.

¡Yo tengo la piel suave y sé leer oraciones en dalassiano!

—¿Qué sabes tú, renacuajo?

—gruñó Thrain, empujando al sacerdote—.

¡Los pelos son el sostén y el abrigo de una relación duradera!

Alistair, por su parte, tragó saliva con dificultad.

Su corazón latía con fuerza por Lyra, su “noviazgo” era oficial y sagrado para él, pero…

¡por la Luz, no podía dejar de mirar a Kalair!

Era como intentar ignorar el sol en pleno mediodía.

—¿Qué tal, muchachos?

—preguntó Lyra, bajando el último escalón y rodeando la cintura de Kalair con un brazo protector—.

Hice un buen trabajo con nuestra pistolera, ¿no creen?

¡Se ve genial!

—Sí…

sin dudas —logró articular Alistair, recuperando el habla—.

Pero ese desayuno no se va a comer solo.

Vamos a la mesa, antes de que el enano se coma el mantel por la ansiedad.

El grupo se dispuso a buscar una mesa, pero Kalair tomó a los dos humanos por los brazos y Lyra hizo lo mismo con el enano.

—¿Qué hacen?

—exigió Alistair, confundido.

—¡Nos secuestran!

—chilló Thomas—.

¡Socorro!

—Nada de eso —dijo Kalair con firmeza—.

No vamos a desayunar aquí.

Vamos a los establos.

—¿Quieres que comamos con Hogger?

—exclamó Thrain, encolerizado—.

¡Por qué demonios voy a compartir mi pan con ese come-humanos!

—Porque ahora es nuestro aliado —respondió Lyra con una seriedad que cortaba el aire—.

Y necesitamos que confíe en nosotros.

No puede vernos como sus carceleros si queremos que nos abra las puertas de las Minas de la Muerte.

Kalair no había podido guardarse la historia de Hogger ante Lyra.

La elfa era una criatura antigua, alguien que había visto nacer y morir imperios, y sabía que entendería la tragedia del gnoll mejor que nadie.

Durante la noche, ambas habían llorado juntas al compartir las penas: la historia de Daly, la madre de Fenrar, y el destino de aquel bebé raptado por Gar’Dal.

Pero no solo hablaron del gnoll.

Kalair le había contado todo: su tormenta de pasión con Redhand, la nobleza de Borgol, y su gran amor perdido, Zaharzim.

Habían pasado años desde que Kalair disfrutaba de una charla sincera entre amigas.

En Xera, hablar con Zeraki o Farizza siempre ocurría bajo el fragor de batallas aterradoras; nunca hubo paz para la confidencia.

Llegaron al establo y la sorpresa fue mayúscula para los hombres.

El enorme gnoll estaba sentado sobre el heno, completamente desatado, escarbándose un colmillo con una garra con absoluta parsimonia.

—Está…

está suelto —tiritó Thomas, buscando refugio detrás de la capa de Alistair—.

Bueno, al menos no ha escapado.

Eso es…

un avance.

—Hogger también sorprendido —dijo el gnoll, alzando la vista—.

Hogg no pensar que ustedes venir a comer conmigo.

—Sí, Hogger —dijo Alistair, dando un paso al frente y tratando de ignorar el olor—.

Ahora somos aliados.

Ya no somos cinco, somos seis.

El Cuartel del Arroyo Oeste cree que estás muerto, así que tu vida ahora depende de este grupo.

El enano asintió de mala gana y Thomas, haciendo acopio de un valor que no sabía que tenía, fue el primero en sentarse en el suelo, no muy lejos de quien había custodiado con terror durante horas después de su primer encuentro, muy violento a decir poco.

Comieron juntos en el frescor del establo.

Hogger, para asombro de los presentes, dio gala de una ridícula y esforzada formalidad, dando mordiscos pequeños y limpiándose el hocico con el dorso de la pata, una imitación torpe de los modales humanos que había observado durante su cautiverio.

—Hogger también poder hablar como humanos de ciudad —dijo de pronto la bestia en medio de la conversación.

Todos se quedaron mudos, con el pan a medio masticar—.

Solo tengo que dejar de decir “Hogger hizo esto” y empezar a decir “Yo hice esto”.

Es…

un poco cansado para mi garganta, pero puedo hacerlo si el grupo lo prefiere.

Lo dijo con una fluidez tan perfecta que el silencio que siguió fue absoluto.

Luego, el gnoll soltó un ronquido que derivó en una carcajada estrepitosa y profunda.

Uno a uno, todos terminaron riendo con él.

—Bueno, “Sir Hogger el elocuente” —dijo Kalair, dándole una palmada en la rodilla peluda—.

Es hora de levantar nuestras cosas.

El destino estaba marcado: Arroyo de Luna.

El pueblo fantasma que custodiaba la entrada a las Minas de la Muerte.

Allí, si tenían suerte, hablarían con Edwin VanCleef.

Y si tenían aún más suerte, encontrarían la forma de solucionar el gran problema de Ventormenta, ese nudo de injusticia y corrupción que los consumía por dentro.

Subieron a la carreta facilitada por la milicia.

Alistair tomó las riendas, Lyra y Kalair se sentaron atrás vigilando el camino, y Thrain y Thomas compartieron espacio con el “Sir Hogger”, quien ahora se rascaba la oreja con una pata mientras tarareaba una canción gnoll que, milagrosamente, ya no sonaba tan aterradora.

El camino al corazón de la Hermandad Defias acababa de empezar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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