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Los Seis de Ventormenta - Capítulo 19

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19: A paso de burro.

19: A paso de burro.

El pobre burro de la milicia, un animal de pelaje gris y mirada triste que arrastraba la carreta a paso de tortuga, apenas podía con el peso combinado de la Dama de las Sombras, una elfa, un paladín, un enano con armadura pesada, un sacerdote y un Rey Gnoll que ocupaba casi la mitad del espacio de carga.

El sol inclemente de los Páramos de Poniente caía a plomo, levantando ondas de calor sobre la tierra cuarteada.

—Pobre burro estar muy cansado —comentó Hogger de pronto, mirando al animal con genuina lástima antes de girar sus enormes ojos amarillos hacia Thrain—.

Yo creer que enano deber comer menos pasteles de carne para ayudar a burro.

Thrain, que iba sentado con los brazos cruzados y el hacha sobre las rodillas, se puso rojo hasta las orejas.

—¡Acá el único cerdo pesado eres tú, chucho!

—gruñó el enano, aunque esta vez el insulto carecía de veneno y sonaba de una forma un tanto amistosa.

—Hogger hacer dieta estos días —se defendió el gnoll, frotándose la barriga peluda—.

Solo comer queso seco y res.

—No quiero ni imaginar lo que comías hace una semana para estar así de inmenso —rio Lyra a viva voz, balanceando las piernas desde el borde de la carreta.

—Hogg comer cerdos —explicó la bestia con naturalidad—.

Hogg amar comer puercos de la granja Pedregosa.

Esa granja tener los cerdos más gordos y deliciosos.

Kalair frunció el ceño, genuinamente confundida por la gramática de la bestia.

—Un momento, Hogg.

¿Te comías a los miembros de la familia Pedregosa, o a los cerdos que criaban los Pedregosa?

Hay una diferencia legal importante ahí.

—¡Oh!

Hogg ver muy jugosos a los humanos, pero solo comer a sus cerdos.

Humanos Pedregosa ser muy amistosos con Hogg.

—Me cuesta mucho pensar que esos granjeros gruñones sean amistosos con alguien —dijo el enano, rascándose la barba—.

Digo, esos humanos tenían una guerra de trincheras montada contra los Maclure por una simple disputa de tierras.

¿Cómo van a ser amistosos con un gnoll gigante?

Hogger asintió con solemne seriedad, recordando sus interacciones con los granjeros.

—Ellos apenas lanzar piedras a Hogg para jugar.

Y siempre decir cosas bonitas desde lejos, como que yo ser hijo de gran perra.

—El gnoll sonrió, mostrando sus aterradores colmillos—.

Hogg ser hijo de hiena famélica que quiso comer a Hogg cuando nacer…

así que decir que madre de Hogg ser una gran perra es un cumplido muy amable.

Los perros cuidar a sus cachorros, no comerlos.

Pedregosa ser buena gente.

El silencio reinó en la carreta por unos segundos mientras todos procesaban la inocencia brutal e incomprendida del monstruo.

—Entiendo…

—suspiró Alistair, frotándose los ojos—.

No tocaremos más el asunto.

Hogger está a dieta y Thrain está gordo.

—¡Maldito rubio!

—estalló Thrain, ofendido—.

¡¿No ves que soy un enano musculoso y atlético?!

¡Todo esto es puro músculo de las forjas de Khaz Modan!

Todos en la carreta estallaron en risas, haciéndole gestos unánimes para que se mirara la prominente barriga que empujaba la cota de malla hacia adelante.

El viaje continuó, largo y sin más contratiempos durante un buen rato.

El paisaje era un desierto amplio, llano y desolador.

De pronto, la aguda vista de Lyra captó un movimiento en el horizonte.

Una nube de polvo se levantaba rápidamente en dirección a ellos.

—Tenemos compañía —anunció la elfa, poniéndose de pie en la carreta con el arco ya en la mano.

En cuestión de minutos, una partida de jinetes emergió de la bruma de polvo.

Llevaban los rostros cubiertos con las infames pañoletas rojas de la Hermandad Defias.

Eran, sin lugar a dudas, asaltantes de caminos.

—¡Prepárense!

—exclamó Alistair, tensando la mandíbula, convencido de que no venían a ofrecerles agua.

Todos tomaron sus armas.

Kalair desenfundó sus pistolas con un giro experto, Thomas apretó su bastón y Thrain levantó su hacha.

El único desarmado era Hogger, quien se limitó a mostrar los dientes.

Los jinetes los alcanzaron y rodearon la carreta dando ruidosas y polvorientas vueltas en círculos.

Kalair notó un detalle preocupante: no solo llevaban sables oxidados; varios esgrimían pistolas de chispa y trabucos de buena factura.

No eran simples cuatreros muertos de hambre; eran una milicia organizada con muchos medios.

—¡No queremos luchar!

—les gritó Kalair, alzando la voz por encima del relincho de los caballos, manteniendo sus armas apuntando al suelo pero listas—.

¡Necesitamos hablar con la cabeza de los Defias!

El líder de los asaltantes, un hombre de mirada dura y cicatrices en el cuello, detuvo su montura frente al burro.

—¿Escucharon eso, muchachos?

—se burló el líder, sacando su propia pistola—.

Quieren hablar con el Señor Van Cleef.

¿Creen que pueden negociar con nosotros?

Entreguen todo el oro que tienen por las buenas, dejen las armas, liberen al gnoll que llevan ahí atado…

y quizá les demos una muerte piadosa.

Antes de que Kalair o Alistair pudieran responder, Hogger se puso de pie en la carreta, haciendo crujir la madera bajo su peso.

—¡YO SER HOGGER DE LOS ZARPA RÍO!

—rugió el gnoll con una agresividad que hizo temblar a los caballos—.

¡Hogger pedir hablar con el Jefe Defias!

¡Yo ser amigo de estos flacuchos…

y del enano redondo!

Thrain se encolerizó al escuchar el apodo, pero se mordió la lengua y aguantó su enojo.

Por absurdo que pareciera, ahora quien tenía el poder de negociación era el gnoll.

El líder Defias, llamado Sulivan, entrecerró los ojos.

—¿Hogger?

¿Dices que esa cosa es Hogger?

—preguntó a sus hombres, soltando una risa incrédula—.

Imposible.

Hogger es una bestia salvaje, un demonio que come humanos por deporte.

Y las leyendas dicen que es mucho más grande y feroz que ese…

chucho gordo.

Al Rey Gnoll no le gustó nada que dudaran de su reputación.

Con un gruñido sordo que vibró en el pecho de todos los presentes, Hogger dio un salto enorme y ágil desde la carreta, cayendo pesadamente justo frente al caballo de Sulivan.

La bestia se irguió en toda su imponente estatura, mostrando las garras y soltando un rugido ensordecedor a centímetros del animal.

El caballo, aterrorizado ante la presencia del depredador alfa del bosque, relinchó despavorido, se alzó sobre sus patas traseras, botó a Sulivan por los aires y salió corriendo a toda velocidad hacia el desierto.

Sulivan cayó de espaldas contra el polvo con un golpe seco.

Hogger lo miró desde arriba, resoplando por la nariz.

—Bueno…

salvaje es.

Y aterrador también —admitió Sulivan, tosiendo y sacudiéndose el polvo mientras se ponía de pie, frotándose la espalda baja—.

Si ustedes no son los típicos aventureros palurdos de Ventormenta, y este monstruo es realmente Hogger, supongo que tienen el derecho de hablar con el jefe.

—¿¡Les crees, Sulivan!?

—le gritó uno de los jinetes, un hombre inusualmente gordo que apuntaba su trabuco hacia Thrain—.

¡Con tan poco les crees!

Deberíamos matarlos aquí mismo y robarles hasta las botas.

—No digo que les crea ciegamente, pedazo de idiota —le replicó Sulivan, frotándose el cuello—.

Digo que, si intentamos pelear con ellos ahora mismo, nos van a despellejar vivos.

Mira a esa elfa, mira las armas de esa mujer y mira a ese monstruo.

Es de sentido común negociar —Sulivan alzó la mano y el resto de los jinetes bajaron sus armas, agrupándose nerviosos detrás de su líder a pie—.

En Arroyo de Luna hay hermanos Defias que han hecho tratos con los Zarpa Río y han visto a Hogger en persona.

Si el gnoll resulta ser él, tienen todo el derecho de hablar con Van Cleef.

Y si nos traen a unos farsantes y hacen enojar al jefe, él mismo los matará…

que Edwin no es ningún blandengue.

Alistair, siempre pragmático, se hizo a un lado en el asiento del conductor y señaló la parte trasera de la carreta con una sonrisa irónica.

—Sube a la carreta entonces, Sulivan —le invitó el paladín—.

Ya que perdiste tu caballo, te sientas atrás.

Justo al lado de Hogger.

Y ten cuidado…

recuerda que está a dieta y tiene hambre.

Todos guardaron sus armas.

Sulivan, tragando saliva ruidosamente, subió a la carreta.

Con evidente terror, el líder de los asaltantes terminó sentado, tieso como una tabla, encajonado exactamente entre el enorme Rey Gnoll y un enano redondo que lo miraba con cara de pocos amigos.

El viaje hacia Arroyo de Luna y las Minas de la Muerte acababa de conseguir a su primer y más incómodo guía turístico.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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